Hasta que el cielo me detenga - Capítulo 64
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Capítulo 64: Acto I — Capítulo 16 — Reclutamiento
Las llamas aún crepitaban consumiéndolo todo. Los restos de una gran ciudad yacían reducidos a cenizas y escombros humeantes. Edificios derrumbados, calles partidas, el cielo teñido de un naranja sucio por el humo y el fuego. En el centro de la avenida principal, el cadáver colosal de un monstruo de tentáculos negros y ojos múltiples ocupaba media calzada, su cuerpo aún humeando, exhalando un hedor a carne quemada y podredumbre.
En medio de ese caos, un Inei más joven —apenas quince años, el rostro cubierto de hollín y sangre ajena— estaba de rodillas.
Frente a él, apoyado contra un muro medio derrumbado, se encontraba un hombre alto de tez negra profunda, ojos amarillos que brillaban como brasas incluso en la agonía. Su armadura estaba rota, el pecho perforado por uno de los tentáculos del monstruo. La sangre oscura brotaba con cada respiración, pero su voz seguía firme, ronca, gastada por los gritos de toda la batalla.
—Lo hiciste muy bien, pequeño… —dijo, extendiendo una mano temblorosa para posarla en el hombro de Inei—. Muy bien.
Inei no podía hablar. Sus manos temblaban sobre el suelo, los puños cerrados con tanta fuerza que las uñas se clavaban en las palmas. Lágrimas limpias trazaban surcos en la suciedad de su rostro.
—No te culpes por esto —continuó el hombre, forzando cada palabra—. No tienes error en nada. Yo quise hacerlo. Yo elegí quedarme. Elegí protegerte a ti… y a los demás.
Tosió sangre. El sonido fue húmedo, doloroso. Pero no apartó la mirada de Inei.
—Mírame, muchacho.
Inei levantó la cabeza. Sus ojos negros estaban vidriosos, rotos.
—Vive —dijo el hombre con una intensidad que parecía quemar más que las llamas a su alrededor—. Vive la vida al máximo. Sé fuerte. Mantén la cabeza en alto, aunque el mundo intente arrancártela. No dejes que el dolor te doblegue… úsalo. Conviértelo en combustible. Porque si no lo haces tú… nadie más lo hará por ti.
Hizo una pausa. Su mano apretó el hombro de Inei con una fuerza sorprendente para alguien que se desangraba.
—Y cuando dudes… cuando sientas que no puedes más… recuerda esto: Eres el joven más talentoso de esta era, nadie podrá contigo, sentirás momento en donde quieras caer, donde no quieras continuar. pero yo se que podrás para mí. Después de todo eres como un hijo para mi. Siempre lo serás.
La mano se aflojó.
Los ojos amarillos se apagaron lentamente.
—Cuídate mucho… Inei.
El cuerpo se desplomó hacia un lado.
Inei soltó un grito ahogado, roto, que se perdió entre el crepitar de las llamas.
—-
Inei despertó con un jadeo corto.
Estaba sentado en posición de loto en el centro de su habitación. La luz del amanecer entraba por la ventana abierta, bañando el suelo de madera en tonos dorados suaves. Su respiración era agitada, el pecho subiendo y bajando con fuerza. El sudor perlaba su frente y su nuca.
Se pasó una mano por el rostro, intentando borrar la imagen que aún ardía detrás de sus párpados. El diario estaba abierto sobre la mesita baja frente a él. La pluma aún goteaba tinta. Tomó aire profundo. Una. Dos veces. Su cuerpo se estabilizo tras unos minutos que parecieron eternos.
Se levantó, estiró los músculos y caminó hasta la ventana. Abajo, el patio ya bullía de actividad. Carros de carga siendo preparados, sirvientes corriendo con cajas, jóvenes del clan ayudando con entusiasmo renovado. El anuncio del reclutamiento de la Academia Jinshan había encendido algo en ellos. Incluso los más perezosos ahora cargaban sacos y ataban cuerdas con energía.
Inei sonrió levemente.
Bajó al patio principal.
Allí vio a varios sirvientes luchando con un carro especialmente pesado lleno de provisiones y equipo de entrenamiento. Sin pensarlo, se acercó y levantó uno de los extremos con facilidad, ayudando a colocarlo en posición. Los sirvientes lo miraron con sorpresa y gratitud.
