Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Heredero De La Herida - Capítulo 12

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Heredero De La Herida
  4. Capítulo 12 - 12 miradas
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

12: miradas 12: miradas —¿Qué hacen?

—dijo el soldado al entrar.

Todos nos quedamos quietos de golpe.

—Nada, mi soldado —respondimos casi al mismo tiempo.

Tony y Miller estaban abrazándose de forma incómoda, como si se hubieran quedado congelados a medio movimiento.

Tony se rió nervioso; Miller solo lo miraba serio.

El soldado suspiró y negó con la cabeza.

—Escuchen bien.

Cuando acaben las clases, se dirigen al área de bosques.

Ahí los estaré esperando.

Hoy iniciamos entrenamiento de defensa y combate cuerpo a cuerpo.

Un murmullo recorrió el cuarto.

—No lleguen tarde —añadió.

Luego se dio la vuelta y se fue.

Miller miró a Tony como si estuviera loco.

—¿Viste?

Por tus pendejadas casi nos cae la gota grande.

Tony se encogió de hombros, todavía riéndose.

—Relájate, gugu, jsjs.

Comenzaron a discutir otra vez, pero los separamos y nos empezamos a vestir.

Mientras nos cambiábamos, los compañeros hablaban emocionados.

Llevábamos casi un mes corriendo, haciendo resistencia, escalando obstáculos… pero combate real todavía no.

Y era verdad: el soldado ya no era el mismo de los primeros días.

Ahora era más profesional, más calmado.

Nos explicaba por qué hacíamos cada ejercicio, no solo gritaba órdenes.

Cuando terminamos de vestirnos, Tony y yo salimos primero.

—¡Conteo!

—dije.

Contamos rápido.

Todos completos.

Íbamos a la cabeza del grupo rumbo al rancho.

Desayunamos en silencio, con hambre, y luego nos dirigimos al área de instrucción.

Era una zona grande, donde se daban clases, charlas y reuniones.

El edificio tenía cinco pisos y varias aulas.

Cuando llegamos, ya había diez militares esperando: cinco hombres y cinco mujeres.

Poco a poco fueron llegando más grupos.

Entre ellos, vi de reojo a la misma militar que había hablado con el soldado semanas atrás.

Entonces la vi.

En uno de los grupos de mujeres estaba Alma.

A su lado, una chica de expresión dura, casi antipática.

La miré solo un segundo… pero fue suficiente.

Tony también la vio.

Se quedó mirándola sin disimular.

Alma no nos había notado hasta que levantó la mirada.

Primero vio a Tony… luego a mí.

Su expresión cambió.

No fue asco.

Fue algo más frío.

Giró la cabeza.

Pensé que tal vez estaba molesta, o cansada, o estresada.

—¡Escuchen, reclutas!

—dijo un militar al frente.

Todos enderezamos la postura.

—Hoy inician su preparación de conocimiento general.

Serán asignados a militares profesionales que estarán a cargo de ustedes mientras estén en esta área.

Recibirán seis horas de clases y luego regresarán con su instructor.

Hizo una pausa.

—El pelotón del soldado William es pequeño, así que serán distribuidos en distintas aulas.

Comenzaron a decir nombres.

Al final quedamos Rivera y yo.

—Clase cuatro —nos indicaron.

Había diez aulas, pero solo se usaron nueve.

Cada clase tenía alrededor de treinta reclutas, hombres y mujeres mezclados.

A Alma le tocó en otra aula, junto con Tony y otro compañero.

Entonces se acercó nuestro profesor.

Cuando lo vi bien… me quedé helado.

Era el viejo que había visto aquel día, comiendo en una esquina mientras esperábamos el bus para venir al cuartel.

El mismo.

—Me llamo Raúl Piñera —dijo caminando de un lado a otro—.

Y sí, antes de que pregunten, soy su profesor.

Se detuvo frente a mí y sonrió.

—Este es el chico loco por las mujeres.

¿Ya conseguiste una con esa cara?

Deberías tener varias.

Todos me miraron.

Me agarró del brazo y me empujó un paso al frente.

—Miren, este vino al ejército solo para ligar.

Sentí todas las miradas encima.

Busqué a Alma sin querer… se la veía confundida.

Y un poco molesta.

—No te sientas mal, chico —continuó—.

Cuando yo era joven, también vine por lo mismo.

Unos cuantos se rieron.

