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Heredero De La Herida - Capítulo 13

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13: Latidos 13: Latidos Nos formamos en silencio.

El soldado nos observaba con atención; por su mirada supe que ya estaba al tanto de la pelea que habíamos tenido.

Sin embargo, no dijo nada al respecto.

—Miren a la derecha —ordenó.

Giramos la cabeza al mismo tiempo.

Había unos muñecos de aproximadamente un metro setenta, hechos de paja y madera, firmemente clavados al suelo.

El soldado dio un paso al frente.

—Hay alrededor de treinta Muñiz —dijo—.

Así se llaman estos muñecos de entrenamiento.

Nos indicó que cada uno se colocara frente a uno.

Obedecimos sin decir una palabra.

El soldado caminó hasta quedar detrás de los Muñiz.

—Pongan atención —advirtió—.

A partir de ahora, el entrenamiento será cada vez más pesado.

Van a cargar más peso y, con el tiempo, pelearán entre ustedes para tener combate real.

Más adelante, cada uno va a luchar conmigo.

Guardamos silencio.

—Ahora les explicaré cómo deben pelear —continuó—.

Cuando tengan a un enemigo al frente, ya sea en combate cuerpo a cuerpo, con cuchillo o a puño limpio… Movió el brazo hacia adelante con tanta fuerza que parecía cortar el aire.

—El puño debe ir firme.

El golpe nace desde el codo para que sea limpio, potente y sin ruido.

Bajen un poco el cuerpo para ganar impulso.

Luego levantó el pie y lanzó una patada al aire, precisa.

—Deben saber cuándo usar las manos y cuándo los pies.

Los movimientos no deben escucharse.

Nos indicó que practicáramos.

Comenzamos a golpear los Muñiz.

El soldado pasó uno por uno, corrigiendo posturas y movimientos.

Nos enseñó varias técnicas más.

Al final, regresamos al cuarto.

El soldado habló de nuevo: —El mayor les ha puesto un castigo.

A partir de la próxima semana van a iniciar guardia en la parte de las aulas.

Van a ir en grupos de dos, una hora cada grupo, así que siempre uno va a quedar libre.

Para decidir quién quedaría libre, el soldado cogió un papel y escribió “libre”.

Cada uno de los once tomó un papel.

Cuando los revisamos, todos estaban en blanco.

Miller sentía un poco de culpa.

Le había tocado a él.

Nosotros lo miramos y yo le dije: —Tranquilo, nosotros también participamos por cuenta propia.

Si te tocó a ti, no hay ningún problema, compañero.

Me reí nerviosamente.

—Está bien —dijeron todos.

El soldado habló otra vez: —Miller, lo que hiciste estuvo bien.

Hizo una pausa antes de continuar: —A veces no es el golpe lo que duele, sino la palabra.

Puede parecer algo mínimo, pero puede herir más que un golpe.

Luego miró a Tony.

—Así que ya no le digas así.

—Sí, mi soldado —respondió Tony con sinceridad.

El soldado asintió.

—Así que, para mí, el castigo no es algo que se merezcan.

Luego preguntó: —¿A quién le tocó guardia imaginaria hoy al último?

—Yo, mi soldado —dije—, y Tony.

—Ustedes dos inician la guardia.

Va a ser lo mismo que la guardia imaginaria, pero esta vez sí van a cuidar algo físicamente.

Nadie debe estar en la zona.

Cualquier cosa deben comunicarla.

Una hora por pareja.

Desde las once de la noche hasta las cinco de la mañana.

El soldado no explicó qué debíamos hacer si pasaba cualquier situación.

Después se fue.

Nos pusimos a hablar un rato y luego nos dormimos.

somos muy buenos amigos, todos.

POV: ALMA —Alma, ya es hora.

—Ya no mires tanto… estabas mirando al dormitorio de los hombres.

Hoy igual ya los vas a ver.

Tú levanta a las de abajo, yo a las de arriba —dijo Kelly.

Comencé a despertar a mi compañera mientras pensaba.

Kelly había cambiado bastante.

Antes era más suelta; ahora era más seria… pero seguía siendo amable con nosotras.

En ese último mes habíamos mejorado mucho: disciplina, resistencia y orden.

Lina no explicaba todo con palabras, pero su forma de actuar era casi como la de una mamá estricta.

Éramos veinticinco chicas.

Cinco se fueron.

Problemas con los novios.

Intentamos hacerlas entrar en razón, pero al final decidieron irse.

Hoy era el primer día de clases.

Estaba emocionada… y un poco nerviosa.

Pero no podía mostrarlo.

Fuimos a desayunar.

Comíamos ni muy lento ni muy rápido; teníamos solo diez minutos por grupo.

El rancho era un área enorme.

