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Hierro y Sangre - Capítulo 108

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Capítulo 108: Capítulo 108: El Latido de la Oscuridad

(Narra Aelnora)

El caos en el valle se había convertido en una sinfonía de pesadilla. Einar, entregado por completo a la esencia de Fenrir, se había transformado en un lobo de proporciones colosales, una masa de pelaje gris y ojos ambarinos que corría en círculos frenéticos alrededor de la campana. La criatura, a pesar de su volumen, pivotaba con una agilidad antinatural sobre sus seis patas de madera, girando su cuerpo de carne para seguir el rastro del druida, como si cada uno de los rostros en su superficie fuera un ojo atento a sus movimientos. Ulm intentaba romper el asedio; su pico de guerra descendía con la fuerza de un desprendimiento de rocas, pero cada vez que el acero estaba a punto de morder la carne, una de las patas de estaca se interponía, bloqueando el golpe con una precisión quirúrgica. Era como si la maldita cosa pudiera ver en todas direcciones a la vez, anticipando cada intención, cada músculo que se tensaba.

A unos metros, Aeris permanecía inmóvil. Sus manos temblaban y sus ojos, tras los cristales de sus lentes de batalla, estaban dilatados por el shock. La pequeña artífice, siempre tan llena de ingenio y fuego, parecía haberse roto bajo el peso del grito sónico del monstruo. El silencio de su parálisis me dolió más que el ruido de la batalla.

—¡Valka! ¡Raven! ¡Aquí, ahora! —grité, retrocediendo para formar un pequeño núcleo de resistencia mientras el escudo que Aeris me fabricó vibraba todavía por el último impacto carmesí.

Los dos se deslizaron hacia mí. Valka jadeaba, con el sudor pegándole los mechones de cabello a la frente, y Raven mantenía esa calma insultante, aunque sus fosas nasales sangraban ligeramente por el esfuerzo de rastrear la esencia vital en aquel horror de madera y piel seca.

—¿Alguna idea? —pregunté, mirando alternativamente al monstruo y a mis compañeros—. Si no detenemos ese corazón, nos va a moler los huesos uno a uno.

Valka intercambió una mirada rápida con el elfo oscuro. Una chispa de algo que no logré descifrar cruzó sus ojos.

—Tengo una, pero no te va a gustar, clériga —dijo Valka, envainando una de sus espadas y apretando la empuñadura de la otra—. Elfa, necesito que embistas a esa criatura con tu magia de luz. Tan fuerte como sea posible. No sé si esa cosa ve como nosotros lo hacemos, pero necesito que, ya sea con el resplandor o con el golpe físico, la aturdas por un momento. Aprovecha que Ulm y Einar siguen desgastando su guardia.

La duelista se volvió hacia Raven. Su voz bajó de tono, cargada de una familiaridad que me hizo fruncir el ceño.

—Titiritero… dame una daga.

Raven soltó una risa queda, un sonido seco que se perdió bajo el repique de la campana. Sin decir palabra, llevó su mano derecha hacia su propio pecho, hundiendo los dedos en la tela de su túnica. Con un gesto fluido, extrajo una cantidad generosa de su propia sangre, que se arremolinó en el aire antes de solidificarse en una daga de cristal carmesí, afilada como un pecado. Se la tendió a Valka con una reverencia burlona.

—Aelnora, tú distraes mientras yo clavo esto en ese corazón —continuó Valka, probando el peso de la daga de sangre—. Intentaré deslizarme debajo de esa cúpula de carne. Si llego al badajo, se acabó el juego.

—¡Valka, no! —exclamé, sintiendo un nudo en el estómago—. Si esa cosa llega a sonar con todo su poder mientras estás ahí abajo…

—Todos sus órganos podrían estallar —completó Raven con una frialdad técnica que me dio escalofríos—. La presión sónica en el interior de la campana es diez veces superior a la que sentimos aquí fuera. Se convertiría en una bolsa de carne picada en un segundo.

Miré a Raven con horror, esperando que detuviera la locura de su compañera, pero él solo mantenía la daga extendida.

—¿Pero tienes alguna otra idea, luz de mi vida? —preguntó Raven, mirándome con sus ojos negros vacíos de piedad.

Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra. No la tenía. El clero me había enseñado a rezar y a curar, pero no a enfrentar instrumentos de tortura vivientes que devoraban granadas y fuego. Valka se puso en posición, flexionando las rodillas como una depredadora lista para el salto.

—Vamos, mi pequeña marioneta —dijo Raven de repente, y ante mi absoluta estupefacción, le dio una nalgada sonora a Valka—. Tú puedes hacerlo. Muéstrales de qué estás hecha.

Me quedé helada. La interacción fue tan cruda, tan fuera de lugar en medio de aquel campo de muerte, que por un segundo el monstruo dejó de ser la cosa más extraña en el valle. Valka ni siquiera se quejó; solo soltó una risa ronca y se lanzó hacia adelante.

—Está bien —murmuré para mí misma, tratando de recuperar la compostura—. Parece más seguro correr contra ese demonio que preguntar qué mierda está pasando entre ustedes dos.

Cerré los puños, dejando que la luz de la Diosa fluyera por mis venas hasta que mis manos brillaron con la intensidad de dos soles pequeños. Corrí. Corrí con el peso de mi armadura y el miedo mordiéndome los talones, hasta que estuve a pocos metros de la base de madera de la criatura.

—¡LUX MAXIMA! —rugí, liberando la energía en un estallido cegador.

La luz blanca envolvió al monstruo, obligando a las caras a cerrar sus cuencas vacías y a soltar un alarido de confusión. En ese mismo instante, Einar y Ulm lanzaron el ataque coordinado. El lobo saltó sobre un flanco y el gigante descargó su pico sobre otro. Los golpes sonaron secos, brutales. Valka, que corría tras mi estela, se barrió por el suelo con la agilidad de una serpiente, buscando posicionarse bajo el borde de carne del demonio.

Mi corazón se detuvo cuando vi lo que sucedió a continuación. Una de las bocas inferiores del monstruo, una que parecía apenas una cicatriz en la piel de la campana, se abrió con una elasticidad imposible. Antes de que Valka pudiera clavar la daga de Raven en el corazón-badajo, la boca se expandió y se la tragó por completo.

—¡Mierda! ¡NOOOOOOOOOO! —grité, lanzándome hacia adelante, olvidando mi propia seguridad.

Ulm, al ver a su amiga desaparecer, entró en un frenesí de pura rabia. Lanzó una ráfaga desesperada de golpes laterales que finalmente lograron lo que parecía imposible: una de las patas de madera crujió y se partió por la mitad. La campana se desbalanceó violentamente, inclinándose hacia un lado. Einar, en su forma de lobo, aprovechó la caída; saltó y se aferró con los colmillos a una de las caras centrales mientras rasguñaba otras con sus garras de sombra. El monstruo emitió un grito que no era sónico, sino de dolor puro, un sonido que vibró en la tierra misma.

Entonces, la voz de Ulm retumbó por todo el valle, cargada de sorpresa.

—¡Aeris! ¡¿Qué haces?!

Me giré para ver a la pequeña artífice. Ya no estaba en shock. Corría hacia el monstruo con una determinación feroz, sosteniendo un vial de cristal oscuro en la mano. La criatura, en su agonía, abrió la boca principal para soltar un rayo carmesí, pero Aeris fue más rápida. Arrojó el vial directamente a las fauces del demonio. Justo antes de que la criatura pudiera tragarlo o disparar, el vial estalló en una nube densa de humo negro que envolvió la parte superior de la campana.

—¡Raven, AHORA! —escuché la voz de Aeris, firme y clara entre el humo.

Raven dio un paso al frente. Sus manos se movían con una furia contenida, trazando patrones en el aire que parecían desgarrar la realidad misma.

—Puedo sentirla… —masculló el elfo oscuro, con los ojos inyectados en sangre— ¡Y a él también!

Movió una mano hacia la derecha con un gesto brusco. De una de las bocas laterales de la campana, el cuerpo de Valka salió proyectado como si hubiera sido escupido por un volcán. Corrí para intentar atraparla, pero me detuve en seco al ver que su cuerpo no caía; flotaba, envuelto en un aura de hilos rojizos, bajo el control absoluto de Raven.

