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Hierro y Sangre - Capítulo 102

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Capítulo 102: Capítulo 102: La cena está servida

(Narra Valka)

Llegué a la puerta de la habitación de Aeris con el pulso todavía martilleando en mis oídos. El trueno que Raven había desatado en mi entrepierna no se apagaba; al contrario, cada paso que daba parecía bombear esa humedad traicionera hacia mis muslos. Me detuve frente a la madera reforzada del cuarto de la artífice. No se escuchaban gritos, pero el silencio era de esos que pesan, interrumpido solo por el rítmico y pesado crujido de un catre que estaba pidiendo clemencia bajo un peso que claramente no era el de una sola persona.

—¡Eh, tortolitos! —grité, golpeando la puerta con el pomo de mi daga—. ¡Si no han terminado de encajar sus piezas, háganlo ya! El druida está en las cocinas y el olor a estofado empieza a inundar el pasillo. ¡No pienso comer sobras por culpa de sus jadeos!

La puerta se abrió un momento después. Aeris apareció envuelta apenas en una sábana de lino que se le resbalaba por el hombro, dejando a la vista la piel encendida de su pecho. Vaya, el gigante no había perdido el tiempo. Noté de inmediato que uno de sus pezones rosados asomaba sin pudor por el borde de la tela, y estaba cubierto de pequeñas marcas de mordidas que delataban la urgencia de Ulm.

—¿Estás en condiciones de caminar hasta la cocina, pequeña, o te han dejado las piernas de gelatina? —pregunté con una sonrisa ladeada, barriendo su cuerpo con la mirada.

Aeris se ajustó la sábana con una mano, pero no bajó la vista. Después de habernos visto desnudas en los baños y de haber compartido el polvo de los muertos, las sutilezas sobraban entre nosotras.

—Puedo caminar, Valka. Mis máquinas requieren mantenimiento constante, y yo también —respondió ella con una chispa de orgullo en los ojos, aunque el aliento todavía le salía un poco entrecortado.

No pude evitarlo. Asomé la cabeza por el hueco de la puerta, viendo al fondo de la habitación. Ulm estaba de espaldas, terminando de subirse los pantalones de cuero que le quedaban tensos en los muslos. Su espalda era un mapa de arañazos frescos que Aeris le había regalado en el fragor de la batalla nocturna.

—¡Ulm! ¡Un día de estos le vas a desviar la cadera a la niña, pedazo de bruto! —le grité, soltando una carcajada.

El gigante no se giró, pero vi cómo sus hombros se sacudían con una risa profunda mientras terminaba de ajustarse el cinturón. —Ella sabe cómo hacer que todo embone, Valka —respondió con su voz de trueno, cargada de una satisfacción que me hizo vibrar los dientes—. No te preocupes por sus caderas, están en buenas manos.

—Esa es mi chica —dije, mirando a Aeris con un guiño de aprobación—. Pero ya en serio, apresúrense. No quiero que el estofado de Einar se enfríe; ese hombre cocina mejor de lo que gruñe, y eso ya es decir mucho.

Me di la vuelta y bajé hacia las cocinas, sintiendo cómo la humedad entre mis piernas se volvía una tortura con cada paso. Al entrar, el calor del fogón me golpeó la cara. Einar estaba allí, removiendo una olla inmensa con una cuchara de madera, mientras Aelnora se encargaba de las verduras con una eficiencia silenciosa, lanzándole trozos de zanahoria cada vez que él decía algo que no le gustaba. Parecían una pareja que llevaba casada veinte años en lugar de una noche.

Raven estaba sentado en un rincón sombrío, con una copa de vino tinto entre sus dedos largos y pálidos. Su mirada negra se clavó en mí en cuanto crucé el umbral. No dijo nada, pero sus pupilas se dilataron al ver el rastro de agitación que todavía traía conmigo desde el pasillo.

Sentí un tirón violento en mis entrañas. Raven movió apenas un dedo de la mano que sostenía la copa, un gesto imperceptible para cualquiera que no fuera yo. Al instante, el flujo de mi sangre cambió de dirección con una fuerza brutal. Mis pezones se endurecieron tanto bajo la túnica que sentí un pinchazo de dolor, y mis mejillas ardieron de nuevo. La humedad en mi intimidad se volvió un torrente, hinchando mi clítoris hasta que el simple roce de mi propia ropa al caminar me obligó a soltar un jadeo ahogado que intenté disfrazar con una tos seca.

Me senté a la mesa con las piernas apretadas, sintiendo cómo el corazón me golpeaba en la base del vientre. Raven bebió un sorbo de vino, observándome por encima del borde de la copa con esa sonrisa de depredador que sabía exactamente lo que me estaba haciendo. El muy cabrón estaba disfrutando de mi desesperación frente a los demás.

—Llegas a tiempo, Valka —dijo Einar, sirviendo el primer cuenco de estofado. Su voz era tranquila, pero sus ojos grises delataban que su mente ya estaba fuera de estas paredes—. Siéntate. Ulm y Aeris no deben tardar.

Aelnora dejó el cuchillo sobre la mesa y se giró, limpiándose las manos en un paño. Se acercó a Einar y, con una naturalidad que demostraba que ya no había secretos ni barreras entre ellos, le quitó el cucharón de las manos para terminar de servir ella misma. Einar la dejó hacer, rodeando su cintura con un brazo por un breve segundo antes de sentarse.

—La Dama me ha dado el lugar —anunció Einar, mirando a cada uno de nosotros mientras nos acomodábamos—. Sombra del Cuervo.

—Sombra del Cuervo —repitió Aelnora, y su voz tenía un eco sombrío que cortó el calor de la cocina—. El lugar donde nació la bruja.

—Y donde creció el Filo —añadió Einar, sentándose a la cabecera de la mesa de madera rugosa—. Nereida soltó la lengua esta mañana. Círdan y esa mujer fueron amigos de infancia en un orfanato de ese pueblo. Al parecer, nuestro impecable elfo dorado tiene las raíces enterradas en el mismo lodo que la mujer que nos está cazando.

En ese momento, Ulm y Aeris entraron en la cocina. El gigante tuvo que agachar la cabeza para pasar, y Aeris caminaba con una soltura que desafiaba mis bromas sobre sus caderas, aunque su cuello lucía un collar de marcas púrpuras que no intentaba ocultar. Se sentaron a la mesa, y el olor a estofado empezó a mezclarse con la tensión de la misión.

—¿Sombra del Cuervo? —preguntó Ulm, aceptando el cuenco que Aelnora le tendía—. He oído historias de ese sitio. Dicen que el aire allí sabe a metal y que ni los pájaros se atreven a anidar en sus árboles. Es un pueblo fantasma desde el gran incendio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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