Heredero De La Herida - Capítulo 9
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9: el domingo olvidado 9: el domingo olvidado Mis compañeros y yo estábamos al límite, hechos trizas por dentro y por fuera.
El domingo había sido un infierno inolvidable.
Olvidamos la guardia imaginaria, y el soldado nos castigó sin piedad: ni una migaja de comida, y nos mantuvo despiertos toda la noche, parados en el patio como estatuas bajo una llovizna helada que calaba hasta los huesos.
Se paseaba entre nosotros, ojos fijos en el vacío.
Si alguien cabeceaba o cerraba los ojos un segundo, le daba un golpe seco con un palito.
y el dolor nos mantenía en pie.
Tony se tambaleaba a mi lado, pálido como un fantasma; Miller Gugu mascullaba maldiciones.
Yo frotaba mi pulsera desgastada en mi muñeca, buscando fuerza.
Nadie hablaba.
Nadie se quejaba.
Solo resistíamos, temblando en la oscuridad.
Al amanecer, el cielo gris se burlaba de nosotros.
El soldado nos miró con desprecio y nos llevó al rancho para un desayuno miserable: avena aguada y pan duro.
Devoramos cada bocado en silencio.
Luego, nos arrastró al bosque, donde el barro se pegaba a los zapatos.
—Escuchen bien, reclutas —dijo, voz ronca pero firme, mirando al suelo como si le doliera vernos—.
Hoy reciben el uniforme.
¿Alguno quiere darse de baja ahora?
¿Eh?
¿Nadie?
Gritamos al unísono, con lo poco de voz que nos quedaba: —¡No, mi soldado!
Estábamos destrozados: ojeras como surcos, labios agrietados, miradas vidriosas.
Los cuerpos temblaban la mitad se desmayó cayendo como sacos antes de que el soldado los forzara a levantarse.
Pero nadie se rindió.
Nadie pidió clemencia.
Nos miró un segundo más, evaluándonos, y nos dejó caer en el barro.
“Descansen 30 minutos”, murmuró, alejándose sin explicación.
Nos derrumbamos, dormidos antes de tocar el suelo.
Solo necesitábamos eso: un rato de paz, aunque fuera en el lodo.
POV: Alma La puerta del dormitorio se abrió con un golpe seco; la cabo Lina entró como un torbellino.
“¡Bueno, muchachas, ya levántense!”, ordenó, voz inquebrantable.
Eran las 7:00 a.m., y el sol filtraba por las rendijas.
“Escuchen bien, chicas: alísten bien.
Cójanse el pelo en un moño formadito, pónganse ropa sencilla —nada llamativo— y salgan a formar filas de cuatro.
Tienen diez minutos”.
Lina salió, y nos movimos como un enjambre.
Me la había pasado bien estos días.
Somos muy amigas; me llaman “amiga” casi todas.
Pasamos encerradas, saliendo solo para comer; Lina da explicaciones sencillas y se va.
Nos alistamos rápido: yo, cola alta, camiseta blanca simple y pantalones grises.
Salimos y formamos filas.
—Escuchen, ciudadanas —dijo Lina, brazos cruzados—.
Hoy es especial.
Llega el presidente Muñoz.
No se muevan mucho; más tarde hablen, pero ahora no.
Esperamos hasta las 9:00 a.m.
Fuimos al campo: amplio, con tarima de cemento elevada sobre palos metálicos elegantes.
Sillas a los lados, camiones militares con la bandera: franja roja horizontal arriba, negra abajo, con un águila dorada en el centro, alas extendidas .
Llegamos primero las mujeres; luego, los hombres: la mayoría de grupos llegaban normales, como nosotras, caminando sin agotamiento visible.
Pero un grupo de once venía hecho pedazos: agotados, como si les hubieran sacado el alma, al paso de su instructor: moreno claro, pelo desordenado, cara seria con un toque de gracia inexplicable.
Aproximadamente 25 años, uniforme impecable.
Ahí estaba Max.
Destacaba: ojeras profundas, pero decidido, feliz por dentro.
Sus compañeros estaban exhaustos.
Pararon a la derecha de la tarima.
Extraño que solo once.
Mis compañeras buscaban con la mirada; Lina explicó: —Diecinueve se dieron de baja en ese pelotón.
La mayoría se sintió traicionada.
Kelly, la más afectada, apretó puños, rabia en la cara.
Lina calmó: “No se muevan tanto, chicas.
Después de un rato todo ya estaban pusieron una alfombra roja y comenzaron a llegar – uno alto (1.80, calvo, barbudo, musculoso con un saco negro ), flanqueado por dos jóvenes militares (17y 16, elegantes).
Atrás, altos rangos.
Subieron a la tarima; los tres al medio, ante el púlpito; Sonó trompeta.
Militares con banderas marcharon, música de ceremonia.
Se pararon frente a la tarima.
El alto rango habló: —Buenos días, comandos, ciudadanos, especialmente al presidente y sus hijos.
Bienvenido al presidente lucky Muñoz y sus hijos tenientes, lo mejor de nuestros militares.
