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Heredero De La Herida - Capítulo 20

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20: familia 20: familia Alma ya se había tranquilizado, al menos en apariencia.

Tras el incidente, tocó el timbre y los estudiantes entraron a sus respectivas aulas.

Las clases siguieron su curso normal durante aproximadamente una hora, inmersas en la rutina, hasta que esta se rompió de golpe.

Tres personas irrumpieron en el salón.

Eran los que iban a dar charlas toda esa semana habían dado charlas a los reclutas con diferentes militares.

Dos de ellos, de rango intermedio, flanqueaban a un tercero: un joven que destacaba poderosamente entre ellos.

A pesar de llevar el uniforme y las insignias, no aparentaba más de diecisiete años, pero su sola presencia imponía un respeto absoluto.

—Buenos días, mi Cabo.

Buenos días, reclutas —saludó el joven con una voz firme pero calmada—.

Discúlpeme por no haber venido hace dos días.

Problemas administrativos.

Sin esperar respuesta, comenzó a dar una charla sobre valores cívicos y patriotismo.

Sin embargo, era evidente que su mente estaba en otra parte.

Mientras hablaba mecánicamente, sus ojos escaneaban el salón de forma meticulosa, fila por fila.

No le interesaba su propio discurso; estaba cazando.

De pronto, se detuvo.

La vio.

Era una chica muy bonita, pero con una expresión particular: un rostro vaciado de emoción, como si algo profundo la hubiera roto por dentro.

Esa frialdad gélida llamó poderosamente su atención.

Sin dejar de mirarla a los ojos, interrumpió su monólogo y preguntó: —¿Cómo te llamas?

Ella respondió secamente, sin titubear.

—Alma.

—Nombres completos —insistió él, autoritario.

—Alma Valti —dijo ella, cortante.

Él le sonrió, intentando romper el hielo, pero Alma no devolvió el gesto ni mostró el más mínimo cambio en su expresión.

A él, lejos de molestarle el rechazo, le pareció un gesto tierno, casi fascinante.

«Céntrate», se dijo a sí mismo, recordando que tenía una misión y no podía permitirse distracciones.

Retomó la charla, continuando su escaneo visual por el resto de las chicas para disimular.

Al terminar, actuó como si no hubiera encontrado a su verdadero objetivo en ese salón.

Se despidió y se dirigió a los demás cursos.

Finalmente, en otra aula, encontró a quien supuestamente buscaba, dio su discurso protocolar y se marchó del recinto.

Al salir del cuartel, un auto negro blindado lo esperaba con el motor en marcha.

Subió y la caravana arrancó veloz hacia una de las zonas más exclusivas de la ciudad.

El vehículo se detuvo frente a una mansión gigantesca.

La seguridad era extrema: unos veinticinco militares custodiaban el perímetro y, si se observaba con atención, se podían distinguir francotiradores apostados en los edificios aledaños.

No era una casa, era una fortaleza.

El joven, cuyo nombre era Saki, entró y saludó con familiaridad a una mujer de unos treinta y ocho años, una de las empleadas de confianza.

Subió directo a su habitación, se quitó el uniforme y entró a la ducha.

Minutos después, ya envuelto en una toalla, sacó un celular de un compartimento secreto en el baño.

Escribió rápidamente: >> Todo está en orden.

La respuesta llegó al instante: << Está bien.

¿Está bien alimentada?

¿No le ha pasado nada?

Saki tecleó, impaciente: >> Ya te dije que está bien.

<< Discúlpame, me dejé llevar ¿.

>>Y cómo sabremos si todo está bien, si ya se cumplió el objetivo?

Saki esperaba el mensaje.

Pues no lo sabremos aún Tenemos que esperar te vas a tener que comunicar con ella en menos de dos meses, cuando salga de franco.

Saki :Efectivamente.

Ahí veré cómo comunicarme con ella para coordinar mejor.

<<Debes tener más cuidado porque si ella no ha comunicado nada posiblemente se deshizo de celular.

Saki: también pensaba lo mismo estoy siendo lo más cuidadoso posible.

Está bien.

Voy a estar ocupado, así que hablamos cuando tenga algo nuevo, Víctor.

