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Hierro y Sangre - Capítulo 105

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Capítulo 105: Capítulo 105: Pulsos de Dominio

(Narra Valka)

Estar desnuda frente al elfo era embriagante, como si el aire del laboratorio se hubiera espesado con un elixir prohibido que me nublaba la mente y avivaba cada nervio de mi piel. Mi cuerpo aún temblaba por las réplicas del orgasmo anterior, mis músculos exhaustos pero ansiosos, mi intimidad palpitante y sensible después de haber sido usada como un instrumento en sus manos mágicas. Intenté ponerme de pie, sintiendo el suelo frío bajo mis pies, pero de pronto mis piernas cedieron.

Caí de rodillas con un jadeo ahogado, no por debilidad, sino por un tirón invisible que sentí en lo profundo de mis venas. Vi sus dedos moverse en el aire, trazando patrones sutiles como un director de orquesta invisible. El cabrón obligó a mi sangre a ponerme de rodillas, manipulando el flujo en mis muslos para que se doblaran sin resistencia, dejándome arrodillada frente a él como una ofrenda.

Levanté la vista, y allí estaba su verga, creciendo y palpitando de nuevo frente a mis ojos. Era hipnótico: las venas se hinchaban visiblemente, endureciéndose con esa pulsación antinatural que solo su magia podía lograr.

Raven no necesitaba descanso; controlaba su propia sangre para mantenerla rígida, lista, un arma de placer que desafiaba las leyes del cuerpo mortal. El cabrón se masturbó con lentitud deliberada, su mano envolviendo el miembro hinchado mientras me obligaba a mirar. Intenté apartar la vista, pero otro tirón en mis venas me mantuvo fija, mis ojos clavados en el espectáculo.

Gemí de frustración y deseo, sintiendo cómo mi propia excitación crecía de nuevo, mi clítoris hinchándose en respuesta a su control. Él aceleró el ritmo, gruñendo bajo mientras su semilla caliente salpicaba mi cara, marcándome con chorros viscosos que se deslizaban por mis mejillas y labios. No pude moverme; solo saborear el salado en mi boca, humillada y excitada a partes iguales.

Después, sin romper el control sobre mí, alcanzó un vial de agua cristalina de una estantería cercana. Se lo vació directamente sobre su verga, el líquido cayendo en cascada sobre la piel aún sensible. El frío lo obligó a gemir, un sonido ronco y vulnerable que contrastaba con su dominio habitual. “Mierda, está fría”, dijo mientras frotaba su miembro con las manos, extendiendo el agua helada para limpiar los restos de su clímax. Su verga se contrajo ligeramente por el shock térmico, pero incluso eso era calculado, un juego para prolongar la tortura. “Ven y caliéntala de nuevo”, ordenó, su voz un susurro cargado de autoridad.

Su control se rompió parcialmente, liberando mis rodillas lo suficiente para permitirme ponerme de pie. Me acerqué a la mesa con piernas temblorosas, dándole la espalda y levantando el trasero en una invitación descarada. Coloqué mis manos en la mesa, sintiendo la madera fría bajo mis palmas, pero de inmediato un calor extraño se extendió por mis venas. Mi sangre en las palmas de las manos se pegó a la madera, como si se hubiera convertido en un adhesivo vivo, atrapándome de nuevo. Intenté soltarme, pero era inútil; Raven me había convertido en su títere una vez más. Agitó los dedos en el aire, agitando por igual la sangre en mi clítoris, que hacía escurrir mi vagina con un flujo incontrolable. Cada movimiento de sus dedos enviaba pulsos eléctricos a mi centro, hinchando mis labios inferiores, haciendo que gotas de excitación resbalaran por mis muslos. Cuando por fin me tuvo empapada, sentí sus embestidas: entró en mí de un solo empujón, su miembro endurecido por la magia golpeando profundo, reclamando mi interior con una fuerza que me arrancó un grito.

(Narra Raven)

Observarla arrodillada era un deleite científico y erótico: su sangre respondía a mis comandos con precisión quirúrgica, cada vena un hilo que yo manipulaba para doblegar su voluntad. Valka era un espécimen fascinante, su pulso acelerado contando historias de deseo crudo que ningún elixir podía replicar. Después de marcar su rostro con mi esencia, el vial de agua cristalina fue un capricho calculado; el frío contrajo mis vasos sanguíneos momentáneamente, un shock que intensificaba el placer posterior. Froté mi miembro con manos firmes, sintiendo cómo el calor de mi propia magia lo restauraba, endureciéndolo de nuevo hasta que palpitaba con una rigidez inquebrantable.

La liberé lo justo para que se moviera, pero solo hacia donde yo quería. Cuando se posicionó en la mesa, tracé una runa rápida en el aire, redirigiendo su flujo sanguíneo a las palmas para crear esa adhesión invisible. Era como pegarla con su propia vida, un fetiche que había perfeccionado en siglos de experimentos solitarios. Agité los dedos, manipulando el torrente en su clítoris: lo hinché hasta el borde del dolor, forzando su excitación a niveles que la hacían escurrir como un manantial. Su vagina se contraía involuntariamente, lubricándose para mí, y entré en ella con una embestida brutal, mi miembro —endurecido por la concentración de sangre mágica— golpeando contra su interior con cada movimiento.

Gruñí al sentir su calor apretado, ajustando el flujo en mis propias venas para prolongar la dureza, haciendo que cada embestida durara eternamente en su percepción. Valka gemía, su cuerpo arqueándose contra la mesa, sus manos pegadas como si fueran parte de la madera. Manipulé su sangre para que fluyera hacia sus pezones, endureciéndolos hasta que rozaran la superficie fría, enviando descargas de placer que la hacían convulsionar. “Siente cómo te controlo”, susurré, acelerando el ritmo, mis caderas chocando contra su trasero con un golpe húmedo que resonaba en el laboratorio.

(Narra Valka)

Sus embestidas eran implacables, cada una un martillazo que me hacía ver estrellas detrás de los ojos cerrados. Sentía su verga como un ariete vivo, endurecida por esa magia perversa que la mantenía rígida y pulsante, rozando puntos profundos que me arrancaban gemidos guturales. Mis manos seguían pegadas a la mesa, mis palmas ardiendo con esa adhesión sanguínea que me convertía en su prisionera voluntaria. Intenté empujar hacia atrás para profundizar el contacto, pero él controlaba hasta eso: un tirón en mis venas me mantuvo inmóvil, obligándome a recibirlo pasivamente, como una marioneta en su teatro de placer.

“Joder, Raven… eres un titiritero enfermo”, jadeé, mi voz rota por los impactos. Pero me encantaba: la humillación de ser controlada, de sentir mi propia sangre traicionándome para servir su deseo. Agitó los dedos de nuevo, y sentí un pulso en mi ano, redirigiendo mi lubricación hacia allí, preparándome para lo que venía. Sin aviso, se retiró de mi vagina y presionó contra mi entrada posterior, entrando despacio al principio, estirándome con esa rigidez mágica que no flaqueaba. Grité, una mezcla de dolor y éxtasis, mi cuerpo convulsionando mientras me cogía de nuevo por el culo con fuerza creciente. Cada embestida enviaba ondas a través de mis venas, amplificadas por su control, haciendo que mi clítoris palpitara sin ser tocado.

No podía moverme, solo recibirlo, mis gemidos convirtiéndose en gritos ahogados mientras un orgasmo anal me golpeaba de nuevo, más intenso que el anterior. Mis piernas temblaban, pero su magia las mantenía abiertas, expuestas, mientras él gruñía detrás de mí, su ritmo brutal y calculado.

(Narra Raven)

Su sumisión era exquisita: cada grito un dato en mi mente, cada contracción de su cuerpo una respuesta a mis manipulaciones. Ajusté el flujo en mi miembro para hincharlo aún más, rozando sus paredes internas con precisión letal, mientras redirigía su sangre para intensificar el placer en su ano. Valka se convulsionaba, su pulso un caos glorioso que yo orquestaba, su excitación fluyendo como un río desbordado. Embestí más duro, sintiendo cómo su cuerpo se apretaba alrededor de mí, y liberé un pulso mágico que sincronizó nuestros clímax: el mío, controlado para ser explosivo, llenándola con chorros calientes que se sentían como fuego en su interior.

La liberé parcialmente, permitiendo que sus manos se soltaran de la mesa, pero mantuve el control sobre sus piernas para que no colapsara. Antes de continuar, alcancé un segundo vial de agua destilada de la repisa de piedra. Con una parsimonia que la obligaba a observar cada uno de mis movimientos, vertí el líquido sobre mi miembro, limpiando los rastros viscosos de su propia entrega. El agua estaba helada, provocando un siseo entre mis dientes y una contracción refleja en mi piel que solo servía para agudizar mis sentidos.

—No hemos terminado —murmuré, secando el exceso de humedad con un gesto rápido de mi magia antes de voltearla de nuevo para enfrentarla.

Su rostro estaba enrojecido, marcado por mi semilla anterior, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y adoración que me resultaba adictiva. Tracé otra runa rápida, arrodillándola una vez más y obligando a su sangre a fluir hacia su rostro; sus labios se hincharon y se separaron por puro mandato de mis dedos. Con el miembro de nuevo limpio y endurecido por el pulso de mi propia voluntad, lo empujé entre ellos, invadiendo su boca y follándole la garganta con embestidas controladas que la obligaban a aceptar mi esencia hasta la última gota.