Él fue ex milita el mejor de la historia; nos sacó de la dictadura.
Aplauso.
Lina aplaudió suave.
El soldado fingió aplaudir.
Otros aplaudían fuerte; El comandante general continuó: —Me presento: soy el comandante general.
A nuestros lados, generales de zona.
—Cuatro gordos, viejos, inexpresivos—.
Hoy ya no son ciudadanos: son militares al ponerse el uniforme.
Dio un discurso corto y cedió al presidente.
El Discurso del Presidente Luber Muñoz se levantó con calma, ajustando su saco negro bien uniformado .
Presencia imponente: alto, fuerte, barba canosa, cicatriz fina en cuello como línea de batalla.
Miró no como jefe, sino compañero.
—Buenos días, militares.
Porque eso son desde hoy: guerreros de esta patria.
Sé exactamente qué sienten.
Hace treinta años, yo estaba ahí, donde están ustedes ahora: con las manos vacías pero el alma llena de sueños y una determinación de hierro.
Yo no nací en un palacio; vengo de un barrio que el mundo decidió olvidar, donde vendía lo que podía para llevarme un bocado a la boca.
Perdí a mis padres temprano, y solo yo sé cuánto me dolió ese vacío.
Por eso estoy aquí frente a ustedes.
Sé que mis ojos se ven endurecidos por los años, pero detrás de ellos hay una calidez que solo entiende quien ha sufrido.
No podemos permitir que los criminales —esos violadores, extorsionadores y traidores que heredamos de las dictaduras— sigan robándonos la paz.
Estamos recuperando este país paso a paso.
No vamos a enterrar a un solo ser querido más.
Ustedes están aquí por una razón: para eliminarlos.
Ese es nuestro deber con la patria, y mi compromiso con ustedes.” Voz alta, himno.
—Los mejores se convierten en profesionales: no traicionen la patria.
Dediquen corazón.
Peleen por madres, niños, caídos.
Si hubiera alguien mejor para cargar con este dolor, que lo haga.
Pero no lo hay.
Por eso estoy aquí.
Por eso lucho y por eso sangro con ustedes.” Discurso bonito.
Militares al borde de lágrimas; hijos del presidente: uno llorando, otro serio .
las Chicas lloraban;casi todas alma también lloró .
Pero max no lloro él no lloraba por cualquier cosa el sentía esas palabras vacía .
El soldado miraba fijo, molesto.
Los chicos lloraron.
Solo dos .
Max y el soldado.
El presidente, luchador conocido.
País en crisis; pide disculpas diarias por asesinos (extorsión, robo).
Se disculpó ahí, voz quebrada: “Lo doy todo.
Si alguien aguanta tanto sufrimiento, que lo haga”.
POV: Max Tras el discurso, el comandante habló: —Repartan cajas a cada grupo.
Nuestra caja: el soldado sacó fundas.
Cada una con nombre: botas piel claro, pantalón verde pixelado, cinturón negro, camiseta color botas, chaqueta verde, gorro sol, ropa deportiva, cuerdas para pecho/espalda como tirantes.
Comandante: “Cambiénse.
Diez minutos”.
Todos fuimos.
Regresamos vestidos.
Mi uniforme quedaba perfecto: cuerpo estético, ni muy musculoso ni flaco.
Tony’apretado; Miller le queda bien.
Vi a Alma de lejos: se veía súper bien.
Me miró y desvió la mirada .
Comandante: —Ya son militares.
Sean los mejores para ganar cupos.
Aclaración: tres para hombres y tres para mujeres.
Detalles con sus instructores Gracias, retírense.
Todos se fueron.
El soldado nos llevó al cuarto.
Y dijo a partir de ahora nadie se puede tirar para atrás.
Tienen prohibido.
Se pueden sentar.
Nos sentamos en la cama.
Escuchen.
Sí, mi soldado.
Bueno, me presento: me llamo William Correa.
O díganme nomás William.
A secas.
Si tienen dudas, digan.
No más pregunten informalmente.
Cualquier duda que tengan, díganme.
Pero el soldado siguió hablando y se dio cuenta de que todos estaban dormidos.
Estaban full cansados.
El soldado vio eso y se retiró, sentándose en la puerta, viéndolos con una mezcla de pena y culpa que le arrugaba el rostro bajo la luz tenue.
Como si estuviera mirando a su propio pasado roto.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES T0TIT0 Hola a todos, y muchas gracias por dedicar su tiempo a leer mi novela.
Su experiencia de lectura es fundamental, y su participación es muy valiosa para pulir esta historia.
Si durante la lectura encuentran algún error (ortográfico, de redacción o de continuidad), o si alguna sección o idea no se explica con la claridad necesaria, les agradezco mucho si lo señalan en los comentarios.
Mi objetivo es entregarles la mejor versión de mi obra.
Si tienen dudas sobre el significado de alguna palabra, un concepto, o sobre cualquier aspecto de la trama, no duden en preguntar.
Estaré muy atento y responderé a cada uno de sus comentarios.
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