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Hechicero Supremo en Hogwarts - Capítulo 176

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176: Mil Vidas para Verte Sonreír 176: Mil Vidas para Verte Sonreír Mil Vidas para Verte Sonreír Severus Snape.

Profesor de Pociones de Hogwarts.

Jefe de la casa Slytherin.

Encargado de la sala recreativa para descanso y ocio… irónicamente.

En un principio, muchos se opusieron a la creación de aquella sala.

Snape fue uno de los más vocales.

¿Juegos y entretenimiento dentro de una escuela mágica?

¿Fomentar la pereza?

¡Una pérdida de tiempo!

Pero con el paso de los años, lo que empezó como una objeción se volvió una rutina…

luego, un refugio.

Algunos usaban las máquinas para divertirse, sí, pero muchos más encontraban en ellas un remanso para estudiar, relajarse… o simplemente huir.

Y Snape, que jamás imaginó entregarse a tales ilusiones, descubrió que él mismo se había vuelto adicto.

Porque en ese mundo irreal podía verla.

Una y otra vez.

Lily.

Podía repetir aquel día maldito, una y mil veces, intentando cambiar el final…

Intentando salvarla.

Pero siempre dolía.

Siempre.

Estar a cargo de esas máquinas había sido un error.

Un error que lo arrastraba como una droga.

Una maldición que te consume y de la cual ya no puedes escapar.

Y todo comenzó con ese niño.

Stephen.

Al principio, Snape creyó que era otro Gryffindor insolente, una copia más del legado de idiotas egocéntricos.

Y no se equivocó… al menos el primer día.

Pero algo cambió.

Stephen parecía disfrutar enfrentarse a él.

Se burlaba, lo provocaba, le hablaba como si fueran viejos amigos… Incluso lo llamaba “mejor amigo” con una sonrisa estúpida.

Y luego estaba su hermana gemela.

¡Otra cabeza hueca que lo seguía como si fueran dos molestos duendecillos revoloteando a su alrededor!

Snape comenzó a ser percibido de otra forma.

Ya no solo era el temido maestro de Pociones.

Ahora era una figura central en las anécdotas de aquellos dos molestos hermanos.

Y no eran los únicos.

James también se unió a aquella caótica familia.

Snape, al principio, sintió el rechazo natural… pero cada vez que lo miraba, no podía ignorar esos ojos.

Eran los ojos de ella.

Luego llegaron más Flamel.

Por suerte, esos eran más tranquilos.

La mayor, cuando castigó a Sirius Black en público, se ganó su respeto.

Y entre los más jóvenes, uno terminó incluso en su propia casa.

Un chico al que, pese a sus bromas, no podía odiar.

Porque, a diferencia de él en su juventud… ese muchacho sí tenía una familia.

Snape meditaba sobre todo esto mientras se detenía frente a la máquina más peligrosa de todas.

La Realidad Virtual Inmersiva Mental.

Un invento de MagicTech que nunca fue lanzado oficialmente debido a un fallo fatal: los usuarios no podían salir.

O más bien… no querían salir.

Algunos vivieron vidas enteras dentro de ella.

Décadas, siglos quizás, mientras en el mundo real solo pasaban días o semanas.

Y cuando finalmente morían de viejos en su mundo artificial, sus cuerpos colapsaban en la realidad.

Vacíos.

Snape lo sabía.

Sabía que esa máquina lo llamaba.

Sabía que podía perder la razón… Pero también sabía que, dentro de ese mundo, podría ver qué vida le habría tocado si todo hubiera sido diferente.

No lo pensó más.

Se acostó en la cápsula.

Activó la secuencia.

Y se dejó consumir por su última oportunidad de redención.

…… Abrió los ojos.

El corazón le latía con fuerza.

Reconocía aquel lugar al instante.

Estaba en Hogwarts.

Más precisamente… en el Gran Comedor.

El momento de la Selección.

Y ahí estaba ella.

Sentada en el banquillo con el Sombrero Seleccionador sobre la cabeza.

Lily.

Su Lily.

La que lo abandonó.

La que murió sin saber cuánto la amaba.

La que solo podía ver a través de los ojos del hombre que más odiaba.

Severus tragó saliva.

“Lily… “murmuró, apenas conteniendo las lágrimas”.

Lily… Estaba viva.

Tan perfecta.

Tan real.

Esta realidad virtual era peligrosa por eso mismo.

Tan perfecta que podía hacerte olvidar que no era tuya.

El Sombrero gritó su decisión: “¡GRYFFINDOR!

Lily bajó corriendo, radiante, y cuando sus ojos se cruzaron con los de Snape, le dedicó una sonrisa que lo hizo tambalear.

Luego, Minerva McGonagall, notablemente más joven, leyó su nombre: “Severus Snape.

El joven Snape avanzó con paso firme, decidido, mientras las miradas curiosas se posaban sobre él.

Se sentó en el banquillo, el Sombrero le cubrió la cabeza y susurró: “Oh… ¿qué tenemos aquí?

Tus recuerdos están…

confusos.

Veo mucha astucia, un alma marcada por la oscuridad y el dolor…

claramente Sly” “¡Gryffindor!

“interrumpió Severus con voz firme, autoritaria.

“¿Estás seguro?

Hay una fuerte tendencia a la protección, cualidades propias de Slytherin… y también mucha rabia.

“¡Gryffindor!

“repitió sin vacilar.

“Bueno, si eso es lo que deseas… ¡GRYFFINDOR!

Los aplausos estallaron en la mesa roja y dorada, y Lily volvió a sonreírle, feliz de tenerlo a su lado.

Estudiaron juntos.

Día y noche.

Los Merodeadores aún estaban ahí, claro.

Pero Snape ya no era el mismo.

Los ignoraba.

Eran solo niños idiotas, arrogantes, buscando atención.

Después de años enseñando a los Flamel, su paciencia con los inmaduros era inmensa.

Fuera de Hogwarts, la guerra crecía.

Voldemort reunía a los Slytherin a su causa, extendiendo su sombra.

Pero esta vez, Snape se mantuvo al margen.

No hubo coqueteo con la oscuridad.

Solo una vida… normal.

Con los años, se unió a la Orden del Fénix junto a Lily.

Incluso terminó forjando una frágil paz con los Merodeadores.

Y cuando James intentó cortejarla… esta vez, fue Severus quien ganó su corazón.

Se casaron.

El día más feliz de su existencia.

Pero ese día… El destino decidió cobrarse su deuda.

Un ataque mortal.

Mortífagos.

El mismísimo Lord Voldemort al frente.

Lucharon juntos.

Codo a codo.

Y cuando la muerte llegó… Severus y Lily se fueron tomados de la mano.

Una última sonrisa.

Una última mirada.

Y un adiós… que jamás dolió tanto.

………… Severus, en un abismo de oscuridad absoluta, recuperó la conciencia.

Recordó.

Su vida…

Era solo una simulación.

Y con una voz quebrada por la locura, dijo: “Otra vez.

………..

Esta vez fue distinta.

Severus entró a Gryffindor.

Se unió a la Orden del Fénix.

Y vio cómo Lily se casaba con James.

Incluso fue padrino de su hijo.

Cuando la profecía fue pronunciada, el destino no cambió.

James y Lily murieron.

Entonces Snape tomó el lugar que jamás pensó ocupar.

Crió a Harry como si fuera su propio hijo.

No por obligación.

Sino porque el amor que sentía por Lily le exigía proteger lo último que quedaba de ella.

Vivieron juntos hasta que Harry cumplió 17 años… y la guerra volvió.

Snape murió a manos de Lord Voldemort.

Otra vez.

Para causar dolor a Harry.

Para cerrar el círculo de tragedia.

…………..

“Otra vez “dijo, como un eco en la nada.

……… En otra vida, convenció a Lily de escapar.

Pero el destino, cruel e inevitable, volvió a cruzarse.

Voldemort apareció justo cuando estaban por abordar un barco, y masacró a todos los muggles presentes… Y a Lily.

… “Otra vez.

… Cientos de repeticiones.

Miles de vidas.

Diferentes caminos.

Diferentes decisiones.

Diferentes muertes.

Pero en ninguna, en ninguna, pudo vivir con Lily hasta envejecer.

Ni una sola vez vio su cabello volverse blanco junto al suyo.

Ni una sola vez la abrazó bajo la lluvia como ancianos enamorados.

Era como si el mismo mundo que él había creado se negara a permitirlo.

Como si incluso su subconsciente supiera que ella no debía sobrevivir.

Lo intentó todo.

Incluso la despreció, con la esperanza de que así ella viviría.

Pero no lo logró.

Mató a James.

Mató a los Merodeadores.

Se volvió el Señor Tenebroso.

Y aun así… Lily moría.

Siempre.

……… Snape, de pie en una dimensión sin forma ni color, miraba a la nada.

Sus ojos estaban desenfocados, perdidos.

Su rostro… era el de un hombre que había vivido mil vidas, mil tragedias.

Y su cordura pendía de un hilo invisible.

“Otra vez… “susurró.

Y el escenario cambió.

Estaba otra vez en Hogwarts.

La selección.

El Sombrero.

Y Lily… “Creo que es suficiente “dijo una voz desde la oscuridad.

El tiempo se detuvo.

Una figura se acercaba lentamente detrás de Snape.

Su presencia era serena, pero firme.

“¡Cállate!

¡Tengo que… tengo que…!

Snap.

El chasquido retumbó como un trueno mudo.

Una ola de magia entró en la mente de Severus.

Sus ojos, nublados por la obsesión, comenzaron a recuperar la claridad.

Los recuerdos de esas mil vidas falsas se comprimieron como películas en su memoria.

Ya no eran su vida.

Eran solo sueños… Dolorosos, hermosos, crueles sueños.

Y los recuerdos verdaderos, enterrados bajo siglos ficticios, empezaron a florecer.

Snape jadeó.

Abrió los ojos con fuerza.

“Cierto… Estoy en una simulación… “murmuró, mientras su mirada volvía a posarse en Lily, sentada en el banquillo.

“Es bonita “dijo la voz detrás de él, contemplando a la joven pelirroja.

Snape lo miró de reojo.

Y respondió, con un suspiro casi reverente: “Sí.

Es una flor que ilumina el bosque con su sonrisa.

Se giró completamente.

“¿Qué haces aquí, Flamel?

¿Tú hiciste que ella no pudiera vivir?

¿Para que yo no quedara encerrado?

El rostro del hombre era familiar… pero más maduro.

Más sabio.

Stephen.

“Nadie ajustó nada “respondió Stephen con calma”.

Una vez dentro, solo tú controlas este mundo.

Y, sin importar cuántas veces intentaste salvarla… sabes que si ella vive, el mundo mágico… cae.

¿Verdad?

Snape apretó los puños.

“¿Estás diciendo… que cada una de sus muertes fue porque yo quise que muriera?

Stephen lo miró con compasión.

“No.

Tú la amas con cada fragmento de tu alma.

Pero tu conciencia… sabe que si ella vive, tú no querrás salir nunca más.

“¿Y si quiero quedarme aquí para siempre?

“gruñó Snape, con la voz temblando.

Stephen lo observó por unos segundos.

“¿Sabes?

Escuché ese estúpido dicho: “Si la amas, déjala ir…” Snape reaccionó de inmediato: “Eso es imposible.

“Lo sé.

Siempre me pareció una tontería.

¿Por qué dejar ir a quien es tu todo?

Perderla… es perderte.

Pero no soy yo quien debe juzgar eso.

Stephen volvió su mirada a Lily.

“A veces, por quedarnos atados al pasado, condenamos al futuro.

Está bien que la ames, Severus.

Pero quizás, por ese amor, podrías ser un mejor profesor… Para el recuerdo que ella dejó en el mundo.

Stephen sonrió con melancolía.

“Yo no tuve esa oportunidad.

Tú sí.

Aprovechala.

Y cuando, en el más allá, la vuelvas a encontrar… Cuéntale todo.

Cuéntale cómo cuidaste lo que ella dejó.

Entonces, una puerta negra como la noche apareció detrás de él.

Stephen caminó hacia ella.

Antes de entrar, se giró una última vez.

“Ah, y dale un mensaje a Stephen… El verdadero.

Dile que se va a empezar a mover.

Dicho eso, desapareció.

La oscuridad se disolvió como niebla al amanecer.

Snape se quedó quieto.

Luego se volvió hacia Lily, que seguía sentada, sonriendo sin saber nada.

La miró con ternura infinita.

“Adiós, Lily… Fue bueno verte.

Sentirte.

Estar a tu lado… una vez más.

Y cerró los ojos.

…………… “¿Cómo deberíamos despertarlo?

“preguntó Wanda, caminando nerviosamente alrededor de la máquina.

“Tal vez si le traemos una chica emo… lo tentamos “se burló Tony.

“¡Sean serios!

¿Por qué dejaron una de estas cosas aquí?

“exclamó Stephen.

“Quería ver si podía arreglarla para evitar que alguien quedara atrapado… o, no sé, agregar un botón de expulsión “respondió Tony, rascándose la cabeza.

“Y si no despierta, no volveremos a tener profesor de Pociones “dijo Harry, serio… aunque con un destello de travesura en los ojos.

“Eso es lo que quisieras, ¿verdad, Potter?

“dijo una voz áspera.

Todos se quedaron en silencio.

Snape había abierto los ojos.

Y los miraba.

“¡Corran, el demonio ha vuelto!

“gritó Wanda antes de desaparecer con un pop.

“¡Adiós, profesor!

Me alegra verlo bien.

Me llevaré esto “dijo Tony, metiendo la cabina entera en una bolsa mágica y saliendo corriendo.

“Es bueno que hayas vuelto, Severus.

Estuviste ahí… dos semanas “comentó Stephen con una sonrisa tranquila antes de retirarse.

Harry, que intentaba escabullirse como si nada, se detuvo cuando escuchó: “Detente.

El joven Potter se quedó congelado.

Esperaba un sermón.

Un castigo.

Unos insultos disfrazados de sarcasmo.

Snape lo miró directamente a los ojos… y solo dijo: “Puedes irte.

Y comenzó a caminar hacia su despacho.

Pero esta vez… Sus pasos no sonaban pesados.

No retumbaban como látigos en el suelo.

Esta vez, caminaba… ligero.

Como alguien que, por fin, había dejado ir algo.

Su rencor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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