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Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 62

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Capítulo 62: Acto I — Capitulo 14 — Tres Asumas.

Mi ida al mercado tuco que retrasarse, pasaron muchas en el clan después de que Mira me visitará, aunque no eran de tal importancia, papá me quería a su lado para que pudiera aprender lo que tengo que hacer una vez sea patriarca. Oficialmente, aunque bueno tengo algo de tiempo para aprender bastantes cosas, ya que en un mes nos trasladamos a la capital.

Estoy algo nervioso, la ultima vez que estuve en la gran capital fue cuando perdí a Hestia en aquel barranco…

Espero este descansado bien. Que brille en el cielo al lado de mamá.

—

La residencia Nozen se podría considerar la más grande de las familias nobles de la ciudad portuaria de Linye. No es solo una mansión; es un pequeño reino amurallado que ocupa casi un kilómetro cuadrado de terreno privilegiado junto al mar. Dividida en sectores bien definidos, cada zona tiene su función clara y está diseñada para sostener a más de 500 personas entre cultivadores, sirvientes, familias extendidas y guardias permanentes.

Al oeste se extiende el campo de entrenamiento principal: un terreno amplio de tierra compacta rodeado de postes de piedra y torres de observación. Allí los discípulos del clan practican desde el amanecer hasta el anochecer.

Al noroeste está la guarida de los guardias, un complejo de barracones fortificados con muros dobles y un patio central donde se realizan simulacros de defensa. Es el sector más militarizado, siempre vigilado por los mejores guerreros del clan.

En el suroeste se encuentra el sector agropecuario: huertos, granjas pequeñas, establos y almacenes de grano. Todo lo necesario para mantener la autosuficiencia en caso de asedio o largos períodos de aislamiento. El sur conecta directamente con la playa privada del clan, un tramo de arena blanca y aguas tranquilas donde muchos miembros pasan sus días libres o meditan frente al mar.

El este es la zona residencial noble: casas privadas de uno o dos pisos con jardines propios, fuentes y patios interiores. Aquí viven los miembros importantes del clan, los ancianos de segunda línea, los maestros de entrenamiento y las familias que han ganado el derecho a una vivienda independiente.

Y en el centro de todo, como el corazón de un imperio en miniatura, se alza la gran mansión Nozen.

Es una estructura imponente de cinco pisos construida en piedra negra pulida y madera de roble milenario. Sus techos curvos están cubiertos de tejas esmaltadas en rojo oscuro que brillan como sangre bajo el sol. Columnas talladas con dragones y fénix sostienen los balcones superiores. En la fachada principal, un enorme emblema del clan —un fénix envuelto en llamas doradas— está incrustado en relieve sobre la puerta doble de hierro negro. Ventanales altos de cristal tintado permiten que la luz del sol entre en patrones de fuego y sombra, iluminando los salones interiores con un resplandor casi sobrenatural.

La mansión no solo es grande; es funcional. Alberga el salón principal de audiencias, la biblioteca ancestral, los aposentos del patriarca, las salas de reuniones de los ancianos, el archivo de técnicas secretas y un invernadero interno donde se cultivan hierbas raras para alquimia básica. En los pisos superiores están las habitaciones privadas de la familia directa y los invitados de alto rango. En los sótanos, protegidos por sellos de Arcam, se guardan las reliquias del clan y las reservas de cristales de energía.

Todo el complejo está rodeado por una muralla de diez metros de altura reforzada con runas defensivas y patrullada las 24 horas. En la zona norte, la entrada principal es una puerta doble de hierro negro flanqueada por dos torres de vigilancia. Siempre custodiada por al menos doce guardias de élite —la mayoría en etapa Bellator o superior— que rotan en turnos de cuatro horas. Nadie entra ni sale sin pasar por tres controles: identificación visual, sello de Arcam y revisión de intenciones mediante un artefacto detector de mentiras básico pero efectivo.

Esa era la residencia donde Inei había nacido y crecido.

Y ahora… era suya para cambiarla.

—

Inei caminaba por el pequeño bosque privado que se extendía detrás de la mansión principal. Era un sendero estrecho de grava blanca rodeado de árboles altos y antiguos —robles, cedros y algunos sauces llorones—. La luz del sol atravesaba las ramas en rayos dorados que caían sobre su rostro, calentando su piel y proyectando sombras danzantes en el camino.

El bosque era silencioso salvo por el canto ocasional de algún pájaro y el crujir suave de la grava bajo sus botas. Llevaba la gabardina negra con patrones rojos abierta, dejando ver el buzo de entrenamiento debajo. Sus pasos eran tranquilos, casi meditativos.

Este sendero solo lo usaban unos pocos.

Llevaba a la tumba de su madre.

Un pequeño altar privado construido por Xiay y un grupo de sirvientes fieles poco después de su muerte. No era ostentoso: una lápida sencilla de mármol blanco con su nombre grabado en letras elegantes, rodeada de flores silvestres que alguien renovaba cada semana. Sobre la lápida siempre había una pequeña vasija con incienso y una foto antigua de Lizbell sonriendo, tomada cuando aún estaba embarazada de Inei.