(POV Valka)

Cuando me volteó, mis piernas cedieron ante su magia, sentí un tirón en mis labios, hinchándolos y obligándolos a separarse. Vi como limpio su verga, aún dura como el hierro gracias a su control sanguíneo y en cuanto termino de asearse, entró en mi boca con una embestida que me hizo atragantarme. Lo chupé con avidez, saboreando el salado de su miembro y el agua destilada, mientras él follaba mi garganta como si fuera otra entrada para dominar. Mis manos, ahora libres, se clavaron en sus muslos, arañando la piel pálida, pero él no flaqueó; su magia lo mantenía inquebrantable.

Gemí alrededor de él, vibraciones que lo hicieron gruñir, y sentí otro orgasmo construir solo por la humillación y el control. Culminó de nuevo en mi boca, obligándome a tragar con un pulso en mis venas que no me dejó otra opción. Colapsé finalmente cuando liberó todo control, exhausta, mi cuerpo un mapa de placer y dominio.

Raven se vistió con calma, observándome como un científico a su experimento exitoso. “Eres adictiva, Valka”, dijo. Y yo, jadeando en el suelo, solo pude reír: sus fetiches me habían roto y reconstruido, y maldita sea si no quería más.

(Narra Raven)

El laboratorio volvió al silencio, roto solo por su respiración agitada. Valka yacía allí, marcada por mi dominio, su sangre calmándose bajo mi influencia residual. Era un fetiche perfecto: control total, sumisión absoluta. Mañana enfrentaríamos demonios, pero esta noche, había reclamado su esencia vital como mía. Y sabía que volvería por más.

(Narra Valka)

Esa noche no dormimos juntos. No hubo besos que sellaran un pacto, ni ternura en la forma en que recogí mis ropas del suelo mientras él volvía a sus viales con esa indiferencia gélida que me hacía querer matarlo y cogérmelo de nuevo al mismo tiempo. No hubo caricias, solo el eco de los gemidos y el rastro de la sumisión marcado en mi piel. Y, por ahora, eso era todo lo que necesitaba.

Mientras me vestía con manos temblorosas, me aseguré de enterrar cualquier asomo de sentimiento bajo capas de hierro y cinismo. Las ideas de amor, de un hogar y de un “felices para siempre” que me habían asaltado al ver a Einar y Aelnora, quedaron guardadas en un rincón oscuro y polvoriento de mi mente, bajo llave. No había espacio para la esperanza en este lugar.

Por ahora… solo quería ser su puta una y otra vez, dejar que la sangre hirviera y que el dolor del placer fuera lo único que me recordara que seguía viva antes de que la guerra decidiera lo contrario.

(Narra Aelnora)

Llevábamos dos días cabalgando bajo un cielo que parecía una losa de plomo, evitando las arterias principales donde el estandarte de la Palma Roja ondeaba con impunidad. Nos movíamos por senderos olvidados, rutas de contrabandistas y pastores que ni el ejército ni la Inquisición se molestaban en patrullar. El silencio del grupo era denso; el cansancio se mezclaba con una tensión eléctrica que aún vibraba entre nosotros, especialmente cuando las miradas de Valka y Raven se cruzaban, o cuando Einar buscaba mi mano en las breves paradas para confirmar que seguíamos cuerdos.

Al caer la tarde del tercer día, un pueblito surgió entre la bruma, encajonado en un valle que el sol ya había abandonado. Decidimos parar; los caballos necesitaban descanso y las bestias daban señales de agotamiento. Pero al cruzar el límite de las primeras casas, un escalofrío me recorrió la espalda. Estaba vacío. No era el vacío de un lugar abandonado por el tiempo, sino el de una huida repentina. Las puertas de la taberna oscilaban con el viento, las mesas de la plaza conservaban restos de pan endurecido y no había ni un solo animal de corral a la vista. Ni un alma, ni un susurro.

A las afueras, presidiendo el silencio con una arrogancia pétrea, se alzaba una iglesia. Era una construcción obscena, demasiado grande y opulenta para la humildad de las cabañas que la rodeaban.

—Miren esa mierda —masculló Valka con asco, escupiendo al suelo—. El clero se pudre en mármol mientras los campesinos no tienen ni para leña.

A pesar de la mala espina que nos daba el lugar, decidimos quedarnos un momento. Dejamos que los caballos pastaran cerca de un riachuelo de aguas gélidas donde Berg y Fenrir saciaron su sed. Encendimos una fogata pequeña, lo justo para calentar un poco de cecina y pan. Estábamos en mitad de la comida cuando el sonido estalló.