<< Por igual, muchas gracias por cooperar.

Todo es por el bien de tu país.

Saki envió un emoji de “manito arriba” y procedió a esconder el celular nuevamente en su lugar secreto.

Se vistió con ropa civil y bajó al comedor.

Ante él se extendía una mesa inmensa, preparada para veinte personas, pero con todas las sillas vacías, excepto la cabecera, que lucía un asiento principal tallado y lujoso.

Dos sirvientas jóvenes comenzaron a traer la comida, llenando la mitad de la mesa con un banquete.

Saki miró a su alrededor y llamó a una de las chicas.

—¿Dónde está Yesenia?

—Ya viene, joven.

En ese momento llegó la señora que lo había recibido al principio.

Se quedó de pie, esperando instrucciones.

Las chicas jóvenes también aguardaban en la puerta.

Saki las miró y dijo con firmeza: —Por favor, llamen a todos los empleados.

Van a comer conmigo.

Es una orden.

Poco a poco, entraron aproximadamente quince personas, entre personal de limpieza, cocina y mantenimiento.

Se notaban nerviosos, sin saber qué esperar.

Saki les indicó que se sentaran en las sillas vacías, dejando únicamente la cabecera libre.

—No estén nerviosos —dijo Saki, observando sus caras tensas—.

Quiero darles una noticia: Muñoz ya no va a pisar esta casa nunca más.

A partir de hoy, el dueño de esta casa soy yo.

Los empleados intercambiaron miradas de incredulidad y alivio.

Saki se levantó, caminó hacia la silla principal —el símbolo de la autoridad del antiguo dueño—, la levantó con fuerza y, ante el asombro de todos, abrió una ventana y la arrojó hacia afuera.

El estruendo de la madera rompiéndose abajo rompió el silencio del comedor.

—A partir de ahora, nadie más los va a intimidar.

No hay jerarquías abusivas aquí.

Luego, miró a Yesenia y su tono se suavizó: —Solo me queda pedir una disculpa por todo lo que han pasado.

—No se preocupe, mi señor —respondió Yesenia con voz temblorosa—.

Todos estamos aquí agradecidos por su amabilidad y por preocuparse.

—Yesenia, y todos ustedes…

—Saki alzó la voz para que todos escucharan claramente—.

Muchas gracias.

Para mí, ustedes son mi familia.

A partir de ahora, trabajarán solo cinco días a la semana, diez horas.

Y su sueldo se multiplicará por siete.

Todos quedaron conmocionados.

El silencio dio paso a los sollozos de algunos.

—Muchas gracias, joven Saki.

No sabemos cómo agradecerle…

—dijeron varios al unísono, con la voz entrecortada.

—Así que hoy —sonrió Saki, recuperando su aire juvenil—, ¡todos vamos a salir a comprar cosas para festejar nuestra casa!

¡A comer!

Comieron en un ambiente que, por primera vez en años, se sentía cálido y humano.

Al terminar, retiraron los platos y limpiaron rápidamente.

Saki le dijo que se fueran a cambiar, pues saldrían en treinta minutos.

Saki se quedó a solas con Yesenia en la sala.

Ella no pudo aguantar más la compostura y rompió a llorar, agradeciéndole una y otra vez.

Saki se acercó y la abrazó con inmensa ternura.

—No me gusta verte llorar.

Para mí, tú eres mi mamá —le susurró al oído—.

Ya no te debes preocupar por ese maldito, jamás volverá a tocar esta casa.

Ni ese otro inútil.

Acuérdate que siempre te voy a proteger.

Ella se calmó poco a poco y fue a vestirse.

Media hora después, quince autos negros y grandes esperaban afuera.

Todo el personal subió, junto con una parte de la escolta de seguridad, y la caravana partió hacia un centro comercial para celebrar la nueva era.

En otro lugar, lejos de la celebración, el ambiente era denso y oscuro.

Un hombre increpaba al Presidente mientras viajaban en el asiento trasero de un auto oficial.

—¡Has perdido la cabeza!

¡Esa casa vale una fortuna!

Y encima se la dejas al personal…

—Es mi decisión, así que cállate la boca —respondió el Presidente, tajante y amargo—.