Yo no lo podía creer.

¿Ese viejo era un militar profesional?

Al final me mandó de vuelta a la fila y entramos al aula.

Era grande, sencilla, pero limpia.

Una pizarra al frente y una caja metálica con seguro en una esquina.

Nos sentamos como pudimos.

Yo quedé al fondo, junto a dos chicas.

Rivera estaba adelante.

A mi derecha, dos chicos.

Había más hombres que mujeres.

El profesor habló: —Las clases son de lunes a viernes.

Dos horas y cincuenta minutos, veinte de descanso y luego otras dos horas y cincuenta.

Golpeó la pizarra con el marcador.

—En el recreo: nada de escaparse, cero peleas.

Pueden hablar entre ustedes… pero nada de besos ni tonterías.

Me miró directamente.

Me sentí incómodo.

Respiró hondo.

—La primera materia será Historia de Aguatiena.

Creen que ya la saben, pero aquí se enseña la verdad.

No la de los libros de afuera, que mezclan mentira con realidad.

Nos miró uno por uno.

—Así que escuchen bien.

Y la clase comenzó.

Hace aproximadamente tres mil años, cuando la humanidad empezó a organizarse, surgieron grupos que, con el paso del tiempo, comenzaron a pelear por la riqueza.

Nuestro país siempre ha sido pacífico en todas sus provincias, pero los delincuentes de Nubliar envían a sus criminales hacia acá.

Esos son los que matan a nuestros ciudadanos, ayudados por malos kalubelianos.

Después de decir eso, el instructor se acercó a la caja, la abrió y sacó un mapa.

En el mapa se veían cuatro zonas grandes: era nuestro planeta, Aguatierra.

Cuatro continentes claramente divididos.

En cada continente había un solo país, y cada país era inmenso.

Dentro de cada país existían provincias con su propio encargado.

El nuestro tenía 150 provincias; éramos costeros, con playas interminables.

Nuestro país se llamaba Kalubeli.

Kalubeli ha sufrido mucho bajo dictadores, pero nuestro presidente nos salvó hace trece años.

Él luchó.

Esa marca que vieron en su cuello durante la ceremonia es la prueba de su sacrificio.

—Por eso deben entenderlo claramente: hay muchos traidores que quieren sacarlo del poder para volver a una dictadura.

Ustedes tienen que protegerlo con su vida si es necesario.

Es una persona tan buena que me dan ganas de llorar.

No se merece todo lo que ha pasado.

Yo lo escuchaba y me daba pena ajena la forma tan exagerada en que lo decía, así que le hice una pregunta por curiosidad.

—¿Y por qué siguen habiendo tantos crímenes en las provincias más pequeñas?

—Acabo de explicártelo —respondió—.

Son los traidores de la patria.

Hacen sabotajes para dejar mal parado al presidente.

Bueno, tenía un poco de sentido.

El presidente aparecía constantemente en periódicos y noticieros.

Recorría provincias, ayudaba a los sectores más necesitados y gozaba de un gran cariño popular en todo el país.

Sin embargo, su imagen no estuvo libre de polémicas.

En más de una ocasión se le atribuyeron hijos fuera del matrimonio, lo que alimentó rumores de infidelidad hacia su esposa.

De esos señalamientos, solo uno llegó a comprobarse: el reconocimiento de su hijo mayor, un joven de aproximadamente diecisiete años.

También surgieron acusaciones más graves relacionadas con esos niños, pero ninguna logró sostenerse con pruebas, por lo que finalmente quedaron sin confirmación.

Además, había sufrido varios intentos de asesinato.

Desde entonces aumentó la presencia militar: los que hacíamos el servicio no solo entrenábamos, también patrullábamos y apoyábamos en misiones.

Todo eso lo leía yo cuando estaba en casa.

Leía mucho.

No era especialmente fanático del presidente.

Nuestra provincia —donde vivíamos Alma, Josué y yo— era una de las más ricas del país.

No vivíamos en la ciudad, sino un poco alejados de ella, en un lugar tranquilo.

Allí casi nunca pasaba nada grave, pero se escuchaban cosas horribles de otras provincias, cosas que no salían en las noticias; solo circulaban de boca en boca.

Escuchaba todo eso mientras salía a correr con Alma.

—En estos últimos cinco años hemos sufrido muchos ataques a cuarteles por parte de otros países —continuó el profesor—.

