Hierro y Sangre - Capítulo 107
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Capítulo 107: Capítulo 107: El Silencio de las Almas Rotas
(Narra Aeris)
El mundo se convirtió en una nota blanca, infinita y punzante. No era silencio, sino todo lo contrario: un pitido agudo, una aguja de sonido que me atravesaba el cráneo de oreja a oreja, anulando cualquier otra percepción. Mis manos estaban apretadas contra mis oídos, pero sentía que la vibración nacía desde dentro de mis propios huesos. Mis lentes de batalla se habían movido, empañados por el vaho de mi respiración errática. Lo último que recordaba era el grito de mil gargantas fundidas en una sola campana de carne, y luego, la oscuridad del impacto.
Sentí una sacudida violenta en el suelo. Algo masivo se interpuso entre la muerte y yo. No escuché el choque, pero sentí la onda expansiva en el pecho, un golpe de aire que me revolvió las entrañas. Entonces, algo me rozó. Fue un movimiento seco, pesado; la bota de Ulm retrocediendo apenas unos centímetros por la fuerza de la embestida, golpeando mi rodilla.
Levanté la mirada con un esfuerzo sobrehumano. El mundo se mecía como si estuviera bajo el agua. Frente a mí, la espalda de Ulm parecía una muralla de cuero y músculo. Tenía el hombro hundido contra el armazón de su pico de guerra, que ahora servía de escudo. El metal chirriaba —estoy segura de que lo hacía, aunque yo solo escuchara aquel silbido insoportable— bajo la presión de las patas de madera de la criatura.
Ulm giró la cabeza. Sus ojos, habitualmente tranquilos como la tierra profunda, estaban inyectados en sangre por el esfuerzo. Vi cómo sus labios se movían con una desesperación que me partió el alma. Gritaba mi nombre, estoy segura, pero para mí era un actor en una obra muda. Sus rasgos se contorsionaban, urgiéndome a moverme, a salir de la trayectoria de esa cosa que seguía empujando con la fuerza de un alud.
Logré reaccionar. Mis piernas se sentían como si estuvieran hechas de lana, pero rodé hacia un lado, alejándome de la zona de impacto. En cuanto despejé el espacio, Ulm pudo pivotar. La campana de carne avanzó, y por primera vez, la vi sin el filtro del pánico absoluto. Era una obscenidad de la naturaleza. Los rostros en su superficie se estiraban y se encogían, las bocas abiertas en un bostezo eterno de agonía. Sentí un líquido cálido resbalando por mi cuello: sangre. Mis oídos habían cedido.
—¡Muérete, maldito engendro! —rugí. O creí rugir. No escuché mi propia voz, solo sentí la vibración en mis cuerdas vocales.
Eché mano a mi cinturón y saqué una de mis granadas de fragmentación térmica. Le quité el seguro con los dientes y la arrojé con toda la fuerza que mis brazos temblorosos me permitieron. El artefacto voló en un arco perfecto hacia el cuerpo maldito de la campana. Pero entonces, una de las caras situadas cerca del borde inferior, una con la mandíbula desencajada, estiró su piel como si fuera goma y atrapó la granada en el aire. La boca se cerró con un chasquido húmedo.
Esperé la explosión. Esperé ver trozos de carne y madera saltando por los aires. Pero no hubo nada. La criatura simplemente tragó, y un brillo anaranjado recorrió brevemente sus venas superficiales antes de apagarse. Había devorado mi fuego como si no fuera más que un bocado de aire.
Antes de que pudiera procesar el fallo, sentí unas manos firmes sujetándome por los hombros. Raven y Aelnora aparecieron a mis costados como sombras borrosas. Me arrastraron lejos de la zona de combate mientras Ulm, con un movimiento fluido, devolvía su pico a su forma de ataque original, lanzando un golpe que obligó a la campana a retroceder.