—Gracias, joven maestro —dijo uno de ellos, limpiándose el sudor.
Inei solo asintió.
Mientras ayudaba a asegurar las cuerdas, su mirada se detuvo en una figura al otro lado del carro.
Una joven de cabello corto azulado, casi zafiro, estaba agachada recogiendo herramientas caídas. Trabajaba en silencio, de espaldas a él, con movimientos precisos pero nerviosos. Llevaba la túnica sencilla de los sirvientes, pero algo en su postura no encajaba.
Inei frunció el ceño.
Todos los jóvenes del clan —los que tenían edad y talento— estaban en la plaza central desde hacía dos horas, compitiendo en las pruebas de admisión de la Academia Jinshan. ¿Quién era esta chica? ¿Y por qué seguía aquí?
Se acercó con pasos tranquilos.
Ella lo sintió antes de verlo. Se tensó visiblemente, los hombros rígidos. Cuando levantó la vista y lo reconoció, dio un pequeño salto hacia atrás, casi dejando caer una caja de herramientas.
Los sirvientes cercanos comenzaron a alejarse sutilmente, como si supieran que no debían estar cerca.
Inei se detuvo a unos pasos de ella.
—¿Tu nombre? —preguntó con voz calmada, sin agresividad.
La joven bajó la cabeza de inmediato, las manos temblando ligeramente.
—Lyen… joven maestro —respondió con voz baja, el tono de alguien acostumbrado a ser inferior—. Lyen es el nombre que me dio mi madre.
Inei ladeó la cabeza.
—¿Por qué no estás en las pruebas?
Lyen apretó los labios. Sus ojos azules evitaron los de él.
—Tengo prohibido participar en actividades del clan.
La mirada de Inei cambió. Se volvió seria, fría.
—¿Quién te dijo eso?
Lyen tartamudeó, nerviosa.
—Soy… una bastarda.
La palabra cayó como una piedra en el silencio.
Inei sintió que algo se tensaba en su pecho.
Antes de que pudiera responder, una voz gruesa y furiosa resonó desde el otro lado del patio.
—¡Lyen!
El hombre que avanzaba a paso rápido era un anciano alto y delgado, de cabello blanco corto y ojos hundidos. Vestía la túnica negra de los ancianos principales, pero su expresión era de ira contenida.
Verash.
Uno de los más conservadores del clan. El mismo que siempre había mirado a Inei con desconfianza, como si su existencia misma fuera una amenaza al orden antiguo.
Verash se acercó gritando regaños.
—¿Qué haces aquí perdiendo el tiempo? ¡Tus deberes están en la lavandería! ¡Muévete antes de que te castigue de verdad!
Pero antes de que pudiera acercarse más, Inei alzó una mano.
Un muro de hielo cian se alzó del suelo frente a Verash, deteniéndolo en seco. El anciano retrocedió un paso, sorprendido.
Inei dio un paso adelante, colocándose entre Verash y Lyen.
—Cálmese, anciano Verash —dijo con voz autoritaria, fría como el hielo que acababa de invocar—. No le grite a nadie en mi presencia.
Verash se quedó rígido, los ojos entrecerrados.
—Esto no es asunto tuyo, muchacho. Es una bastarda. Tiene obligaciones. No puede andar por ahí como si perteneciera.
Inei lo miró fijamente.
—Bastarda o no, tiene la sangre de un Nozen corriendo por sus venas. Ella pertenece al clan y le recuerdo que voy a ser el patriarca de este clan. Así que por favor retírese a pensar que las reglas no serán las mismas. Nadie aquí será tratado como basura. Ni bastardos. Ni sirvientes. Ni nadie.
Sin esperar respuesta, Inei se giró hacia la joven.
—Y tú… ve a las pruebas. 200 jóvenes salieron del clan. Quién sabe cuántos más enviaron las familias de la ciudad. Si quieres ser alguien, empieza por clasificarte a la Academia.
Lyen tragó saliva. Miró a Verash. Luego a Inei.
Y corrió.
Verash soltó un gruñido bajo.
