Heritage Online - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 CAPÍTULO 20 Dos Bandas Un Mundo al Borde
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20: CAPÍTULO 20: Dos Bandas, Un Mundo al Borde 20: CAPÍTULO 20: Dos Bandas, Un Mundo al Borde La noche había caído como una losa sobre la meseta.La luna era apenas una cuchilla pálida que recortaba siluetas.
En la distancia, los relámpagos subterráneos de Underdark parpadeaban como avisos de un mar que hervía bajo la corteza.
I.
El Arquitecto de la Tormenta En un salón abovedado de piedra negra, iluminado únicamente por brasas rojas que flotaban sin humo, Ketheric Thorm se puso de pie frente a un mapa que no era del todo mapa: constelaciones, runas y figuras que se movían solas sobre la mesa de obsidiana.
Sus dedos dibujaron líneas invisibles en el aire y las bestias, nombres y ejércitos en el tablero resonaron como si cobran vida.
—“Ha llegado la hora.” —dijo, y su voz no fue sino un capo de orden en el silencio—.—“La guerra definitiva.
Este mundo debe purgarse.” A su alrededor se arremolinaban figuras que no eran totalmente humanas: generales de sombra, emisarios con ojos vacíos y un mensajero con la piel cubierta de escamas.
Todos escuchaban con respeto casi religioso.
Ketheric clavó los ojos en una lista escrita con tinta que no se manchaba con la luz.
—“Lae’zel, Dark Urge, Elminster, Zariel, Minthara, Bestia Trémula, los Gnolls, la falsa hydra, Tiamat, los tabaxi y el Aboleth.” —pronunció uno por uno, como si nombrarlos activara un contrato—.—“Todos esos merecen ser eliminados.
No por odio sino por corrección.
Esta tierra reclama orden.” Sus labios se curvaron en una sonrisa afilada.Los presentes intercambiaron miradas: algunos con fervor, otros con cálculo.
Ninguno cuestionó al hombre que se movía fuera del tiempo del Sistema.
Un emisario susurró:—“¿Estás seguro, Ketheric?
Convocar a tantos rivales, y a algunos dioses…” Ketheric apoyó la palma sobre la mesa.
La runa central ardió con una luz fría.—“Si no ahora, ¿cuándo?
Si no yo, ¿quién?
Preparad las sellas; el Nivel Zero nos cubre.
Empezaremos por romper las ataduras del Underdark y del cielo.
Desplieguen a Dark Urge para la primera ruptura.” La risa de Ketheric llenó la sala, una risa sin alegría, con hambre de reescribir el mundo.Afuera, en cavernas y torres, las órdenes se propagaron —como el primer trueno antes de la tormenta.
II.
La Cabaña al Límite — Voces en la Lumbre En un claro apartado, rodeada de robles centenarios, una cabaña pequeña olía a té fuerte y madera humedecida.La puerta chirrió cuando Ren la empujó.
Dentro, la habitación estaba iluminada por una lamparilla: libros apilados, mapas marcados con rutas de Nexos, y tres figuras sentadas frente a la chimenea.
Ren se detuvo: su corazón latía con la fuerza de los meses de entrenamiento.
Aun así, un hilo de duda le rozó la nuca.
¿Sería suficiente?
—“¿Quién de aquí me va a acompañar a los Nueve Infiernos?” —dijo, con la voz rasgada pero firme.
Silencio.
Luego, una voz profunda y pausada respondió desde la penumbra.
—“Yo.” La figura emergió en un destello de luz azul: Elminster —viejo, encorvado por los años pero con ojos que contenían mapas de inviernos y soles.
Su bastón descansó a su lado; su sonrisa fue una frontera entre la burla y la promesa.
—“He visto muchos hombres subiendo montañas por vanidad, y pocos las coronan por convicción.” —su voz sonó como un conjuro—.—“Ren, te seguiré.
No por ti, sino por lo que tu camino podría evitar que ocurra.” Junto a Elminster, una sombra más joven se puso en pie: Minthara, guerrera curtida, con armadura ligera que llevaba marcas de muchas batallas.
Sus ojos, duros como acero, centellearon con interés.
—“No pediré nada que no esté dispuesto a dar.” —dijo Minthara—.—“Si cruzamos a los Infiernos, yo no retrocederé.” La última en ponerse fue Lae’zel: mirada afilada, postura de cazadora, músculos tensos por la guerra.
