Heredero De La Herida - Capítulo 19
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19: robo de la caja 19: robo de la caja Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes…
Los días pasaban lentos y pesados.
Max no fue a verla.
Con cada tarde que caía sin rastro de él, Alma se sentía más ansiosa, rozando la desesperación.
Kelly, siempre observadora, notaba cómo su amiga se apagaba, pero se mantuvo firme a su lado sin presionar.
Yili también estaba ahí, fiel al grupo, aunque solo por acompañar, sin entender del todo.
Llegó el lunes de la siguiente semana.
Hora del descanso.
Habían pasado varios minutos y Max seguía sin aparecer.
Hoy se cumplían ocho días desde la última vez que lo vio, y más de un mes y medio desde que cruzaron palabra por última vez.
Alma estaba sentada en una esquina del aula, con la mirada clavada en la puerta, esperando.
De la nada, la profesora Verónica se acercó y se sentó cerca de ella.
—Tu cara me recuerda a la mía cuando era más joven —dijo Verónica con voz suave, casi para sí misma—, esperando que la persona que más quería cruzara esa puerta para buscarme.
Alma se tensó, pero no apartó la vista de la entrada.
Verónica continuó: —Ese chico…
el que dice ser tu hermano.
En realidad no es tu hermano de sangre, ¿verdad?
Kelly y Yili, que estaban cerca, levantaron la vista de inmediato.
Alma estaba recostada en su pupitre, escondiendo parte de su rostro entre los brazos.
—Es mi hermano —respondió secamente—, aunque no sea de sangre.
Yili abrió los ojos como platos, totalmente confundida.
—¿Tu hermano no es tu hermano?
—preguntó, mirando a Alma—.
No me había dado cuenta.
Kelly rodó los ojos y soltó un suspiro: —Era obvio, Yili.
¿No ves que son completamente diferentes?
Lo único que tienen en común es la altura.
—Bueno, yo tengo un hermano que no se parece nada a mí —se defendió Yili—.
Por eso pensé que era el mismo caso.
Verónica sonrió con tristeza y miró a Alma.
—No lo digo por la diferencia física, chicas.
Me di cuenta por tus ojos, Alma.
Tienes unos ojos muy lindos, pero muy transparentes.
Cuando él viene, tú te haces la dormida, pero siempre lo miras de reojo.
La forma en que lo miras no es de hermanos…
por eso me di cuenta de que no es tu hermano.
Y me he dado cuenta de que en realidad tú lo am…
—Es mi hermano —la interrumpió Alma con firmeza, levantando la voz más de lo necesario—.
Le pido, por favor, que no opine de mí ni de él.
Usted no puede saber lo que yo siento solo por verme a los ojos.
Se hizo un silencio incómodo.
Yili, que era la única que nunca había notado que Alma fingía dormir cuando Max venía, estaba con la boca abierta, procesando toda la información.
Verónica no se ofendió.
Al contrario, su expresión se suavizó.
—Perdóname, Alma, pero alguien te lo tenía que decir: tus acciones gritan otra cosa.
Yo te entiendo.
Sé lo que se siente saber que no puedes estar con la persona que más quieres, ya sea por rechazo o por miedo.
La profesora hizo una pausa y bajó la voz, como si les confiara un secreto.
—Lo único que te puedo aconsejar es esto: si la otra persona no te busca, búscala tú.
El orgullo no sirve de nada.
Te lo digo porque ese fue un error que yo cometí hace tiempo y todavía me pesa.
A Verónica se le escapó una lágrima solitaria que se apresuró a limpiar.
Las tres chicas no lo notaron.
En ese momento, el timbre sonó, rompiendo el silencio.
El descanso había terminado y las clases siguieron normales.
Terminaron su rutina diaria y, mientras se preparaban para dormir, siguieron conversando sobre lo ocurrido.
Yili, siempre curiosa, fue quien lanzó más preguntas.
Alma le contó lo que sentía y le respondió casi todo, confesando sus dudas sobre Max y aclarando que no eran hermanos de sangre.
Poco después, Yili se retiró a su litera y cayó rendida.
Aproximadamente a las dos de la madrugada, su compañera la despertó: les tocaba el turno de “imaginaria”.
Su compañera de turno era Daniela, quien también dormía en su misma litera.
No eran grandes amigas, solo conocidas, ya que Daniela solía ser reservada y de pocas palabras.
Para matar el tiempo y el sueño, Yili intentó conversar.
—¿Y cómo te ha ido con la separación de tu novio?
—preguntó Yili, esperando una respuesta triste.
