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Hierro y Sangre - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 Capítulo 10 El Peso de la Venganza
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10: Capítulo 10: El Peso de la Venganza 10: Capítulo 10: El Peso de la Venganza Vi la espalda de Einar alejarse entre la multitud, sus hombros tensos bajo la capa nueva, caminando hacia el letrero de madera podrida que anunciaba “El Jabalí Ciego”.

Iba a buscar información.

Iba a buscar la siguiente jugada.

Me detuve en mitad de la calle.

Mi mano derecha, enguantada en el cuero de draco, se cerró sobre el mango de Justicia.

El metal estaba frío, pero quemaba mi palma.

Durante años, esta maza había sido una extensión de mi voluntad.

Había sido bendecida por el Sumo Sacerdote.

Se suponía que era el instrumento de la ley divina.

Pero la ley divina había permitido que una legión quemara a dos niñas en un sótano.

La ley divina me había dejado desangrándome en la nieve mientras los corruptos huían con el poder de un dios.

La justicia es ciega, dicen.

Yo ya no quería ser ciega.

Me giré sobre mis talones y volví a entrar en la herrería.

El calor me golpeó de nuevo en la cara, secando el sudor frío de mi frente.

El enano levantó la vista de su libro de cuentas, sorprendido.

—¿Olvidaste algo, chica?

—gruñó, aunque vi cómo sus ojos se desviaban hacia el arma que colgaba de mi mano.

Sin decir una palabra, desenganché a Justicia y la puse sobre el mostrador con un golpe seco que hizo vibrar las herramientas colgadas en la pared.

El hierro negro, con sus estrías perfectas y su grabado sagrado, brilló bajo la luz del fuego.

—¿Qué arma puedes darme a cambio de esta?

—pregunté.

El enano frunció el ceño, su barba cobriza erizándose.

Extendió una mano callosa y tocó la cabeza de la maza.

Sus dedos trazaron las runas de bendición con una reverencia que solo un herrero puede sentir por el acero perfecto.

—Esto es hierro estelar forjado en los templos del norte —murmuró, casi para sí mismo.

Levantó la maza, sopesándola.

Su equilibrio era sobrenatural—.

Chica, esta cosa vale más que lo que tu compañero traía en la bolsa.

Vale más que toda mi tienda.

Me miró a los ojos, buscando la locura o la desesperación.

—Es un arma de leyenda.

Un arma de héroe.

¿Por qué demonios querrías dejarla en mi tienda?

—Porque pesa demasiado —respondí, mi voz carente de emoción—.

Y no hablo de kilos.

Ya no representa lo mismo para mí.

Cada vez que la levanto, siento que estoy mintiendo.

El enano sostuvo mi mirada un momento largo.

Vio la oscuridad en mis ojos grises, la sombra que había reemplazado a la luz de la fe.

Entendió que no estaba buscando un trato comercial, sino un exorcismo.

—Tu tamaño y tu fuerza…

—dijo, dejando a Justicia con cuidado sobre un paño de terciopelo, como si fuera un cadáver real—.

Es natural que eligieras una maza.

Romper huesos, abollar placas.

Pero si vas a dejar la senda de los templos, necesitas algo más…

pragmático.

Se dio la vuelta y cojeó hacia el fondo del taller, hacia una estantería donde guardaba las armas que no ponía en exhibición.

Las armas feas.

Las que no se compran para desfiles, sino para guerras sucias.

Regresó con algo en las manos.

—Toma.

Lo puso sobre el mostrador.

Era un martillo de guerra.

No tenía grabados dorados.

No tenía bendiciones.

El mango era de roble oscurecido por el fuego y reforzado con bandas de acero crudo.

La cabeza era un bloque sólido de metal gris mate, brutal y cuadrado en un lado, diseñado para contusionar.

Pero el reverso…

el reverso era un pico curvo, afilado como la garra de un dragón, diseñado para perforar la armadura más gruesa y llegar a la carne blanda que se esconde debajo.

—Es un arma de dos manos, aunque por tu tamaño, necesitaras una sola—explicó el enano, observando mi reacción—.

Pesado y contundente.

El acero es de una veta profunda, templado en sangre de buey, no en agua bendita.

Es de lo mejor que tengo, aunque no sea bonito.

Empujó el martillo hacia mí.

—Es lo más que puedo hacer, elfa.

Tómalo o déjalo.

Un cambio limpio.

Tu reliquia por mi herramienta de matar.

Extendí la mano.

Mis dedos se cerraron alrededor de la empuñadura.

La madera era áspera, real.

No había la vibración mágica que tenía Justicia.

Solo había peso.

Un peso honesto, desequilibrado hacia la cabeza, pidiendo ser balanceado con violencia.

Lo levanté.

El pico trasero brilló con una malicia promesa a la luz de la fragua.

Justicia buscaba el equilibrio.

Este martillo buscaba el final.

Me imaginé el casco imperial que había visto en el pueblo quemado.

Imaginé el metal cediendo bajo el pico de este martillo, perforando la mentira, perforando al hombre que se escondía detrás de la orden.

Una sensación fría y eléctrica recorrió mi brazo, subiendo hasta mi pecho, llenando el hueco que la fe había dejado.

—Venganza —murmuré.

El nombre no sonó como una oración.

Sonó como una sentencia.

—¿Cómo?

—preguntó el enano.

Miré mi reflejo distorsionado en la cabeza de acero gris.

—Su nombre es Venganza —dije, enganchando el martillo en mi cinturón, donde descansaba contra mi cadera con una familiaridad aterradora—.

Y es mi nueva compañera.

Empujé a Justicia hacia el enano.

—Fúndela —dije sin mirar atrás—.

O véndela a algún idiota que todavía crea en cuentos de hadas.

Salí a la calle.

El aire frío me golpeó, pero ya no me hizo temblar.

Tenía una armadura hecha de la piel de un depredador y un martillo bautizado con mi rencor.

Einar me esperaba en la taberna.

Y el mundo, ese mundo que me había roto y escupido, estaba a punto de descubrir que los pedazos rotos cortan más profundo que la hoja más afilada.

Caminé hacia “El Jabalí Ciego”.

Y por primera vez en días, sonreí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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