Inei llegó al claro.

Y se detuvo.

No estaba solo.

Frente al altar, de espaldas a él, estaba la esposa de Xiay —su tía política, pero también la mujer que lo había criado en gran parte de su vida cuando Lizbell no podía. La segunda madre que el destino le había dado.

Llevaba un vestido sencillo de color crema, el cabello recogido en un moño bajo. En su pecho, sujeto con un canguro de tela suave, dormía una bebé pequeña. La niña no tendría más de seis meses; su cabecita cubierta de pelusa oscura reposaba contra el hombro de la mujer.

Inei sintió que el aire se le atoraba en la garganta.

No esperaba verlas aquí.

La mujer —cuyo nombre era Lirien— giró lentamente al notar su presencia. Sus ojos se abrieron con sorpresa, luego se suavizaron al reconocerlo.

—Inei… —susurró, como si temiera despertar a la bebé.

Él dio un paso adelante, incapaz de ocultar la emoción que le apretaba el pecho.

—Tía Lirien…

Lirien se giró lentamente al notar su presencia.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Primero sorpresa pura.

Luego… algo se rompió dentro de ella.

Sus ojos verdes se aguaron al instante, brillando con lágrimas contenidas. Su labio inferior tembló. La mujer que siempre había sido la calma personificada, la que lo había consolado de niño cuando lloraba por su madre, la que le había curado las heridas y le había contado historias antes de dormir… ahora parecía a punto de derrumbarse.

—Inei… —susurró, la voz quebrada.

No pudo contenerse más.

Corrió hacia él.

Sus brazos se abrieron y lo envolvieron con fuerza, apretándolo contra su pecho como si temiera que desapareciera otra vez. La bebé entre ellos soltó un pequeño quejido, pero no despertó. Lirien enterró el rostro en el hombro de Inei, temblando.

—Seis años… —sollozó en voz baja—. Seis años sin verte… sin saber si estabas vivo…

Inei se quedó rígido un segundo, en shock.

No la había visto desde su regreso. Aunque su mente quisiera verla algo en su corazón le decía que no estaba listo para verla después de irse sin decir adiós. Había evitado este encuentro, no por rechazo, sino porque no sabía cómo enfrentar el peso de todo lo que había pasado. Pero ahora… ahora ella estaba aquí, abrazándolo como si aún fuera el niño que se escapaba a su regazo cuando tenía pesadillas.

Lentamente, sus brazos subieron. La rodeó con cuidado, sintiendo el calor de su cuerpo y el pequeño bulto de la bebé entre ellos. Cerró los ojos.

—Tía Lirien… —murmuró, la voz ronca—. Lo siento… por desaparecer tanto tiempo.

Ella negó con la cabeza contra su hombro, sin soltarlo.

—No te disculpes. Solo… no vuelvas a irte sin decir adiós. No lo soporto otra vez.

Permanecieron así varios segundos, abrazados en silencio frente al altar de Lizbell.

La bebé —Aeloria— se removió ligeramente y abrió los ojos. Miró a Inei con curiosidad inocente, sin entender nada, solo viendo un rostro nuevo.

Lirien se separó un poco, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Sonrió temblorosa.

—Es tu hermanita —dijo, ajustando el canguro para que Inei pudiera verla mejor—. Nació hace cinco meses. Se llama Aeloria.

Inei miró a la pequeña. Los ojos de la bebé tenían heterocromía, uno de un color verde como los de su madre, y el otro. Un negro profundo que parecía el mismo vacío.

—Se parece a ti —dijo en voz baja—. Pero ¿Por qué color diferente?

Lirien sonrió un poco antes de responder.

—Nadie sabe el porque de su ojito, pero cuando lo vi me recordó a ti. Cuando le envié la carta a Xiay con la noticia de la niña, recibí una respuesta emocionada pero en los registros del clan no hay nadie que lleve los ojos negros, solo tu. Debe ser algo más antiguo que todo este país.

Inei sin poder evitarlo alzo una mano para acariciar la cabecita de la bebe, la pequeña rio en respuesta y se retorció un poco.

—Es cosquillosa en la cabecita y no le gusta demasiado que la acaricien ahí, así que dale suave.

Inei detuvo de inmediato su mano pero sorpresivamente la bebe tomo un dedo con su manita pequeña.

—¿Oh? Parece que le gusta recibirlas de ti.

Inei con una sonrisa continuo sus caricias y la risa de la bebe estallo en el pequeño santuario.

—Ella es fuerte…

—Igual que sus hermanos mayores.

Mientras Inei disfrutaba del momento una pregunta cruzo por su mente.

—¿Una carta?—. Pregunto deteniendo su mano para mirar a Lirien. —¿No estabas en la residencia?

Lirien negó con la cabeza, acomodando mejor a la bebé contra su pecho.

