Heredero De La Herida - Capítulo 22
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Capítulo 22: agua fría
Después de la hora de clases, Lina se reunió con las chicas en el cuarto y les anunció que, finalmente, darían inicio a las prácticas de combate. Las guio a través del bosque, adentrándose hasta encontrar una zona más profunda donde una laguna tranquila descansaba junto a varios muñecos de entrenamiento.
Lina no perdió tiempo. Explicó rápidamente la dinámica y, durante el mes siguiente, la rutina se volvió extenuante. Lina no solo les enseñaba combate cuerpo a cuerpo; también las instruía en el manejo de armas. Aunque los rifles no tenían balas, las chicas debían llevarlos colgados al pecho, aprender a acomodárselos, sentir su peso y moverse con ellos como si fueran una extensión de sus brazos.
Desde que comenzó el entrenamiento, algo cambió en Alma. A simple vista, parecía más relajada, casi zen, pero cuando llegaba el momento de golpear, descargaba una violencia inusitada. Los muñecos de entrenamiento terminaban destrozados bajo sus puños. Lina, al verla, pensaba satisfecha que Alma estaba altamente motivada; nunca había visto a alguien golpear con tanta contundencia.
Pero sus amigas sabían la verdad. Sabían el porqué de esos golpes brutales. No eran para los muñecos. En su mente, cada vez que Alma lanzaba un puñetazo, quien recibía el impacto era Daniela.
Durante todo ese mes, Alma se había dedicado a espiarla. Lo hacía de lejos, disimulando con una habilidad escalofriante. Durante los descansos, su mirada destilaba odio, pero apenas retomaban el entrenamiento, esa furia se transformaba en una calma fría y letal.
Entonces, llegó el día de los combates de prueba.
Lina detuvo la práctica habitual.
—Ya han practicado suficiente —dijo, observándolas a todas—. Es hora de ver cuánto han mejorado. Hoy haremos combates dos contra dos.
Dibujó un círculo grande en la tierra y explicó las reglas:
—La que salga del círculo queda eliminada. Si una compañera sale, la otra puede continuar sola, quedando en desventaja de uno contra dos. Si la que queda sola logra eliminar a las dos rivales, su compañera regresa para la siguiente ronda. La idea es que aprendan a trabajar en equipo y a resolver problemas bajo presión.
Hizo una pausa dramática y sonrió.
—Y para que tengan motivación… el equipo que gane tendrá dos días de descanso libre, cuando quieran tomarlos.
Al escuchar “días libres”, los ojos de todas brillaron. La motivación se disparó y comenzaron a armar los equipos. Kelly, siendo la más popular, se vio rodeada de chicas que querían estar con ella. En cambio, Yili se quedó sola; nadie parecía querer hacer equipo con ella.
Alma no lo dudó. Se acercó a Yili y le dijo que irían juntas.
Kelly terminó haciendo equipo con otra compañera, mientras que Daniela, al no tener muchas opciones, se juntó con una chica que había quedado como última elección.
—Bien —dijo Lina—. Si quieren, elijan contra quién quieren enfrentarse. Piénsenlo bien.
Todas las chicas dudaron, analizando a sus posibles rivales, calculando posibilidades.
A Alma no le tomó ni un segundo.
—Nosotras contra el equipo séptimo —dijo con voz firme, señalando directamente a Daniela y su compañera.
Lina arqueó una ceja y miró al otro equipo.
—¿Están de acuerdo?
Daniela asintió, visiblemente incómoda.
—Okay… —murmuró, con una nota de nerviosismo en la voz.
Como Alma había sido la primera en lanzar el reto, esa sería la batalla inaugural.
Las cuatro chicas entraron al círculo. Lina dio la señal.
¡Comiencen!
Alma se lanzó directamente hacia Daniela como un proyectil. Daniela era rápida, pero la ofensiva de Alma era abrumadora; le conectó varios puñetazos en el estómago. Daniela, sorprendida, se dejaba golpear al principio, intentando solo bloquear, pero se defendía bien. Su compañera, mientras tanto, había logrado acorralar a Yili.
Daniela comenzó a sudar frío. No sabía qué hacer. No le gustaba que la golpearan, sentía la agresividad real en los ataques de Alma, pero sabía que tenía que contenerse.
Alma lanzaba patadas feroces. Daniela, para disimular que estaba peleando en serio, también lanzó una patada. Ambas piernas chocaron en el aire con fuerza.
En un movimiento rápido, Alma la agarró de la pierna e intentó una proyección. Daniela dio media voltereta en el aire y se zafó con agilidad.
«¿Qué le pasa!!?», se preguntaba Daniela, alarmada por la intensidad.
Lina observaba fascinada, y el resto de las chicas pensaba que Alma estaba dándolo todo por esos dos días libres. Todas, menos Kelly.
Kelly la miraba con pena. Le dolía verla así.
