Heredero De La Herida - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 La Pulsera y la Tormenta
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2: La Pulsera y la Tormenta 2: La Pulsera y la Tormenta El gallo del vecino cantó como si quisiera despertar a toda Santa Rosa.
No había terminado su segundo grito cuando Maxi ya estaba tocándome la mejilla.
—Mami… ya amaneció —susurró con esa vocecita que a mí siempre me ablandaba el alma.
Sonreí.
A pesar del cansancio pegado a los huesos, su carita me devolvía la vida.
—Sí, mi amor… ya amaneció.
—Dormí bien porque estabas aquí —dijo, acurrucándose un momento más.
La habitación olía a tierra húmeda, a noche sencilla.
Afuera se escuchaban motos, pasos, puertas golpeando: el barrio despertando igual que siempre.
—Vamos, mi cielo —le dije—.
Hoy toca hacer empanadas.
Maxi se levantó de un brinco.
Nunca le daba pereza ayudarme.
Había crecido rápido en los últimos meses, así que lo dejaba ayudarme en cositas pequeñas.
Mientras calentaba el agua para la masa, él movía las piernas, bailando sin música.
—Mami, hoy yo quiero amasar… pero poquito nomás —sacó la lengua, concentrado.
—Claro, pero no te comas la masa.
—Yo no como masa… bueno, solo un poquitito —y se rió con esa risa que me alimentaba.
La risa de mi hijo era mi energía.
Camino al trabajo La calle estaba húmeda y el sol todavía flojito, como desperezándose.
Cargaba la mesa plegable, mis diez kilos de lucha diaria.
Maxi sostenía mi mano, y en la otra apretaba una servilleta como si él también fuera vendedor.
—Mami, yo quiero vender —dijo de repente, muy serio.
—¿Ah, sí?
¿Y qué vas a decir?
—¡Empanadas calentitas!
—gritó bajito—.
Pero suave… porque los pescadores están dormidos.
El olor al mar ya se sentía fuerte.
Las olas golpeaban duro, como si tuvieran mal genio.
Los barcos llegaban cargados, los hombres descargaban cajas mojadas y sudaban desde temprano.
—¡Mara!
—me llamaron dos pescadores—.
¿Hoy sí trajo las de queso?
—Para ustedes siempre hay —respondí.
Vendí rápido.
Maxi contaba monedas con una concentración tierna.
—Mira, mami… ¡ya casi se llena!
—me mostró la latita.
Yo lo veía y se me apretaba el pecho de orgullo.
Mi hijo, tan pequeño, y ya con esa gana de ser útil.
El encuentro con el militar Cuando ya casi no quedaban empanadas, llegaron unos quince militares.
Patrullaban la zona ; su presencia imponía respeto.
Uno de ellos, de unos treinta años, se acercó.
Tenía el uniforme mojado por la bruma del mar y una mirada firme pero noble.
—Señora, ¿qué vende?
—Empanadas de pollo, queso… y quaker.
—Deme quince quaker para mis muchachos.
Mientras repartía, él bajó el pasamontañas para probar una.
Asintió satisfecho.
Entonces miró a Maxi.
Y Maxi, con su espontaneidad natural, preguntó: —¿Eso que lleva en el pecho qué es?
El militar sonrió.
—Es para mantener tranquila a la gente.
Para que el miedo no gane.
—¿Y por qué está vestido así?
—Porque soy militar.
Es mi uniforme, y es sagrado.
—¿Qué es militar?
—preguntó Maxi, fascinado.
—Es alguien que protege a los buenos de los malos.
Quitamos la mala hierba para que la buena pueda crecer.
Maxi se quedó pensando.
Yo veía su cabecita trabajar.
—¿Y con ese uniforme puedo ser bueno?
—preguntó.
El militar se agachó un poco.
—Ser bueno no depende del uniforme.
Depende del corazón.
Hay gente mala usando uniforme, y gente buena sin uno.
Ser justo… eso es lo que realmente importa.
Maxi bajó la mirada, como dudando.
Como si algo dentro de él se moviera por primera vez.
El militar lo notó.
Con calma, sacó de su bolsillo una pulsera de hilo.
En el centro llevaba una pequeña placa de metal, envejecida por los años, con una cruz grabada.
—Mira, soldadito… quiero darte esto.
Le tomó la muñeca e intentó ponérsela, pero era demasiado grande.
La pulsera resbaló y cayó al suelo mojado.
Ambos se quedaron en silencio.
El militar la recogió, sonrió, y se la puso en la palma.
—Cuando tenía tu edad, yo también tenía dudas.
Un militar me dio esta pulsera y me dijo: “Un corazón justo no necesita ser grande, solo necesita ser valiente.” Hoy te la doy a ti… porque veo esa misma inocencia en tus ojos.
Le cerró los dedos sobre la cruz.
—Guárdala.
Aún no te queda… pero un día sí.
La radio del militar sonó.
—Teniente, regresen a la base.
Urgente.
“El teniente suspiró y dijo llegó la hora, se levantó y estrechó mi mano.” —Cuide a su hijo.
Tiene un corazón enorme.
Maxi lo despidió moviendo la mano.
Cuando se alejaron, mi hijo murmuró: —Mami… yo quiero ser militar.
Yo me sorprendí.
—¿Y no quieres ser profesor?
¿O ingeniero?
—No.
Militar.
Para ser justo… como él.
Lo abracé fuerte.
—Lo que tú quieras ser, yo te apoyo.
Me tocará vender más empanadas para cumplir tu sueño.
Él sonrió, apretando la pulsera.
La tormenta Cuando recogimos todo, el cielo se oscureció como si fuera de noche.
Y la lluvia cayó de golpe.
Caminamos bajo el agua helada.
El mar rugía como un monstruo grande y cansado.
Las olas chocaban con furia contra las rocas.
La arena estaba tan espesa que cada paso era una pelea.
Maxi caminaba ligero, porque habían acabado temprano y aún tenía energía.
Pero yo no.
Él lo notó.
Notó mis hombros cansados, mis manos temblando con el frío, mi respiración pesada.
Y bajó la mirada a su mano.
Apretó la pulsera.
En la lluvia, con el viento golpeándonos, pensó: “Algún día voy a ser fuerte.
Más fuerte que esta tormenta.
Para ayudar a mi mami…
Yo no sabía lo que pensaba.
Solo lo sentía caminar más cerquita, como si quisiera protegerme él a mí.
Cuando llegamos a casa, estábamos empapados.
Nos bañamos rápido, pero mientras lo lavaba, noté su frente caliente.
Fiebre.
Lo acosté y salí, todavía mojada, a comprar medicinas y lo necesario para las ventas de mañana.
Era rutina.
Si no trabajaba un día, no comíamos.
Cuando regresé, él estaba en el suelo, desmayado junto a la puerta, intentando ver si yo venía.
—¡Max!
—grité, corriendo.
Lo cargué, lo recosté, le di la pastilla y me quedé a su lado toda la noche.
El barrio era peligroso, las motos pasaban rápido, los gritos iban y venían… Pero yo encerraba todo el miedo en mi pecho para que mi hijo pudiera dormir.
A las cuatro de la madrugada, cuando su fiebre bajó un poquito, me levanté a preparar empanadas para el día siguiente.
Era lo único que sabía hacer: Seguir luchando.
Seguir soñando por él.
Seguir dándole magia a mi hijo, aunque yo no tuviera nada.
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