Primero entrábamos las mujeres, luego los hombres.

No había contacto.

Después nos dirigimos a áreas que Lina nos había enseñado semanas atrás.

Kelly y yo íbamos a la cabeza del grupo.

Lina nos explicó que quien hacía el último turno de guardia imaginaria debía guiar al grupo hacia las clases.

Cada vez nos dejaban ser más independientes… pero siempre ordenadas.

Al llegar, nos formamos.

Vi a varios militares.

Entre ellos, una militar llamó mucho mi atención: su uniforme impecable, perfectamente ajustado.

Imponía respeto sin decir una sola palabra.

Kelly estaba a mi lado.

La noté extraña… molesta.

Sentí algo raro.

Giré un poco la cabeza hacia la izquierda y vi a un chico grande, fuerte, de cabello café claro.

Se veía simpático.

Tenía una mirada distinta… una mirada de enamoramiento.

Pensé que me miraba a mí.

Pero no.

Miraba a Kelly.

También noté que Max estaba mirando.

Eso me incomodó.

Sentí algo extraño.

No sabía qué era.

¿Enojo?

¿Molestia?

No lo entendía.

Un militar comenzó a hablar y luego nos asignaron.

La militar de antes dio un paso al frente.

—Buenos días, chicas.

Hoy será un día en el que sus cabecitas se van a nutrir de conocimientos en áreas generales.

Pueden decirme mi cabo… o Verónica.

Mientras hablaba, escuché una risa masculina.

No se oía bien, pero vi a Max, sujetado del brazo por un superior, mientras este le decía algo a otro militar.

Verónica continuó hablando después de un momento.

Subimos al aula: un lugar amplio y sencillo.

Había una caja metálica en una esquina, un pizarrón largo y asientos simples.

Verónica nos explicó la historia de Aguatierra.

La contó de una forma muy particular, distinta a los libros.

Mis compañeras hicieron muchas preguntas.

Ella respondió todas con seguridad.

Yo no pregunté nada.

Max ama leer historia.

Cuando yo era pequeña, él se emocionaba hablando de Aguatierra.

Antes me sentaba a leer con él… pero eso fue hace años.

Miré a Kelly.

Estaba sentada a mi lado.

Es bonita.

Estatura normal, alrededor de uno sesenta y tres.

Ojos lindos.

No sabía por qué… pero me molestaba.

Ya no tenía ganas de hablar con Max.

No quería verlo.

Cuando terminó la clase, me quedé con Kelly y Yili.

Ellas estaban en silencio.

Nos quedamos sentadas en el aula.

Verónica no nos exigió bajar al patio.

Parecía darse cuenta de que algo me pasaba.

Se sentó cerca de la puerta.

De pronto, un soldado entró.

—Mi cabo, hemos tenido inconvenientes con unos reclutas.

Escuché, pero no le di importancia.

Mi mente estaba en otro lugar.

Verónica salió.

Minutos después, varios compañeros entraron.

Faltaban dos.

—Hubo una pelea —escuché que decían los compañeros—.

Verónica no tuvo más remedio que aplicar.

Sus dos compañeros regresarán mañana, no se preocupen.

Eran el chico que estaba junto a Max… y otro más.

Cuando acabó la clase, regresamos al dormitorio y nos acostamos.

Lina entró después.

—¿Cómo les fue?

—Bien —respondieron casi todas.

Yo no dije nada.

Estaba decaída.

Lina lo notó.

—¿Qué te pasa, Alma?

¿No hablaste con tu hermano?

—No pude… capaz mañana.

—Bueno, vamos a levantar el ánimo, chicas.

Se las ve aburridas.

Es normal, las primeras clases suelen ser así.

Luego sonrió.

—Nos vamos a la zona de tiro.

Hoy es su primer día.

Fuimos a la armería, un edificio tipo hangar.

Hicimos una fila larga.

Nos entregaron rifles.

Caminamos unos veinte minutos hasta una zona apartada: pasto corto, montañas de arena y blancos colgados entre palos.

Lina explicó cómo usar el arma.

Se acostó y disparó.

Le dio a todos los objetivos.

—Cinco balas cada una —dijo.

Pasamos una por una.

Yo tuve la mejor puntería.

Yili, la peor.

De regreso al cuarto, nos bañamos y nos cambiamos.

—¿Viste a ese chico?

Está guapo… más que mi novio —bromeó una, riéndose.

—Pero sí, es bonito.

—¿Cuál chico?

—El que sacaron los superiores cuando estábamos en el patio, tempranito, antes de iniciar las clases.

—Mi novio me contó que él vino para conseguir una mujer bonita.

—¿En serio?

—Eso fue lo que me dijo.

En ese momento… me quedé congelada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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