Heritage Online - Capítulo 117
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- Capítulo 117 - 117 CAPÍTULO 117 — “La Katana de Ravenloft”
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117: CAPÍTULO 117 — “La Katana de Ravenloft” 117: CAPÍTULO 117 — “La Katana de Ravenloft” La cabaña olía a papel viejo y té frío.
Afuera, la lluvia tamborileaba con paciencia infinita; adentro, el reloj marcaba segundos que se sentían como siglos.
Yuki menor se quedó mirando al Yuki mayor, como quien contempla un espejo roto que refleja épocas distintas.
El muchacho respiró hondo; la pregunta que ardía en su pecho no podía esperar más.
—Lo único que quiero —dijo con la voz atragantada— es encontrar un lugar donde no haya guerra.
¿Existe eso en algún universo?
El Yuki mayor ladeó la cabeza, una mueca de cansancio y ternura mezcladas en su rostro arrugado.
—No —respondió con simpleza que sonaba a sentencia—.
Es imposible.
En todos los universos hay guerra, de una forma u otra.
Cambian los nombres, cambian las armas, cambia la escala… pero la guerra siempre regresa como ola que no aprende a morir.
Yuki menor alzó la mirada, los ojos ardientes.
Íbamos a creer que había al menos uno, ¿no?
Se notó la decepción, pero antes de que pudiera responder, el Yuki mayor se levantó lentamente y fue hacia una estantería.
Sus dedos, temblorosos por la costumbre, tiraron de un tomo encuadernado en cuero negro.
Lo puso sobre la mesa y lo abrió con reverencia.
—Mira esto —dijo—.
Esta ciudad se llama Ravenloft.
El niño leyó el nombre en voz baja.
Un silencio pesado lo siguió.
—Dicen —continuó el anciano, pasando las páginas hasta mostrar un mapa y un dibujo— que allí existe una katana sagrada.
No es una espada cualquiera.
Es… un arma con una condición única: con solo tocarte, quita la vida al portador.
Así de simple.
Así de absoluta.
Una frase tan fría que heló hasta el té en su taza.
Yuki menor sintió un vértigo.
Katana… morir al tocarla.
¿Por qué alguien habría creado tal cosa?
¿Qué justicia podía nacer de un filo así?
—¿Entonces la usan para conseguir la paz?
—preguntó Yuki menor, sin pensar en el horror de la idea.
El Yuki mayor fijó la vista en el mapa como si quisiera ver a través de la tinta.
—Esa es la lógica perversa que muchos siguen —dijo con voz cortada—.
Si quitas al agresor, quitas la agresión.
Si aniquilas al tirano, la gente deja de sufrir.
Si eliminas al soldado que mata, la guerra pierde un diente.
Es… una ecuación simple y sanguinaria.
Levantó la mirada, y por un momento la mirada del viejo Yuki fue más dura que cualquier espada.
—Yo nunca lo hice.
—su confesión fue un puñal—.
Pelear no fue nunca la opción para mí.
Pasé años caminando, investigando, viendo cómo el mundo se partía y se recomponía, aprendiendo que la paz forzada envenena el alma.
No puede haber paz que nazca de la muerte impuesta.
Se hizo una pausa.
La lluvia golpeó la ventana con más fuerza, como para subrayar la gravedad del silencio.
—Pero —dijo Yuki mayor, y sus palabras cambiaron de tono, tornándose casi pedagógicas—, si tú realmente buscas paz, y la única forma que concibes es arrancársela a los demás… entonces existe una vía.
No la recomiendo.
No la bendigo.
Solo la describo porque la verdad debe ser conocida: la única manera de eliminar la guerra instantáneamente en un lugar sería acabar con quienes la generan.
El muchacho aspiró con fuerza.
La pregunta de siempre —¿es la violencia justificable si trae calma?— rugió por dentro.
—Yo jamás tomé esa ruta —repitió el anciano— porque descubrí otra cosa con el tiempo: la paz que llega tras arrebatar la vida a otros siempre se vuelve espejo fracturado.
