Heredero de la sombras - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 CAPÍTULO 41 — El Poder que No Debía Despertar
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41: CAPÍTULO 41 — El Poder que No Debía Despertar 41: CAPÍTULO 41 — El Poder que No Debía Despertar La medianoche convertía el bosque en un laberinto de sombras y viento frío.
Max esperaba en el claro, con los puños apretados, tratando de calmar la furia que hervía en su interior.
Había venido dispuesto a confrontarlos.
Pero no imaginaba lo que estaba a punto de desatar.
Entre los árboles, tres figuras emergieron con paso firme.
Aren.
Demer.
Rurik.
Los agresores de Gael.
—Mírenlo —dijo Aren riendo—.
El niño vino solo.
—Y vino de noche —añadió Demer—.
Más idiota aún.
Rurik no sonreía.
—Hablemos claro, Max.
¿Qué crees que vas a lograr?
Max respiró hondo.
Trató de mantener la calma.
Pero al recordar a Gael en el suelo, sangrando, algo dentro de él se quebró.
Su voz salió más grave.
Más fría.
—Quiero que sepan que no les tengo miedo.
Y que Gael no está solo.
Aren negó con la cabeza.
—Entonces tendré que enseñarte tu lugar.
Fue Aren quien atacó primero, lanzándose contra Max con una ráfaga de Ki concentrado.
Max retrocedió, pero el golpe lo atrapó en el hombro.
Un dolor ardiente se expandió por su cuerpo.
Demer vino después, golpeando el aire con fuerza.
Una onda expansiva lo lanzó contra un árbol.
Max cayó de rodillas, jadeando.
Rurik caminó hacia él, tranquilo.
—Tu valentía es inútil.
Eres débil.
Igual que tu amigo.
Esa frase… Encendió algo.
La respiración de Max se volvió irregular.
Su visión se abrió.
Se expandió.
Los sonidos se distorsionaron.
Y un calor extraño subió por su columna, tomando control de sus extremidades.
Su poder oculto.
Su modo despierto.
Aquel que solo emergía cuando su conciencia comenzaba a fracturarse.
Max levantó la cabeza.
Sus ojos ya no tenían su color normal.
Eran profundos… brillantes… como un espacio al borde del colapso.
Rurik dio un paso atrás, sorprendido.
—¿Qué…?
Max se incorporó lentamente.
El bosque vibró.
El suelo tembló bajo sus pies.
—No vuelvan a tocarlo —dijo Max, con una voz que no parecía la suya—.
Jamás.
Aren quiso atacar, pero fue demasiado tarde.
Max extendió la mano… Y el aire se rasgó.
Literalmente.
Un quiebre oscuro abrió una grieta en la realidad.
Una distorsión de energía pura que no pertenecía a la Tierra.
Un portal inestable, salvaje… peligrosamente poderoso.
Los tres estudiantes quedaron paralizados.
—¿Qué demonios es eso?
—preguntó Demer.
Max no respondió.
El portal los absorbió.
Aren gritó.
Demer intentó anclarse al suelo con Ki.
Rurik lanzó un golpe que se deformó al tocar la grieta.
Pero era inútil.
Los cuatro fueron tragados por completo.
La Dimensión Despierta La gravedad desapareció.
El aire se volvió espeso.
El suelo parecía líquido, pero firme.
Max cayó de pie, como si esa dimensión lo reconociera.
Los otros tres cayeron desordenados, aterrados.
—¡¿Dónde estamos?!
—gritó Aren.
—¡Esto no es un portal de la academia!
—dijo Demer.
Rurik lo entendió primero.
—Esto… es poder puro.
Max avanzó, sus pasos resonando como golpes en la membrana viva de ese plano.
Cada movimiento suyo distorsionaba el espacio.
Su aura no era Ki.
No era magia.
Era otra cosa.
Rurik gritó: —¡Aren, Demer!
¡A por él!
Los tres atacaron a la vez.
Aren lanzó cuchillas de Ki como destellos.
Max las desvió sin moverse.
La dimensión misma doblaba las cuchillas, devolviéndolas a su dueño.
Demer saltó, golpeando con fuerza.
Max detuvo su puño con un solo dedo.
El impacto explotó alrededor, deformando el suelo.
Rurik cargó con todo su poder, canalizando Ki al límite.
Max lo tomó del brazo… …y lo arrojó contra Aren, como si fueran muñecos.
Aren cayó inconsciente.
Demer tosió sangre.
Rurik intentó levantar la mirada, temblando.
—Max… ¿qué eres…?
Max no respondió.
Solo levantó la mano y la dimensión se agitó con violencia.
Un pulso oscuro barrió el campo.
Los tres estudiantes fueron derrotados de un golpe.
La dimensión empezó a colapsar.
Y entonces Max, cubierto de heridas, respiró por primera vez con dificultad.
Su modo despierto empezaba a desvanecerse.
El portal se reabrió por sí solo… Y Max cayó hacia la realidad.
El Testigo Oculto A unos metros del claro, muy lejos de ser visto, una figura permanecía inmóvil entre los árboles.
Cabello blanco.
Ojos dorados.
Presencia fría.
El profesor Seraphis.
Había seguido a los tres estudiantes.
No para ayudarlos.
Para observar.
Y lo que vio… Le heló la sangre, incluso a él.
—Un poder dimensional… instintivo —susurró, con voz grave—.
El niño no debería poseer algo así.
Cuando Max cayó de vuelta al bosque, jadeando y cubierto de sangre, Seraphis entrecerró los ojos.
—Interesante.
El arcángel no intervino.
No debía.
Solo observó cómo Max se levantaba tambaleando y huía hacia la academia, dejando atrás un silencio que no pertenecía a este mundo.
Seraphis cruzó los brazos.
—Primero Gael.
Ahora él.
Sonrió levemente.
—Orlan está despertando monstruos… sin darse cuenta.
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