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Heidi y el señor - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 Capítulo 38 - Coleccionista de libros - Parte 2
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38: Capítulo 38 – Coleccionista de libros – Parte 2 38: Capítulo 38 – Coleccionista de libros – Parte 2 Editor: Nyoi-Bo Studio Esa noche, Heidi se fue a la cama más tarde de lo usual, ya que el Señor Nicholas le había mostrado la biblioteca de la mansión que usualmente estaba cerrada.

Era una habitación estrecha donde los tres lados de la pared, estaban cubiertas por estantes de libros.

La biblioteca estaba oscura, así como el pasillo que habían usado antes de entrar en la biblioteca.

Las velas que estaban en el candelabro, y las que estaban cerca de las paredes, se habían derretido y las gotas habían formado estructuras solidificadas.

Stanley había ayudado a volver a prenderlas.

Todos los libros que estaban dentro y fuera se veían viejos.

Más viejos que ella.

Más tarde, ella le había agradecido al Señor por haberla traído aquí, a lo cual él no hizo nada más que sonreír.

Mientras ella se había dado el tiempo de mirar los títulos de todos los libros, sus ojos se dieron cuenta de una sección que estaba dentro de una caja de vidrio.

A pesar de que eran más antiguos que los otros y de apariencia desastrada, parecía que estaban siendo atesorados.

Los títulos de los libros decían «Feudal de rivales», «Orígenes», «Tiranía de humanos y vampiros», «Bruja jardinera», y habían algunos otros que no estaban relacionados entre sí.

Al ver la tinta negra salpicada en los libros, ella dijo:— Tienes una colección extraña de libros, milord.

Hay algunos con tinta derramada sobre ellos —se movió hacia delante para mirar al Señor.

—Eso no es tinta —murmuró Nicholas.

—¿Qué?

—preguntó Heidi, quien no había captado lo que había dicho.

—Creo que es bastante tarde.

Puedes venir en otro momento a la biblioteca.

Stanley —dijo llamando al mayordomo —¿Por qué no acompañas a la Srta.

Curtis a su habitación?

—Sí, amo.

Srta.

Curtis —la llamó el mayordomo y ella le deseo buenas noches al Señor antes dejar la habitación junto con el mayordomo.

Una vez que el mayordomo hubo escoltado a la señorita a su habitación, había regresado a donde estaba su amo, quien aún estaba en la oscura biblioteca.

Su Señor estaba sosteniendo un libro y leyéndolo, mientras estaba parado en frente de la caja de vidrio cerrada.

—Los humanos son extraños, ¿no?

—habló su Señor, sus ojos todavía clavados en el libro que había elegido para leer.

—Sí, milord —respondió el mayordomo rápidamente.

—Tienen libros tan extraños que apenas tienen sentido.

¿Cómo crees que reaccionaría ella si le contara la verdad sobre esto?

—dijo pasando sus dedos sobre la cubierta desigual del libro y entregándoselo al mayordomo.

—La Srta.

Curtis es honesta con sus opiniones —añadió el mayordomo mientras se agachaba un poco para poner el libro donde había estado guardado anteriormente.

—Ciertamente lo es.

Conociéndola, probablemente tendría algo que decir —dijo sonriendo y continuó:—Si planea visitar la biblioteca de nuevo, que indudablemente lo hará, asegúrate de que sea en tu presencia y cierra esto —dijo mirando la caja de vidrio.

—Ha pasado tanto tiempo desde la última vez que traje un libro aquí atrás.

¿Cuándo fue?

—preguntó el Señor Nicholas reflexivamente.

—Deben ser cuatro años, milord —dijo, y el Señor murmuraba en respuesta —Y si puedo agregar, el libro de la bruja negra es uno de gran calidad.

—Es cierto.

Obtener los libros de brujas es algo difícil, ya que no los venden en todos los mercados —afirmó, y el mayordomo sonrió ante las palabras de su amo.

Los libros de brujas negras nunca podían ser vendidos, ya fuera en tierra humana, o en tierra de vampiros.

