Heritage Online - Capítulo 86
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- Capítulo 86 - 86 CAPÍTULO 86 — El Encuentro con Vecna
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86: CAPÍTULO 86 — El Encuentro con Vecna 86: CAPÍTULO 86 — El Encuentro con Vecna El sol de Sigil se filtraba entre arcos imposibles y puertas que daban a mundos distintos.
Yūki, aún conmocionado por la avalancha de murales y verdades que acababan de devorar, caminaba con la vista clavada en un grabado cuando, de pronto, chocó contra alguien.
—¡Ah!
—dijo, tambaleándose hacia atrás.
La persona contra la que había chocado no era cualquiera.
Vestía túnicas oscuras que absorbían la luz, y una risa, aguda y fría, se escapó de sus labios.
Sus ojos —o lo que parecían ser ojos— brillaban con una inteligencia cruel.
—Así que tú eres el que llegó a Planescape.
—La risa se convirtió en sonrisa—.
Te estaba buscando.
Yūki la observó, buscando la cortesía apagada que siempre traían los habitantes de Sigil.
—¿Quién eres?
—preguntó, tratando de sonar firme.
La figura se acercó, olisqueando el aire como si pudiera degustar los secretos en la piel de Yūki.
Sus palabras cayeron como un desafío: —¿No lo sabes?
Claro que lo sabes.
Soy Vecna.
El más fuerte del multiverso.
El nombre cortó el aire.
Yūki sintió que todo dentro suyo se tensaba, como si una corriente eléctrica recorriera su columna.
Vecna sonó despreocupado, peligroso.
—¿El codicioso?
—balbuceó Yūki antes de poder contenerse—.
¿Quieres saberlo todo… sobre la historia?
Vecna asintió, con ojos clavados en Yūki como si su alma fuera un libro.
—Sí.
Cueste lo que cueste.
Lo desenterrare todo, aunque deba pagar con mi propia vida.
La voz de Vecna cambió, más suave, y se inclinó mínimamente, como ofreciendo una última oportunidad.
—Dime, Yūki… ¿hay algo que sepas tú que yo no?
Yūki pensó.
Netheril parpadeó en su mente: nombre prohibido, corazón de magia, secretos que podrían quebrar voluntades.
Quiso decirlo, vomitar la verdad, porque la verdad era lo que él buscaba.
Pero la sala en la que estaban reverberaba con advertencias: planes, reglas, vigilantes.
—No —contestó finalmente, la voz más fría de lo que hubiera querido—.
Obvio que no.
Vecna sonrió, una mueca que no buscaba benevolencia.
—Mentiroso.
Es obvio que mientes.
Si no sueltas las cosas, tendré que sacarlas… por la fuerza.
Antes de que Yūki pudiera reaccionar, Vecna deslizó la mano y de sus túnicas emergió una daga tan negra que parecía beber la luz.
La punta brilló con una esencia que no era solo filo: era hambre de secretos.
El mundo alrededor se volvió estrecho.
El mural, los seres 4D, el zumbido del multiverso: todo se redujo a la figura de aquel hombre con la daga.
Yūki sintió cómo su interior se rompía en dos.
Había visto —había sido enseñado— que la violencia no era la respuesta.
Había jurado buscar la paz.
La visión del hombre crucificado, las palabras del anciano, las lágrimas del dragón: todo le pedía no repetir la cadena de muerte.
Pero de aquel lado de su mente, algo más rugía: los cuerpos que no podían devolver, los amigos a los que no había salvado, los sacrificios que ya se habían hecho por la paz.
Y allí, frente a la daga, Yūki sintió la obligación de impedir que un hombre que mató por conocimiento (o por poder) siguiera hurgando en la historia para retorcerla a su voluntad.
Susurró, apenas audible, palabras que reconocieron las pérdidas.
—Perdón, mamá… —murmuró.—Perdón, Linux… —su voz se quebró un poco.—Perdón, elfos… —sus dedos se cerraron alrededor del mapa.—Perdón, señor de la cruz.
No eran excusas.
Eran promesas.
Promesas de que, por esta vez, no permitiría que la codicia de otro arrancara más vidas.
Vecna inclinó la cabeza, divertido.
—¿Perdón?
¿Ya?
Qué emotivo.
—Su cuchillo vibró con magia—.
Si vas a oponer resistencia, será mejor que no te pongas sentimental.
Yūki cerró los ojos un segundo.
Recordó la lección del mural: las reglas del multiverso, la prohibición de pelear donde no toca, el precio de las revelaciones.
Pero ese código no había sido escrito para monstruos que arrancan verdades a la fuerza.
Abrió los ojos.
Su decisión era clara, y en ella latía todo lo que había perdido y todo lo que quería proteger.
Con movimientos rápidos, precisos —no por rabia, sino por control— Yūki se lanzó hacia Vecna.
El choque fue instantáneo: la daga cortó el aire, Yūki esquivó y un golpe rápido, dirigido a la muñeca del agresor, buscó desarmarlo, no matarlo.
Pero Vecna no era mortal común: su mano se cerró en torno al antebrazo de Yūki, y una oscuridad fría quiso filtrarse por la piel del joven, tentando, susurrando secretos.
—¿Ves?
—dijo Vecna, con voz baja y peligrosa—.
Te lo advertí.
Puedo arrancarte todo: memorias, nombres, el hilo que conecta tus recuerdos.
Yūki sintió un torbellino de imágenes en su mente, y por un segundo la fuerza de la codicia lo golpeó —imágenes de Netheril brillando, de conocimientos arcanos a su alcance—.
Pero alcanzó a pensar en los murales de Sigil, en las verdades que había leído, en la advertencia de Linux.
—No —murmuró, con toda la voluntad que le quedaba—.
No te daré ese regalo.
Con un movimiento de explorador: una patada baja que buscó girar la muñeca, un torque que soltó la daga y un giro que aprovechó el impulso del choque… Yūki consiguió, por una fracción de segundo, deshacer el agarre.
La daga cayó y rodó por el suelo de piedra, deteniéndose a unos pasos de Vecna.
Vecna soltó una carcajada baja, más admiración que ira.
—Bien.
Has peleado por lo que crees que es correcto.
Pero dime, ¿qué harás ahora que ya sabes lo que hay en mi alma?
Yūki, jadeando, no respondió con palabras.
Su mirada se clavó en la figura del hombre que, sin duda, había matado millones en su sed de saber.
No era un enemigo que pudiera redimirse con discursos: era una llama que consumía.
Y en su pecho ardía la decisión de que no permitiría que esa llama siguiera arrasando caminos.
La escena quedó en tensión: Vecna recogió la daga con una sola mano, palmeó ligeramente el filo, y el brillo de la hoja reflejó los ojos decididos de Yūki.
Ambos sabían que, si la daga volvía a cantar, habría consecuencias que Planescape —y quizás todo el multiverso— sentirían.
Pero antes de que la tensión pudiera romperse en un estruendo, una figura emergió desde la penumbra: el Heredero de Zhalk, corriendo con un brazalete grabado en la mano, dispuesto a intervenir.
—¡Yūki!
—gritó, con la voz quebrada por la distancia—.
¡Atrás!
Yūki giró la cabeza apenas, sorprendido y agradecido.
Vecna, con una sonrisa que no prometía nada bueno, dejó que la daga tintineara en sus dedos.
—Esto… apenas comienza —murmuró—.
Y mientras Sigil seguía respirando a su alrededor con la indiferencia de una ciudad que sabe de ciclos eternos, Yūki apretó los puños, consciente de que su siguiente movimiento podría sellar el destino de más que solo él.
FIN DEL CAPÍTULO 86
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