Heritage Online - Capítulo 121
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- Capítulo 121 - 121 CAPÍTULO 121 — “Ecos en la Corona”
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121: CAPÍTULO 121 — “Ecos en la Corona” 121: CAPÍTULO 121 — “Ecos en la Corona” El pasillo que conducía al santuario estaba envuelto en tinieblas.
Antorchas agonizaban en las paredes, lanzando sombras que bailaban como manos hambrientas.
Yuki y el Heredero avanzaban con pasos seguros, el latido de sus corazones marcando el ritmo en el silencio sepulcral.
A lo lejos, el lecho de la Katana Sagrada brillaba con una luz fría.
La hoja reposaba sobre un altar de huesos entrelazados; alrededor, runas antiguas ardían con una energía que parecía devorar la misma atmósfera.
Pero no todo era silencio: algo rugía en la mente del Rey Lich, una voz que se desgarraba entre la conciencia y la memoria.
—DEGENERADO… —siseó la voz interior, profunda y cruda—.
¿Vas a dejar que se vayan así, hermano de mierda?
El Rey Lich frunció lo que quedaba de su frente; la voz le atravesó como un corte frío.
No era solo rencor: era una acusación que olía a siglos de traición.
—¡Sal de mis pensamientos!
—bramó el Lich, alzando una mano cadavérica hacia el vacío que parecía hablar—.
¡HERMANO DE MIERDA, TE ODIO!
El castillo pareció estremecerse mientras las palabras caían como guadañas.
En el interior del Rey Lich, recuerdos y visiones se arremolinaban: visiones de un tiempo en el que no existían tronos de hueso, ni coronas negras; en aquel pasado, dos hermanos soñaban con un mundo distinto.
—¿Acaso no lo querías también tú?
—susurró la voz dentro de su cabeza, tan cercana que la irritación ardía—.
Tu querías lo mismo que ellos…
y fallaste.
¿Crees que ellos tendrán mejor suerte?
Ve y deténlos, hermano de mierda.
El Rey Lich apretó los dientes con un movimiento casi humano.
Fue un rugido contenido y, luego de un instante en que el tiempo pareció doblarse sobre sí, pronunció con voz rota: —Esperen.
—Y la fuerza de esa palabra fue como una orden que recorrió las piedras—.
Creo que cambié de opinión.
No hubo transición visible: un parpadeo y el trono quedó vacío.
El Rey Lich se disolvió en fragmentos de niebla negra y huesos que giraron en un torbellino.
En apenas un latido estuvo en el santuario, junto al altar donde la katana reposaba.
Apenas Yuki y el Heredero atravesaron la última puerta, la atmósfera cambió.
Un sonido seco: la hoja fue deslizada de su lecho.
La luz que la rodeaba se volvió más intensa, como si la propia espada respirara con furia.
—Lo siento —dijo el Rey Lich, con esa voz hueca que conocía siglos—.
No puedo dejarlos llevársela.
El Heredero se detuvo en seco.
Yuki clavó la vista en la figura que había intervenido, sintiendo que algo en el aire se tensaba hasta romperse.
—¿Qué…?
—murmuró el Heredero.
Su mano buscó la empuñadura de su propia arma, instinto que crujía contra la sorpresa.
El Rey Lich sostuvo la Katana Sagrada con ambas manos, como quien toma una antorcha que no se debe apagar.
Su sombra se alargó por todo el templo, engullendo columnas y runas.
Sin embargo, en sus ojos vacíos ardía un brillo que no era solo hambre de poder: era la memoria de aquello que alguna vez fue amor, luego odio, y ahora una necesidad de detener el curso.
—No es por posesión —dijo, más a sí mismo que a los intrusos—.
Es por la verdad que pesa en esta hoja.
Ustedes… no entienden lo que trae consigo.
Yuki dio un paso adelante.
Sus palabras fueron tranquilas, pero firmes, como quien lanza una piedra para medir la profundidad de un pozo.
—No venimos a robar, ni a presumir —dijo—.
