Hierro y Sangre - Capítulo 106
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Capítulo 106: Capítulo 106: El Eco de los Lamentos
(Narra Aelnora)
Llevábamos dos días cabalgando bajo un cielo que parecía una losa de plomo, evitando las arterias principales donde el estandarte de la Palma Roja ondeaba con impunidad. Nos movíamos por senderos olvidados, rutas de contrabandistas y pastores que ni el ejército ni la Inquisición se molestaban en patrullar. El silencio del grupo era denso; el cansancio se mezclaba con una tensión eléctrica que aún vibraba entre nosotros, especialmente cuando las miradas de Valka y Raven se cruzaban, o cuando Einar buscaba mi mano en las breves paradas para confirmar que seguíamos cuerdos.
Al caer la tarde del tercer día, un pueblito surgió entre la bruma, encajonado en un valle que el sol ya había abandonado. Decidimos parar; los caballos necesitaban descanso y las bestias daban señales de agotamiento. Pero al cruzar el límite de las primeras casas, un escalofrío me recorrió la espalda. Estaba vacío. No era el vacío de un lugar abandonado por el tiempo, sino el de una huida repentina. Las puertas de la taberna oscilaban con el viento, las mesas de la plaza conservaban restos de pan endurecido y no había ni un solo animal de corral a la vista. Ni un alma, ni un susurro.
A las afueras, presidiendo el silencio con una arrogancia pétrea, se alzaba una iglesia. Era una construcción obscena, demasiado grande y opulenta para la humildad de las cabañas que la rodeaban.
—Miren esa mierda —masculló Valka con asco, escupiendo al suelo—. El clero se pudre en mármol mientras los campesinos no tienen ni para leña.
A pesar de la mala espina que nos daba el lugar, decidimos quedarnos un momento. Dejamos que los caballos pastaran cerca de un riachuelo de aguas gélidas donde Berg y Fenrir saciaron su sed. Encendimos una fogata pequeña, lo justo para calentar un poco de cecina y pan. Estábamos en mitad de la comida cuando el sonido estalló.
Las campanas de la iglesia empezaron a sonar. Un repique pesado, metálico y rítmico que me hizo saltar sobre mis pies. Miré hacia la colina, entornando los ojos.
—Einar… el campanario —dije, sintiendo que la sangre se me congelaba—. No estaba así cuando llegamos.
—¿De qué hablas, Aelnora? —Einar ya tenía la mano en la empuñadura de su espada.
—Está… destruido —respondí. La torre de piedra estaba hecha añicos, como si algo la hubiera reventado desde dentro.
—Pero las campanas suenan —dijo Aeris, cubriéndose los oídos con una mueca.
—La tierra… vibra de manera extraña —añadió Ulm, plantando sus pies masivos en el suelo, sintiendo el temblor que subía por sus botas.
—¡No estamos solos! —gritó Raven, y su voz tenía una urgencia que rara vez mostraba—. Siento un corazón… un cuerpo extraño… sangre angustiada. ¡Mucha sangre!
Formamos un círculo al instante, espalda con espalda, las armas desenvainadas buscando cualquier señal entre las sombras de las casas vacías.
—¡Desde la iglesia! —gritó Valka señalando hacia la colina.
Una nube de polvo y nieve se desplazaba hacia nosotros a una velocidad antinatural. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, la realidad se torció en una pesadilla de carne y bronce.
Era un monstruo demoníaco, una campana colosal de tres metros de alto que parecía haber sido tejida con piel humana en lugar de fundida en metal. Toda su superficie exterior estaba cubierta de rostros vivos, atrapados en expresiones de una agonía y desesperación insoportables. La criatura caminaba sobre seis patas de madera podrida que terminaban en puntas afiladas como estacas, hundiéndose en la tierra con cada paso. Cada vez que el badajo golpeaba las paredes de carne, uno de los rostros emitía un grito desgarrador.
El sonido era atroz. Helaba el alma, aturdía los sentidos y hacía que los pensamientos se dispersaran como ceniza. Una de las caras de la superficie, una que carecía de ojos y solo mostraba cuencas vacías, cerró sus párpados de piel. La campana sonó con un estruendo que nos hizo tambalear; la cara mostró un rictus de dolor puro y abrió los párpados, liberando un rayo de magia carmesí que impactó directamente hacia nosotros.
Apenas logré reaccionar. Evoqué mi magia de luz, proyectándola a través del escudo que Aeris me había fabricado. El impacto del rayo contra el metal bendecido hizo que mis brazos vibraran hasta el hueso, pero logré contener la ráfaga.
—¡Qué mierda es eso! —preguntó Valka, tratando de mantener el equilibrio.
—No lo sé —respondió Raven, con sus manos ya trazando runas de protección—, pero debemos asumir que, además del ruido desgarrador, cada ojo y cada boca en esa cosa es un ataque potencial.
—Entonces no podremos flanquearlo —rugió Einar—. ¡Ataca en todas direcciones!
—¡Miren eso! —gritó Ulm.
Berg, que había estado bebiendo agua, apareció corriendo desde el flanco como un ariete de guerra. El karkadann rugió y golpeó con su masiva cabeza el cuerpo de la campana. El impacto fue monumental. Todas las bocas del monstruo gritaron al mismo tiempo en una polifonía infernal. El sonido fue tan potente que a Aeris le empezó a brotar un hilo de sangre de los oídos y Berg quedó clavado en el sitio, completamente aturdido por la vibración. La campana intentó empalar a la bestia con sus patas de madera, pero las estacas no pudieron atravesar la armadura natural del karkadann.
—¡Mierda, Berg! ¡Tenemos que ayudarlo! —gritó Ulm, viendo a su compañero vulnerable.
—¡No es sabio acercarnos en este momento! —advirtió Einar, viendo cómo la campana se tensaba.
Entonces, la criatura se balanceó con una fuerza centrífuga brutal y golpeó el cuerpo de Berg, proyectando las toneladas de peso de la bestia a varios metros de distancia. El karkadann rodó por el suelo, inconsciente.
—¡Aquí viene! ¡Rompan filas! —gritó Einar.
Todos saltamos hacia los lados para evitar la carga, pero Aeris no reaccionó. Estaba de rodillas, con las manos apretadas contra sus oídos y los ojos cerrados, colapsada por el dolor del grito unísono de las caras. No había escuchado la orden. Estaba sola en la trayectoria de la campana.
Ulm no lo dudó. Se lanzó hacia ella, interponiendo su cuerpo masivo. Abrió su pico de guerra, bloqueando el mecanismo para que funcionara como un escudo de acero pesado, y recibió de lleno el impacto del monstruo para proteger a Aeris.
El choque del bronce y la carne contra el acero del pico resonó en todo el valle.
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