Heredero De La Herida - Capítulo 1
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
1: El amanecer en Santa Rosa 1: El amanecer en Santa Rosa El amanecer en Santa Rosa siempre tenía el mismo sonido, como si fuera una canción triste que nadie compuso pero todos conocían: el mar respirando en la distancia, los perros ladrando sin motivo, y mi mamá cantando bajito mientras movía las ollas en nuestra cocina diminuta.
Tenía 4 años, pero ya sabía que mamá hacía magia.
Magia rara, silenciosa, de esa que nadie aplaude: magia para que el olor a tierra húmeda no fuera tan feo, magia para que la cama vieja no sonara tanto, magia para que yo nunca me sintiera pobre, aunque lo éramos más de lo que yo podía imaginar.
—Maxi… despierta, mi amor —me dijo con una sonrisa que temblaba un poquito.
Cuando abrí los ojos, ella ya estaba ahí.
Cabello negro, camiseta grande, ojeras tatuadas por la vida.
Pero sonriendo… siempre sonriendo.
Como si la sonrisa fuera el único lujo que podía darse.
—Mami… ¿te ayudo?
—murmuré, todavía pegado al sueño.
—Déjamelo a mí, corazón.
Eres muy pequeño para estar en la cocina —rió suave, como si le doliera reír—.
Hoy me toca salir temprano, así que te quedas… Pero no la dejé terminar.
—¡Voy contigo, mami!
—grité, abrazándola.
Ella me cargó aun cuando ya pesaba bastante.
Un temblor le cruzó los brazos.
No lo entendí… pero supe que algo en ella estaba cansado de una forma que los adultos esconden y los niños no saben nombrar.
Aun así me sostuvo.
Aun así me apretó contra su pecho.
Aun así… siempre.
Nuestro castillo de tierra Después de desayunar y prepararnos, caminamos por la casa.
Era chiquita, una sola habitación partida en tres con cortinas gastadas: un espacio para la cama, un rincón para la cocina, y una sala que parecía una caja de cartón abierta.
El piso era tierra dura.
Cada vez que mamá barría, salía más polvo, como si la casa respirara tristeza por debajo.
El techo de zinc cantaba con cualquier viento, y las paredes sin pintar tenían manos marcadas, huellas de vidas pasadas que yo nunca conocí.
Pero para mí era enorme.
Para mí era mi castillo.
Y en ese castillo vivía la mujer más fuerte del mundo.
El camino al mar Cuando por fin salimos, el barrio estaba medio dormido, como si acabara de llorar.
Un hombre pasó en moto sin luces, dos señoras barrían la vereda como si barrieran problemas, y unos chicos reían fuerte en la esquina, riéndose de algo, o de nada, o tal vez de la vida.
Mamá me acercó con su mano, firme en mi hombro.
—No mires para allá.
Camina pegadito a mí, ¿sí?
—Sí, mami.
Yo quería ayudarle cargando algo, cualquier cosa, pero ella siempre me decía lo mismo: “Eres pequeño, corazón.” Y aunque era verdad, igual me molestaba un poquito por dentro.
Ella siempre trataba de cubrirme del mundo, como si su cuerpo pudiera detener las cosas malas.
Y yo pensaba que sí podía.
Porque era mi mamá.
Porque para un niño… ella lo era todo.
La zona de pesca Al llegar al mar, el aire olía a mar recién abierto, a pescado fresco, a sal.
Mamá colocó su mesa plegable y sacó las empanadas que había preparado antes del amanecer.
Yo vi cómo se tocaba la espalda, rápido, como quien esconde un dolor que arde.
—¿Te duele, mami?
—pregunté.
—No, mi amor… solo una mosca —dijo, sonriendo con esfuerzo.
Yo la abracé de la pierna.
Ella olía a masa, aceite, esfuerzo… y a ese olor que solo tienen los hogares construidos con las manos desnudas.
Los pescadores Con el sol subiendo, los pescadores llegaban uno por uno, arrastrando sueños rotos, redes mojadas y esperanzas viejas.
—¡Buenos días, Mara!
—gritaban.
—¡Buenos días, Marcos!
Están calentitas.
¿Cuánto quieres?
—Dame tres —respondía él.
Cada vez que vendía una empanada me miraba, como si me dijera sin palabras: “Lo estamos logrando, ¿ves?
Aunque sea poquito.” —Guarda las monedas, Maxi —y me daba unas cuantas.
Yo las metía en una latita vieja con un dinosaurio casi borrado.
Para mí, eso era un tesoro.
—¿Crees que hoy vendamos todo, mami?
—Claro que sí.
Hoy llegan los barcos que estuvieron afuera una semana.
Ellos vienen con hambre… y el hambre siempre compra.
Mientras esperábamos, compramos unos plátanos a un señor de carreta y los comimos como si fuera un banquete.
La bendición escondida Más tarde, a media mañana, llegó la señora Bibi, la dueña de la casita donde vivíamos.
—Mara, ¿cómo amaneciste?
—Bien… un poco cansada nomás.
—Siempre te veo luchando, hija —le dijo tocándole el hombro—.
Ojalá la vida te devuelva algo bonito.
Mamá bajó la mirada.
Sus ojos se pusieron vidriosos, pero no lloró.
Nunca lloraba delante de mí.
—Algo bonito ya tengo —dijo mirándome, y sus ojos brillaban de orgullo silencioso.
Yo no entendí.
Era demasiado pequeño.
La enseñanza del viento Al mediodía, mientras contábamos monedas, mamá habló bajito, como si le hablara al mar.
—¿Sabes, Maxi?
Cuando recién llegué aquí… un señor me ayudó.
Un hombre bueno, que me dio un aventón cuando yo no tenía nada.
Estabas conmigo… tenías un añito nomás.
Capaz no te acuerdas.
Hasta hoy estoy agradecida.
Fue como un ángel.
Yo la miré sin entenderlo del todo.
—A veces la vida te pone ángeles así, sin alas.
—¿Por qué me dices eso, mami?
Se agachó y me miró a los ojos.
—Porque en esta vida hay gente buena y mala… pero la mayoría es buena.
Cuando crezcas, ayuda a alguien sin esperar nada a cambio.
Todo vuelve… lo bueno y lo malo.
—Okay, mami —le dije, sin comprender del todo.
—¿Y cómo se llamaba ese señor?
—Víctor… el apellido no me acuerdo.
Pero hoy intento devolver un poquito de esa bondad.
Iba a seguir hablando, pero justo entonces llegaron más pescadores.
En minutos… vendimos todo.
Tarde de compras Ya por la tarde, recogimos la mesa.
Yo cargué mis cositas; mamá cargó lo demás.
Sus brazos temblaban.
Yo quería ayudarle con lo pesado, pero ella siempre decía que no, que todavía era muy pequeño para esas cosas.
No lo entendía… pero su cuerpo sí hablaba.
Por el mismo camino de siempre, regresamos a casa.
Dejamos las cosas, y nos fuimos a comprar lo que necesitábamos para el siguiente día: harina, aceite, unos vegetales, especias… y mamá siempre guardaba unas monedas para comprarme una galleta, aunque eso significara que ella comiera menos en la noche.
De vuelta a casa Cuando ya oscurecía, tomábamos el bus porque estaba lejos.
A mí me encantaba sentarme en la ventana.
Cuanto más nos acercábamos, más grande se hacía la playa.
Una playa hermosa.
Al bajarnos, caminamos el resto hasta la casa.
Adentro, mamá se bañó conmigo, lavándome la cabeza con sus manos tibias aunque se le cerraran los ojos del cansancio.
Comimos los dos, pero ella siempre comía poquito.
—Come tú más, maxi.
Yo ya estoy llena.
Mentira.
Una mentira hermosa.
Finalmente, nos acostamos.
Ella me contó historias inventadas, mezclando verdad y fantasía.
Y así… nos quedamos dormidos.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES T0TIT0 bueno me gustaría dale la bienvenida a heredero de la herida.
me gustaría aclarar que esto no es una novela.
es una novela ligera.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com