¿A ti solo te importa lo material o qué?

—No es eso, señor.

Es que es un lugar estratégico.

¿Ahora a dónde vamos a ir?

—Vamos a la casa de la gobernación provincial.

Es un lugar pequeño, como una capital de provincia cualquiera.

—Está bien, temporalmente…

Pero ya no entiendo las decisiones que toma últimamente.

—No importa si no me entiendes.

—Debo saber lo que hace.

Cada vez anda peor, toma decisiones irracionales…

¿O será que todavía no superate la muerte de tu esposa?

El Presidente se quedó callado, con la mirada perdida a través de la ventana blindada.

—¿Cómo va con ese asunto?

—dijo el presidente —Pues ha pasado más de un año…

Debe saber que en algún momento la gente se va a enterar y usted no ha salido ni en una foto pública con ella.

La gente anda preguntando mucho.

—Sí, lo sé…

Buscaremos un momento para decirlo públicamente.

Encárgate de eso.

Hoy es la noche de la reunión de defensa nacional.

Llegaron a su destino: un edificio grande y blanco, rodeado de construcciones más pequeñas.

Al entrar, una chica que administraba la sala de espera palideció al ver quién cruzaba el umbral.

—Muy buenos días, mi Presidente.

A la orden.

—¿Dónde está el Alcalde?

—preguntó él con voz pastosa.

—Salió.

Se fue a reunir con el Alcalde de Hatentra.

—Cuando venga, dígale que lo estoy esperando en su despacho.

Quiero hablar unas cosas con él.

La chica lo dirigió al despacho.

Era un lugar bonito, bien decorado con madera y cuero.

El Presidente se dejó caer en la silla principal y despachó a su asistente con un gesto desganado de la mano.

—Déjame solo.

Cuando la puerta se cerró, sus ojos se posaron en el mueble bar.

Cogió unas botellas de alcohol fino que el Alcalde guardaba allí y empezó a beber directo de la botella.

Su cabeza le daba vueltas y, con el ardor del licor, los recuerdos comenzaron a golpearlo, transportándolo violentamente a la discusión que había tenido con su hijo Saki unos pocos días atrás.

—Te voy a matar.

Intentarlo no puedes, por eso eres un inútil .

Saki, con los ojos inyectados en odio.

—¿A quién llamas inútil?

¡El inútil eres tú, que no pudiste salvar a mamá!

¡Asesino de mierda!

El Presidente no decía nada, paralizado por la verdad en las palabras de su hijo.

—Eso es lo que eres, un loco.

No pudiste ayudar a mamá con su adicción Y según tú la amabas —continuó Saki, implacable, acorralándolo—.

Eres una basura humana, como Presidente y como padre.

Siempre has sido una basura siguiendo ideales estúpidos.

A veces pienso que Dios nunca debió darte un hijo.

Mi hermano está siguiendo tus pasos, un psicópata loco, porque eso es lo que eres tú.

Saki se había acercado peligrosamente, invadiendo su espacio personal.

—Si tú le vuelves a tocar un solo pelo a Yesenia, te juro que te mato.

¡Pero mírame, cabrón!

¿Por qué no me miras?

En ese recuerdo, el Presidente se había levantado vencido, abrió una caja fuerte y sacó un papel.

Se paró frente a su hijo.

—Perdón.

Le entregó las escrituras de la casa y las llaves.

Luego, pasó al lado de su hijo como un fantasma, bajó las escaleras sin ninguna expresión clara en el rostro mientras las sirvientas le abrían la puerta, subió al auto negro y se marchó al hotel.

De vuelta en el presente, en el despacho del Alcalde, el Presidente seguía bebiendo, ahogado en la culpa y la soledad.

—perdóneme…

—susurró a la nada.

Alguien tocó la puerta.

—¿Señor Presidente?

Nadie respondió.

Tocaron la puerta insistentemente durante varios minutos.

Al final, pasó más de media hora de silencio absoluto.

Abrieron la puerta a la fuerza.

El Presidente estaba tirado en el suelo, dormido desconsoladamente, vencido por sus propios demonios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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