No cura, solo perpetúa una sombra que otros usarán para justificar más cuchillos.
Esa paz es una mentira que sangra.
Yuki menor dejó que las palabras del viejo calaran.
La imagen de rostros, ciudades en llamas y campos silenciosos como tumbas desfilaron en su mente.
Su pecho dolió.
Aun así, una idea demencial, luminosa en su sencillez, se encendió en él.
—Entonces… —murmuró— si no luchas, la guerra continúa.
Si luchas… para conseguir paz, ¿te vuelves igual que ellos?
Yuki mayor lo miró, con esa tristeza que sólo traen los años que han visto demasiadas respuestas rotas.
—Exacto.
Y esa es la trampa.
Pero también es por eso que te digo lo que muchos no se atreven a explicar: si tomas la katana y la usas para cortar el mal, podrás conseguir lo que buscas por un tiempo.
—La frase cayó como una confesión terrible—.
Pero te advierto: la katana no discrimina.
Te quita a ti también.
Y no solo la vida; te robará la inocencia, la ley, la posibilidad de volver.
Yuki menor cerró los ojos.
En su cabeza no había teorías: había nombres y lugares, familias, la imagen de Doric sonriendo, el niño que quería crecer sin miedo.
—¿Y tú?
—preguntó, la voz entrecortada—, ¿qué hiciste con esa posibilidad?
¿La encontraste y la rechazaste?
El viejo asintió.
—Lo vi escrito en muchas leyendas.
Vi quienes la buscaron y quienes la usaron.
Algunos pensaron que serían la salvación; otros se convirtieron en la pesadilla.
Yo elegí la otra senda: vivir sin la certeza de una paz absoluta.
Seguí enseñando, curando y escondiéndome en pequeños actos de bondad.
Es una paz imperfecta, rota por la realidad, pero es mía.
Me costó todo esto aprenderlo.
Yuki menor lo miró con intensidad.
Dentro suyo algo se rompió.
No era solo la filosofía; era la desesperación de quien había visto demasiado sufrimiento y no encontraba otra salida.
Una decisión se formó, fría y clara.
—Me la quito a los demás para conseguir mi paz.
—dijo Yuki menor con firmeza, sin miedo, como si sellara un destino con su propia voz.
El Yuki mayor contrajo los labios, mezcla de advertencia y derrota.
No intentó detenerlo.
Quizá sabía que algunas lecciones solo se aprenden con la sangre propia.
—Si eso eliges —murmuró el viejo—, que sea con los ojos abiertos.
No con la ilusión de héroe.
Que lo que hagas lo entiendas hasta el hueso.
Y recuerda: cada vez que quites la guerra de un lugar, dejarás una semilla de guerra en otro lado.
Esa es la Ley del Eco.
Yuki menor guardó silencio.
Afuera, la lluvia amainó y una luz mortecina se coló por la ventana, dibujando la sombra de su mano sobre la mesa.
Su respiración se volvió lenta, ritual.
—Voy a Ravenloft —dijo al fin—.
Buscaré la katana.
No prometo volver, pero sí prometo intentarlo.
El anciano cerró el libro con cuidado, como quien guarda un instrumento peligroso.
—Entonces ve preparado —dijo—.
Y oye, si alguna vez encuentras la paz así… vuelve y cuéntame.
Tal vez entonces entenderé que estuve equivocado.
Yuki menor se levantó.
Sus dedos rozaron la empuñadura imaginaria de la decisión que ya portaba.
Salió hacia la puerta.
El Heredero esperaba fuera, la capa aún húmeda por la lluvia, sonrisa torcida como un presagio.
—¿Listo?
—preguntó el Heredero.
Yuki menor miró al horizonte donde Ravenloft ya era sólo una línea borrosa entre mundos.
—Sí —respondió—.
Listo para aprender lo que cuesta la paz.
La puerta se cerró tras ellos con un sonido seco, y en la cabaña quedó el eco de unas palabras que seguirían persiguiéndolos por todos los universos: la verdad no viene sin precio.
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