Heredero de la sombras - Capítulo 74
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Capítulo 74: CAPÍTULO 74 — Cuatro Heraldos y Tres Testigos
El primer Heraldo se preparaba para lanzar su ataque final contra Rhost, su pecho brillando con una intensidad capaz de desintegrar una montaña.
Valen levantó el brazo.
—Espectro-01… entren.
Pero antes de que pudieran moverse…
El suelo tembló.
No como antes.
No como un simple impacto.
No como un temblor común.
Esto era un latido.
Un pulso.
Kraylos estaba respondiendo.
Lunaris abrió los ojos.
—No… no puede ser…
Tharos sintió cómo la gravedad fluctuaba violentamente.
—¡Algo más viene!
Izanor levantó su bastón.
—No…
No es “algo”.
Es…
Los cristales del valle comenzaron a cantar, vibrando al mismo tiempo.
Las grietas del suelo brillaron como lava de luz.
Y entonces…
tres gigantes salieron de la tierra.
Tres Heraldos más.
Cada uno de veinte metros.
Cada uno con un núcleo de energía distinto:
Uno azul profundo.Uno rojo incandescente.Uno completamente blanco, cegador.
Valen frunció el ceño, por primera vez desde que llegó al planeta.
—Cuatro Heraldos… simultáneos.
Eso no estaba en ningún registro.
Rhost escupió sangre.
—¿Heh… entonces ahora sí se pondrá bueno?
Keryn retrocedió un paso, no por miedo, sino para evaluar.
—Ellos no vienen a pelear. Vienen a borrar todo lo que esté en este lugar.
Lunaris tragó saliva, sintiendo la magnitud:
—El planeta… activó un protocolo total de exterminio.
Valen sonrió con arrogancia oscura.
—Entonces nosotros activaremos uno de ascenso.
El primer Heraldo apuntó a Rhost.
Los otros tres apuntaron al resto del escuadrón.
El aire se partió en miles de líneas de energía.
La batalla estaba por iniciar…
pero a kilómetros de allí—
El estruendo sacudió el valle como si un gigante golpeara la superficie del planeta.
Gael, Laly y Max tuvieron que cubrirse detrás de una formación de rocas negras que vibraban como tambores rotos.
Explosiones de luz atravesaban la distancia, iluminando montañas enteras.
Gael apretó los dientes.
—¿Qué… demonios está pasando ahí?
Laly, respirando rápido, observó las siluetas que se movían a kilómetros de ellos.
—Esas cosas enormes… esa forma de luchar… no son criaturas salvajes. Son… algo más.
Max estrechó los ojos, tratando de enfocar entre la bruma.
—Esos seres gigantes deben ser nativos del planeta. Pero… los otros.
Los pequeños.
Los que se mueven rápido…
Gael sintió un frío recorrerle la nuca.
—No parecen de aquí.
Una gigantesca onda de choque viajó hasta ellos, obligando a los tres a agacharse mientras fragmentos de cristal y polvo volaban por encima.
Laly tosió.
—Gael… esos movimientos… esa coordinación…
Esa forma de esquivar y atacar…
Gael tragó saliva, sabiendo que su intuición no podía estar errada.
—Son humanos.
Max abrió los ojos de par en par.
—¿Humanos… aquí?
Gael señaló hacia la batalla, donde figuras del tamaño de personas se movían con precisión militar, esquivando ataques de seres colosales.
—Sí.
Y no cualquier tipo de humanos.
Esos son soldados.
Otra explosión.
Un rayo de luz cortó una montaña a la mitad.
Max cayó sentado del impacto de la onda expansiva.
—¿Pero qué clase de soldados tienen ese poder?
Gael respiró hondo.
La sombra en su interior vibró, reaccionando al peligro.
—Del Ejército Mundial.
Laly dejó de mirar por un instante.
—¿Y… y por qué vendrían ellos aquí?
Gael no respondió de inmediato.
Un Heraldo lanzó un ataque masivo que iluminó el cielo entero como un amanecer blanco.
Los combatientes humanos lo bloquearon como si fuese parte de su rutina diaria.
Esa demostración de fuerza…
era suficiente para entenderlo.
—Vinieron por nosotros —dijo al final.
Laly lo miró horrorizada.
—¿Nos están cazando?
Gael desvió la mirada hacia el suelo.
—No sé si “cazar”… pero si vinieron hasta otro planeta…
no es para llevarnos a casa suavemente.
Max se acercó, temblando por primera vez desde que despertó.
—Gael… si nos encuentran…
¿Qué crees que harán?
Gael observó la siguiente explosión que destrozó un valle entero.
Su respuesta fue instantánea, honesta, cruda:
—Depende.
Laly lo tomó del brazo.
—¿De qué?
Gael apretó los dientes.
—Si creen que somos peligrosos…
nos eliminarán.
Max bajó la mirada.
—Y si no… ¿nos capturan?
Gael asintió lentamente.
—Para estudiarnos.
Para interrogarnos.
Para averiguar cómo terminamos aquí.
Y qué podemos hacer.
Laly respiró hondo, temblando por dentro pero firme por fuera.
—Entonces no pueden vernos.
Ni oírnos.
Ni sentirnos.
Gael observó el combate desde la distancia:
Cuatro Heraldos…
cuatro monstruos colosales…
Contra cuatro figuras humanas que parecían bailar entre la destrucción.
—Tenemos que entrenar —dijo con voz baja—.
Y rápido.
Max cerró los puños.
—Antes de que ellos terminen…
y vengan por nosotros.
Gael dio un paso atrás.
—Vámonos. Ahora.
Si seguimos mirando… moriremos sin pelear.
Los tres se alejaron en silencio, mientras detrás de ellos, en el horizonte lejano, la mayor batalla de sus vidas se desataba como una tormenta imposible.
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