Heredero De La Herida - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 El Puntaje del Corazón
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5: El Puntaje del Corazón 5: El Puntaje del Corazón El mejor!
Ah… Me desperté con el corazón pesado, casi como si alguien hubiera dejado una piedra encima de mi pecho.
Mis ojos buscaron de inmediato la pulsera en mi muñeca.
Las cuerdas estaban desgastadas, hilitos sueltos que parecían cicatrices antiguas.
La toqué con la punta de los dedos y sentí un ardor en los ojos.
Las lágrimas se me escaparon antes de que pudiera detenerlas.
Me las limpié rápido, respiré hondo, me levanté de golpe y me fui al espejo.
Me lavé la cara con agua helada, como si pudiera congelar todo lo que estaba sintiendo.
Cepillé mis dientes, me estiré, forcé una sonrisa que me salió torcida.
Hoy era el día.
El día que había esperado toda mi vida.
—¡Max, ven a comer!
—me gritó una voz desde la cocina.
—¡Ya voy!
—respondí, pero soné más cansado que emocionado.
Al llegar a la mesa, Alma estaba ahí, sentada con la espalda recta, seria… demasiado seria para alguien que apenas había dormido.
Oré por los alimentos, como siempre, y empezamos a comer.
—Come despacio —susurró Alma—.
Aún es de noche.
Tenía esa voz que intentaba sonar fría, cuando en realidad solo estaba preocupada.
—Perdón… no me di cuenta —me rasqué la nuca—.
Estoy emocionado.
Alma soltó una risita suave, casi escondida.
—Lo sé… pero estás comiendo como si llevaras siglos sin probar nada.
—Oye —me acerqué un poco a ella—, no quiero que pienses que tienes que seguirme.
No necesitas venir solo porque yo voy.
Esto es algo mío.
Entonces ocurrió.
Alma dejó caer el tenedor.
No fue un golpe fuerte.
Solo un pequeño “tac”, pero… la máscara se le quebró un segundo.
Sus ojos se bajaron demasiado rápido.
—Ya te lo dije.
Ya No me insistas por favor—dijo, recuperando su tono serio, pero la voz le tembló apenas.
Yo me reí para romper la tensión, aunque sonó más triste que gracioso.
—Está bien….
Ella no respondió.
Ese silencio suyo… era tan pesado que podía partir un vidrio.
Terminamos de comer sin hablar mucho.
Luego nos vestimos, cada uno metido en su propio mundo.
A las 7:30 tocaron la puerta de la iglesia—nuestro hogar desde niños.
Es Josué, nuestro cuidador.
Nuestro…padre.
—¿Listos?
Salimos en diez minutos —dijo con esa voz cálida.
Para mí, Josué es.
El hombre que me recibió llorando cuando llegué por primera vez.
Él me bañó, me cuidó, me enseñó que un extraño puede amarte como familia.
—¿Qué quieres ser cuando seas grande, Max?
—me preguntó una vez, cuando tenía unos diez años.
—Militar.
—¿Seguro?
¿No quieres otra cosa?
—Debo serlo.
Josué no pidió explicaciones.
No me dijo que estaba mal.
Solo me respondió: —Entonces te apoyaré.
Yo le sonreí… una sonrisa triste, pero honesta.
—Max… —me llamó Alma, sacándome de mis recuerdos—.
Ya llegamos.
La fila era tan larga que parecía trazar un laberinto alrededor del edificio.
Dicen que eran como setecientas personas, pero yo juraría que eran más.
El aire olía a sudor, nervios y sueños rotos.
Sabía que el curso profesional era casi imposible: cuarenta o cincuenta mil kilas.
No tenía familia que pagara eso.
Solo tenía… ganas.
Y Alma.
Que estaba ahí por mí, aunque no lo admitiera.
A ella le habían ofrecido becas.
Varias.
Pero eligió seguirme.
“No es por ti”, decía siempre.
Pero Alma mentía mal.
El año pasado no pudo entrar por enfermedad.
Yo la cuidé todos esos días: le preparé comida, le limpié la frente, me quedé a dormir a su lado.
Al llegar, Josué nos abrazó fuerte.
—Que les vaya bien, mis niños.
Pase lo que pase, estoy orgulloso —dijo.
Sentí que le temblaba la voz.
Nos despedimos y la fila empezó.
Tres días de espera.
Tres días de calor, de lluvia, de comida comprada a vendedores ambulantes.
Esa noche llovió a cántaros.
Estábamos bajo un techo, así que no nos mojamos.
Una señora y su hijo estaban empapados, temblando.
Les presté un paraguas.
La señora me dio las gracias.
El chico me quedó mirando.
Cuando volví, Alma estaba temblando.
Le puse mi colcha encima.
—Gracias —murmuró, con esa voz baja que casi nadie escuchaba.
Se recostó en mis piernas.
Cerró los ojos.
Suspiró suavecito.
Ese suspiro… No era cansancio.
Era alivio.
Yo le acaricié el cabello.
—Perezosa… —susurré.
Alma sonrió.
Una sonrisa mínima.
La clase de sonrisa que solo se le escapa a alguien cuando está donde quiere estar.
El segundo día pasó lento, sin sobresaltos.
Al tercer día llegaron los reservistas.
Hombres duros, curtidos, que ordenaban a la gente como si estuviéramos en pleno entrenamiento.
Cuando llamaron al grupo de Alma.
Ella entrelazó los dedos detrás de la espalda.
Temblaba.
Pero no por ella.
Era por max.
Y luego se fue.
Pero antes de entrar a su prueba, se detuvo.
Solo tres pasos.
Tres.
Y giró la cabeza apenas, lo suficiente para verlo por reojo.
Una mirada seria.
Pero con un calorcito detrás.
Después siguió caminando.
Cuando salió su grupo… salieron siete.
Los que no habían pasado.
Me alegré.
Y al mismo tiempo sentí un dolor pequeño en el pecho.
Una mezcla egoísta.
Luego me tocó a mí.
Dejamos las cosas en una esquina.
La fila avanzó: Documentos.
Peso.
Altura.
Revisión médica.
Sangre.
Todo bien… hasta la prueba psicológica.
La señora me dio la hoja.
Las respuestas eran confusas: “muy acuerdo”, “poco acuerdo”… Me enredé.
Mis manos sudaban.
La chica revisó mi puntaje.
48/100.
El mínimo era 50.
Rojo.
Como una sentencia.
La chica me miró fijo y preguntó: —Para usted… ¿qué es ser buena persona?
Sentí un vacío enorme.
Tragué duro.
Y hablé.
—Ser bueno… es tratar bien a la gente, sin importar quién sea.
Ser honesto, ayudar cuando puedas,honrar lo que prometes, incluso cuando te duele.
Es cuidar a quienes amas… aunque duela Es levantarte sabiendo que el mundo no te debe nada.
Eso es ser bueno….
Un silencio enorme cayó sobre todo el lugar.
La chica bajó la mirada.
La señora también.
Y en ese silencio que parecía infinito… —jovecito Vanti… —dijo la chica— … usted está…
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