Las campanas de la iglesia empezaron a sonar. Un repique pesado, metálico y rítmico que me hizo saltar sobre mis pies. Miré hacia la colina, entornando los ojos.

—Einar… el campanario —dije, sintiendo que la sangre se me congelaba—. No estaba así cuando llegamos.

—¿De qué hablas, Aelnora? —Einar ya tenía la mano en la empuñadura de su espada.

—Está… destruido —respondí. La torre de piedra estaba hecha añicos, como si algo la hubiera reventado desde dentro.

—Pero las campanas suenan —dijo Aeris, cubriéndose los oídos con una mueca.

—La tierra… vibra de manera extraña —añadió Ulm, plantando sus pies masivos en el suelo, sintiendo el temblor que subía por sus botas.

—¡No estamos solos! —gritó Raven, y su voz tenía una urgencia que rara vez mostraba—. Siento un corazón… un cuerpo extraño… sangre angustiada. ¡Mucha sangre!

Formamos un círculo al instante, espalda con espalda, las armas desenvainadas buscando cualquier señal entre las sombras de las casas vacías.

—¡Desde la iglesia! —gritó Valka señalando hacia la colina.

Una nube de polvo y nieve se desplazaba hacia nosotros a una velocidad antinatural. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, la realidad se torció en una pesadilla de carne y bronce.

Era un monstruo demoníaco, una campana colosal de tres metros de alto que parecía haber sido tejida con piel humana en lugar de fundida en metal. Toda su superficie exterior estaba cubierta de rostros vivos, atrapados en expresiones de una agonía y desesperación insoportables. La criatura caminaba sobre seis patas de madera podrida que terminaban en puntas afiladas como estacas, hundiéndose en la tierra con cada paso. Cada vez que el badajo golpeaba las paredes de carne, uno de los rostros emitía un grito desgarrador.

El sonido era atroz. Helaba el alma, aturdía los sentidos y hacía que los pensamientos se dispersaran como ceniza. Una de las caras de la superficie, una que carecía de ojos y solo mostraba cuencas vacías, cerró sus párpados de piel. La campana sonó con un estruendo que nos hizo tambalear; la cara mostró un rictus de dolor puro y abrió los párpados, liberando un rayo de magia carmesí que impactó directamente hacia nosotros.

Apenas logré reaccionar. Evoqué mi magia de luz, proyectándola a través del escudo que Aeris me había fabricado. El impacto del rayo contra el metal bendecido hizo que mis brazos vibraran hasta el hueso, pero logré contener la ráfaga.

—¡Qué mierda es eso! —preguntó Valka, tratando de mantener el equilibrio.

—No lo sé —respondió Raven, con sus manos ya trazando runas de protección—, pero debemos asumir que, además del ruido desgarrador, cada ojo y cada boca en esa cosa es un ataque potencial.

—Entonces no podremos flanquearlo —rugió Einar—. ¡Ataca en todas direcciones!

—¡Miren eso! —gritó Ulm.

Berg, que había estado bebiendo agua, apareció corriendo desde el flanco como un ariete de guerra. El karkadann rugió y golpeó con su masiva cabeza el cuerpo de la campana. El impacto fue monumental. Todas las bocas del monstruo gritaron al mismo tiempo en una polifonía infernal. El sonido fue tan potente que a Aeris le empezó a brotar un hilo de sangre de los oídos y Berg quedó clavado en el sitio, completamente aturdido por la vibración. La campana intentó empalar a la bestia con sus patas de madera, pero las estacas no pudieron atravesar la armadura natural del karkadann.

—¡Mierda, Berg! ¡Tenemos que ayudarlo! —gritó Ulm, viendo a su compañero vulnerable.

—¡No es sabio acercarnos en este momento! —advirtió Einar, viendo cómo la campana se tensaba.

Entonces, la criatura se balanceó con una fuerza centrífuga brutal y golpeó el cuerpo de Berg, proyectando las toneladas de peso de la bestia a varios metros de distancia. El karkadann rodó por el suelo, inconsciente.

—¡Aquí viene! ¡Rompan filas! —gritó Einar.

Todos saltamos hacia los lados para evitar la carga, pero Aeris no reaccionó. Estaba de rodillas, con las manos apretadas contra sus oídos y los ojos cerrados, colapsada por el dolor del grito unísono de las caras. No había escuchado la orden. Estaba sola en la trayectoria de la campana.

Ulm no lo dudó. Se lanzó hacia ella, interponiendo su cuerpo masivo. Abrió su pico de guerra, bloqueando el mecanismo para que funcionara como un escudo de acero pesado, y recibió de lleno el impacto del monstruo para proteger a Aeris.

El choque del bronce y la carne contra el acero del pico resonó en todo el valle.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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