Heredero De La Herida - Capítulo 3
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3: feliz cumpleaños maxii 3: feliz cumpleaños maxii Parte 1 — La Promesa El resfrío de Maxi era apenas un calorcito húmedo en la frente, pero para Mara era suficiente para detener su mundo.
—Hoy te quedás, mi amor —dijo, acomodándole la manta.
—¡Pero yo te ayudo, mami!
—Tu ayuda hoy es sanarte —le tocó la mejilla—.
Ya le aviso a la tia Bibi que venga a cuidarte.
Maxi asintió, serio, con la barbilla temblorosa.
Quedarse solo siempre fue una misión demasiado grande para alguien de cuatro años.
—No pongas esa carita, mi amor…
¿sí?
—Está bien, mami… ¿viste mi pulsera?
Mara bajó la mirada.
La pulsera estaba en su tobillo izquierdo, un poco floja, asomando entre la cobija.
—Te la puse ahí — Para que no se te pierda… y se te ve bonita.
Ella sonrió sin decir nada.
Le preparó avena con leche y fruta picada, se la llevó a la cama y le dio de comer en la boca, como cuando era bebé.
—Te portas bien —murmuró, despeinándole el cabello.
Maxi asintió.
Era obediente por naturaleza.
Mara cerró la puerta con llave y salió rumbo a la playa para vender.
El niño miró el techo un rato.
Ya no sentía fiebre.
Quiso barrer, pero la escoba le pesaba demasiado.
Así que decidió jugar.
Abrió una caja de cartón con piezas de colores y armó un “rifle” torcido, más parecido a un bate que a un arma.
Imitaba a los militares como él creía que lo hacían, aunque jamás había visto uno en acción.
Golpeó una pieza cuando escuchó la puerta.
Era Bibi.
—Maxi, ¿qué haces?
—preguntó con una sonrisa suave.
—Jugando a militar.
—¿Y quién te enseñó eso?
—Un militar… Ella frunció el ceño.
—Aquí nunca pasan militares, mi niño.
Capaz escuchaste historias por ahí… —No, yo los vi.
Ella suspiró.
—¿No que estabas enfermo?
—Ya se me pasó tía.
—Qué bien… Ella asintió con alivio.
—Entonces mira lo que traje: matemática.
Hoy toca divisiones.
Maxi abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma.
De todas las materias, esa era la peor.
—Vamos, a la mesa —ordenó Bibi.
Dos largas horas de números torcidos pasaron, pero ella siempre lo felicitaba.
Sabía que él se esforzaba más que muchos niños mayores.
En la cocina, con lo poco que había, preparó una sopa caliente.
Maxi se la comió toda.
Siguieron estudiando hasta que la tarde se volvió noche.
Maxi empezó a inquietarse.
Bibi le contó historias, pero él solo miraba la puerta metálica vieja, llena de huequitos del tamaño de una moneda.
—Tía… ¿puedo esperar ahí?
—Bueno.
Pero solo ahí.
Se sentó mirando hacia afuera, abrazando su pulsera.
El sueño lo venció.
Bibi lo cargó, lo acostó y le acomodó el flequillo.
Notó la pulsera, pero no le dio importancia.
Una hora después, la puerta se abrió.
Mara entró empapada de lluvia y arena, el vestido pegado al cuerpo, los zapatos más gastados que nunca.
—Muchacha… ¿cuándo vas a descansar?
—preguntó Bibi, ayudándole con las cosas.
—Yo descanso el día que max tenga su futuro seguro… ese día dormiré tranquila.
—Mara, tu hijo ya te tiene a ti.
—Sí… pero yo quiero dejarlo listo para la vida —su voz tembló apenas.
—¿Cómo se portó?
—Como un rey.
—Anda a bañarte, mija.
Mara obedeció.
Cuando volvió, hablaron en voz baja durante un buen rato sobre algo que Maxi jamás llegaría a entender.
Bibi se fue tarde.
Mara se acostó al lado del niño.
Él abrió los ojos apenas.
—¿Mami… ya llegaste?
—Sí, mi amor… ya estoy aquí.
Se abrazaron y se quedaron dormidos.
Lo que Maxi no sabía era que, tres meses antes, Mara había invitado a Bibi a algo muy especial: —Se me viene el cumpleaños de mi Maxi… y quiero hacerlo bonito por primera vez.
