Heritage Online - Capítulo 73
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- Capítulo 73 - 73 CAPÍTULO 73 — “La Voz del Dragón”
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73: CAPÍTULO 73 — “La Voz del Dragón” 73: CAPÍTULO 73 — “La Voz del Dragón” La nieve no hacía ruido.Era como si el mundo entero contuviera el aliento, esperando algo que todos temían nombrar.
Yūki avanzaba con paso cansado por la ladera, el mapa arrugado en su mano, la respiración formando nubes breves que se mezclaban con la bruma.
A lo lejos, en el filo de la montaña, la sombra se recortó otra vez: un ala que partía las nubes, una figura colosal que descendía con la calma de quien posee tiempo suficiente.
Linux aterrizó sin estruendo.
La roca vibró a sus pies, pero no hubo el choque bestial que Yūki había imaginado.
El dragón no rugió; habló.
No con voz humana —su palabra se derramó en sus mentes con la claridad del trueno—, y sin embargo fue más cercana que cualquier grito: —No quiero pelear.
—La frase golpeó a Yūki como una brisa helada.— No lo considero necesario.
Yūki tragó saliva.
Había esperado fuego, furia, sentencia.
En cambio, la presencia del dragón era fría y medida, como la observación de un juez milenario.
—Si tuviera que alzar la garra por placer, lo haría y terminaría todo en un parpadeo —continuó Linux, y la montaña pareció inclinarse a su palabra—.
Pero mis actos no son lujuria de sangre.
No deseo la exterminación sin causa.
Solo… orden.
Las palabras trajeron imágenes en la mente de Yūki: ciudades ardiendo, ejércitos aniquilados en un latido, generaciones borradas.
Todo aquello que había vivido y perdido se condensó en un nudo en su garganta.
—¿Entonces por qué… por qué sigues aquí?
—preguntó Yūki, sin buscar pelea, solo respuestas.
Linux bajó la cabeza, y de sus fauces no salió fuego sino un susurro que fue capaz de helar hasta el pensamiento.
—Porque el ciclo existe.
—dijo— Porque aunque yo no quiera pelear, hay fuerzas antiguas que no aceptan el silencio.
Cuando las razas buscan el control absoluto —la sabiduría eterna, la anatomía de lo divino, los secretos de la Sociedad Dracónica—, despiertan aquello que alimenta el conflicto.
Yo soy guardián y advertencia.
El dragón alzó una garra, señalando el mundo extendido bajo sus alas.
—Los mortales olvidan la medida.
Buscan conocimiento como quien busca un arma.
Y cuando lo encuentran, lo usan para romper lo que sostiene el equilibrio.
Entonces, sin quererlo, devuelven la violencia que juraron evitar.
La voz de Linux se tornó dura, cortante como hielo.
—Escúchenme bien: si alguno se atreve a hurgar en lo íntimo de la Sociedad Dracónica, a estudiar la anatomía de mis semejantes, a intentar diseccionar la esencia de un dragón o a robar los secretos que nos mantienen, yo lo sabré.
Y no dudaré.
Te mataré —dijo, mirando a Yūki con ojos que contenían mil inviernos—.
Te mataré en un instante, como quien aplasta una llama que amenaza incendiar un bosque.
No era bravuconada vana.
Era una promesa pesada como roca.
Yūki sintió en su propia piel el peso de esa sentencia: no era solo su vida la que corría peligro, sino la fragilidad de todo lo que aún quedaba en pie.
Recordó las palabras del mural, la historia de Elyndra, la Guerra Blanca y el juramento de los elfos.
Todo volvía: repetir el mismo error traía el mismo final.
—¿Quieres que nos rindamos?
—murmuró Yūki, antes de que su voz se rompiera.
—¿Que dejemos las preguntas?
¿Que permitamos que la ignorancia gobierne la vida?
Linux exhaló, y el humo formó imágenes efímeras de antiguas batallas.
—No pido renuncia a la curiosidad.
Pido prudencia.
—La respuesta fue como un filo—.
Investigar por sabiduría es distinto de indagar por poder.
Si lo que buscas desenterrar beneficia al mundo y lo protege, será distinto.
Pero si lo buscas para inclinar la balanza, para obtener ventaja… entonces no habrá compasión.
Hubo un silencio tan denso que Yūki pudo oír el crujir de su propia sangre.
—El ciclo se repetirá —sentenció Linux por última vez—.
Lo advertí.
Y lo recordaré.
No por amor al conflicto, sino por temor a su retorno.
Si oso oís más promesas de control que de salvación, considerad que la elección ya está tomada.
Dicho esto, el dragón alzó el vuelo.
Sus alas partieron la niebla, y antes de desaparecer entre las nubes dejó caer una última frase, que resonó en la mente de Yūki como sentencia y mandato: —No me provoquéis.
No por curiosidad vana, no por ambición.
O trocaré vuestra búsqueda en ceniza.
Yūki se quedó solo en la cumbre.El viento le lamió la cara y las palabras de Linux se enroscaban en su pecho.
No eran amenazas vacías sino límites graves.
Lo que deseaba —la verdad, el Spelljammer, la paz real— estaba ahora ensombrecido por una advertencia: para alcanzarlo, tendría que andar con más cautela que nunca, o pagarlo con su vida y la de otros.
Mientras Linux se desvanecía en la inmensidad, Yūki apretó el mapa contra su pecho y susurró para sí: —Entiendo.
No por miedo.
Por responsabilidad.
La búsqueda seguía; la voz del dragón quedaba como un recordatorio: la verdad puede salvar o condenar, y la decisión de cómo usarla sería, a partir de entonces, su carga más pesada.
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