Hierro y Sangre - Capítulo 103
- Inicio
- Todas las novelas
- Hierro y Sangre
- Capítulo 103 - Capítulo 103: Capítulo 103: Informe de misión
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 103: Capítulo 103: Informe de misión
(Narra Valka)
El ambiente en la cocina era tenso y pesado.
—Es más que un pueblo quemado —intervino Einar, dejando la cuchara a un lado y apoyando los codos sobre la mesa. Su mirada recorrió a cada uno de nosotros, deteniéndose un segundo extra en Aelnora—. La Dama mencionó un pacto. Ariadne no está sola en esto; está atada a un demonio llamado Aztherath. Es lo que la mantiene volviendo cada vez que creemos haber terminado con ella.
Raven, que hasta ahora había permanecido como una sombra elegante en su rincón, dejó su copa y asintió con una parsimonia que me puso los pelos de punta. Mientras Einar hablaba, sentí un nuevo tirón en mi vientre. El elfo movió apenas los dedos sobre la madera, y mi sangre respondió con una violencia renovada. Mis entrañas ardían, y la humedad entre mis piernas se volvió tan densa que sentí que iba a empapar el banco. Trataba de concentrarme en el informe de la misión, pero el control que Raven ejercía sobre mi intimidad me estaba volviendo loca.
—A la Dama y al Filo les gusta tener secretos —dijo Raven, su voz cortando el aire como un cuchillo oxidado—. Pero bueno, si hay un demonio de por medio, entonces hay un pacto que debemos atacar antes que a la propia bruja. No es una cuestión de acero, sino de cláusulas.
—Algo así mencionó Nereida —respondió Einar, ignorando el juego de sombras que ocurría bajo la mesa—. Si Ariadne no rompe el pacto violando las condiciones del mismo, esto no se acaba. Ella seguirá levantándose mientras el contrato siga vigente.
—Entonces la perra es técnicamente inmortal —sentenció Aelnora, frunciendo el ceño—. Si no muere, ¿qué estamos cazando? ¿Un fantasma con cuerpo?
Raven movió un solo dedo, un movimiento minúsculo que provocó una sacudida eléctrica en mi clítoris. Me retorcí en el asiento, apretando los muslos con tanta fuerza que mis músculos empezaron a temblar. El sudor frío me bajaba por la nuca mientras intentaba mantener la cara de seriedad frente al resto del grupo.
—Ser inmortal, regresar del más allá, significa morir, caer en los brazos de la Madre Muerte y volver —explicó Raven, observándome con una mirada depredadora mientras yo me retorcía de nuevo—. Nadie puede hacer eso sin un precio. El cuerpo de Ariadne debe ser una cáscara vacía, un recipiente que se puede romper y se reconstruye con la misma facilidad. Su alma, o su esencia vital, debe estar resguardada por los términos del pacto en algún lugar físico. Asumo que la Dama nos manda a buscar pistas sobre ese resguardo.
—Así es —confirmó Einar—. Sombra del Cuervo es el origen. Allí es donde el contrato se firmó con sangre, o al menos eso cree el filo.
Aelnora, siempre perceptiva, me miró de reojo. Yo estaba encorvada, con la respiración entrecortada y los nudillos blancos de tanto apretar el borde de la mesa.
—¿Estás bien, Valka? Te retuerces mucho —preguntó la clériga, con una nota de preocupación genuina en la voz.
—Sí… todo bien, elfa —logré articular, forzando una sonrisa que debió parecer más una mueca de agonía—. Solo… me provocó un poco de malestar el estofado. Mucho condimento, supongo. Mi estómago no está acostumbrado a tanta delicadeza.
—Espero que no se te escape un gas —soltó Aeris con una risita, haciendo que Ulm soltara una carcajada que retumbó en las vigas.
Todos rieron, excepto Raven. El elfo movió el dedo de nuevo, enviando una descarga de placer y presión que me obligó a doblarme hacia adelante, soltando un sonido que intenté ahogar entre los dientes.
—Nnn-no… no es un gas —dije, jadeando ligeramente, tratando de sonar casual mientras sentía que mi clítoris iba a estallar—. Tranquila, pequeña artífice. Solo es un calambre.
Seguimos comiendo, o al menos ellos lo hicieron. Yo me limité a sobrevivir a la cena, distraída por la mirada de Raven, que controlaba mi excitación a distancia con la frialdad de quien calibra una máquina. Cada vez que intentaba prestar atención a la ruta hacia el norte, él me recordaba quién tenía el mando de mi cuerpo en ese momento.
Cuando finalmente terminaron de limpiar los cuencos, Einar se puso en pie, su imponente figura proyectando una sombra larga sobre la mesa.
—Descansen esta noche —sentenció el druida—. Mañana inicia un nuevo viaje, y será el más duro de todos. No quiero a nadie cansado al alba.
(Narra Ulm)
En cuanto nos levantamos, vi a Valka salir disparada de la cocina como si tuviera un incendio en los pantalones. Caminaba con una rigidez extraña, casi corriendo hacia los pasillos laterales. No pude evitar soltar una risotada mientras me ajustaba el cinturón.
—Creo que era más que un gas, por cómo se retorcía —dije, mirando hacia la puerta por donde había desaparecido la duelista—. A este paso, va a dejar inservible una letrina antes de que termine la noche.
Einar y Aelnora rieron, compartiendo una mirada de complicidad que me hizo sonreír. Raven, por su parte, se acercó a la puerta con esa elegancia gélida que siempre lo acompañaba. Se detuvo un momento, observando la silueta de sus propios dedos antes de guardarlos en la túnica.
—Iré a mi laboratorio —anunció el elfo oscuro—. Tengo un par de experimentos pendientes que requieren mi atención inmediata.
—No te desveles mucho, Raven —le advirtió Aelnora con un tono maternal—. Necesitamos que tu magia de sangre esté fresca mañana.
Raven asintió con una inclinación de cabeza casi imperceptible y se marchó. Einar y Aelnora se tomaron de la mano, despidiéndose de nosotros con una amabilidad que contrastaba con la tormenta que sabíamos que se avecinaba. Los vi alejarse, caminando pegados el uno al otro, hasta que nos quedamos solos en la cocina.
Miré a mi pequeña artífice. Aeris todavía tenía el rostro encendido por el calor del fogón y, quizás, por el recuerdo de lo que habíamos hecho antes de cenar. Le puse una mano en el hombro, sintiendo lo pequeña y a la vez lo inmensa que era para mí.
—¿Nos vamos, pequeña artífice? —le pregunté con voz suave.
—Claro, Ulm —respondió ella, apoyando su cabeza contra mi brazo por un segundo antes de empezar a caminar—. Todavía hay un par de engranajes que necesitan ajuste… y no me refiero a las ballestas.
Caminamos juntos hacia nuestro cuarto, ignorando el frío que soplaba fuera de las murallas del Colmillo. Mañana seríamos guerreros de nuevo, pero esta noche, los engranajes solo girarían para nosotros.
(Narra Valka)
Corrí por los pasillos del Colmillo como si el demonio mismo me pisara los talones, pero en realidad era mi propio cuerpo el que me traicionaba. Cada paso hacía que el roce de mis muslos enviara ondas de placer y agonía directamente a mi centro, donde el torrente que Raven había desatado seguía fluyendo sin control. Maldito elfo y su magia de mierda; me había convertido en un desastre andante, con la túnica pegada a la piel por el sudor y la excitación que no paraba de crecer. No podía pensar en nada más que en llegar al laboratorio antes que él, en esperarlo allí como una presa que sabe que el cazador viene por ella.
Empujé la puerta de madera reforzada con un hombro, y el olor a azufre, hierbas secas y algo metálico —sangre, siempre sangre— me golpeó como un puñetazo. El laboratorio era un caos organizado: viales burbujeantes sobre mesas de piedra, runas grabadas en el suelo que emitían un brillo tenue y rojo, y en el centro, una mesa alta que parecía más un altar de sacrificios que un lugar para experimentos. Me apoyé en ella, jadeando, sintiendo cómo mis pezones rozaban la tela áspera de mi ropa, endurecidos por el control invisible que Raven aún ejercía sobre mí. Me quite de mis prendas superiores, dejando mis pechos al descubierto.
Mis manos temblaban cuando intenté tocarme para aliviar la presión, pero algo me detuvo: una pulsación en mis venas, como si mi propia sangre me advirtiera que no era mía para jugar.
Me subí a la mesa, sentándome en el borde con las piernas colgando, y esperé. El corazón me latía en la garganta, en los oídos, en el clítoris hinchado que exigía atención. “Ven, cabrón”, murmuré para mí misma, apretando los dientes. “Termina lo que empezaste”.