No era mujer de muchas palabras; su asentimiento bastó.
Ren los miró: tres figuras distintas, tres filosofías de guerra.
Aun así, sentía que encima de esa noche había caído algo que no pudo percibir del todo: un peso nuevo, una responsabilidad ampliada.
—“Entonces…
empezamos el viaje.” —dijo Ren, y la frase fue un juramento que se fue clavando en la madera de la mesa.
III.
Destinos Cruzados Mientras en la cabaña se forjaba una pequeña alianza, la red de Ketheric ya se movía como araña en su tela.Mensajeros en sombra cruzaron mares y grietas.
Bestias fueron convocadas, pactos con seres antiguos sellados, y sigilos de guerra inscritos en sangre.
El primer movimiento sería la liberación de Dark Urge —esa entidad ya suelta y embebida en caos, perfecta para fracturar defensas.
Ren y su grupo no eran un ejército.
Eran un núcleo: un mago ancestral, dos guerreras letales y un portador con un sello que había probado demasiado.
Pero había algo más: la determinación, esa rara combustión que ni el Nivel Zero ni las runas podían predecir.
Elminster, arrugando la frente, posó la palma sobre el mapa y susurró palabras que bordearon lo prohibido.
La luz del mapa se enfocó en Underdark.
—“No podemos detener todo lo que Ketheric pone en marcha de una vez”, dijo Elminster con la calma de quien ha visto amaneceres que fueron también finales.
—“Pero podemos preparar puntos de choque, buscar aliados en los nodos de la red y, sobre todo, encontrar la llave que impida que su Nivel Zero se torne absoluto.” Minthara asintió, y Lae’zel sacó un pequeño trozo de metal con inscripciones githyanki.
—“Mi gente conoce una puerta que puede servir de atajo y trampa.” —Lae’zel enarcó la ceja—.
—“Si vamos juntos, tendremos chance.” Ren apretó los puños, sentía el peso de todo el año de entrenamiento empujando su pecho hacia adelante.
—“Entonces no hay tiempo que perder.
Mañana al alba partimos.
Nadie dijo que sería fácil.” Elminster arqueó una ceja, y una chispa de humor cruzó su rostro ajado.
—“El mundo rara vez lo es, joven Ren.
Pero la historia favorece a los audaces.” IV.
Dos Caminos — Un Choque Inevitable Esa misma noche, en la sala de Ketheric, alguien se acercó al señor de las runas: una figura encapuchada cuyos ojos eran pozos de silencio.
Susurró algo que hizo que Ketheric frunciera el ceño.
—“¿ZhalK Comandante?” —murmuró el emisario—.—“Envía al Aboleth a la garganta del mundo.
Que la Falsa Hydra aborde las costas.
Deja a Tiamat en reserva…
Ellos atacarán cuando escuchen el primer grito.” Ketheric apoyó la frente en la palma.—“Perfecto.
Que estalle la guerra.
Que lo que sea que quede de este mundo se regenere solo si sobrevive a nuestro fuego.” Fuera, los cielos timbraron.
Las líneas entre el mundo superior y los Infiernos se tensaron.
Los Nexos vibraron.
Las runas del Sistema de Contactos, esos que alguna vez sirvieron para salvar y transportar, ahora ardían con órdenes de guerra.
V.
La Última Noche antes de Partir Ren se quedó despierto hasta tarde, mirando el fuego de la chimenea.
Sakura, sentada a su lado, no dijo mucho; su gesto decía suficiente: preocupación con apariencia de indiferencia.
—“No estás solo,” murmuró ella por fin, sin mirarlo a los ojos.
—“Pero esto será más que una batalla.
Es una prueba de si una sola voluntad puede deshacer la tela que Ketheric quiere imponer.” Ren apretó la daga —recompensa del Beholder transformada y todavía inestable—.
Su cuerpo recordaba la derrota, el golpe que lo dejó en tierra.
Su mente recordaba el año de hierro.
Su espíritu recordaba la promesa.
Al salir, la noche parecía más cargada, como si el mundo sostuviera la respiración.
“Mañana,” pensó Ren, “comienza algo que no tendrá marcha atrás.” Y mientras la cabaña dormía, mientras Underdark acumulaba fuerzas y Ketheric sonreía en su trono de runas, dos frentes se alistaban: uno para destruir y reescribir, otro para resistir y proteger.La guerra definitiva ya no era idea: era un latido, a punto de estallar.
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