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Heredero De La Herida - Capítulo 14

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14: horizonte 14: horizonte Me quedé congelada.

Era algo tan tonto, tan fuera de lugar, que por un segundo estuve a punto de reírme.

Hace aproximadamente seis años estábamos afuera de la iglesia.

Había un campo; era un lugar amplio y tranquilo.

Subimos una pequeña montañita cerca de la iglesia.

Arriba había un árbol grande; junto a él, dos palos con una tabla improvisada que formaba un asiento para unas tres personas.

Del tronco colgaba una llanta vieja, clavada con alambre.

El árbol estaba lleno de marcas: rayones, nombres y frases que apenas se distinguían.

Un día estábamos ahí, leyendo.

A Max le gustaba leer cualquier tipo de libro.

Max era una persona muy amable y alegre.

Cada vez que lo veía, me sonreía, y eso me hacía sentir bien.

Ese día me dijo que su sueño era hacerse militar ñ.

-¿Por qué quieres ser militar?

-le pregunté.

-Tengo que cumplir una promesa que hice.

Tengo que ser el mejor No puedo fallar por segunda vez -respondió, mirando al frente.

-¿Pero tú quieres ser militar por decisión propia?

-No lo sé -dijo tras unos segundos-.

De verdad no lo sé.

-Por lo que sé, no parece una vida muy bonita -bromeé.

bajo la mirada -No es lo mismo saberlo que vivirlo pero es lo que yo quiero.

-¿Y tú qué quieres ser?

-preguntó, riéndose.

-Militar.

Me miró sorprendido.

Solo levantó la vista al cielo y dijo: -Sigue lo que te guste.

Pensé que dirías profesora, doctora o algo así -rió.

Lo que Max no sabía era que yo hablaba completamente en serio.

Él pensó que se me pasaría con el tiempo.

Regresamos.

No le di más importancia y me acosté en la cama.

Kelly me miró; yo estaba más relajada.

-Oye, ¿no ibas a hablar con tu hermano?

¿Qué pasó?

Te vi callada y no quise preguntar porque te veías mal .

Se me había olvidado todo.

Otra vez me sentí mal.

-Es que me siento un poco mal de la cabeza -respondí, riendo nerviosa.

-¿Y por qué no vas a la enfermería?

-Es algo leve, no quiero molestar.

Yili se acercó.

Estaba triste; había sacado la peor puntuación en tiro.

Se dejó caer en la cama.

-Tranquila -le dije-, es normal.

-Pero tú tuviste buena puntería.

Yo fui la peor.

-No seas exagerada -intervino Kelly.

Seguimos hablando toda la noche.

POV: Max Toda esa semana fue la misma rutina, pero cada día me sentía peor.

Alma no quería verme.

Literalmente.

Cuando iba a buscarla, se hacía la dormida.

Siempre estaba con dos chicas: una con actitud muy infantil y otra, la misma que estaba de mal humor el lunes.

Fui a buscarla con Miller.

Cuando llegamos, Miller casi se pelea con la chica llamada Yili.

Su amiga Kelly decía que estaba enferma.

Pasé la semana entera intentando verla, sin resultados.

Verónica, la tutora, me dijo que la dejara tranquila, que ella sola me buscaría cuando se sintiera mejor.

Al final no pude hablar con mi hermana, y eso me molestaba un poco.

Su comportamiento era peor de lo normal.

Llegó el sábado.

Ese día íbamos a practicar combates.

El soldado dijo: -Hoy será día de práctica.

Presten atención.

Con una rama trazó un círculo de unos cinco metros en el suelo y explicó las reglas: -Van a pelear de dos en dos.

Somos once, así que uno peleará conmigo.

Pierde quien salga del círculo o se rinda.

Sacó unos papeles, escribió doce nombres (excluyéndose) y comenzó el sorteo.

-Tony contra Rivera.

Ganador: Tony.

-Miller contra Castro.

Ganador: Miller.

Así continuaron los combates.

Yo estaba emocionado.

Quería pelear, probar todo lo que el soldado nos enseñaba.

Quedaban cuatro nombres.

Podía tocarme uno de mis compañeros…

o el soldado.

Al final, me tocó con él.

Entramos al círculo y nos quitamos las chaquetas.

-Voy a ir con todo, Max.

así que ponte las pilas.

