Heredero De La Herida - Capítulo 8
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: La piel del bosque 8: La piel del bosque Bueno —Hoy vamos a dar vueltas al área del bosque —dijo el Soldado con una calma sospechosa.
El bosque no era ni pequeño ni grande, pero estaba lleno de trampas naturales: huecos, raíces sobresalientes.
—Serán dos vueltas —añadió.
Me pareció extraño.
Dos vueltas corriendo era poco.
Algo normal.
—Pero… vamos agachados.
Como arrastrándose.
Pecho a tierra —sentenció.
Yo dije en mi mente: Creo que sí está loco.
Miré a los lados.
Tony estaba asustado; su cuerpo no estaba hecho para eso.
Arrastrarse usando solo las puntas de los dedos y los pies es una tortura para los hombros.
El Soldado nos miró, esperando una queja.
—¿Qué les parece?
¿Fácil o complicado?
Nos miramos entre nosotros.
Sabíamos que al Soldado no le gustaba nada lo fácil, y que cualquier signo de debilidad lo haría peor.
Así que, con resignación y por miedo a decir lo contrario, respondimos: —Fácil.
El Soldado sonrió.
Una sonrisa de depredador.
—¿En serio?
Entonces vamos a hacerlo un poquito más complicado.
Sin zapatos.
Y sin camiseta.
El aire se congeló.
El suelo estaba lleno de piedras, ramas y espinas.
El Soldado se quitó su propia camiseta y botas en un segundo.
Mis compañeros abrieron los ojos.
El hombre estaba mamadísimo, con músculos marcados que parecían tallados en piedra.
—Pecho a tierra —ordenó, tirándose al suelo—.
Yo iré con ustedes.
Pobre del que se quede atrás.
Si me ganan, descansan.
Si pierden, me dan cinco vueltas más.
¿Listos?
—¡Sí, mi Soldado!
Avanzamos.
Fue una masacre.
El Soldado se movía como una iguana, rápido, sin que le costara nada.
La tierra me raspaba la barriga, las piedras se clavaban en mis codos y rodillas.
Yo iba en tercer puesto, luchando por aire.
A mi lado iba el chico que nos había llamado “niñitas” en el comedor.
Tony se quedó atrás casi al instante con otros cinco.
Llegamos a la primera vuelta.
Yo tenía la piel rayada, ardiendo.
Y entonces, el Soldado nos pasó por el lado.
Nos había sacado una vuelta de ventaja.
Iba riendo.
—¡Muévanse!
—gritó mientras nos rebasaba.
Yo me reí entre dientes, mezclando dolor con incredulidad.
De verdad está loco.
Cuando terminé la segunda vuelta, casi escupiendo los pulmones, levanté la vista.
El Soldado ya estaba ahí.
Vestido.
Con sus botas puestas y el uniforme impecable.
Nos miraba con los brazos cruzados mientras llegábamos uno por uno, sucios y sangrando.
—Pónganse sus zapatos y camisetas.
Y quédense formados.
El último en llegar fue Tony.
Parecía un saco de papas arrastrado por el suelo, pero avanzaba.
Tenía una voluntad de hierro.
El Soldado nos miró con asco.
—Son una porquería.
Me van a dar diez vueltas corriendo.
Ahora.
Mi cuerpo gritó no, pero mi mente se preparó.
Mis compañeros ya no jalaban.
Estaban a punto de colapsar.
Entonces, algo cambió.
La Dama y el Monstruo Una mujer apareció por el camino.
Caminaba suave, elegante.
Era alta, con un uniforme impecable.
Se acercó al Soldado.
Él, que hace un segundo nos insultaba, cambió.
Su postura de acero se ablandó de inmediato.
Se alejaron un poco, hablando en voz baja.
Ella le tocó el hombro con familiaridad, como si fueran viejos amigos.
El Soldado se veía extraño.
Estaba visiblemente nervioso, tocándose las manos y mirando al suelo mientras ella le hablaba.
Su actitud cambió; lo noté un poco triste por un segundo, como si estuviera aguantando algo.
Ella sonrió, una sonrisa incómoda, casi triste, como si hubiera sido rechazada.
Algo pasaba entre esos dos, pero se notaba que ella le había dicho algo para que no se ensañara con nosotros.
Se despidió con un gesto suave antes de irse caminando con la misma elegancia.
Eran las 7:50 AM.
El Soldado miró la espalda de la mujer y luego se acercó hacia nosotros.
La magia se rompió.
—Bueno.
Vamos al dormitorio.
Se salvaron de las vueltas…
Mis compañeros suspiraron aliviados.
La Verdad que Duele Llegamos, tomamos agua como animales sedientos.
El Soldado se sentó en una roca, mirándonos en silencio durante un largo rato.
—Vengan.
Hagan fila de seis.
Siéntense.
Nos sentamos en el suelo frío.
—Escuchen bien —dijo, y su voz sonó diferente.
Sincera—.
El servicio militar no es obligatorio.
Se pueden dar de baja.
Hizo una pausa, evaluando nuestras caras cansadas.
—Yo entiendo que la mayoría entró para ser militar profesional, pero escuchen esto como un consejo personal, El Soldado nos miró fijamente.
—Sepan que solo hay tres cupos.
solo los mejores de toda la base lograrán ser profesionales.