—Estás cometiendo un error, joven patriarca —dijo con veneno—. Las normas existen por una razón.
Inei lo miró sin emoción.
—Las normas que protegen la mediocridad ya no existirán.
El hielo se deshizo lentamente.
Verash dio media vuelta y se alejó con pasos furiosos.
Inei se quedó solo en el patio.
—Si quiero cambiar las normas del clan… tengo que memorizarlas todas —murmuró para sí mismo, con una media sonrisa irónica—. Y estoy aquí hablando de cambiar y apenas conozco cinco… ja.
Su mirada se elevó hacia la cúpula de la plaza que se alcanzaba a ver apenas por encima de las murallas de la residencia.
—Según entiendo se quedarán tres días… tal vez vaya el último.
Pero no esperó tres días.
Horas después, Inei ya estaba en lo alto del coliseo.
Observando.
La plaza estaba llena.
Cientos de jóvenes.
Gritos, tensión, orgullo, miedo.
Las pruebas para ingresar a la Academia Jinshan eran sencillas pero no fáciles.
Primera prueba: Pureza de Arcam Una roca gigante de cristal negro flotaba en el centro del coliseo, sostenida por runas de contención. Cada participante colocaba la mano sobre ella y liberaba su Arcam. La roca absorbía la energía y mostraba un número del 1 al 10 en su superficie.
5 era aceptable → pasabas con normalidad. 6 → pasabas con honores. 7 o más → excelente, acceso directo a las mejores zonas de cultivación.
Segunda prueba: Concentración y resistencia Mantener el aura liberada el mayor tiempo posible sin colapsar. La prueba medía resistencia mental y control de Arcam. Los que caían antes de los 5 minutos quedaban fuera.
Tercera prueba: Combate contra instructor
Pureza 5-7 → instructor en etapa Ony.
Pureza 8+ → instructor en etapa Sun. Sobrevivir a 20 golpes consecutivos sin rendirse ni ser noqueado.
Entre los que destacaron estaban Kael y Dren. Ambos pasaron las tres pruebas con resultados sólidos (pureza 6 y 7 respectivamente), pero su expresión era de descontento. No veían a Inei por ningún lado.
Las otras familias de Linye apenas lograron ingresar 20 jóvenes cada una. De los 200 jóvenes del clan Nozen, apenas 45 lograron pasar con dos pruebas. Solo 20 superaron las tres con grandeza. El clan Nozen era superior en números y calidad… pero sin su máximo representante, la victoria se sentía vacía.
Inei observaba todo desde la altura del coliseo, en una de las gradas superiores reservadas para invitados de alto rango. La gabardina negra ondeaba ligeramente con la brisa. Nadie se atrevía a sentarse cerca de él; su presencia ya imponía respeto y distancia.
Kael y Dren lo vieron desde abajo.
Ambos intercambiaron una mirada de desafío.
Pero no se acercaron.
Sabían que, si lo provocaban ahora, el resultado sería el mismo que en el patio… o peor.
Inei no les prestó atención.
Sus ojos estaban fijos en la roca de pureza.
Un joven desconocido de otra familia o quizás de las cercanías de la ciudad colocó la mano.
La roca brilló.
Nivel 8.
El público estalló en vítores.
Inei observó el perfil del chico. Su largo cabello café le impedía ver completamente su rostro, pero algo en su postura, en la forma en que su Arcam fluía limpio y estable, le hizo sentir que este joven era diferente. Mejor que la mayoría.
Luego vino Yeryn.
Inei se inclinó hacia adelante sin darse cuenta, toda su atención fija en ella.
Yeryn colocó la mano sobre la roca con seguridad. Su aura dorada brilló un instante antes de ser absorbida.
La roca se iluminó con fuerza.
Nivel 9.
El coliseo entero rugió.
Yeryn no sonrió. Solo retiró la mano con calma y caminó hacia la siguiente prueba, su cabello castaño ondeando como una bandera.
Inei sintió un orgullo cálido en el pecho sus labios se alzaron en una sonrisa cálida mientras la veía caminar con plena confianza.
En el siguiente circuito un instructor los esperaba, había un total de cinco puestos Yeryn y el chico desconocido ocupan dos y esperaban a los tres faltantes.
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