—Titiritero… —murmuré, sintiendo un escalofrío—. Ahora entiendo. Par de locos…

Un estruendo húmedo, como el de una fruta gigante siendo aplastada, resonó desde el interior de la campana mientras Raven cerraba el puño de su otra mano con una fuerza brutal. Un último grito agónico, compuesto por las mil voces de las caras atrapadas, subió hacia el cielo de plomo y se apagó de golpe.

El humo negro empezó a disiparse. El cuerpo de la campana, ahora sin vida, colapsó sobre sus patas restantes con un ruido sordo de madera podrida y carne muerta.

—¡Aeris! ¡¿Dónde estás?! —gritó Ulm, buscando entre los restos.

La pequeña salió de detrás del cuerpo del monstruo. Estaba bañada de pies a cabeza en una sustancia espesa, oscura y maloliente. Parecía una aparición de las profundidades del abismo.

—¿Qué mierda pasa aquí? —preguntó Ulm, acercándose a ella con paso pesado, la preocupación grabada en su rostro rudo—. ¿Estás bien, pequeña? ¿Dónde te hirió?

Empezó a limpiar la sangre del rostro de Aeris con sus manos enormes, buscando heridas con una ternura que contrastaba con el horror de la escena.

—Tranquilo, osito —respondió Aeris con una sonrisa cansada, limpiándose los lentes—. Es sangre del corazón. Raven lo hizo estallar desde dentro. Solo estoy… un poco sucia.

—¿Cómo pasó? —pregunté, acercándome mientras ayudaba a Einar a ponerse de pie.

Aeris se encogió de hombros, mirando hacia Raven. —Raven fue tan amable de regalarme unos cuantos viales con su sangre antes de partir del Colmillo. Dijo que “podrían ser útiles”. Solo aproveché el humo, la luz de Aelnora y el caos para verter uno de ellos directo en el corazón cuando el monstruo estaba…¿se puede decir distraído?

Raven se acercó a nosotros, bajando suavemente el cuerpo de Valka al suelo. El elfo oscuro parecía exhausto, pero mantenía su máscara de indiferencia. —En cuanto mi sangre entró en contacto con el badajo, pude sentir el flujo del corazón —continuó él—. Convertí mi esencia a distancia en espinas que desgarraron el músculo desde el interior. Gracias a mi espina en el brazo de Valka, pude sentirla a ella, y a través de la conexión, supe dónde estaba exactamente dentro de ese vacío infinito. La saqué de allí justo antes de colapsar el órgano de la criatura maldita.

Aeris lo miró con una mezcla de sorpresa y algo parecido al respeto. —¿Entonces también puedes sentir mi sangre? —preguntó—. Me clavaste esa espina para parar la hemorragia de mi oído, pero… ¿puedes oírme?

Raven la miró de arriba abajo, con una chispa de malicia en los ojos. —Así es, pequeña. Pero descuida, no estaré escuchando lo que tu sangre susurra a menos que sea necesario. Lo prometo.

Un crujido de carne y hueso nos hizo girar la cabeza. Einar estaba regresando a su forma humana, con la piel cubierta de sudor y los ojos volviendo a su tono normal. Jadeó, apoyándose en su espada, y señaló los restos de la criatura con un gesto de asco.

—Miren nada más esa porquería —dijo, señalando a la campana.

La carne de la superficie antes tersa y aterradora, empezaba a pudrirse a una velocidad antinatural. Los rostros se deshacían en una pasta grisácea que desprendía un hedor a tumba abierta y metal oxidado. Einar se dobló y vomitó un humo espeso que se materializó rápidamente en Fenrir.

—Lo siento, compañero —murmuró el druida, acariciando el lomo del lobo—. Contigo dentro de mis sentidos, el olor es mil veces más fuerte.

Fenrir soltó un ruido de desaprobación, una especie de estornudo indignado, y se fue corriendo hacia Berg. El enorme karkadann empezaba a despertar, sacudiendo su cabeza masiva y emitiendo un gruñido confuso.

—¡Berg! ¡Estás vivo, grandullón! —Ulm y Aeris corrieron hacia la bestia, rodeándola con alegría.

Einar y yo nos quedamos observando a Raven. Él se había agachado para recoger el cuerpo aún inconsciente de Valka, cargándola en brazos con una facilidad pasmosa.