Valka y Einar se posicionaron al frente, formando una barrera de acero y piel de lobo. Yo seguía atrapada en ese túnel de sonido blanco hasta que sentí una punzada horrible en el brazo izquierdo.
—¡Ah! —el grito esta vez sí vibró en mis oídos, una chispa de sonido real atravesando el pitido.
Miré hacia abajo. Una de las espinas de sangre de Raven se había hundido en mi bíceps. La sangre del oído dejó de fluir casi al instante, como si el elfo hubiera dado una orden directa a mis venas. Aelnora se arrodilló a mi lado, sus manos brillando con una luz dorada y suave que empezó a filtrarse por mis poros. De a poco, el pitido empezó a retroceder, permitiendo que el caos del campo de batalla se filtrara: el chocar del metal, los rugidos de Einar, el crujido de la madera podrida.
—Tranquila, pequeña —la voz de Aelnora llegó a mí como si viniera de una habitación lejana, pero clara—. No logró romper el tímpano por completo, pero vaya que te hizo daño. Respira. Deja que la luz selle la grieta.
Me apoyé en el escudo, sintiendo cómo el equilibrio regresaba a mi cuerpo. Limpié la sangre de mi mejilla con el dorso de la mano y miré a la clériga con puro pavor.
—¿Qué mierda es esa cosa, Aelnora? —pregunté, mi voz sonando extraña en mis propios oídos—. ¿Cómo pasamos de pelear contra un imperio corrupto a enfrentarnos a brujas, demonios y.… esto?
Aelnora no apartó la vista de la lucha. Su rostro estaba tenso, marcado por la luz de sus propios hechizos. —No lo sé, Aeris. El mundo se está rompiendo de formas que no comprendemos. Pero no es momento de preguntas. Si esa campana vuelve a sonar con toda su fuerza, no habrá magia que nos salve los oídos. ¡Hay que pelear!
Me puse en pie, ajustando mis herramientas. Al frente, la lucha era un baile suicida. La criatura atacaba incesantemente con dos de sus seis patas delanteras, moviéndolas como estacas de asedio que buscaban empalar cualquier rastro de vida. Valka era un torbellino de acero; desviaba los golpes de las patas de madera con sus espadas gemelas, haciendo que las chispas saltaran cuando el metal rozaba la superficie endurecida de la criatura. Einar, por su parte, se movía con esa velocidad lobuna que desafiaba la vista, esquivando por milímetros los ataques que agrietaban el suelo de piedra. Ulm contraatacaba con su enorme pico, sacando astillas masivas de madera podrida con cada impacto, pero la criatura no retrocedía. No sentía dolor, o quizás el dolor era su estado natural y nuestros golpes no eran más que caricias.
Entonces, el badajo se movió una vez más.
Esta vez no fue un grito agudo. Fue un sonido grueso, pesado, una frecuencia tan baja que no la escuchamos con los oídos, sino con los músculos. El aire se volvió denso. Sentí cómo mis pulmones vibraban y mis rodillas cedieron, obligándome a caer al suelo junto a los demás. El impacto sónico nos derribó a todos como si una mano invisible nos hubiera aplastado contra el barro.
La campana aprovechó el momento. Se balanceó hacia adelante, intentando empalar a Einar. El druida apenas logró rodar en el piso; la punta de la pata de madera pasó tan cerca que rasgó su túnica de cuero, dejando un surco en la tierra a centímetros de su costado.
—¡Fenrir! —gritó Einar con la garganta sangrando por el esfuerzo.
De la nada, una masa de pelaje gris y sombras surgió como una exhalación. El lobo no corría, se deslizaba entre lo físico y la niebla. Einar extendió una mano y, en un acto de comunión salvaje, absorbió la esencia de su compañero. Vi cómo sus músculos se ensanchaban bajo la ropa, cómo sus colmillos se alargaban y sus ojos se volvían orbes de un amarillo depredador. Su velocidad se incrementó de inmediato. Se puso de pie con un salto y lanzó un tajo ascendente contra la campana.
