Heredero De La Herida - Capítulo 10
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10: La brecha 10: La brecha Cuando acabó la ceremonia regresamos al dormitorio.
Lina dijo con su voz firme: —Escuchen bien, reclutas.
A partir de mañana, 06:00 en punto afuera, formadas.
Hoy empezamos ejercicio real… pero suave, para que su cuerpo se vaya acostumbrando.
Y así fue.
Salimos, hicimos trote, flexiones, abdominales.
Regresamos recién a las seis de la tarde.
Cansadas, sí.
Pero no destrozadas.
El grupo de Max sí había sufrido bastante; el mismo día que entraron los hicieron entrenar fuerte.
Eso nos contó Lina.
A las seis de la tarde, ella se fue y nos dejó solas en el dormitorio.
El ambiente estaba pesado, cargado.
Un silencio raro, como cuando alguien rompe algo y nadie sabe cómo reaccionar.
Kelly fue la primera en explotar.
Se tiró en mi cama —ni fuerzas tenía para subir a la litera de arriba—, se tapó la cara con la almohada y empezó a llorar.
Pero no era llanto de cansancio.
Era rabia pura.
Me acerqué despacio.
—Kelly… tranquila.
Ella levantó la cara.
Los ojos rojos, hinchados.
—¡Tú no sabes cómo me siento, Alma!
—gritó—.
¡Tú tienes a tu noviecito ahí todavía!
¡Yo no tengo a nadie!
Abrí la boca… y la cerré.
No sabía qué decir.
—No es mi novio… —murmuré, casi sin voz.
—¡Sí, sí, como digas!
—me gritó, enterrando otra vez la cara en la almohada.
Me quedé helada.
Porque si Max se hubiera ido… yo no sé qué habría hecho.
Las demás se acercaron.
Yili le pasó un vaso de agua; otra le frotó la espalda.
Después de un rato, Kelly se calmó.
Se limpió la cara con la manga.
—Perdón… no quise gritarte.
—No pasa nada —le dije, apretándole la mano.
Marisol, desde su litera, preguntó bajito: —¿Y ahora qué vas a hacer?
¿Vas a hablar con él?
Kelly soltó una risa amarga.
—¿Con quién?
Ese idiota no cumplió la promesa que hicimos.
Dijo que aguantaría todo… y al segundo día se fue.
La voz se le quebró, pero respiró hondo para no llorar otra vez.
En la última fila, arriba, Daniela hablaba por celular.
Un teléfono blanco, pequeño, con teclas.
Carísimo.
Fácil tres meses de sueldo.
Se escuchaba clarito su pelea: —¡Sí, tú te saliste, no es mi culpa!
¡Tú me trajiste aquí!
¡Tú me dijiste que íbamos a estar juntos!
¡Jódete, Carlos, jódete!
Y colgó.
El celular voló contra la pared y se desarmó en mil pedazos.
Todas nos quedamos mirando los restos.
Nadie dijo nada sobre el precio.
En este país, tener uno de esos ya es un lujo.
Kelly ni volteó.
Ya había tomado su decisión.
Yo solo quería cambiar de tema.
Pasaron las horas.
Hablamos de tonterías, organizamos las guardias imaginarias que Lina nos había explicado el domingo.
Kelly y yo hicimos el primer turno.
Una hora mirando la puerta, sin hablar casi nada.
Había un huequito desde donde se podían ver los dormitorios de los hombres.
Yo traté de encontrar dónde estaba Max, pero era imposible: todos los cuartos eran iguales.
Solo se alcanzaban a ver las cabezas de los que dormían en las literas de arriba.
Cuando por fin tocó dormir, abracé la almohada y recé bajito.
Que a Max le vaya mejor.
Se notaba que lo estaba pasando mal.
Cerré los ojos.
Pov: max Oye, oye… Max, levántate —me dijo Tony.
Yo estaba durmiendo igual que varios compañeros.
Miller estaba echándose agua en la cara.
Automáticamente pregunté: —¿Dónde está el soldado?