—Tranquilos, estará bien —dijo Raven, sin que se le pidiera explicación—. Siento su flujo sanguíneo; es fuerte, aunque algo errático. No sé qué vio o sintió allí dentro, en ese vacío de carne, pero sus pulmones están limpios. Solo necesita descansar.

Lo miré fijamente. Había algo en la forma en que la sostenía, algo que iba más allá del pragmatismo que siempre predicaba.

—¿Raven? —aventuré, cruzándome de brazos—. ¿Hay algo entre ustedes dos? Algo… real.

Raven me devolvió una mirada llena de una calma absoluta, una que me hizo sentir repentinamente ingenua. —Si por “real” te refieres a sexo, fetiches y experimentos de los que definitivamente no quieres saber los detalles, entonces sí, Aelnora. Hay mucho de eso.

—Vaya —dijo Einar, soltando una risa corta y seca—. Eso es… perturbador. Pero de algún modo, viniendo de ustedes dos, tiene todo el sentido del mundo.

—Tranquilo, cielo… no me olvidaré de ti tan fácil —susurró Valka de repente. Sus ojos estaban entreabiertos y una pequeña sonrisa burlona bailaba en sus labios mientras se acurrucaba en los brazos del elfo—. No dejes de cargarme… el suelo todavía se mueve.

Todos reímos, un sonido extraño y liberador que rompió la tensión de la muerte que nos había rodeado. Nos alejamos de la campana podrida y hacia pueblo vacío, dejando que el hedor de la oscuridad se quedara atrás. Teníamos un camino largo hacia Sombra del cuervo, pero al menos por hoy, el latido de la sangre había sido más fuerte que el de la desesperación.

(Narra Aelnora)

La noche en la taberna abandonada del pueblo fantasma fue extrañamente pacífica, a pesar de que el hedor de la carne podrida del demonio todavía se filtraba por las rendijas de las ventanas rotas. Habíamos encontrado un par de botellas de ron y whisky en el sótano, olvidadas por los antiguos dueños en su huida desesperada. Ese alcohol quemaba la garganta, pero fue el único bálsamo capaz de mantener el ánimo a flote y el calor en los huesos después de haber rozado la muerte de forma tan obscena.

Pasé gran parte de la madrugada velando a Valka. Estaba débil, su pulso era un hilo errático que Raven monitoreaba con una fijeza casi obsesiva, pero estaba consciente. Verla allí, respirando, después de haber sido engullida por esa masa de bronce y rostros agónicos, era un milagro que ni mi fe terminaba de procesar. El “Clamor de los Condenados”, como Aeris lo había bautizado entre susurros, casi nos arrebata a nuestra duelista.

Por la mañana, el sol apenas lograba perforar la bruma grisácea. El grupo se movió con la pesadez de quien lleva la guerra tatuada en la piel. Nos dirigimos al riachuelo cercano para asearnos como podíamos; el agua bajaba directamente de las cumbres, gélida y cristalina, cortando la piel como cuchillas de vidrio. Mojamos paños para limpiar el hollín, la sangre seca y la mugre de los rostros y brazos. Aproveché para curar raspones y golpes, aplicando pequeños destellos de luz en los hombros amoratados de Ulm y en los cortes que Einar lucía en los costados.

Estaba concentrada en vendar el brazo de Raven cuando el grito de Aeris rompió el murmullo del agua.

—¡Ulm! ¡No mires!

La pequeña artífice dio un brinco desesperado, intentando cubrir con sus manos pequeñas los ojos del gigante. Ulm, que estaba agachado lavándose la cara, se quedó congelado en el sitio, con el agua chorreando de su barba.

—Tranquila, pequeña… no vi nada —respondió el gigante con una voz ronca, tratando de mantener la compostura mientras Aeris forcejeaba con él.

Levanté la mirada hacia el centro del riachuelo y vi la causa del revuelo. Valka estaba allí, completamente desnuda, sumergida hasta la cintura en la corriente brava. Se pasaba un trapo por los hombros con una parsimonia insultante, ignorando el frío y la presencia de los hombres.

—Tranquila, Aeris —soltó Valka, su voz todavía cargada de una debilidad que intentaba ocultar con sarcasmo—. Al gigante no lo mueven mis caderas, lo mueven tus engranajes. Además, si esa cosa te hubiera tragado a ti también, estarías igual que yo, tratando de quitarte el olor a tripas demoníacas de cada poro.