Si no puedes, puedes rendirte a mitad de la pelea -dijo.

-No me voy a rendir, mi soldado.

-…..

Sabía que era bueno…

pero no iba a rendirme.

El duelo comenzó.

El soldado se lanzó hacia mí.

Su golpe pasó rozando mi cabeza.

Aproveché el momento y le di una patada al pie.

Cayó, pero se levantó de inmediato con un impulso impresionante.

Me lancé hacia él.

Para mí, era el mejor militar que había visto.

Si quería ser el mejor, tenía que ser mejor que él.

Me golpeó en el estómago y caí al suelo.

Me levanté al instante, pero ya estaba encima de mí.

Me impulsé hacia adelante; él respondió con una patada voladora.

Yo hice lo mismo.

Nuestras botas chocaron en el aire.

El impacto levantó polvo.

Aprovechó la apertura y me dio un golpe.

Sentí la cabeza vibrar, pero respondí con un ataque rápido.

Él lo esquivo .

El intercambio se volvió intenso.

Golpe tras golpe.

Mis compañeros observaban en silencio, sorprendidos.

Era una pelea digna de una película.

El soldado aumentó la presión.

Me golpeó de nuevo.

Reuní fuerzas y le di un puñetazo limpio.

Su vista se nubló por un segundo.

Me deslicé entre sus piernas, giré y le di una patada en la espalda.

Salió despedido, pero se agarró de un árbol, se impulsó y volvió al círculo.

No había salido.

Seguimos.

De pronto, aplastó una pequeña bola blanca entre sus dedos.

Un humo blanco salió disparado.

Sentí un escalofrío en la espalda.

Una fuerza invisible me lanzó fuera del círculo.

Lo último que vi fue el suelo acercándose.

-Ganador: William.

Me levanté al instante; me dolía un poco la espalda.

El soldado se acercó.

-Me sorprendiste.

En un momento pensé que iba a perder.

Muy bien hecho.

-Oiga, mi soldado -dijo un compañero-.

¿Eso qué fue lo que usó?

Iba a preguntar lo mismo, pero me robó la pregunta.

-Bueno, lo que vieron son bolas de neplín.

Sacó una de su bolsillo.

-Estas bolitas tienen forma redonda y son pequeñas, más o menos como la uña del meñique.

Cuando aplastan la bola, sale humo blanco, como vapor.

Dentro hay un líquido que, al contacto con el ambiente, se evapora rápido y produce humo por unos cinco o seis segundos.

Sirve para distracción: para disparar detrás del humo, acuchillar o cosas así.

Hizo una pausa y continuó: -Así que no crean que es poca cosa.

Esta bolita puede decidir entre la vida y la muerte.

Es una ayuda bastante buena, una de las mejores herramientas tácticas.

Hay varias, pero esta es de las más fáciles de usar…

aunque también es un poco trampa.

Así que tú ganaste, Max.

Lo hiciste muy bien.

Nos miró a todos.

-A lo largo de estos dos meses van a aprender de todo: tácticas, uso de trucos y más.

Yo levanté la mano.

-Mi soldado, ¿le puedo hacer una pregunta?

-Dime.

-¿Usted ha tenido enfrentamientos reales?

Suspiró un poco.

-La verdad, enfrentamientos en combate, no.

Prácticas, sí, pero solo cuando tengo tiempo libre.

Le había preguntado eso porque se me hacía extraño.

Yo había estado a la par.

-Tal vez se sientan decepcionados de mí.

Tal vez no sea el mejor luchando, pero me siento bien teniendo un grupo a quien redirigir.

Intento ser mejor no para mí, sino para dirigirlos y que ustedes tengan el mejor desempeño.

Discúlpame, Max, si te decepcioné.

-Eh, no, mi soldado -le respondí-.

Me sorprende que diga eso.

Para mí, usted es el mejor.

Mis compañeros también dijeron lo mismo: -Usted es el mejor.

Sonrió.

-Gracias, chicos.

Así que levántense y pasemos este día de descanso.

Se lo han ganado.

Fuimos al almacén de alimentos.

El soldado pidió varias cosas.

Algo que noté fue que le daba órdenes a otro soldado, y eso me dio curiosidad.

Mientras caminábamos por el campo, yo iba a su lado cargando unas cosas; mi compañero igual.

