Heredero De La Herida - Capítulo 6
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6: ‘bienvenida’ 6: ‘bienvenida’ Aprobado.
El alivio me golpeó tan fuerte como un puñetazo, pero la duda seguía zumbando en mi cabeza como una mosca insistente.
—Disculpe… ¿puedo preguntar algo?
—le dije a la psicóloga.
—Sí, Vanti.
Dígame.
—¿Por qué me preguntó eso?
Ella suspiró y se acomodó las gafas.
—En su examen hay veinticinco preguntas, pero solo veinticuatro se imprimieron.
La última es verbal.
¿No leyó las instrucciones?
—Ah, sí, claro… ya me acordé —mentí.
Me sentí un poco avergonzado, pero con mis 52 puntos no iba a discutir.
Me levanté y seguí sus indicaciones.
Había dos puertas custodiadas por militares encapuchados.
Me abrieron paso.
Dentro, solo éramos diez aspirantes.
Me senté contra la pared.
A mi lado, un chico con sobrepeso se dejó caer, jadeando, pero se lo notaba muy feliz.
—Noventa y seis puntos —murmuró—.
Me fue bien en lo psicológico.
En la esquina, un hombre de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, vestido de civil, comía de una tarrina de plástico sin prestarnos atención.
Me acerqué un poco.
—Oiga, señor… ¿sabe cuántos cupos son?
El hombre se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Son trescientos para hombres y ciento cincuenta para mujeres, según escuché.
Siéntanse afortunados, muchachos.
Afuera hay como treinta y cinco mil esperando entrar.
Dejó la tarrina en el suelo, nos miró con desprecio y añadió: —Aunque, viendo lo que entra, parece que cometieron errores.
No eligieron a los mejores.
El chico a mi lado bajó la cabeza, herido por el comentario.
Otros se molestaron.
—Aquí no vamos a entrar los trescientos —dijo uno—.
Solo estamos esperando que se llenen los cupos del bus.
Ustedes son el tercer grupo, faltan dieciocho.
A pesar de la tensión, yo necesitaba saber algo más.
—Oiga… quería preguntarle otra cosa —le dije al veterano.
El hombre me miró con fastidio.
—Solo una pregunta por persona, muchacho.
Me incorporé un poco, ignorando la advertencia.
—Es sobre las chicas.
Mi hermana entró antes que yo…
El veterano soltó una carcajada.
—¡Ya andas buscando mujeres!
—Es por mi hermana… quería saber si vamos al mismo lugar.
El hombre dejó de reírse.
—Ellas están en su propia área.
Dos puertas distintas.
No te fijaste bien, ¿no?
Sentí alivio.
Si Alma había pasado, al menos estaba segura.
—Y… ¿a dónde vamos?
—pregunté sin pensar.
El hombre se enojó de inmediato.
—¡te dije que solo una pregunta por persona!
¡Siéntate y guarda silencio!
Me volví a sentar.
El chico de los 96 puntos me susurró: —Me llamo Tony.
Me caíste bien como te llamas?
—Max Vanti.
EL VIAJE A CURIVA Un militar joven, de unos veinticinco años, entró y nos ordenó hacer conteo.
Después de ocho intentos fallidos, se rio.
—No vamos a divertirnos, muchachos —dijo con una voz helada.
Finalmente logramos contar bien.
Nos formó por estatura.
Yo era el número veintiséis.
Salimos por la puerta trasera.
Un bus café oscuro con rayas verdes nos esperaba.
Nos subimos.
Mientras avanzábamos, vi otro bus detrás: el de las mujeres.
Vi a Alma sentarse.
Estaba bien.
El viaje duró dos horas, desde los cielos hacia Curiva.
Al llegar a una caseta militar, los buses se separaron: el de ellas a la derecha, el nuestro a la izquierda.
El militar joven nos hizo bajar.
—¡Cuatro filas, rápido!
Nos formamos con nuestras maletas.
—Escuchen bien.
Desde hoy ya no son ciudadanos.
No me interesa por qué vinieron.
Aquí solo importan las órdenes.
Ni mucho ni poco: órdenes.