«Una chica tan buena, tan tranquila… a ella no le gusta meterse en problemas», pensó Kelly con tristeza. «Esto no es por el premio».
La batalla continuó y, de repente, Yili fue expulsada del círculo.
Ahora era uno contra dos.
Daniela vio una oportunidad cuando su compañera se acercaba hacia atrás, quedando vulnerable alma. Pero antes de que pudiera reaccionar, Alma miró al suelo.
Con una fuerza explosiva, dio un fuerte pisotón en el suelo y lanzó una patada rasante que levantó una imponente nube de polvo en forma de semicírculo. Aprovechando esa cortina polvorienta, esperó el momento exacto en que ambas venían de frente.
Entonces, con un movimiento brutal, ejecutó una patada doble extendiendo ambas piernas al mismo tiempo. El impacto simultáneo fue devastador: la compañera de Daniela salió volando por los aires y aterrizó fuera de los límites del área.
Daniela se quedó paralizada por un instante, atónita ante la maniobra. En apenas unos segundos, Alma ya estaba frente a ella.
Las dos se miraron a los ojos. Alma tenía una mirada vacía, sin ninguna expresión. Daniela la miraba confundida, sin entender el nivel de hostilidad.
Estaban justo al borde de la raya límite.
Sin previo aviso, Alma alzó la mano y le propinó una cachetada sonora, brutal, que hizo retroceder a Daniela fuera del círculo. Daniela trastabilló, casi tocando el suelo, pero la humillación fue más rápida que su equilibrio. Se levantó de un salto, con la cara ardiendo, y le devolvió la cachetada con la misma furia.
En segundos, el combate técnico desapareció. Ambas se agarraron del pelo, forcejeando con rabia.
—¡Sepárenlas! —gritó alguien.
Las compañeras corrieron a intervenir. Lina estaba atónita; se habían pasado de la raya.
Las separaron y las sentaron en lugares opuestos. Daniela estaba furiosa, se le notaba en cada gesto, y su compañera de equipo la miraba con recelo.
Alma, en cambio, no dijo nada. Simplemente se sentó, en silencio absoluto.
Lina tuvo que suspender el entrenamiento. El ambiente estaba tan tenso que se podía cortar con un cuchillo.
—Muy bien, suficiente —dijo Lina, tratando de calmar los ánimos—. ¿Qué les parece si nos damos un chapuzón?
La mención del agua cambió ligeramente el humor. Las chicas se emocionaron un poco. Fueron a los cuartos por toallas y ropa seca. Al regresar, se quitaron el equipo pesado, quedando solo en camisetas y shorts cortos de color verde.
Entraron al río, una laguna de agua cristalina donde nadaban pequeños peces.
Automáticamente, se formaron los grupos habituales. Daniela se quedó sola en una esquina, mientras su compañera hablaba con otras.
Alma se sentó en un tronco caído, con los pies tocando el agua, rodeada de sus amigas. Kelly no dijo nada. Yili tampoco. No sabían qué decir.
De repente, Lina apareció de la nada detrás de ellas.
—¡Al agua! —gritó divertida y las empujó a las tres.
Alma, Kelly y Yili cayeron al agua con un gran estruendo.
—Si una está en el agua, todas están en el agua —dijo Lina riendo.
Alma salió a la superficie, se quedó pensativa un segundo y, por primera vez en mucho tiempo, rio un poco.
Pasaron una hora allí, acostadas, flotando y relajándose. La tensión del combate pareció diluirse en la corriente.
Al terminar, se vistieron y regresaron al dormitorio. Cuando Lina se marchó y las luces bajaron un poco, las otras chicas no aguantaron la curiosidad. Se acercaron a la cama de Alma.
—Oye, Alma… —preguntó una—. ¿Por qué le pegaste esa cachetada a Daniela? Fue muy fuerte.
Alma respondió con voz seca, sin mirarlas.
—Fue porque me estaba cayendo de espaldas. Me dio rabia que hubieran botado a Yili de una forma tan humillante… y bueno, se me pasó un poco la mano.
—Pero si se te pasó la mano, pídele una disculpa, es lo correcto —sugirió una compañera.
Alma endureció el gesto.
—Ella fue la que se pasó —dijo tajante.
Las chicas no entendieron muy bien esa lógica, así que siguieron preguntando, intentando indagar más. Pero Alma esquivó todas las preguntas con respuestas cortas hasta que la dejaron en paz.
Finalmente, apagaron las luces.
Alma se acostó y se cubrió hasta la cabeza con la sábana. Como era su costumbre, rezó en silencio.
Pero al terminar su oración, el muro que había levantado se derrumbó.
Comenzó a llorar.
No hacía ningún ruido. Solo salían las lágrimas, una tras otra, empapando la almohada mientras su rostro se contorsionaba en una mueca de tristeza infinita. Abrazó su almohada con fuerza, acurrucada en la oscuridad, protegida de las miradas de las demás.
Lloró hasta quedarse dormida, con el corazón roto.
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