Miller, que había sido el primero en levantarse, respondió: —Cuando desperté estaba sentado de espaldas, mirando hacia afuera… como pensativo.
Cuando me vio levantado solo dijo que descansemos, que a las cuatro venía a vernos para ir al almuerzo.
Y me dijo que no levantara a nadie, que los dejara dormir… Miller miró raro Tony.
Siguió hablando que si ya ves que son las cuatro, ahí sí los despiertes.
“Cuida a tus compañeros”, me dijo.
Luego cerró la puerta y se fue.
Miller sonrió.
—Es una buena persona.
Tony lo miró raro.
—¿Seguro?
Para mí que dices que es bueno porque tú estás más loco.
O me equivoco, Gugu, jajajá.
Miller se molestó y empezaron a discutir.
Yo intenté calmarlos, y en eso los demás comenzaron a levantarse.
Todos preguntaban por el soldado, y Tony repitió lo que Miller había dicho.
A pesar de que seguíamos cansados, ese pequeño descanso nos había recuperado bastante.
Pero el hambre… esa sí la sentíamos todos.
El soldado llegó y nos llevó al rancho.
Me senté con Miller, Tony y algunos más.
Comi tranquilo .porque el soldado parecía de buen humor.
Era raro… pero se sentía.
Los demás devoraban la comida como si no hubieran visto un plato en días.
Bueno, sí era así.
Yo, en cambio, comía lento.
Pensaba en muchas cosas.
Tenía el uniforme puesto.
Se sentía increíble.
Me sentía seguro, confiado… más de lo normal.
Era extraño… me sentía muy feliz.
Y también pensaba en Alma.
Me preguntaba cómo le estaría yendo.
Su instructora parecía buena gente, se le veía amable.
Supuse que Alma debía estar bien.
También me acordé de esa cabo que apareció en el bosque… No la vi en la ceremonia.
Fue raro.
Todo era raro ese día.
Pero yo me sentía feliz llevando este uniforme.
Después del almuerzo, salimos a formar.
El soldado explicó: —Hoy empiezan los ejercicios de adaptación.
Son para que su cuerpo se acostumbre al dolor.
Con los días subirá la intensidad.
Mis compañeros se miraron entre sí, asustados.
La verdad, todos pensábamos que nos iba a hacer.
Pero luego dijo: —Vamos a correr diez minutos suaves y descansan diez minutos.
Nos quedamos en shock.
Era como si el soldado hubiera bajado la intensidad… y no había trampa.
Toda la tarde, hasta las seis, hicimos ejercicios suaves.
El soldado se veía diferente.
Más tranquilo.
No sabíamos por qué.
Al llegar a los cuartos nos bañamos y a las siete ya estaba cada uno acostado.
Y esta vez no nos olvidamos de la guardia imaginaria.
Estábamos descansados, todo estaba fluyendo mejor.
Así pasó un mes entero.
Cada día la intensidad subía un poco, pero nada como los primeros días.
Mejoramos muchísimo: coordinación, disciplina, condición física.
Tony se volvió mamadísimo, con un físico estético que daba miedo.
Miller y yo teníamos una masa muscular casi igual; habíamos subido bastante.
No había visto a Alma por semanas.
Me di cuenta de que no coincidíamos en horarios de comida.
La parte de mujeres estaba “cerca”, pero en realidad muy lejos.
Apenas se las veía pasar.
Hoy era el primer día de clases.
El soldado nos explicó que eran seis horas con profesores que enseñaban historia, armamento, estrategias… Un tipo escuela.
Varias aulas.
Mixto: quince hombres y diez mujeres por aula .
Pero con el pasar del mes muchos hombres se dieron de baja.
De cada pelotón quedaron unos veinte.
En el nuestro siguió igual.
‘Hoy, después de un mes, iba a ver a Alma.
A ver cómo estaba…
a ver a mi hermana.
Y al pensar en ella, el recuerdo de la noche en que la conocí me viene inmediatamente a la mente.
Esa noche fue, además, la misma en que Mara, su madre, fue asesinada.
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