Heredero De La Herida - Capítulo 18
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: ¿novios?
18: ¿novios?
El martes llegó.
Max estaba tenso.
En clase, ella no dejaba de coquetearle con la mirada.
Max apenas podía sostenerle los ojos: estaba pálido, rígido, muerto de vergüenza.
Ella lo notó y se quedó pensativa.
Cuando sonó el timbre, ella lo agarró del brazo de la nada.
Rivera lo vio todo y se quedó mirándolos, sorprendido.
—Voy a dar una pequeña vuelta con mi novia —dijo Max—.
Más tarde hablamos.
Ambos rieron con nerviosismo.
Rivera siguió mirándolos unos segundos antes de bajar con los demás.
—¿Dónde está Max?
—preguntaron Miller y Tony al ver llegar a Rivera solo.
—Con su novia —respondió él sin más.
Los compañeros quedaron impactados.
Tony pensó que ya lo habían perdido, mientras que Miller estaba realmente sorprendido.
—Nunca pensé que Max se fijara en esas cosas —dijo.
Uno de los muchachos preguntó, curioso: —¿Quién es?
¿Cómo es?
—Es compañera de clase —respondió Rivera—.
Se sienta a su lado.
Es simpática… y bonita.
El nombre no lo sé.
La curiosidad se les clavó a todos, así que decidieron ir a buscarlos.
Max caminaba con ella por una de las esquinas del patio, justo en el límite permitido.
Se tomaban de la mano.
—Relájate —le susurró ella—.
Te ves demasiado tenso.
Tienes que actuar mejor.
Se sentaron bajo un árbol, aparentando cercanía, aunque sin exagerar.
Había reglas claras: besos prohibidos, peleas prohibidas, cualquier contacto sexual estaba totalmente prohibido.
—Quiero preguntarte algo —dijo ella—.
Después tú me preguntas lo que quieras.
—Está bien… dime.
—¿Por qué no me entregaste?
Tenías a tu compañero cerca.
Yo ya estaba cansada.
Si gritabas o pedías ayuda, estaría muerta.
¿Por qué me ayudaste?
Max respiró hondo.
—Tú ya sabes lo que le pasa a gente como tú.
No quiero que por mi culpa muera alguien que no puede defenderse legalmente.
Quería saber tu motivo… tu motivación.
Dependiendo de lo que dijeras, habría tomado una decisión cuando intentaste matarme.
Fuiste sincera cuando hablaste.
Dijiste que era para el bien de mi país… y lo dijiste con honestidad.
Ella lo observó con atención.
—Pensé que era porque te enamoraste de mí.
Max la miró con una mezcla de pena y desconcierto.
—Tienes ideas raras… Ella sonrió apenas.
—Ahora respóndeme tú —dijo Max—.
¿Cómo saliste de tu cuarto sin que nadie te viera?
—Las reclutas de mi habitación se turnan la guardia.
A veces les digo que descansen, que yo continúo.
Cuando se duermen… salgo a hacer lo mío.
—No es la primera vez que sales, ¿verdad?
—Es mi segunda vez.
—¿Estás sola?
—¿Para qué quieres saber eso?
—Eso depende… ¿De ti?
—¿Es en serio?
—bufó ella—.
Sí, soy la única.
—¿Por qué te enviaron sola?
—Se filtraron los rostros y nombres de mis compañeros.
Yo soy la más nueva de las fuerzas especiales.
Era la única que podía hacer esta misión… y la última.
—¿La última?
—El Consejo de Nubla decidió dejar tu país como está.
Mi presidente dio la orden de una última incursión.
Buscamos documentos que prueben que el ejército de Kalubeli trabaja con criminales.
Max frunció el ceño.
—Ayer me quedé con la duda… ¿El presidente Muñoz es un delincuente?
—No lo sé.
No tengo información concreta.
Pero es posible.
Confío en ti, pero necesito una prueba de todo lo que me estás diciendo.
—No tengo una prueba concreta —respondió ella—.
Pero tú solo date cuenta de cómo funciona todo.
—Te creo —admitió Max—.
Hay cosas que a mí tampoco me convencen.
Ella lo miró con seriedad.
—Confío en ti.
Por eso te cuento todo esto.
Mi vida está en tus manos.
De verdad confío mucho en ti.
Hubo un pequeño silencio.
Max preguntó: —¿Qué pasa si los documentos confirman todo eso?
—Pues te tocará irte conmigo a mi país.
—¿Y si no confirman nada?
—Haremos como que nada pasó.
Hubo un silencio breve En ese momento aparecieron los compañeros de Max.
—Oye, Max —dijeron con sarcasmo—, ¿nos vas a cambiar por una mujer?
Antes de que él respondiera, la chica se le quedó mirando.
—¡Pues claro que no!
Pero ella es mi corazón —dijo Max, riendo con vergüenza y pena.
La agarró de la cintura y la acercó para que todo se viera más creíble.
Miller intervino: —¿Cómo se llama tu noviecita?
Max se quedó en blanco.
No sabía su nombre.
Intentó inventar algo, pero ella habló primero: —Me llamo Daniela.
Mucho gusto.
¿Qué desean hablar con mi novio?
Solo venimos a ver cómo estaba.
—Es que estábamos sorprendidos, fue todo muy rápido —se excusó uno.
—¿Y en qué momento se hicieron novios?
—preguntó Rivera.
Ella dudó.
—Amor a primera vista —dijo Max rápidamente.
Todos se quedaron en silencio, sorprendidos.
—¿Nos darían un poco de espacio?
—añadió Max, riéndose nerviosamente.
Los compañeros no dijeron nada más y se fueron.
Max siguió preguntando y, resumidamente, ella le contó que su país probablemente estaba controlado por el crimen organizado.