La criatura respondió abriendo una de sus bocas laterales, una situada justo a la altura de la cabeza de Einar. Soltó un grito dirigido directamente hacia él. Los oídos del druida, ahora mucho más sensibles por la absorción de Fenrir, captaron cada decibel de la agonía demoníaca. El efecto fue devastador. Einar cayó de rodillas, soltando su espada y llevándose las manos a la cabeza mientras gritaba de puro sufrimiento.
La campana alzó una de sus patas para rematarlo. El final de Einar estaba a una fracción de segundo de distancia.
—¡No en mi guardia, demonio de bronce! —rugió Ulm.
El gigante impactó la pata de la criatura con su pico justo antes de que tocara a Einar, desviando la estaca con una fuerza que hizo que el propio Ulm se tambaleara. Einar, aún aturdido, miró de reojo a la criatura y levantó el brazo izquierdo. Disparó un virote de su ballesta de muñeca. En cuanto el proyectil abandonó el mecanismo, Einar usó un destello de su magia para incendiarlo en el aire. La flecha de fuego voló hacia el centro de la campana.
Pero, de nuevo, el ataque fue interceptado. Una de las bocas superiores se estiró de forma grotesca, atrapó la flecha ardiente, tragó el fuego y, un segundo después, otra de las caras escupió el virote con la fuerza de una ballesta pesada en dirección a Valka. La duelista apenas tuvo tiempo de reaccionar. Levantó el brazo, activando el brazalete rúnico que yo misma le había fabricado semanas atrás. El escudo de energía de la muñequera desvió el virote, que pasó siseando a escasos milímetros de su oreja.
—¡Aléjense de esa cosa ahora mismo! —gritó Raven desde la retaguardia. El elfo oscuro tenía una de mis granadas de espinas en la mano, imbuida con un brillo carmesí que no prometía nada bueno—. ¡Arrojaré uno de estos regalos! Gracias por el detalle, pequeña Aeris —añadió con una sonrisa gélida antes de lanzarla.
—¡A cubierto! —gritó Ulm, arrastrando a Einar hacia atrás.
La granada explotó con un estallido seco. No hubo fuego, sino una lluvia de espinas de acero y sangre que se clavaron profundamente en la superficie de carne de la campana. La criatura emitió un sonido que no fue un grito, sino un lamento ronco y profundo. El dolor era real esta vez.
Raven movió las manos en el aire, sus dedos trazando hilos de sangre invisibles. Pero de pronto, su expresión cambió. Frunció el ceño y apretó los dientes.
—Nada… —masculló—. ¡Mierda! No hay sangre en la superficie de esta cosa. ¡Es madera y piel seca!
—¿Qué quieres decir con que no hay sangre? —gritó Valka, posicionándose a su lado mientras recuperaba el aliento—. ¡Esa cosa es pura carne!
—¡Pero no circula! —respondió Raven, sus ojos negros escaneando al monstruo con desesperación—. Es una cáscara animada por magia oscura. No puedo manipular lo que no fluye… pero la siento. ¡Hay sangre dentro! ¡En alguna parte está el motor que mueve este horror! ¿En dónde demonios está?
Valka entornó los ojos, observando el balanceo rítmico de la criatura mientras esta se preparaba para otra carga. Se fijó en el interior oscuro del gran cuenco de carne y bronce.
—¡El badajo, Raven! —gritó la duelista, señalando con una de sus espadas—. ¡Esa mierda no es metal, es un corazón! ¡Un corazón gigante que golpea contra las paredes! Ahí debe estar la sangre, pero la campana lo protege con cada movimiento.
La criatura volvió a sonar, y esta vez, el suelo empezó a agrietarse bajo nuestros pies. Sabíamos que, si no deteníamos ese latido, la iglesia no sería lo único destruido en este pueblo.
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