Nos llevaron a un cuarto súper grande.
—Quince camas, dos pisos.
Busquen compañero.
Ustedes son la guardia del otro.
Si él la paga, usted la paga.
Elijan bien.
Tony se me acercó.
—¿Compañeros?
—claro que sí, Tony.
Elegimos yo la camas de arriba, cerca de la ventana.
Apenas diez minutos después, el soldado entró: —¡Fuera!
¡A formar!
LA BIENVENIDA AL INFIERNO Era la 1:00 PM.
El sol nos quemaba la piel.
A diferencia de nosotros, los aspirantes de otros grupos estaban acostados.
—Me van a dar diez vueltas a toda el área de habitaciones —ordenó.
Empezamos a correr.
Tony ya estaba exhausto en la segunda vuelta.
Fallamos al formar.
—¡Otra vez a correr!
Así estuvimos hasta las 3:00 PM.
Estábamos al borde del desmayo.
—¡Agua!
—gritaron Bebimos tres botellones en cinco minutos.
—¡Conteo!
Nos equivocamos.
—¡Diez sapitos!
Y por cada error, diez más.
Terminamos con las piernas temblando.
A las 5:00 PM nos llevó trotando hasta la zona de alimentación, el Rancho.
Vimos otras áreas: una tiendita, la peluquería, el almacén de armas.
—¿Tienen hambre?
Tony y cuatro más respondieron: —¡Sí!
—¿Ah, sí?
Se quedan aquí.
Los demás, conmigo.
Castigo por mostrar debilidad.
En el Rancho, la comida estaba deliciosa.
En mi mesa, todos se quejaban.
—Ese soldado está loco —decían.
—Los otros grupos están relajados —agregó otro.
—Así debe ser un soldado —respondí.
—No seas niñas —respondió otra persona.
El soldado entró al comedor.
—¡Coman bien!
La diversión recién empieza.
Después de lavar los platos, nos reunió en un espacio amplio.
Nos enseñó el paso militar: firmes, pecho al frente, pies seguros.
Corregía golpeándonos suavemente las piernas con un palo hasta las 9:00 PM.
Luego empezó a llover.
—¡Quítense la camiseta!
El agua helada caía como agujas.
El soldado recogió la ropa y nos hizo marchar bajo la lluvia.
—¿Qué les pareció el calentamiento?
—¡Nos gustó!
—respondimos.
—¡A bañarse!
Veinte minutos.
Los quiero en bóxer en sus camas.
Tony estaba destruido.
Después de ducharnos, el soldado nos enseñó a tender la cama perfectamente.
—No quiero escuchar ni una bulla.
Si escucho algo, calentamos toda la noche —advirtió, apagando la luz.
Me acosté.
Me dolía todo, pero me divertía.
Sentía que me estaba volviendo fuerte.
Ojalá Alma no la estuviera pasando tan mal.
Cerré los ojos…
“Pero el soldado entró bruscamente —¡Guardia imaginaria!
—gritó el soldado.
Todos lo miramos confundidos.
—Los de la primera cama vigilan cuarenta minutos —explicó—.
Luego despiertan a los de la siguiente cama, y así hasta las cinco de la mañana.
Quiero a todos formados afuera a esa hora.
Me tocó el segundo turno con Tony.
Me dio mucha sed y fui a buscar agua.
El botellón lo habían dejado afuera , en un pasillo oscuro.
Entonces lo vi.
El soldado.
Estaba agachado en un rincón, bajo una luz tenue.
Sostenía una carta.
Las gotas caían de sus ojos, pero no eran de rabia… era una pena silenciosa, profunda.
Su armadura de dureza tenía grietas.
Retrocedí de puntillas.
Si me veía fuera, estaría muerto.
Terminamos nuestro turno, despertamos a los siguientes y nos quedamos dormidos.
Un grito desgarró el silencio.
—¡¿POR QUÉ ESTÁN DORMIDOS?!
Abrí los ojos.
Eran las 6:00 AM.
El último grupo de guardia se había quedado dormido y no nos había despertado a las 5:00.
El soldado estaba en la puerta, furioso.
Mis compañeros tenían una cara de terror.
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