Piensen en la probabilidad.
Su sacrificio será en vano si no son los mejores.
El silencio se hizo pesado.
Estaba ofreciendo una reflexión, no una amenaza.
Señaló a Tony.
—No es por nada, gordito… pero honestamente, no te veo oportunidad para esos tres cupos.
No te veo aquí.
Tony, sucio y agotado, levantó la cabeza.
—No me voy a dar de baja nunca.
Lo voy a intentar… lo voy a intentar hasta que me muera.
El Soldado lo miró fijo.
Le gustó esa respuesta.
—Discúlpame… ¿cómo te llamas?
—Tony… Guerrero —respondió.
—Okay, Tony.
Pero están a tiempo.
Afuera la vida es dura, pero acá dentro, la vida no es segura.
El Soldado bajó la mirada, recordando algo que le dolía.
Saben por qué les digo esto…
Porque hoy, mirando hacia atrás, me pesa haber sido militar.
Es una verdad incómoda, pero es la mía.
Cumplí mi sueño, sí, pero lo hice a medias, porque mientras alcanzaba la meta, la vida se me escapaba por otro lado.
Perdí cosas que no tienen vuelta atrás: tiempo con los que amo, mi propia paz, versiones de mí mismo que ya no existen.
El costo fue demasiado alto.
Por eso se los digo con el corazón en la mano: no dejen que el futuro les robe el presente.
Aprovechen su juventud, vivan ahora que el tiempo les pertenece, porque una vez que se entrega, no hay cupos ni medalla que te lo devuelva.” Yo me quedé impactado.
Eran palabras sinceras.
Yo no tenía a mi mamá, pero tenía una promesa de se el mejor y a Alma cerca.
“Tengo que ser el mejor.
Tengo que ganar uno de esos tres cupos para ser un profesional.
Por algo estoy aquí, y por la promesa que le hice a mi mamá por Josué por alma.
No me detendré.” El Soldado se puso de pie, mirando a las filas.
—Ahora, los que han tomado una decisión de irse , den un paso al frente.
Si se quedan, no hay vuelta atrás.
Reflexionen bien.
Un hombre se levantó primero, con voz quebrada: “Tiene razón, mi Soldado.
Voy a aprovechar mi juventud para ser buen hijo.
Gracias.” Luego, otro, y otro.
Se formó una nueva fila de los que se marchaban.
Cuando la fila de los indecisos terminó, 20 hombres se habían ido al lado de los que se daban de baja.
—Hagan fila los que se van.
Regresen a la habitación, cojan sus cosas y espéreme aquí .
-afuera del dormitorio- El Soldado fue a hacer el papeleo mientras los 20 recogían sus cosas y se marchaban.
Nos quedamos solos.
Diez hombres en el cuarto enorme.
—Son unos bobos —murmuró uno de los que se quedaron.
Yo miré al cielo a través de la ventana.
Tony se tiró en la cama, muerto de cansancio.
Yo me senté.
De repente, ese chico se me acercó.
—Oye tú.
Juguemos a las fuercitas.
—¿O te da miedo?
—me dijo, con una sonrisa de malicia.
Suspiré, mirando al suelo.
—Ay… bueno, vamos.
Puse el codo en la mesa.
Me ganó rápido.
Apenas puse resistencia, solo quería que me dejara en paz.
—Oye —me dijo—.
¿Cómo te llamas?
—Max.
—Yo me llamo Miller Gugu.
Tony, que estaba medio dormido, soltó una carcajada explosiva al escuchar el apellido.
—¿En serio te llamas Gugu?
—se rió Tony—.
¿Miller Gugu?
Miller se puso rojo de rabia, la vena en su cuello se marcó.
—¿De qué te ríes, cabrón?
—Disculpa, Miller… no fue mi intención —dijo Tony, tratando de aguantar la risa.
Comenzaron a discutir.
De repente, la puerta se abrió de golpe.
Entró el Soldado.
Detrás de él venía uno de los que se había ido, pero que regresaba.
Se había arrepentido a mitad de camino.
—Bueno.
Entonces somos once.
Miller levantó la mano.
—¿Nos vamos a quedar así?
¿Solo once?
—Sí.
Los once son los de ahora.
Las plazas ya no son recuperables.
El Soldado sonrió, y esa sonrisa macabra volvió.
—Ni piensen que porque se fueron diecinueve les voy a perdonar la vida.
No me hagan reír.
Señaló la puerta.
—Así que regresemos al bosque.
El Bautizo de los Once Pasamos el resto del día en el infierno.
Corriendo.
Haciendo sapitos.
Pero también nos enseñó.
Nos explicó detalles mínimos: cómo hablar, cómo poner las manos.
Dos compañeros se desmayaron: el que regresó arrepentido y Tony.
Se hizo de noche.
Regresamos al cuarto hechos polvo.
Me ardían los pies, la barriga rugía.
No habíamos comido nada en todo el día.
El Soldado no tenía ninguna intención de llevarnos al rancho.
Solo agua.
Mis compañeros estaban al borde del llanto.
Nos vestimos para dormir.
El Soldado apagó la luz.
Miré el techo oscuro.
Me dolía hasta el alma.
Oré y me quedé dormido.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com