Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Siguiente

Hierro y Sangre - Capítulo 1

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Hierro y Sangre
  4. Capítulo 1 - 1 Capítulo 1 Sangre sobre la nieve
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

1: Capítulo 1: Sangre sobre la nieve 1: Capítulo 1: Sangre sobre la nieve El blanco siempre es puro.

Esa es la primera mentira que nos cuentan sobre el invierno.

Siempre hay tierra.

Siempre hay sombras.

Y, en mi caso, hay una inmensa mancha de color rojo.

Mi sangre tenía un aspecto obsceno contra la nieve inmaculada del bosque de Valenwood.

Caliente, humeante y escapándose de mi costado con cada latido de mi corazón, derritiendo la escarcha bajo mi armadura abollada.

Intenté respirar, pero el aire helado se sintió como vidrio molido en mis pulmones.

—Muévete, Aelnora —gruñí, obligando a mis labios entumecidos a formar las palabras.

Mis dedos, enguantados en cota de malla y cuero, se cerraron alrededor del mango de mi maza de guerra de hierro.

Para cualquier soldado, levantarla sería un esfuerzo descomunal.

Para mí, solía ser una extensión de mi brazo.

Ahora, se sentía como si estuviera tratando de levantar una montaña.

Apreté los dientes y activé mi núcleo mágico.

Soy una Clériga de Guerra, una rompedora de líneas, no una doncella que se desmaya.

—Sanctum…

Vis…

—susurré.

La magia respondió, pero no fue el torrente cálido y dorado de siempre.

Fue una chispa patética.

Un parpadeo de luz ámbar en mi palma que apenas logró cauterizar la capa superficial de la herida en mi abdomen.

Grité.

El sonido fue gutural, animal.

El dolor me arqueó la espalda, haciendo que mis músculos abdominales, definidos por décadas de entrenamiento y combate, se contrajeran en un espasmo de agonía.

Caí de nuevo sobre la nieve.

—¿Qué mierda fue eso?

¿De dónde salieron?

Miré hacia el cielo gris, donde los copos de nieve caían indiferentes a mi muerte.

Soy una Elfa de Hierro.

He aplastado cráneos de orcos con mi escudo.

He caminado a través de fuego sin pestañear.

Y voy a morir sola, congelada como un perro, por el acero de veinte cobardes.

—Patético —escupí hacia el cielo.

El crujido de una rama rompió el silencio del bosque.

Mi instinto de batalla, forjado a golpes, se encendió antes que mi cerebro.

Ignorando el dolor que amenazaba con partirme en dos, rodé sobre mi costado sano.

Mi mano izquierda buscó mi escudo, una losa de acero reforzado que yacía a un metro de mí.

Lo enganché y me arrastré, usando el escudo como palanca para incorporarme.

No pude ponerme de pie, pero logré quedarme de rodillas, con el escudo levantado y la maza preparada.

Una figura emergió de entre los pinos.

No era un elfo.

Tampoco uno de los mercenarios que me habían atacado.

Era un humano.

Pero no era uno de esos nobles de la corte, vestidos con sedas y oliendo a perfume barato.

Este hombre parecía haber sido tallado del mismo bosque.

Llevaba pieles gruesas y desgastadas sobre una armadura de cuero curtido, manchada de barro y aceite.

Una capucha ocultaba la mitad de su rostro, pero vi la mandíbula tensa, cubierta por una barba de tres días.

Lo más importante no era su ropa.

Era cómo se movía.

No corrió hacia mí preguntando si estaba bien.

Tampoco atacó, pero no bajó la guardia.

Se detuvo a cinco pasos, fuera del alcance de mi maza, con un arco largo tensado.

Sus ojos, oscuros como la noche, recorrieron mi cuerpo.

Pero no fue solo un escaneo táctico.

Su mirada se demoró un segundo más de lo necesario en mis ojos, en la línea de mi mandíbula apretada por el dolor.

Hubo una pausa, un instante donde la tensión del arco vaciló, no por debilidad, sino por curiosidad.

—Baja el arma, grandulona —dijo.

Su voz era grave, rasposa, pero carecía del filo asesino que esperaba.

—Si quisiera bajarla, ya lo habría hecho —repliqué.

Mi voz salió más firme de lo que me sentía—.

Si vas a disparar, hazlo.

Pero asegúrate de matarme de un solo tiro, porque si no lo haces, te romperé las piernas.

El humano ladeó ligeramente la cabeza, como si mi amenaza fuera lo más interesante que le hubiera pasado en meses.

Bajó el arco lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos.

—Tienes agallas, grandulona.

Y una herida mal cauterizada en el costado que huele a muerte.

—Dio un paso hacia mí, guardando la flecha—.

Cualquier otra criatura ya estaría suplicando piedad o ayuda.

Pero tú sigues amenazando con romperme las piernas.

—Es una promesa, no una amenaza.

Una media sonrisa, casi imperceptible, cruzó su rostro bajo la barba de tres días.

—Me gusta esa actitud —murmuró, más para sí mismo que para mí—.

Sería un desperdicio dejar que la nieve te cubra.

Se arrodilló frente a mí, ignorando mi maza levantada.

—Voy a acercarme ahora.

Intenta no matarme, sería una forma muy estúpida de agradecerme que te salve la vida.

—¿Eres un sanador?

—Soy alguien que sabe cuándo una bestia está acorralada —respondió él—.

Y tú te ves como una bestia muy grande y peligrosa.

—Qué halagador.

¿Así seduces a todas las chicas que conoces?

—Solo a las que me prometen violencia, grandulona —respondió mientras la nieve seguía cayendo entre nosotros.

Él miró la sangre que manchaba la nieve un poco más allá de donde yo estaba.

Sangre de los desgraciados que había logrado matar antes de caer.

—Esos hombres…

—señaló con la barbilla hacia los cadáveres lejanos—.

Llevaban el emblema de Los Marcados.

—Me importa una mierda su emblema —gruñí, sintiendo que mi visión se nublaba por los bordes.

El frío estaba ganando—.

Se llevaron algo que era mío.

El humano me miró de nuevo.

Esta vez, sus ojos se detuvieron en los míos.

Hubo un momento de reconocimiento.

No de lástima, sino de algo más profundo.

Un entendimiento compartido de quien conoce la guerra.

—Los Marcados no suelen dejar testigos —dijo acercándose un poco más.

—Un movimiento en falso…

—advertí, aunque sentía que mis brazos comenzaban a temblar por el esfuerzo de sostener la maza y el escudo.

Sacó un cuchillo de su cinturón.

Me tensé, lista para golpear.

Pero él solo cortó las correas de mi armadura lateral para exponer la herida.

—Esto va a doler más que el golpe que te lo hizo, la magia podrá cauterizar un poco más profundo —advirtió, sacando un frasco de líquido turbio y un hierro pequeño que, con un chasquido de sus dedos y una chispa de magia elemental, comenzó a brillar al rojo vivo.

Lo miré a los ojos.

No desvié la mirada.

—Hazlo.

El humano presionó el hierro contra mi piel abierta.

El mundo se volvió blanco, y mi grito de furia se perdió en el aullido del viento invernal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo