Heritage Online - Capítulo 124
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- Capítulo 124 - 124 CAPÍTULO 124 — “Hermanos Dragones y Promesas”
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124: CAPÍTULO 124 — “Hermanos, Dragones y Promesas” 124: CAPÍTULO 124 — “Hermanos, Dragones y Promesas” El mundo olía a metal caliente y a lluvia vieja.
Entre las ruinas humeantes, Yuki respiró con dificultad; la sangre le pegaba la ropa al pecho.
Intentó incorporarse, con la cabeza dando vueltas, pero el cuerpo le pesaba como si mil inviernos lo hundieran.
Desde lo alto, la figura cadavérica del Rey Lich lo miraba con ojos de carbón encendido.
Su voz, un desgarrado murmullo que iba y venía entre la piedra, explotó con rabia contenida.
—¡HERMANO DE MIERDA!
—bramó, como si llamara a alguien que ya no estaba—.
¡MIRA HASTA DÓNDE ME LLEVASTE!
TODO ESTO FUE TU CULPA.
Yuki, jadeando, perdió el sentido por un instante.
Cuando volvió a oír, el Lich seguía, como si descargara siglos en cada frase.
—Si tan solo no hubieras ido a Greyhawk, habríamos encontrado la paz que tanto queríamos… —susurró el Rey, y la voz le tembló—.
Si no hubieras…
Yuki lo miró, atónito.
«¿La paz que tanto querían?», pensó.
Hasta entonces había creído que la soledad del Lich era solo odio; ahora había oído algo más: un sueño compartido.
—¿Greyhawk?
—murmuró Yuki, con la frente perlada de sudor—.
¿Quién es tu hermano?
El Rey Lich alzó la vista, y por un momento pareció un hombre cansado más que una figura inmortal.
—Shadar-Kai —dijo con voz rota—.
Él… él es la persona más fuerte que conocí.
Teníamos el mismo sueño: encontrar una paz que no fuera fingida.
Una paz que se quedara.
Pero aquello que lo limitó fue…
—tragó saliva, y la palabra pareció quemarle la lengua— Dragonlance.
Yuki repitió en voz baja: —Dragonlance… ¿qué había allí?
El Rey Lich cerró los ojos como recordando llamas.
—Un solo dragón —dijo—.
Un dragón que no era bestia común.
Podía lanzar conjuros de un poder que solo los dioses recordaban.
Conjuros de nivel veintipico, hechizos capaces de arrancar la memoria de una ciudad y convertirla en sombra.
Ni la katana—ni siquiera con el filo de la katana—podíamos tocarlo.
Lo intentamos.
Mi hermano… él intentó detenerlo con todo lo que era.
Y falló.
Las palabras flotaron entre ellos como ceniza.
Yuki sintió cómo algo en su interior se tensaba; la marea de la historia del Lich lo empujaba a comprender razones que no le habían sido contadas antes.
—Mi hermano —continuó el Rey, ahora casi en un murmullo— abandonó nuestro sueño.
Se fue.
Me dejó con esta culpa y con la decisión.
Yo seguí persiguiendo aquello en lo que creíamos; él se alejó.
Yo… me quedé con la espada y con la esperanza rota.
El Lich clavó los dedos en el respaldo del trono.
Pareció hablar más para sí que para Yuki.
—Dragonlance fue la raíz de todo.
Fue el dragón que nos mostró que algunas guerras no se ganan con convicción.
Y luego, la traición: la realidad nos enseñó que el mundo no premiaba los sueños.
Así que hice lo que debía hacer para quitarme el peso…
destruí a ese maldito dragón con la katana.
Pero la victoria no limpió el alma; solo dejó vacío.
Yuki tragó.
Esa revelación golpeó más fuerte que cualquier hechizo: no era solo odio por poder, era pérdida, abandono y una ambición rota.
En la mirada del Lich había algo que no era solo rabia, sino una suplica envenenada.
—¿Shadar-Kai… sigue vivo?
—preguntó Yuki, con la voz rota por la fatiga.
El Rey Lich alzó la vista con una mezcla de esperanza y rencor.
—Sí.
—dijo—.
Y si lo vuelves a ver, por favor no lo mates.
Tiene un pasado muy triste.
Yo sé que puedo confiar en ti, Yuki.
Lo sé.
El silencio se hundió como un golpe.
Yuki sintió que su pecho latía con la urgencia de mil decisiones.
El mundo entero parecía sostener la respiración.
El Rey Lich clavó su mirada en Yuki con una intensidad que dolía.
—Entonces —dijo—, si estás dispuesto…
toma la katana, y por favor, si llegas a encontrar a ese dragón, destrózalo.
Destrúyelo aunque te cueste la vida.
Yuki sintió cómo la promesa se formaba en su garganta.
No era solo la petición de un enemigo: era la súplica de un hermano que ya no conocía consuelo.
El muchacho se incorporó con esfuerzo.
La sangre en sus labios sabía a hierro y a determinación.
—Sí —respondió con voz firme, sin vacilar—.
Aunque me cueste la vida… VOY A MATAR A ESE MALDITO DRAGÓN.—Lo haré para que, de una vez por todas, la paz deje de ser un sueño roto.
El Lich cerró los ojos como si aquel juramento fuera lo último bueno que le daban los siglos.
—Si lo haces —susurró—, que sea con la certeza de que entiendes lo que destruyes y lo que creas.
Porque matar a un dragón así no solo arranca un monstruo: puede arrancar el tejido de lo que protege, retorcerlo y cambiar todo en formas que no imaginas.
Yuki asintió, la decisión firme como un acero interior.
—Lo sé.
—dijo—.
No iré por venganza ni por gloria.
Iré porque alguien tiene que afrontar aquello que mi mundo no pudo.
Si mi vida es el precio, la pagaré.
Pero no permitiré que se convierta en una excusa para más muerte inútil.
El Rey Lich dejó escapar un suspiro que fue casi humano.
—Ve entonces.
Y si ves a Shadar-Kai… recuérdale el sueño que tuvimos.
Dile que aún hay quien cree que la paz merece la pena.
Yuki alzó la vista hacia el techo del santuario, hacia esas bóvedas que habían sido testigos de juramentos olvidados.
Por un momento, la inmensidad del combate que le esperaba lo golpeó.
Pero allí, en ese silencio, se encendió una chispa: la promesa de alguien que no huía ante lo imposible.
El Lich, con un gesto lento, dejó que la katana resplandeciera una vez más.
No como una amenaza, sino como un legado que pasaba de mano en mano, con toda su carga de milagros y maldiciones.
Yuki sostuvo la mirada y dijo, en voz baja, como si quienes los oyeran fueran los mismos muertos: —Haré que su sueño deje de sangrar.
Con esas palabras, Yuki se enderezó, y el Heredero, a su lado, lo ayudó a levantarse.
La caminata fuera del castillo fue pesada, pero la resolución ardía en cada paso.
El mundo seguía roto, pero ahora había un nombre en su lista: Dragonlance.
Y una promesa que atravesaría universos.
—Vamos —murmuró el Heredero—.
Si vamos a ir a Greyhawk, no hay tiempo que perder.
Yuki asintió.La sombra del Rey Lich se quedó en el umbral, observando cómo desaparecían.
No había alegría en su mirada, solo una antigua tristeza que por fin parecía tener una punta donde clavarse.
Y mientras la figura de Yuki se perdía entre la niebla, el trono quedó envuelto en un silencio nuevo, como si allí hubiera quedado algo de ternura junto a la culpa: la memoria rota de dos hermanos que una vez soñaron con paz.
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