—Pues ya lo superé —respondió Daniela con naturalidad—.
Tanto así que ya tengo otro.
Yili se quedó perpleja ante una respuesta tan seca y directa.
Soltó una risa incómoda.
—Vaya…
está bien que lo hayas superado, pero me sorprende que fuera tan rápido.
—Conseguí a una persona mejor.
Mucho mejor —dijo Daniela, sin darle vueltas.
Yili entendió que el capítulo del ex estaba cerrado.
La curiosidad le ganó.
—¿Y cómo es tu novio?
—Pues, ¿cómo te lo diría?
Tiene tantas cosas…
—Daniela sonrió, algo raro en ella.
—¿Me lo puedes describir?
—Es alto, tiene una sonrisa bonita y única, cabello café claro, ojos cafés y es muy amable.
Mientras Daniela lo describía, a Yili se le vino una sola imagen a la mente: el hermano de Alma.
Comenzó a ponerse nerviosa.
—Eh…
¿y cómo se llama tu novio?
—Pues Max.
Se llama Max.
A Yili casi se le cae la cara de la impresión.
Tratando de disimular, preguntó: —¿Y el apellido?
—Pues no le he preguntado.
Es medio extraño, lo sé, pero es que apenas nos estamos conociendo —ambas se rieron nerviosamente, aunque por razones muy distintas.
En su mente, Yili no lo podía creer.
Estaba un 90% segura, pero necesitaba confirmar ese último 10%.
—¿Y tu novio tiene hermano o hermana?
—No me ha comentado nada sobre familiares.
Cambiaron de tema para disipar la tensión y así pasaron el resto de la noche hasta que acabó su guardia.
Despertaron a las compañeras del siguiente turno y se fueron a dormir.
Daniela cayó enseguida, pero Yili se quedó despierta, con la cabeza dando vueltas.
No podía creer que el “hermano” de Alma estuviera con Daniela.
Mañana tenía que averiguar si era el mismo Max.
Yili había entendido a la perfección lo que Alma sentía, aunque ella no se lo hubiera dicho textualmente.
Recordó cuando Alma, avergonzada, se quedó callada a mitad de la frase: “Crecimos juntos y así como crecimos, iba creciendo mi…”.
Kelly tuvo que explicarle el resto a Yili para que entendiera el contexto completo: Alma estaba enamorada de Max.
Yili no quería ver sufrir a su amiga, así que tenía que investigar rápido.
Al día siguiente, durante la hora de descanso, no pasaron ni dos minutos cuando Yili anunció que iba al baño.
En el aula se quedaron Verónica, Alma, Kelly y otra compañera.
Yili salió disparada a buscar a Daniela.
Estuvo buscándola por cinco minutos hasta que la vio cerca de un árbol.
Yili se escondió detrás de una especie de macetero grande, rodeado de pequeños muros, con un árbol pequeño en el centro.
Desde ahí intentaba ver, aunque el ángulo no era el mejor.
De repente, apareció Miller.
—¿Qué haces espiando a Max?
—preguntó Miller, asustándola.
Al escuchar eso, Yili supo automáticamente que era él.
No había duda.
Pero intentó hacerse la tonta.
—Pues…
es que me gusta ver los pajaritos.
Miller rodó los ojos.
—Esa es una excusa pésima.
No estés espiando a mi compañero.
Pareces una loca…
¿o es que te gusta él?
—La verdad no me importa, así que retírate.
Es incómodo que lo estés espiando —dijo ella, intentando voltear la situación.
Yili se lo quedó viendo fijamente y Miller se puso nervioso ante su mirada.
—Como quieras, loca —Miller se dio media vuelta para irse.
Yili, desesperada por información, lo agarró de la camiseta apenas con la punta de los meñiques, casi rogando.
—¡Miller!
¿Qué te pasa?
¡Suéltame!
—se quejó él.
—Mírame a los ojos —le exigió Yili—.
Quiero que me digas algo y seas sincero.
Miller se puso más nervioso ante la intensidad de ella.
—¿Qué cosa?
Pero primero suéltame.
—No te voy a soltar hasta que me digas.
Miller intentó seguir caminando, arrastrando a Yili, que no lo soltaba.
—¿Por qué no me sueltas?
—¡Porque te vas a ir!
—¿Quién crees que soy?
Bueno, ¿qué quieres saber?
—Max y la chica que está allá…
¿cómo se hicieron novios?
—¿Eso es lo que quieres saber?
—Miller suspiró, impaciente—.
Pues amor a primera vista.
Así de simple.
