Hierro y Sangre - Capítulo 101
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Capítulo 101: Capítulo 101: El Pulso de la Sangre Inquieta
(Narra Aelnora)
El laboratorio de Raven era un lugar que siempre me hacía sentir como si estuviera invadiendo una tumba privada. El olor a formaldehído, hierbas amargas y ese rastro metálico inconfundible de la sangre seca se adhería a las paredes de piedra, pero hoy, el silencio era diferente. Las velas estaban consumidas y los viales, habitualmente ordenados con una precisión maníaca, descansaban inertes sobre las mesas de madera oscura. Busqué al elfo oscuro entre las sombras de las estanterías, esperando encontrarlo inclinado sobre algún pergamino antiguo o destilando alguna esencia prohibida, pero no había rastro de él.
Salí de allí con una extraña sensación de vacío y regresé hacia las cocinas del bastión, guiada por un aroma que no esperaba encontrar: carne sellada, cebollas caramelizadas y el toque rústico del tomillo.
Al cruzar el umbral, me detuve en seco. Einar estaba allí, sin su pesada armadura de cuero, con las mangas de su túnica remangadas hasta los codos, moviendo una enorme olla de hierro con una cuchara de madera. El vapor subía envolviendo su rostro, suavizando las líneas de cansancio que la máscara solía ocultar. Verlo así, entregado a una tarea tan mundana como preparar un estofado, me provocó un vuelco en el corazón que ninguna batalla había logrado.
Sin decir una sola palabra, me acerqué a la mesa de trabajo lateral. Tomé un cuchillo de cocina, cuya hoja estaba bien afilada, y alcancé un cesto de hortalizas. Empecé a pelar y cortar zanahorias con una cadencia rítmica, dejando que el sonido del metal contra la madera rellenara el silencio entre nosotros.
Einar se giró ligeramente, una sonrisa ladeada asomando entre su barba mientras observaba mis movimientos.
—Creí que esa no era una tarea digna de una clériga de guerra —dijo en ese tono burlón que tanto le gustaba usar para sacarme de quicio—. Pensé que tus manos solo estaban hechas para empuñar mazas consagradas y repartir bendiciones de hierro.
No respondí. No hacía falta. Simplemente tomé un trozo de zanahoria recién cortado y se lo arrojé a la cabeza con la puntería de quien ha pasado años entrenando la coordinación ojo-mano. El trozo rebotó en su frente antes de caer al suelo. Einar soltó una carcajada genuina, levantando las manos en señal de rendición mientras volvía a prestar atención a la olla.
—Está bien, está bien —rió, meneando la cabeza—. No diré una sola palabra más sobre tus talentos culinarios ocultos, grandulona. Solo corta las verduras y asegúrate de que no haya dedos en el estofado.
Me permití sonreír mientras continuaba con mi labor. En ese rincón cálido del fuerte, con el sonido del fuego y el aroma de la comida, la Inquisición y sus monstruos se sentían como un mal sueño que podíamos mantener a raya mientras el caldo hirviera.
(Narra Valka)
Caminaba por los pasillos superiores con la pelvis todavía recordándome que los mineros del Colmillo tenían más entusiasmo que técnica. Mi objetivo era la habitación de Aeris; necesitaba saber si la pequeña artífice seguía viva después de encerrarse con el gigante, o si Ulm la había quebrado accidentalmente durante su noche de “mantenimiento”. Pero a mitad de camino, una silueta oscura recortada contra un ventanal me obligó a frenar.
Raven estaba allí, apoyado contra la piedra, mirando hacia el patio donde la nieve empezaba a cubrir las cruces que la Inquisición había dejado.
—Creo que la elfa te fue a buscar a tu laboratorio —le dije, deteniéndome a unos pasos de él. Raven no se movió, pero sentí cómo su atención se centraba en mí sin necesidad de mirarme.
—Sí, bueno… incluso yo necesito respirar aire que no huela a hierro y fluidos de vez en cuando —respondió con esa voz de seda que parecía deslizarse por el pasillo—. Las paredes del sótano a veces se vuelven demasiado estrechas para mis pensamientos.
Lo miré de arriba abajo. Siempre me había causado curiosidad ese elfo. Había algo en él que no encajaba con el resto, una frialdad que no era desprecio, sino distancia pura.
