Heredero De La Herida - Capítulo 7
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7: Espejos rotos 7: Espejos rotos —Atención, ciudadanas —dijo una mujer de uniforme impecable.
Su voz era firme, pero no gritaba—.
Soy la Cabo Segundo Lina Pérez.
Nos miró a todas con ojos analíticos.
—Desde ahora, para pedir permiso o hablar, se dirigirán a mí como “mi Cabo”.
¿Entendido?
—¡Sí, mi Cabo!
—respondimos todas al unísono.
—Perfecto.
Vamos al dormitorio.
Fórmense en fila de cuatro dependiendo de la estatura.
Me moví al final de la fila.
Yo era la última.
Era bien alta.
Ser alta siempre me daba una sensación de ser diferente, de sobresalir, como una torre que se alza en un campo llano.
Mientras caminábamos, Lina observaba cada detalle.
Un par de chicas soltaron una risita nerviosa al fondo.
Lina se detuvo en seco.
El aire se enfrió de golpe.
—¿De qué se ríen, ciudadanas?
—preguntó con una calma que daba más miedo que un grito.
El silencio cayó como una piedra.
Lina paseó la mirada hasta detenerse en mí.
—Oye tú, ¿cómo te llamas?
—A-Alma —tartamudeé.
—Alma… se te ve ansiosa.
¿Tienes alguna duda?
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
—No, mi Cabo.
No es nada.
—Normal.
A muchas les pasa el primer día —dijo, y siguió caminando.
Pero yo sabía que mi ansiedad no era por el lugar.
Era por él.
✧ La Pregunta Incómoda En el dormitorio, el aire olía a limpio y a reglas nuevas.
Lina ordenó que cada chica se presentara.
—Me llamo Yili, tengo 19.
—Me llamo Kelly, tengo 18.
Cuando llegó mi turno, Lina arqueó una ceja.
—Tu nombre ya lo dijiste, Alma.
—Se acercó un paso, invadiendo mi espacio personal—.
¿Cuál fue tu verdadero motivo para entrar al servicio militar?
Me paralicé.
Las palabras se me atascaron.
—Pues yo… —mi mente estaba en blanco.
Lina sonrió de lado, una sonrisa que parecía leer secretos.
—Por un hombre.
Tus ojos me lo dicen todo.
—¡N-no!
—dije bajito, casi en un susurro—.
Es… es mi hermano.
Lina frunció el ceño, escéptica.
—¿Segura?
—S-sí —respondí, sonrojada.
—Bueno.
Siguiente.
Luego de varias presentaciones, una chica levantó la mano: —Mi Cabo, ¿qué vamos a hacer hoy?
—Hoy les voy a explicar cosas básicas: reglas, códigos, comportamiento.
Otra chica preguntó: —Pensábamos que íbamos a hacer ejercicio… Lina se cruzó de brazos y soltó una risa seca.
—¿Ejercicio sin uniforme?
¿Quién sería tan loco para hacer sufrir a sus reclutas civiles?
Miró hacia la ventana, hacia el área de los hombres A lo lejos vio figuras corriendo, cayendo, levantándose.
Lina sonrió.
—Pobres diablos —murmuró para sí misma—.
Bueno, chicas.
Hoy aprenderán a tender su cama, a doblar la ropa y las reglas básicas estilo militar.
Las Reglas de Lina: Prohibido salir de los cuartos de noche sin una orden.
Prohibido no seguir una orden.
Prohibido intentar escaparse del cuartel.
—Son mis reglas —remarcó—.
Si no las cumplen, no nos vamos a llevar bien.
¿Entendido?
—Sí, mi Cabo —respondimos.
Alma levantó la mano.
—¿Esas son todas las reglas?
—Obvio que no.
Son básicas.
Luego se les entregará un libro con todas.
Así que presten atención a lo que explique hoy.
Continuó hablando de rangos, horarios y de cómo sería la rutina.
—El lunes comenzamos con el calentamiento.
Luego, un mes así.
Después vienen los estudios: seis horas de entrenamiento y seis horas de clases.
Desde las seis de la tarde tienen tiempo libre.
Está terminantemente prohibido pasar a las áreas de los hombres.
Mi corazón se hundió.
—Las dejo entre ustedes.
Descansen.
Más tarde vuelvo.
Lina salió.
✧ El Pasado que Duele Apenas se fue, Kelly se acercó.
—Oye Alma… tú viniste por tu novio, ¿verdad?
—¡No!
—me defendí rápido—.
Yo vine para ser milita… —respondí insegura.
Kelly rió suave.
—No te mientas.
Tus ojos lo dicen todo.
Como dijo la Cabo.
—No es así… —murmuré.
—Tranquila, yo también vine por mi novio.
La mayoría estamos aquí por lo mismo, ¿sabes?
No respondí.
Me acosté en silencio.
Kelly subió a la litera.
Pero yo apenas la escuchaba.
Había caído en mis propios pensamientos.
¿Por qué reaccioné así?
¿Por qué quiero ser militar?
¿Es verdad que vine por Max?
La memoria me golpeó, dolorosa pero inevitable.
No tengo papá ni mamá.
Fui abandonada cuando era bebé en la iglesia donde vivía Josué.
Él me recogió y me cuidó desde entonces.
Pero un día llegó él.
Max.
Cinco años, llorando, traído por dos policías y una mujer con saco.
Dejaron unos papeles, firmaron y se fueron al poco tiempo.
Max solo temblaba Yo me acerqué.
Él me abrazó fuerte.
—No me dejes solo … por favor.
No te vayas —lloraba.
Yo sentí algo extraño ese día.
Me daba lástima.
Tenía los ojos rojos.No me deje, M… Mami.” Yo lo abracé.
—No te voy a dejar.
Su abrazo fue desesperado, pero extrañamente cálido, como si un rayo de luz hubiera entrado en mi vida.
En ese instante, sentí una promesa más grande que todas.
Desde allí nos volvimos inseparables.
Pasó unos pocos año y ninguna familia lo eligió.
Josué nos adoptó oficialmente a los dos cuando yo tenía ocho y él siete.
Pero yo empecé a sentir algo distinto cuando cumplí quince….
Era mi cumpleaños y lo celebrábamos en la iglesia.
Josué estaba allí, pero parecía no ver nada de lo que realmente pasaba entre Max y yo..
Josué estaba en su propio mundo, bailando sin ver nada de lo que ocurría a su alrededor, lo que nos dejaba a Max y a mí en una especie de burbuja privada.
Max me había entregado un regalo que me dejó sin aliento: un vestido blanco, precioso.
Al dármelo, sus ojos buscaron los míos con una seriedad que me hizo temblar.
—Cuídalo mucho —me dijo en un susurro—.
Significa mucho para mí.
Esa frase se quedó dando vueltas en mi cabeza mientras empezábamos a bailar.
En la pista, la música parecía empujarme hacia él; mi cuerpo se sentía atraído al suyo como si él fuera un imán y yo el metal.
Sentía su cercanía, su calor, y por un momento creí que él sentía lo mismo.
Estaba tan feliz que las palabras quemaban en mi garganta, quería decirle todo lo que me estaba pasando.
pero me detuve; el miedo y la presencia de Josué me frenaban.
Finalmente, Josué se despidió y se fue.
En cuanto se cerró la puerta y nos quedamos solos, sentí que era mi momento.
aprovechando que Josué se había ido , reuní todo el valor que no sabía que tenía.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que él podría escucharlo.
—Max… quiero preguntarte algo —hice una pausa, sintiendo la incomodidad trepando por mi cuello—.
¿Tú me quieres?
Él estaba bebiendo agua en ese momento.
Se detuvo, me miró con una naturalidad que me dio escalofríos y soltó una pequeña risa, como si mi pregunta fuera una travesura de niños.
—Pues sí, ¡qué pregunta tan tonta es esa!
—respondió con ligereza—.
Claro que te quiero mucho, hermana.
Esa última palabra, “hermana”, cayó sobre mí como un balde de agua helada.
Fue el fin de la magia.
Sentí cómo algo se rompía por dentro, pero logré forzar una sonrisa mientras me levantaba.
Me despedí con un hilo de voz y caminé lentamente a mi cuarto.
Él no se dio cuenta del rastro de mis lágrimas.
Esa noche, la felicidad del vestido blanco se marchitó, y decidí que desde ese momento, mis sentimientos por él quedarían bajo llave, encerrados en una caja fuerte dentro de mi alma.
A veces se quería abrir pero la cerraba rápidamente.
Soy su hermana.
Solo su hermana había olvidado eso…
Me quedé pensando bastante tiempo.
No sé cuánto, hasta que escuché: —Alma, discúlpame.
por haberte dicho cosas que te molestan.
Era Kelly.
Le dije que tranquila.
No alcancé a decir otra palabra.
Lina entró: —Chicas, escuchen.
Vamos a dirigirnos al rancho.
Formen en fila.
Mientras caminábamos, nos explicó qué hacer con los platos, cómo organizarnos, etc.
Al regresar al dormitorio, Kelly y yo ya nos llevábamos mejor.
Lina nos indicó: —Por ahora se levantan a las siete de la mañana.
Descansen.
Apagó la luz.
Yo oré en silencio.
“Ojalá que le vaya bien a Max, como me está yendo a mí.” Me acosté, me dio sueño y me dormí.
✧ El Despertar del Infierno —¡¿QUÉ CARAJOS HACEN DORMIDOS?!
El grito desgarró el silencio.
Eran las 6:00 AM.
El soldado estaba en la puerta, furioso.
—¡Este chiste les va a salir caro!
¡Cinco minutos para formar afuera!
¡MUÉVANSE!
Salimos tropezando.
Max estaba ahí, pálido pero firme.
Tony apenas podía respirar.
—No me interesa quién falló en la guardia —dijo el soldado—.
Por culpa de unos payasos, hoy no hay desayuno.
—!
soldado… fueron ellos dos —acusó un recluta.
—¡CÁLLESE!
No me importa quién fue.
Aquí si uno falla, fallan todos.
¡Miren al frente!
Hicimos el conteo.
Salió bien.
—Miren eso… parece que el hambre los hace inteligentes —dijo el soldado.
Lo decía en serio—.
Deberían agradecerme.
Soy un buen instructor.
—Vamos al bosque.
Avancen.
Llegamos a una zona arbolada.
El soldado nos sonrió.
—Antes de empezar… me gustaría saber.
¿Tienen hambre?
Tampoco soy un monstruo.
Max les dio un codazo disimulado a los demás.
—¡NO, SOLDADO!
—gritamos todos.
—Verán que no quieren comer.
—Su tono cambió a acero—.
Hoy aprenderán a saludar.
Si no saben el rango, digan “mi superior”.
Se acercó a Tony.
—A ver tú, gordito… ¿cómo me debes decir?
—Mi… mi soldado.
—Bien.
Así me gusta.
El soldado miró al cielo gris.
—Ahora… vamos a ver cuánto aguantan sin comida.
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