Buscamos respuestas.
La katana… puede ser una salida o una prisión.
Queremos entender antes de decidir.
El Rey Lich rió, un sonido cavernoso sin alegría.—Siempre la misma canción —murmuró—.
Palabras y más palabras.
¿Y si las palabras son la argucia que esconde la sentencia?
La tensión se volvió cortante.
Runas en el altar chisporrotearon, reaccionando a la lengua de los argumentos: voluntad contra voluntad, memoria contra esperanza.
El Heredero miró al Lich, sin perder la compostura.—Si estás tan seguro de su maldición, entonces evita que la usemos.
Demuéstranos que tus razones son verdaderas.
No por temor; por claridad.
El Rey Lich alzó la katana, como ofreciendo un juicio.—Muy bien.
Si lo que quieren es saber… verán la verdad que guarda.
Pero cuidado: la verdad de la hoja no es para los que tiemblan.
Una ráfaga de viento helado barrió el templo.
Las runas se encendieron con un fuego sombrío.El Rey Lich hundió la punta de la katana en el suelo.
El metal raspó piedra y ceniza, y de la grieta brotó una visión: escenas rápidas, fragmentadas, ecos de lugares donde la espada había sido empuñada; ciudades que habían tragado su propia paz, héroes que emergieron como tiranos, silencios que se sembraron con sangre.
Las imágenes golpearon como puñetazos, pero también hubo escenas de calma: plazas donde la gente dejó de temer, amaneceres donde el huir cesó por un día entero.
Todo junto, enmarañado, confuso.
Yuki tragó saliva.
El Heredero apretó los dientes.
El Rey Lich observó, y por un instante, una gota casi imperceptible cayó en su cara, como si las cataratas del tiempo hicieran un gesto humano.
—Ves ahora —susurró el Lich—.
La katana concede paz… pero a costa de ser verdugo, juez y ejecutor.
Alimenta la justicia con muerte y devuelve, en eco, más ruido.
Yuki miró las visiones, su corazón golpeando con fuerza.
No eran simples advertencias: eran cláusulas escritas en sangre y memoria.
El Heredero respiró hondo.—Entonces la pregunta sigue siendo la misma —dijo—.
¿Qué haremos con la verdad que ahora conocemos?
El Rey Lich sostuvo la espada con más fuerza.—Esa decisión ya no es solo mía, ni solo suya.
Es de quien vea la visión y tenga la valentía para actuar pese a lo que vea.
Un silencio pesado se instaló, pero no era el silencio de la derrota; era el silencio de los que escuchan el latido de su propia elección.
En la cúpula del santuario, las sombras se alzaron como un mar.
Entre ellas, la voz que había gritado primeras palabras en la mente del Rey Lich volvió a murmurar, más suave: —No les dejes ir, hermano… El Rey Lich apretó los puños, y la espada vibró como si respondiera a la promesa.Caminar hacia la salida, sosteniendo la katana, significaba portar su maldición.
Mantenerla en el altar significaba prolongar el sufrimiento del reino.
La decisión pendía en el aire, afilada como el filo que todos observaban.
—Bien —dijo Yuki, con calma mortal—.
Entonces lucharemos por la verdad de esta hoja.
No para empuñarla sin pensar.
Lucharemos para entender su peso y decidir después.
El Heredero asintió.
Sus ojos fueron un juramento.—Si vamos a conocer la verdad, vamos a pagar el precio con claridad.
El Rey Lich miró a ambos, su figura envuelta en polvo antiguo y memorias.—Entonces viene la prueba —murmuró—.
Que sea quien tenga la voluntad la que pruebe la katana.
No los que vienen llorando por paz.
En la penumbra, la hoja centelleó.
El santuario se preparó para lo que fuera que el universo decidiera: un juicio, una pelea, o la revelación de una nueva ruta que nadie había imaginado.
Y mientras las sombras volvieron a agitarse, una cosa quedó clara: la historia no se escribiría sin sangre, ni sin elección.
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