—Aelnora dice que tus trucos de sangre sirven muy bien en la cama —solté sin anestesia, solo para ver si lograba descolocarlo.
Raven soltó una risa seca, apenas un sonido que vibró en su pecho. —Aelnora habla demasiado, me parece. La indiscreción es una de sus virtudes menos pulidas.
—¿Y gime demasiado? —pregunté, arqueando una ceja con una sonrisa maliciosa—. Siempre creí que bajo esa fachada de santa guerrera debía ser una de las que despiertan a todo el fuerte.
Raven negó con la cabeza lentamente, volviendo su vista hacia el exterior. —Mi error entonces —reí, apoyándome en la pared frente a él—. Siempre creí que era ruidosa.
—Quizás lo sea con la persona correcta —respondió Raven, y hubo una nota de pragmatismo en su voz que me sorprendió—. Yo solo fui un paso más en su camino, Valka. No soy su destino, ni pretendía serlo. No tenía por qué ser ruidosa conmigo; lo nuestro fue una transacción de necesidades, no un juramento.
—¿Tú querías algo más? —pregunté, bajando un poco el tono. La honestidad del elfo era refrescante en un mundo de máscaras.
—Por supuesto que no —respondió de inmediato, y su mirada negra se clavó en la mía con una claridad absoluta—. No me interesan en lo absoluto los asuntos románticos. El amor es una complicación química que nubla el juicio y debilita la voluntad. Pero no me molesta un poco de sexo ocasional; es una función biológica necesaria para mantener la mente enfocada. Nada más.
—Te entiendo —suspiré, mirando mis propias manos—. Yo no sé qué quiero, la verdad. Es lindo ver que algunos de nuestros compañeros encuentran esa mierda del amor, especialmente después de ver a Einar y Aelnora anoche… pero carajo, es más divertido coger sin complicaciones. Menos ataduras, menos lágrimas si algo sale mal al día siguiente en el campo de batalla.
Raven se giró por completo hacia mí, y sentí que su mirada iba más allá de mi piel. Era una sensación incómoda, como si estuviera desnudando no mi cuerpo, sino el fluido que me mantenía en pie.
—Tu sangre es demasiado inquieta como para buscar algo más… sedentario en este momento, Valka —murmuró, su voz volviéndose más profunda.
—¿Cómo demonios haces eso, Raven? —pregunté, sintiendo un escalofrío—. ¿Cómo escuchas la sangre? ¿Qué mierda te dice?
El elfo dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal con una lentitud calculada. El aroma a sándalo y algo antiguo emanaba de sus ropas.
—El “cómo” es demasiado complejo, Valka. A mí me tomó cientos de años y mucha agonía entender los susurros del fluido vital… —Hizo una pausa, y vi cómo sus pupilas se dilataban ligeramente—. ¿Qué dice? Todo lo que necesitas saber sobre alguien si sabes escuchar el ritmo del pulso y la temperatura de las venas. Por ejemplo… en este momento, la tuya hierve de ganas por volver a coger. Puedo oír el torrente golpeando contra tus sienes, exigiendo una liberación que tres mineros apenas lograron rozar.
Me quedé en silencio, sintiendo cómo mi propio corazón se aceleraba ante su proximidad. El cabrón tenía razón. Mi sangre ardía, y no era solo por el cansancio.
—Es un don muy útil —logré decir, intentando mantener mi fachada de duelista imperturbable—. Pero ten cuidado, Raven. A veces, escuchar demasiado puede hacer que te metas en problemas que tu magia de sangre no podrá resolver.
Raven sonrió, una mueca depredadora y elegante a la vez. —Los problemas son solo experimentos que aún no han concluido, Valka. Y tú pareces ser un experimento fascinante.
Se alejó con la misma elegancia con la que había aparecido, dejándome allí, en el pasillo frío, con el pulso acelerado y una pregunta quemándome en la lengua. Miré hacia la cocina, donde el aroma del estofado de Einar seguía flotando, y luego hacia el laboratorio. El Colmillo estaba lleno de gente buscando consuelo, y por primera vez, no estaba segura de si el mío se encontraba en la taberna o en las manos de un elfo que podía escuchar mis deseos antes de que yo misma los admitiera.
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