Pero nuestro presidente es tan bueno que siempre busca el diálogo.

Esos ataques vienen disfrazados de acciones criminales.

El profesor siguió hablando por más de dos horas.

Casi todos estábamos muertos de sueño: cabezas cayéndose, ojos que se cerraban solos.

Hasta daba pereza levantar la mano para preguntar algo, porque cuando alguien lo hacía, el tipo nunca respondía claro.

Se iba por las ramas y te dejaba más confundido que antes.

Y encima, regla estricta: solo una pregunta por persona.

De pronto sonó el timbre.

Hora de descanso.

Salimos del aula.

Mientras bajábamos las escaleras, hablaba con Rivera sobre las clases.

—En parte tienes razón —le dije—.

El profesor explica muy vago… pero a veces sí tiene razón en ciertas cosas.

Justo en ese momento, una chica pasó rozándome.

Tenía el pelo negro largo, ojos oscuros y una expresión completamente inexpresiva.

Era compañera de clase.

Me quedó mirando.

Yo la miré unos segundos; fue incómodo.

Giré la cabeza.

Ella siguió avanzando.

Seguí bajando.

Abajo, el patio era enorme y casi vacío: unas pocas bancas, los baños en una esquina y el resto puro concreto.

La mayoría de los reclutas se tiraba al suelo o se sentaba donde podía para aprovechar los minutos de descanso.

Nos juntamos casi todos en una esquina.

Quería hablar con mi hermana, porque parecía que no le había ido bien por su actitud, pero no la veía por ningún lado.

Había demasiada gente.

De repente se escucharon gritos.

Nos paramos de golpe y corrimos a ver qué pasaba.

Un círculo de gente se había formado.

En el centro estaba Miller, peleando con otro recluta que no conocía.

Al principio eran solo ellos dos, pero de pronto se metieron más tipos y empezaron a golpear a Miller entre varios.

Me quedé congelado un segundo, sin saber qué hacer.

Entonces apareció Tony.

Se lanzó contra los que le pegaban a Miller sin pensarlo.

Mis compañeros se metieron también.

Al final, yo también entré.

Todo pasó rápido y desordenado: empujones, puños, codazos.

Sangre en la boca, en la ropa.

Llegaron soldados corriendo y nos separaron a la fuerza.

Apareció la cabo Verónica, furiosa.

—¿Qué hacen?

¿Están locos?

—gritó—.

¿No entienden que está totalmente prohibido pelear?

El que había empezado todo fue Miller.

Resultó que el otro recluta se había burlado varias veces de su apellido.

Cosas de niños… pero en ese ambiente cualquier chispa prende fuego.

Nos llevaron a todos a la sala del mayor, en uno de los primeros pisos.

El lugar era frío: una mesa grande, varias sillas y, detrás del mayor, una puerta metálica negra con cerradura electrónica.

—¿Qué pasó, Verónica?

—preguntó el mayor sin levantar mucho la vista de los papeles.

—Buenos días, mi mayor.

Tuvimos un inconveniente entre reclutas del pelotón del soldado William y del cabo Pinochet.

Empezaron una pelea.

El mayor suspiró, cansado.

—Póngales una falta.

Que los instructores hablen conmigo después.

No me hagan perder el tiempo, estoy hasta arriba con los registros.

Luego nos miró, serio.

—Me da igual el motivo.

Aquí no hay excusas.

A la tercera falta por comportamiento: baja directa.

Sin discusión.

Mandó a la enfermería solo a los del pelotón de William.

Los otros casi no tenían ni un rasguño.

Llegamos hechos pedazos: labios rotos, ojos hinchados, sangre en la camisa.

Nos curaron lo básico y salimos cerca de la una y media.

Después nos enviaron a los cuartos.

Caímos rendidos en las literas.

Descansamos unos minutos.

De pronto, uno de los compañeros dijo en voz baja: —Oigan… ¿no se suponía que el soldado William nos esperaba en el bosque?

Nos miramos.

Se nos había olvidado por completo.

Salimos corriendo como locos.

Llegamos jadeando, varios minutos tarde.

El soldado William estaba ahí, sentado sobre un tronco, mirando el horizonte.

Cuando nos vio llegar, no dijo nada.

Solo nos miró… una mirada fría, dura, pesada, como si nos estuviera midiendo uno por uno.

Se levantó despacio.

—Formación —dijo al fin, con voz alta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo