Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Heritage Online - Capítulo 122

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Heritage Online
  4. Capítulo 122 - 122 CAPÍTULO 122 — “El Juicio de los Tajos”
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

122: CAPÍTULO 122 — “El Juicio de los Tajos” 122: CAPÍTULO 122 — “El Juicio de los Tajos” El santuario olía a metal viejo y a memorias quemadas.

Las runas en el altar aún palpitaban, como si respiraran en compás con la decisión que flotaba en el aire.

El Rey Lich sostenía la Katana Sagrada con una calma antigua; su figura se recortaba contra el brillo del filo, que parecía querer beber la misma luz.

Antes de que nadie pudiera hablar, la hoja vibró y el Lich habló, como explicando una ley más del mundo: —Escuchen bien —dijo, voz seca—.

La katana tiene reglas.

La primera: cada tajo que el portador ejecuta consume un mes de vida de su propia existencia.

No mata al instante siempre, pero roba tiempo.

La segunda: la hoja se adapta al portador —al alma que la empuñe—, aprendiendo sus miedos, sus virtudes, y amplificando aquello que ya haya en su interior.

Las palabras colgaron como un presagio.

El Heredero frunció el ceño; Yuki miró a la espada y a su dueño, entendiendo al fin por qué tantas «pazes» habían costado tanto.

El Rey Lich dejó que la katana cortara el aire.

Era un gesto lento y certero, y el filo dejó un rastro que parecía rasgar la misma sombra.

No fue un ataque sólo físico: fue una ley que se escribió en el ambiente.

—¿Ves?

—susurró el Lich—.

No es sólo matar.

Es cambiar lo que queda.

Cada corte pone una deuda en el alma del que usa la hoja.

El Heredero lanzó la primera ofensiva.

Era rápido, un torbellino de intenciones y músculo, buscando romper la distancia.

El Lich respondió con un tajo que no buscó carne sino tiempo: el viento se partió en silencio.

La katana rozó el aire junto al brazo del Heredero.

Un frío interno lo golpeó; su piel no ardió, pero su visión se nubló un segundo como si una porción de años se le hubiese arrebatado.

Cayó de rodillas, jadeando.

—¡Heredero!

—gritó Yuki, y su cuerpo se lanzó hacia delante como instinto, esquivando por poco una segunda estocada que la hoja dibujó con precisión obsesiva.

Los movimientos del Rey Lich no eran simples.

Cada tajo llevaba la matemática del sacrificio: por cada corte, el usuario pagaba una fracción de su futuro.

El Heredero, contraatacando pese a la sensación de años arrancados, apenas pudo sostener una guardia.

Un tercer golpe lo impactó en el costado; no fue profundo, pero el Heredero gritó con una voz que parecía venir de lejos —y en sus ojos, por un parpadeo, se vio un brillo de décadas que se extinguían.

Yuki se movía distinto.

No era su momento de brillar en fuerza sino de aguantar, de testificar.

Su cuerpo era sombra y reflejo; evitaba la línea de la katana, girando como agua alrededor de una roca afilada.

Cada esquiva le dejaba la sensación de una verdad.

Mientras saltaba, pensó en las palabras del Yuki mayor: la paz extraída a golpes deja un eco que germina guerra.

Ahora veía la manifestación: la katana transformaba la intención en cuenta pendiente.

—¿Eso es lo que llamas «paz»?

—preguntó Yuki en voz baja, sin dejar de dar pasos laterales—.

¿Una paz que devora vidas invisibles para sostener su silencio?

El Rey Lich sonrió, y el gesto fue como ver cerrar una tumba.

—La paz que cambia la esencia del mundo siempre tiene un precio.

Algunos lo pagan con ciudades, otros con sus años.

Tú, muchacho, preguntas desde la inocencia; el Heredero actúa desde el deber.

Ambos son útiles para la hoja.

El combate se convirtió en filosofía en movimiento: un tajo era una pregunta, una respuesta; una parada era un argumento.

El Heredero, pese al dolor, lanzó un ataque desesperado que casi partió la defensa del Lich.

La katana raspó su coraza, y el golpe —aun sin cortar al hombre— le arrebató otra fracción invisible de porvenir.

Sus hombros se hundieron; sus pupilas vacilaron.

La sangre no corría, pero su vigor se marchitaba como si alguien le consumiera una vela por dentro.

Yuki vio la sombra del Heredero caer a un paso de morir: no muerte física, sino una sustracción del mañana.

Cayó de rodillas al lado de su amigo, sosteniéndolo mientras una calma peligrosa lo rodeaba.

Sus manos temblaban, no por el filo, sino por la sensación de ver el tiempo recortado en la carne humana.

El Rey Lich contempló la escena con ojos que conocían demasiadas despedidas.

—Casi muere —dijo, con voz que ya no tenía ira—.

Pero no por la sangre: por la cuenta.

¿Creen que los héroes sobrevivirán a un balance tan vil?

Yuki, sujetando al Heredero, replicó con voz baja y dura: —Si la katana convierte a los salvadores en verdugos por voluntad propia… entonces la paz que trae es algo que debemos decidir entre los vivos.

No puede ser impuesto por un filo que aprende de la intención.

El Lich asintió, casi aprobando la reflexión.

La espada, por su parte, vibraba; parecía reconocer ese pensamiento, y su brillo se adaptó, por un destello, a una geometría que apenas insinuaba la forma de quien la observaba.

La batalla, entonces, no terminó en un único clímax.

Fue una lección barata de costos y consecuencias: el Heredero estaba al borde del abismo, respirando con esfuerzo, y Yuki había pagado con la tensión de su cuerpo decenas de esquivas.

El Rey Lich, con la katana aún en mano, retrocedió un paso.

No era derrota ni triunfo; era un pacto no consumado.

—Hemos probado la verdad de la hoja —murmuró Yuki—.

No la poseeremos sin antes conocer todo lo que reclama.

El Lich dejó escapar un suspiro que sonó a siglos.

—Entonces aún queda camino.

Y si vuelven a intentarlo, que sus mentes recuerden cada tajo: cada mes arrebatado es una parte de lo que podrían haber sido.

Mientras la niebla tragaba los ecos, el Heredero abrió los ojos con dificultad y miró a Yuki.

Había algo parecido a gratitud y a reproche en su mirada.

—No lo olvides —dijo apenas—.

Si esto es la paz… que no sea a costa de perdernos a nosotros mismos.

El Rey Lich alzó la katana.

La hoja, en la penumbra, se adaptó otra vez: un ligero destello que prometía aprender si volvía a ser empuñada.

La prueba había demostrado su cruel regla.

La verdadera lucha, parecía, apenas comenzaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo