Heritage Online - Capítulo 111
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- Capítulo 111 - 111 CAPÍTULO 111 “La Historia del Primer Dios Akadi”
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111: CAPÍTULO 111: “La Historia del Primer Dios: Akadi” 111: CAPÍTULO 111: “La Historia del Primer Dios: Akadi” La luz en el Plano Omega no parpadeaba, pero de alguna forma, parecía respirar.
Yuki estaba arrodillado, su corazón palpitando como un tambor cósmico.
Ren permanecía a su lado, en silencio, con una mezcla de respeto y temor que incluso Yuki podía percibir.
Jesús de Nazaret se incorporó lentamente en su trono de luz, y su mirada lo atravesó, como si pudiera ver cada pensamiento, cada miedo, cada decisión tomada en los millones de mundos que Yuki había recorrido.
Su voz, profunda y resonante, llenó no solo el Plano Omega, sino la misma esencia de la conciencia de Yuki: —Antes de todo… existía Akadi.
La mención del nombre hizo que Yuki sintiera un escalofrío recorrer su columna.
No era solo un nombre; era el eco de la creación misma.
—Akadi —continuó Jesús— fue el primero de los dioses.
Antes de que los planos se separaran, antes de que la magia tomara forma, antes de que los multiversos respiraran… Akadi existía.
Era un ser de totalidad absoluta, un ente cuya esencia era tanto el tiempo como la eternidad, el espacio y la nada.
Su poder no tenía límites, pero tampoco deseos egoístas.
Su existencia era pura intención.
Jesús hizo una pausa, y Yuki sintió cómo el aire parecía comprimirse a su alrededor.
Cada palabra de Jesús retumbaba como el latido de un corazón universal: —Akadi creó los primeros fragmentos de lo que ahora llamáis planos.
No por curiosidad, no por deseo de dominio, sino para que el caos tuviera orden, y la materia, forma.
Pero con su creación surgió algo que ni siquiera él pudo prever: la libertad.
La mirada de Yuki se ensanchó.
La libertad… incluso los dioses podían equivocarse al otorgarla.
—Akadi —continuó Jesús— observó cómo los fragmentos de realidad tomaban vida, cómo los primeros dioses menores surgían, cada uno con su propio deseo y perspectiva.
Algunos querían gobernar, otros querían destruir, otros simplemente existían sin comprender.
Akadi vio la semilla del conflicto, de la ambición y de la guerra.
Pero también vio la belleza de la existencia independiente.
Jesús se inclinó un poco, y su voz se volvió más intensa: —Ese fue su primer error… o su primera lección.
Akadi sabía que su poder no podía controlar los deseos de los seres que creaba.
La libertad trae caos.
Y el caos trae conflicto.
Así nació la historia de los dioses, de los planos, de los mundos y de los hombres.
Todo lo que creéis que conocéis, todo lo que teméis y adoráis, surgió de ese momento: el instante en que Akadi permitió que la creación tuviera voluntad propia.
Yuki tragó saliva, sintiendo la enormidad de lo que escuchaba.
Cada viaje, cada batalla, cada descubrimiento que había hecho, tenía raíces en un dios que existió antes del tiempo mismo.
—Akadi no es benevolente, ni malvado —dijo Jesús—.
Él es la consecuencia de la existencia misma.
No juzga, no castiga, no recompensa.
Simplemente es, y su mirada lo abarca todo.
Algunos llaman a eso divinidad; otros lo llaman destino.
Pero creedme, Yuki… conocerlo no os hará poderosos.
Os hará conscientes.
El silencio cayó en el Plano Omega.
Yuki podía sentir cómo el aire mismo se solidificaba a su alrededor, cómo cada palabra vibraba en su pecho y en su mente.
—El multiverso —continuó Jesús— no es casualidad.
Cada elección, cada victoria, cada fracaso, cada lágrima, fue anticipado en el diseño de Akadi.
Pero recordad esto, Yuki: el conocimiento no es poder si no tenéis la sabiduría para usarlo.
Muchos dioses han caído por olvidar esto.
Jesús inclinó la cabeza hacia Yuki: —Mañana te contaré cómo surgieron los otros dioses, cómo Akadi los moldeó y cómo cada uno de ellos dio forma a la historia que creéis conocer.
Pero recordad, humano: el primer dios no hace milagros para vosotros.
Os da la oportunidad de entenderlos.
Y solo entendiendo, podéis decidir vuestro camino.
El resplandor de Jesús se intensificó por un instante, haciendo que Yuki se sintiera pequeño y gigantesco al mismo tiempo, y luego volvió a su brillo normal.
—Levantaos, Yuki —dijo finalmente Jesús—.
La lección del primer dios apenas comienza.
Yuki respiró hondo, consciente de que estaba a punto de ver la historia de toda la divinidad como jamás nadie la había visto.
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