Que las operaciones que hacían eran por el bien de todos.
—Todos somos personas —dijo ella—.
Todos merecemos vivir tranquilos.
No importa la raza ni el origen.
Todos Somos seres human.
Max no la dejó terminar.
—Te voy a ayudar.
Cuenta conmigo para lo que sea… —Pero dime algo: si me atrapan, probablemente te ejecuten por colaborar conmigo.
—Lo sé —respondió él.
Max también lo sabía.
Lo supo desde el inicio.
Años atrás, en una televisión cuadrada, vio un discurso.
Había unas veinticinco personas con sogas al cuello.
—Ellos son los traidores de la patria —decía el orador—.
Cometieron muchos delitos.
Curiosamente, la gente pedía también la muerte de sus familiares.
Pero el hombre del discurso dijo: —Los delitos no son hereditarios.
Si los familiares no colaboraron, no les pasará nada.
Somos una democracia.
No somos dictadores.
No matamos indiscriminadamente.
La mayoría de los ejecutados eran militares o policías.
“Lo supe desde muy pequeño”, pensó Max.
En ese instante, Max tenía la cabeza en otro lugar, pero el timbre sonó y tuvieron que regresar al aula.
Allí ya estaba el profesor Piñera.
Al ver entrar a Max, el profesor soltó una risita burlona.
—¡Vaya, pero si es todo un casanova!
—bromeó Piñera—.
Te veo tenso, muchacho.
No te lo tomes a mal, es solo una broma.
Pasaron unos segundos y, cuando todos estuvieron sentados, el tono del profesor cambió a uno más serio.
—Escuchen bien.
La semana que viene vendrán varias personas a dar unas charlas —anunció, paseando la mirada por el salón—.
Así que ya saben: no pregunten nada.
Se limitan a escuchar.
Y si les llegan a decir algo, responden con un simple “entendido”.
¿Está claro?
—Sí, señor —respondieron todos al unísono.
La clase transcurrió con normalidad.
Más tarde, durante el entrenamiento físico, Max cumplía con los ejercicios, pero su mente estaba en otro lado.
Se le notaba muy pensativo.
El soldado lo observó y se dio cuenta.
—¿Qué te pasa, Max?
—preguntó el soldado, deteniéndose a su lado—.
¿Tienes algún problema?
—No, mi soldado —respondió, tratando de componer la postura—.
Es solo que…
estoy un poco cansado por la guardia de ayer.
El soldado asintió, no muy convencido, pero los dejó seguir con la rutina.
Pasó esa semana sin incidentes.
Max siguió Sin ir a ver a Alma; nunca habían pasado tanto tiempo sin verse ni hablarse, pero él tenía un objetivo.
Se centró en Daniela.
Se hicieron amigos rápidamente, compartiendo confidencias para generar más confianza.
Planearon cómo entrar a la oficina.
Había un panel de cuatro dígitos en la puerta.
Daniela le explicó la situación: —Ya lo intenté una vez —le susurró ella mientras planeaban—.
Solo tenemos tres intentos.
Si nos equivocamos tres veces, probablemente la puerta se bloquee y suene una alarma.
El plan era sencillo: Max distraería a Tony, mientras Daniela hacía el trabajo sucio buscando documentos o pistas sobre la contraseña en la oficina del Mayor.
Mientras Daniela ejecutaba su parte, Tony y Max estaban sentados bajo un árbol.
Tony, como de costumbre, se moría de sueño, mientras Max seguía perdido en sus pensamientos.
De la nada, Max preguntó: —Oye, Tony…
Si tuvieras que dejarlo todo para cumplir tu promesa…
¿lo harías?
Tony bostezó, pero respondió con firmeza.
—No lo pensaría dos veces, Max.
Si tuviera que darlo todo para cumplir mi meta, dejaría lo que fuera atrás.
—Hizo una pausa y se acomodó mejor en el tronco—.
Sé que suena egoísta, pero a veces, si uno quiere cumplir algo, debe ser egoísta con uno mismo.
Eso me decía siempre mi papá.
Max lo miró, sorprendido por la profundidad de la respuesta.
—Gracias, Tony.
A los pocos minutos, Tony ya estaba roncando.
Daniela apareció poco después; ya había terminado.
Con una mirada le indicó a Max que no había encontrado la contraseña escrita en ningún documento.
Max despertó a Tony, pues su turno había terminado, y se retiraron.
Al día siguiente, Daniela le explicó a Max lo que había averiguado.
—No estaba la clave, pero descubrí algo interesante —dijo Daniela, revisando sus notas—.
La profesora Verónica es sobrina del Mayor.
Revisé los registros y me fui por el apellido “Roger”.
Hay más de treinta personas con ese apellido, y casi todos son militares.
—¿Entonces?
—preguntó Max.
—Entonces, la contraseña probablemente sea una fecha de cumpleaños de un ser querido de él —concluyó ella—.
Mi plan es probar con los números relacionados a sus familiares más cercanos.
Uno por uno.
Me voy a tomar un buen tiempo.
Empezaremos por ahí.
Y así, con ese nuevo plan en mente, comenzó la semana Así pasaron las semanas.
Max no iba a ver a Alma.
Daniela no conseguía la fecha correcta; Pero no era ninguna de la fecha más recientes de sus familiares.
Probablemente sé alguien que nació primero que el.
Lo hacía completamente al azar.
Solo podía intentar una vez cada vez que a Max le tocaba patrullar las aulas.
Faltaban dos semanas para que los chicos tuvieran sus días francos, días de descanso con sus familiares.
Podrían salir del cuartel por dos días cada tres meses .
Esa era una de las diferencias entre el servicio militar y el curso militar profesional: en uno se podía salir cada tres meses; en el otro, solo cuando se terminaba el curso.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com