—No. Regrese hace poco. Cuando supe que sería niña tuve que viajar hasta la capital para pasar el proceso del embarazo y el parto con mis hermanas Asuma. Es tradición.

Inei inclinó la cabeza, curioso.

—¿Tradición?

Lirien asintió, su expresión volviéndose más seria, pero llena de cariño.

—En la familia Asuma… solo hay mujeres. Siempre ha sido así. No sé por qué, pero desde hace generaciones solo nacen niñas. Por eso, cuando una Asuma queda embarazada de una niña, debe regresar al recinto familiar en la capital. Allí recibimos elixires especiales, rituales de purificación y bendiciones que aseguran que la bebé nazca fuerte, sana y con un núcleo estable desde el primer día.

Hizo una pausa, mirando a Aeloria con infinito amor.

—Según la tradición, las niñas nacidas en el recinto Asuma deben permanecer allí hasta los cinco años. Es el tiempo que se considera necesario para que absorban la energía pura del lugar, para que crezcan protegidas y con una base sólida antes de enfrentar el mundo exterior. Después de los cinco años, la madre puede llevarlas donde quiera.

Inei escuchó atentamente, procesando cada palabra.

—¿Y por qué pudiste venir antes?

Lirien sonrió con un toque de picardía.

—Mi madre Aertih me dio permiso especial. Dijo que los Nozen se trasladan pronto a la capital y que no quería que Aeloria creciera sin conocer a su padre y a sus hermanos mayores. Pero una vez que lleguemos a la capital… tendré que volver al recinto Asuma con ella hasta que cumpla los cinco años. O al menos eso es lo que dice la tradición.

Inei asintió despacio.

—Papá tiene planeado irse de Linye en un mes —comentó—. Está esperando que los ancianos del círculo principal vuelvan de su reclusión para que podamos ir todos juntos. Así puede proteger al clan entero de bandidos y cualquiera que quiera hacer daño en el camino.

Lirien soltó una risa suave, casi nostálgica.

—Conozco muy bien a Xiay. Haría exactamente eso. Pero lastimosamente no se va a poder. Aerith y las demás mujeres del clan quieren mucho a Aeloria. Quieren criarla bien, enseñarle las costumbres Asuma desde pequeña. Por eso enviaría a dos expertas de la familia con nosotras… o más bien, vendrían después. Están en una misión ahora mismo.

Justo en ese momento, por encima de ellos pasaron volando dos figuras.

Dos auras poderosas, una dorada y otra azul plateada, cruzaron el cielo en dirección a la entrada principal de la residencia. El viento que generaron hizo temblar ligeramente las hojas de los árboles.

Lirien levantó la vista y su rostro se iluminó con una sonrisa enorme.

—¡Mis hermanas! — exclamó, emocionada—. ¡Shiranui y Lyssia!

Tomó la mano de Inei con fuerza.

—Ven. Vamos a recibirlas.

Inei dejó que lo guiara, todavía procesando todo lo que se le presentó en un pocos minutos.

—

Cuando llegaron a la entrada principal, Nezari y Xiay ya estaban allí, recibiendo a las recién llegadas.

Dos mujeres descendieron con gracia frente a la puerta doble de hierro negro.

Shiranui Asuma era de piel blanca como porcelana, cabello castaño rojizo largo y ondulado que caía hasta la cintura, ojos del mismo color cálido. Su cuerpo era proporcionado, curvas suaves pero marcadas, con una elegancia natural que hacía que cada movimiento pareciera calculado. Vestía una túnica ligera de color ámbar con detalles dorados.

Lyssia Asuma era de piel morena clara casi bronceada, cabello rubio brillante recogido en una coleta alta, ojos grises penetrantes. Su cuerpo era atlético: abdomen marcado con un six-pack visible incluso bajo la ropa, brazos y piernas tonificados, pero conservaba curvas femeninas —menos pronunciadas que las de Shiranui, pero suficientes para que su belleza fuera impactante y feroz al mismo tiempo. Llevaba una armadura ligera de cuero reforzado con placas plateadas, más práctica que ceremonial.

Ambas se inclinaron en respeto al ver a Nezari y Xiay.

Nezari se acercó con pasos elegantes y besó a cada una en la frente.

—Mis niñas… —dijo con voz cálida—. Qué alegría verlas.

Shiranui sonrió con dulzura.

—Tía Nezari… Primo Xiay… es bueno volver a verlos.

Lyssia, más directa, cruzó los brazos.

—Mamá nos ordenó venir. Dice que el clan Nozen se traslada pronto y que está inquieta porque quiere a Aeloria de vuelta lo antes posible. Pero… ¿quién es Aeloria?

Justo en ese momento, la voz de Lirien se escuchó desde atrás, un grito feliz y lleno de emoción.

—¡Shiranui! ¡Lyssia!

Corrió hacia ellas —con cuidado por la bebé—, y las tres se fundieron en un abrazo apretado. Lirien lloraba de alegría; sus hermanas también tenían los ojos brillantes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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