—Cuenta conmigo, mija —dijo Bibi—.
Ese día no me muevo de tu lado.
Y así, sin que Maxi supiera nada… la sorpresa empezó a tomar forma.
Parte 2 — El Cumpleaños de los Ojos Rojos El día del cumpleaños número cinco de Maxi amaneció distinto.
Mara no se puso un vestido sencillo.
Se puso ese vestido: el que su hermano menor le regaló antes de fallecer.
Le dolía recordarlo, pero quería verse hermosa para su hijo.
—Hoy no trabajo —se dijo frente al espejo—.
Hoy es de él.
Era la primera vez que celebrarían fuera de casa.
Bibi ya la esperaba afuera.
Maxi no recordaba su propio cumpleaños, y eso a Mara le encantaba: la sorpresa sería más pura.
Subieron al bus.
Tardaron cuarenta minutos.
—¿A dónde vamos, mami?
—A comprar material, mi amor —mintió ella con cariño.
Cuando llegaron, Maxi se quedó mirando el restaurante grande, de dos pisos, limpio, elegante.
—¿Eso qué es?
—EAquí hay una sorpresa.
Pidieron comida y un pequeño pastel.
El plato favorito de Maxi llegó mejor preparado que nunca: arroz con menestra y cerdo jugoso.
Pidió jugo frío.
Bibi lo miraba, orgullosa de verlo tan feliz.
Un mesero elegante se acercó con una libreta impecable.
—Disculpe, señora —dijo con voz amable—.
¿Desea revisar la carta de postres?
—Sí, por favor —respondió Mara con una sonrisa nerviosa.
—Y… ¿el pequeño cumple años hoy?
—preguntó el mesero, inclinándose levemente.
—Sí —dijo Mara suavemente—.
Cinco añitos.
—Felicidades, señorito —dijo él, con una sonrisa profesional pero cálida—.
Hoy es un gran día para usted.
El hombre se retiró con elegancia.
Maxi lo siguió con la mirada, maravillado.
—¿Cumpleaños?
—preguntó sorprendido.
—¡Feliz cumpleaños, mi amor!
—dijo Mara.
Él abrió la boca con asombro puro.
Comieron felices.
Maxi jugaba con el hielo mientras Mara se levantó.
—Voy al baño, mi rey.
Pasaron varios minutos.
Maxi no se preocupó, pero Bibi sí.
Miró hacia el pasillo con el ceño apretado.
—Voy a ver… capaz le cayó pesada la comida.
Maxi intentó seguirla, pero Bibi lo detuvo.
—Tú quédate aquí, mi amor.
Desde la mesa, él alcanzó a ver el final del pasillo.
Vio a Bibi abrazar a su mamá.
La cabeza de Mara estaba agachada.
Los hombros le temblaban como si tosiera… pero no era tos.
Era llanto.
Un llanto que rompe por dentro.
Maxi no se dio cuenta que mara su madre estaba llorando.
Cuando volvió, Mara tenía los ojos rojos… pero sonreía.
—Me hizo daño un poquito la comida —dijo, limpiándose con la servilleta—.
Por eso tengo los ojos así.
Maxi le creyó.
Las mamás no mentían.
Trajeron el pastel.
Le cantaron bajito.
—Pide un deseo, mi amor —susurró Mara—.
No me lo digas.
Maxi apretó la pulsera en su mano.
La había sacado del tobillo porque le molestaba.
Cerró los ojos.
No pensó en juguetes.
Ni en dulces.
Ni en nada de niño.
Pensó en ella.
Mi deseo es que mi mamá vuelva rápido cuando vaya a vender… que nunca se me vaya.
Luego pidió otro deseo.
—Quiero ser militar… para comprarle muchas empanadas a mi mami… y para ayudar a la gente buena como el .
Sopló.
Cuando abrió los ojos, su mamá lo miraba diferente.
Una mezcla de orgullo, amor… y algo que dolía.
—Me entró una basurita —dijo, limpiándose los ojos.
Pero no era basurita.
Regresaron de tarde.
Maxi se durmió rápido.
Y esa noche, como antes, Mara y Bibi hablaron de algo importante… algo que Maxi no debía escuchar todavía.
Porque había promesas que las madres hacen en silencio.
Y esta noche, una de esas promesas empezó a doler.
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