¡Ya suéltame!
Nos vemos.
—Espera, respóndeme otra cosa…
—¡No!
Miller, molesto, le quitó la mano de su ropa y salió corriendo.
Yili lo siguió unos metros como loca, pero él se perdió entre la gente.
Se había demorado bastante, pero lo que importaba era que había confirmado sus dudas.
No se lo podía creer: “Amor a primera vista”.
Cuando regresó, Kelly le preguntó por qué había tardado tanto.
—Me dolía un poco la panza —mintió Yili.
Alma ni prestó atención; seguía recostada en su pupitre, con la mente en otro lugar, ajena a lo que pasaba a su alrededor.
El Viernes: El momento equivocado Los días pasaron y llegó el viernes.
Yili quería decirle lo que había descubierto a Kelly, pero no encontraba el momento adecuado porque Kelly no se separaba de Alma.
En la hora de descanso, Alma, de la nada, le preguntó a Verónica: —Si usted tuviera que bajar la cabeza y seguir a alguien, aunque no sepa lo que la otra persona siente…
¿lo haría?
Verónica la miró con ternura y respondió con sabiduría: —Pues sí, lo haría.
Es algo que no entendí de joven; uno puede ser orgulloso, pero el egoísmo daña a la larga.
Yo iría, buscaría el mejor momento para expresar lo que siento.
Un momento donde no haya nadie o nada que me detenga.
Ahorita podría ser tu mejor momento para ir con él.
Y añadió, intentando animarla: —Él puede estar triste y un poco herido ahora.
Él te quiere mucho más de lo que tú crees.
Al escuchar eso, el rostro de Alma se iluminó.
Se sintió mejor, imaginando que Max la abrazaría, que sería su momento especial, que él estaría vulnerable y receptivo.
Tenía todo a su favor.
Yili, al ver que Alma se levantaba decidida a bajar a buscarlo, entró en pánico.
—¡Espera!
—la detuvo Yili—.
¿No puedes decirle otro día?
—rio muy nerviosa.
Kelly le quitó la mano a Yili.
—Déjala que vaya, Yili.
Alma bajó las escaleras con el corazón acelerado.
Lo estuvo buscando durante dos minutos.
Mientras tanto, arriba, Yili entraba en desesperación y tuvo que contárselo todo a Kelly.
Kelly no se lo podía creer.
Verónica, al escuchar el susurro de la verdad, se alarmó.
—Vayan por ella —dijo Verónica, reflejándose un poco en el dolor de Alma.
Sabía que si veía lo que Yili decía, Alma tomaría malas decisiones.
La ruptura silenciosa Abajo, en el patio, Alma finalmente lo vio.
Max estaba sentado en un árbol.
Al principio parecía solo, pero mientras ella se acercaba con una sonrisa tímida, se dio cuenta de que había alguien a su lado.
Vio que Max estaba hablando con Daniela, muy pegados, en una intimidad innegable.
A Alma se le cortó la respiración.
Se quedó paralizada a unos pasos, lo suficientemente cerca para ver, lo suficientemente lejos para no ser vista de inmediato.
Alma dio unos pasos hacia adelante.
En ese instante llegaron sus amigas.
La detuvieron antes de que hiciera algo.
Alma estaba llorando, confundida, molesta, furiosa.
Se culpaba a sí misma.
Pero no hizo ningún tipo de bulla; solo le salían las lágrimas en silencio.
Kelly y las demás se la llevaron hacia arriba casi a la fuerza.
Max giró la cabeza hacia la izquierda, pero solo vio a tres chicas caminando de espaldas, alejándose.
No las reconoció.
Ya arriba, se sentaron.
Verónica se sintió fatal al ver a Alma; tenía la misma mirada vacía que ella tuvo cuando escuchó aquello de William años atrás.
Se acercó y logró calmarla un poco.
Las chicas sabían qué hacer: la consolaban, especialmente Kelly, que no se apartaba de su lado.
Verónica prefirió no decir nada más; cualquier palabra de aliento ahora sonaría vacía.
Alma sentía que alguien le había robado la caja donde tenía guardados todos sus sentimientos.
Estaba molesta, se culpaba por su comportamiento anterior con él.
Pero, sobre todo, entendió algo nuevo.
En medio de ese dolor, comenzó a nacer un sentimiento oscuro.
Empezó a odiar por primera vez en su vida a alguien: a Daniela, esa chica tranquila, fría y de pocas palabras.
Y Max también pagó los platos rotos; no quería saber nada de él, pero a la misma vez quería estar con él.
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