(Narra Raven)
Entré al laboratorio con la calma de quien sabe que el experimento ya ha comenzado. El aire estaba cargado con el aroma de su excitación: un almizcle dulce y salado que mi sensibilidad a la sangre amplificaba hasta lo intolerable. Valka estaba allí, sentada en mi mesa de trabajo con los pechos expuestos, como si fuera un trono improvisado, sus piernas separadas lo justo para insinuar la tormenta que rugía entre ellas.
Su pulso era un tambor de guerra, acelerado y errático, bombeando sangre rica en endorfinas que gritaba su necesidad. Podía oírlo todo: el flujo acelerado en sus arterias femorales, el calor concentrado en su vulva, la forma en que su clítoris se hinchaba con cada latido, rogando por liberación.
No dije nada al principio. Cerré la puerta con un chasquido mágico, sellando el lugar con una runa que impediría cualquier interrupción. Mis ojos se clavaron en los de ella, y vi el desafío mezclado con la sumisión involuntaria. Era perfecta: una guerrera que anhelaba ser dominada, no por fuerza bruta, sino por el control absoluto que solo la sangre podía ofrecer.
—Te retorcías tanto en la cena que pensé que ibas a derrumbar la mesa —murmuré, acercándome con pasos lentos, mis dedos ya trazando patrones invisibles en el aire para manipular el flujo en mi propio cuerpo. Sentí cómo mi sangre respondía, concentrándose en mi virilidad, endureciéndola con una intensidad que ningún mortal podría lograr sin magia. Se hinchó, pesada y rígida bajo mi túnica, lista para ser un instrumento de dominio.
Valka soltó una risa ronca, pero su voz temblaba.
—¿Eso fue todo? ¿Un jueguito con mi pulso para verme sufrir? Si querías cogerme, elfo, solo tenías que pedirlo.
—Yo no pido, Valka —respondí, deteniéndome frente a ella—. Yo reclamo y tomo lo que es mio.
Extendí una mano y tracé una runa en el aire sobre sus muñecas. Su sangre obedeció al instante: el flujo se ralentizó en sus venas radiales, creando una presión que sentía como grilletes invisibles, inmovilizándola contra la mesa. Sus brazos se pegaron a los costados, incapaces de moverse, como si estuvieran atados por cadenas de hierro forjadas en su propia esencia vital.
(Narra Valka)
De repente, mis muñecas ardieron con un calor extraño, como si alguien las hubiera envuelto en grilletes calientes que se hundían en la piel sin dejar marca. Intenté levantar los brazos, pero no pude; era como si mi propia sangre se hubiera solidificado, manteniéndome inmóvil. El pánico inicial dio paso a una oleada de excitación que me dejó sin aliento. Raven me tenía atrapada, no con cuerdas o fuerza, sino con algo mucho más íntimo: el control de lo que fluía dentro de mí. Mis pezones se endurecieron aún más, y sentí un goteo cálido entre mis piernas, mi cuerpo traicionándome por completo.
—Maldito seas… —gruñí, pero mi voz salió como un gemido—. ¿Qué mierda me estás haciendo?
Raven sonrió, esa mueca fría y depredadora que me hacía vibrar. Se quitó la túnica superior con un movimiento fluido, revelando su torso pálido y marcado por runas cicatrizadas, como si su piel fuera un pergamino vivo. Su mano bajó a sus pantalones, y cuando lo deslizo hacia abajo, vi cómo su miembro se endurecía visiblemente, creciendo con una pulsación antinatural, venas hinchadas y rígidas como hierro forjado. Era más grande de lo que imaginaba, endurecido por su magia, y la idea de que controlara su propia sangre para eso me sorprendió y excitó a partes iguales. Este elfo tenía fetiches que iban más allá de lo salvaje; era un titiritero, y yo era su marioneta.
—No luchas contra mí, Valka —dijo, su voz un susurro ronco mientras se acercaba más, su aliento cálido contra mi cuello—. Luchas contra ti misma. Tu sangre me obedece porque quiere. Siente el placer en eso.
Raven se tomó su tiempo para desnudar mi cuerpo por completo, aun si lo hubiera querido, resistirme era inútil.
Movió los dedos de nuevo, y sentí un tirón en mis muslos. Mi sangre fluyó hacia abajo, obligando a mis piernas a abrirse ampliamente, exponiéndome por completo. No podía cerrarlas; era como si mis venas fueran cuerdas que él manipulaba. El aire frío del laboratorio rozó mi intimidad empapada, y solté un jadeo ahogado, mi clítoris palpitando con cada latido que él controlaba.
—Joder… Raven… —gemí, mi cuerpo arqueándose involuntariamente—. Esto es… retorcido. Y me encanta.
(Narra Raven)
Su confesión fue como un elixir en mis venas. Valka, la duelista indomable, se rendía a mi control, su sangre cantando una sinfonía de sumisión que solo yo podía oír. Manipulé mi propia circulación, concentrando más flujo en mi virilidad para mantenerla dura como el acero, inquebrantable, lista para penetrar su voluntad tanto como su carne. La obligué a abrir las piernas más, sus músculos temblando bajo la presión sanguínea que yo dictaba, y me posicioné entre ellas, mi miembro rozando su entrada empapada.
—Eres mía ahora —murmuré, empujando dentro de ella con una embestida lenta pero implacable. Su calor me envolvió, apretado y húmedo, y usé mi magia para intensificar el flujo en sus paredes internas, haciendo que cada centímetro de mí se sintiera como una invasión amplificada.
Valka gritó, un sonido gutural de placer y sorpresa, sus ojos dilatados mientras su cuerpo se convulsionaba alrededor del mío. Mantuve sus muñecas inmovilizadas, sus piernas abiertas como un libro que solo yo podía leer, y empecé a moverme con fuerza, cada embestida sincronizada con pulsos de mi magia que enviaban ondas de placer a través de su sistema circulatorio.
—Más… duro… —jadeó ella, su voz rota por los gemidos.
Obedecí, no por sumisión, sino por el placer de romperla. Aumenté el ritmo, embistiéndola con brutalidad, mi miembro endurecido por la sangre mágica golpeando profundo, rozando puntos que la hacían arquearse. Manipulé su sangre para que fluyera hacia su clítoris, hinchándolo hasta el límite, y sentí cómo su orgasmo se construía como una tormenta.
Pero no era suficiente. Quería más sumisión. La volteé con un gesto, obligando a su sangre a relajar sus músculos lo justo para posicionarla de rodillas sobre la mesa, sus brazos fueron atados por grilletes invisibles de nuevo. Su trasero se expuso, y tracé una runa en el aire sobre su espalda, enviando un pulso que lubricó su entrada posterior con su propia humedad redirigida.
—Esto te encantará —susurré, presionando la punta de mi miembro contra su culo.
(Narra Valka)
Cuando sentí la presión en mi trasero, mis ojos se abrieron de par en par. Raven no solo controlaba mi sangre; la usaba para prepararme, redirigiendo mi propia excitación para lubricarme, haciendo que mi cuerpo traicionara cualquier resistencia. Su miembro, endurecido por esa magia perversa, empujó dentro de mí con una lentitud torturadora al principio, estirándome de una forma que dolía y deleitaba al mismo tiempo. Grité, no de dolor puro, sino de una sobrecarga sensorial que me dejó temblando.
—Dioses… Raven… ¿por el culo? —jadeé, mi voz entrecortada por las embestidas que empezaron a ganar fuerza—. Eres un fetichista retorcido… y…mierda…por favor…no pares.
Me encantaba. La sensación de ser usada como un títere, mis piernas obligadas a mantenerse abiertas, mis muñecas inmovilizadas por grilletes de sangre que pulsaban con cada latido. Él me cogía duro, su miembro como un ariete implacable, golpeando profundo en mi interior mientras su magia enviaba descargas de placer a través de mis venas. Sentía cada vena hinchada de él, endurecida artificialmente, rozando paredes sensibles que nunca habían sido exploradas así.
Mis gemidos se volvieron roncos, animales, mientras un orgasmo anal me golpeaba como un martillo, haciendo que mi cuerpo se convulsionara alrededor de él.
Raven gruñó, su control absoluto amplificando su propio placer. Me embistió más fuerte, sus manos en mis caderas mientras su magia me mantenía en posición, usándome como un instrumento para su liberación. Culminó dentro de mí con un pulso final de sangre que sentí como una explosión interna, caliente y visceral.
Colapsé sobre la mesa cuando liberó mis grilletes sanguíneos, exhausta pero satisfecha, mi cuerpo temblando con réplicas de placer. Raven se retiró, su miembro aún rígido por un momento antes de que lo dejara suavizarse con un gesto.
—Eres… un monstruo —murmuré, riendo débilmente.
—Y a ti te encanta —respondió él, su voz calmada como siempre.
Tenía razón. En este mundo de traiciones y batallas, ser dominada por alguien que controlaba hasta mi pulso era el fetiche más adictivo que había probado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com