-Oiga, mi soldado -le pregunté-.

¿Por qué el otro soldado siguió su orden?

¿No se supone que entre el mismo rango no se pueden dar órdenes?

-dije, medio en broma.

-Pues el reglamento no lo señala -respondió-, pero es una costumbre.

Por ejemplo, dos tenientes: el que tiene más años siendo teniente puede dar órdenes al otro.

Ese soldado apenas tiene dos años de servicio.

Yo tengo más de seis.

Son reglas no escritas, pero así es.

Ya habíamos construido un poco de confianza, así que me atreví a preguntarle algo que llevaba tiempo rondándonos la cabeza, a mí y a mis compañeros.

-Mi soldado, ¿le puedo hacer una última pregunta?

Es una duda que tenemos desde hace tiempo.

No es por faltar el respeto, sino por curiosidad.

-Dime, Max.

El soldado miró al suelo.

Mis compañeros estaban atentos; ya sabían qué iba a preguntar.

-¿Por qué todos los instructores son cabos, menos usted?

-Como habrás notado, en el reglamento dice, en la página 92, que cada militar sube de rango cada cuarto años.

Puede ser antes o poco después, dependiendo de su comportamiento, disciplina y desempeño.

Respiró hondo.

-Yo soy el soldado más antiguo en este cuartel.

Antes había alguien que dirigía este grupo; el grupo número tres.

Cada instructor dirige a un pelotón.

-Lo que pasó fue que el año pasado, a finales de las pruebas de los tres puntos, el instructor fue ejecutado por traición.

Había puesto una sustancia en el agua de sus reclutas, menos a tres.

Según los informes, eran personas que le habían pagado una fuerte cantidad de dinero por los tres puestos en su pelotón.

-Había mucha gente buena.

Muchísimos.

Esos tres ganaron, pero al final fueron renegados de los cupos.

Así que los puestos cuatro, cinco y seis fueron los que ganaron.

Al final, ese pelotón no ganó nada.

-El instructor fue ejecutado públicamente aquí, en el área del escenario.

Tenía muchos crímenes, no solo ese.

Guardó silencio unos segundos.

-Antes de eso, yo me dedicaba a salir a la ciudad, dar vueltas con varios compañeros y regresar.

Esa era mi rutina casi todos los días.

Pero después de eso, me llamaron.

Subí al área del mayor.

-Me destinó a este puesto porque era el único que tenía más años de experiencia.

Había cabos, sí, pero tenían menos años que yo: cuatro o cinco, la mayoría.

Yo era el único con más tiempo y no había ascendido.

-Si no ascendí fue por resentimiento de mis superiores.

Es una larga historia, algo más personal.

Se las puedo contar más adelante…

cuando estemos comiendo, si quieren.

Todos dijimos que estaba bien, emocionados.

Cuando llegamos al bosque, alcanzamos un lugar cerca de un río.

Había un precipicio muy alto.

Abajo, a lo lejos, se veían unas estructuras que giraban; tenían forma de antenas.

Eran cinco cañones.

-¿Qué es eso?

-preguntó Miller.

-Son defensas antiaéreas -respondió el soldado-.

Son capaces de derribar cualquier nave grande o rápida.

Están ahí porque en estos últimos años ha habido muchos ataques a cuarteles.

A este no le ha pasado nada, pero es por precaución.

-¿Y por qué no declaran la guerra?

-preguntó Tony-.

Siempre se oye mucho de eso.

El último ataque fue al cuartel Marañón B2, en la provincia de gandol.

El soldado comenzó a decir.

-El presidente no hace nada.

Hace aproximadamente treinta años hubo la Sexta Guerra Continental.

Él estuvo ahí; fue quien la detuvo.

Nunca busca la guerra.

-El otro continente no dice nada.

No pide disculpas, no da motivos.

Se quedan callados.

El presidente siempre da la cara, y eso se le reconoce, pero que no defienda a su ejército con acciones es algo que me molesta.

Aun así, suele ser un buen presidente…

Se rió un poco y cambió de tema, como si hubiera más que no quería decir.

Nos sentamos en unos troncos y comenzamos a hablar.

Motivaciones, historias, cosas personales.

Éramos como una familia ahí.

Entonces Tony puso una cara muy seria…

y comenzó a hablar de su motivación.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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