Su propia existencia era desaprobada.

Cualquiera que lo tratara de vender en un mercado abierto, conocería el mismo final que el de las brujas negras.

Pero eso no significaba que no se vendieran en ningún lado.

Los objetos más ilegales e inmorales podían encontrarse en el mercado negro.

A pesar de que su maestro tenía contactos en el mercado negro, el que estaba en la biblioteca no lo habían conseguido allí.

Al igual que muchos otros libros que estaban en la caja de vidrio, estos habían sido escogidos de las casas de la gente a quien su amo había matado.

Hace algunos años, los tiempos no eran tan pacíficos como lo eran ahora.

El derramamiento de sangre en público era común, y con las brujas causando masacres, su amo usualmente estaba afuera en vigilancia para hallar a los responsables que estaban causando perturbaciones.

No era tinta, sino manchas de sangre que estaban grabadas en la tapa de los libros.

Por muy perturbador que sonara, su amo era único y él estaba orgulloso de servirle.

—Milord, ¿es correcto que el Sr.

Lawson deje a la Srta.Curtis aquí por tanto tiempo?

Discúlpeme, pero no los he visto pasar el suficiente tiempo juntos.

—Está bien.

Warren es un poco lento, pero —el Señor Nicholas se detuvo —Haz que alguien lo siga.

Ha estado visitando al Consejo y yendo al norte muy a menudo.

Primo o no, quisiera no tomar ningún riesgo.

—Sí, milord.

Considérelo hecho —dijo Stanley inclinando la cabeza.—A propósito, milord —sacó dos sobres de su bolsillo y se los entregó a su Señor.

—¿De quién son?

—preguntó Nicholas mientras los tomaba, y a medida que leía el nombre en uno de los sobres, una sonrisa se formó en sus labios —¿Ya es ese momento…?

—Ha sido invitado a la celebración de Hallow, que va a ocurrir en menos de tres semanas.

—¿Hm?

—dijo Nicholas que vio que el otro sobre era de su amigo Rhys Meyers.

Después de leer el contenido, le entregó de vuelta el sobre al mayordomo y dejó la oscura biblioteca.

Al día siguiente, Heidi estaba sentada en un carruaje camino a la mansión Meyers.

El Sr.

Meyers había solicitado que asistiera a la mansión para acompañar a su esposa, solo si ella quería.

Al encontrarse con la Sra.

Meyers en la mansión, la dama se veía igual a como la había visto antes.

Su cabello negro y liso estaba amarrado con un listón blanco.

Heidi y Lettice salieron a la ciudad ya que la dama deseaba salir de compras.

—Lamento haberte pedido que vinieras tan repentinamente.

Me disculpo por el inconveniente —dijo Lady Lettice, disculpándose cuando habían llegado a la ciudad que Heidi había visitado previamente con el Señor Nicholas y Stanley.

—Por favor, no te disculpes.

Me alegra que hayas pedido mi compañía, y no estaba haciendo nada a excepción de estudiar con mi educadora —contestó Heidi con una sonrisa en su rostro.

—Ya veo —dijo sonriendo de vuelta.

Su cara se relajó aún más que aquella vez que la había visto en su cumpleaños.—¿Cómo ha sido tu estadía en la mansión Rune?

—Ha sido agradable —respondió Heidi mientras caminaban a los lados de la calle.—Pero a veces se vuelve aburrido.

Sentada en la mansión sin hacer nada.

¿Cómo pasas tu tiempo, Lady Lettice?

Lady Lettice rió suavemente cuando vio la mirada preocupada de Heidi.—Entiendo a qué te refieres.

Al principio, a mí también me costaba mucho.

No tener nada que hacer y pasar el tiempo dentro de la mansión, pero te acostumbras.

Te acostumbras a vivir la vida de la élite vampírica.

Me puedes llamar Lettice.

Provenimos del mismo entorno.

No creo que necesitemos usar títulos.

—Entonces, por favor llámame Heidi —dijo compartiendo una amigable sonrisa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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