Ulm soltó un suspiro pesado, se puso en pie con la lentitud de una montaña y se dio la vuelta sin decir una palabra. Einar y Raven lo siguieron hacia la taberna, respetando el espacio de las mujeres, aunque Raven lanzó una última mirada de reojo que no era precisamente de desinterés científico.

Aeris soltó un bufido, soltando finalmente el rostro de Ulm antes de acercarse a la orilla del río.

—Eres una descarada, Valka —dijo Aeris, aunque su tono ya no era de enfado, sino de una resignación cansada—. Pero tienes razón. Esa mierda me bañó en sangre de pies a cabeza. Siento que, si no me restriego la piel con arena, nunca volveré a oler a pólvora y aceite.

Vi cómo la pequeña artífice se quitaba la ropa con movimientos decididos. Lavó sus prendas con cuidado en la orilla, frotando las manchas oscuras del corazón del monstruo contra las piedras planas, y luego las dejó extendidas al sol débil. Caminó hacia el centro más profundo, donde Valka la esperaba.

—Está helada… pero limpia —murmuró Aeris al sumergirse, soltando un escalofrío que la hizo encogerse de hombros.

Me quedé observándolas desde la orilla, con un paño limpio en mis manos. Eran un par muy extraño: la duelista curtida en mil tabernas y la genio de las explosiones que apenas empezaba a entender el peso de sus propios deseos. Valka me miró y me dedicó una sonrisa de lado, una que decía más de lo que sus palabras permitían.

—Disfruten su baño —les dije con una sonrisa suave—. Iré a ver que los hombres no se terminen el whisky antes de que partamos.

Regresé a la taberna, donde el ambiente era más sombrío. Los tres hombres estaban sentados alrededor de una mesa coja, compartiendo una botella que pasaba de mano en mano. Ulm levantó la vista en cuanto entré, con la preocupación grabada en sus facciones rudas.

—¿Cómo está Aeris? —preguntó.

—Desnuda en el río con Valka —respondí, caminando hacia ellos y extendiendo la mano—. Pasame una botella, “osito”.

Ulm soltó una carcajada profunda que hizo vibrar las paredes de madera podrida. —¡Eyyy! Solo mi pequeña artífice me llama así —dijo riendo, pero me tendió la botella con un gesto caballeroso—. Toma, clériga. Te la has ganado después de aguantar los gritos de ese demonio.

Bebí un largo trago. El líquido me quemó el pecho, recordándome que seguía viva. Pero el encanto del momento se rompió cuando Raven dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco.

—Si entienden que, si ese demonio nos atacó aquí, a mitad de camino… lo que podríamos encontrar en Sombra del Cuervo es mil veces peor, ¿verdad? —dijo el elfo oscuro, sus ojos negros fijos en el mapa que Einar había extendido—. Eso no fue un encuentro fortuito. Aztherath está marcando su territorio.

—Tranquilo, Raven —intervino Einar, poniendo una mano sobre el hombro del elfo—. Hacemos un buen equipo. Hemos pasado por Pinogris, por el templo y ahora por este pueblo. Podremos con lo que venga, sea un demonio o la propia bruja.

Raven lo miró durante un segundo largo, luego asintió y levantó su copa de nuevo. —Salud por eso, entonces. Por la supervivencia y por la estupidez de los que seguimos caminando hacia el fuego.

En ese momento, la puerta de la taberna se abrió y entraron Valka y Aeris. Ya estaban vestidas, aunque el cabello húmedo les caía sobre los hombros. Venían jugueteando entre ellas, Aeris tratando de darle un empujón a Valka mientras esta se burlaba de algún comentario que la pequeña había hecho en el río.

—Parece que se llevan cada vez mejor esas dos —comentó Ulm con una sonrisa de satisfacción.

Aeris se detuvo en seco y lo señaló con un dedo acusador, aunque sus ojos brillaban con diversión. —¡Ulm! ¡Si vuelves a ver su trasero, te sacaré un ojo con un perno de ballesta!

Ulm tosió, ahogándose con el ron, y soltó una risa nerviosa. —¡No vi nada! ¡Lo juro por mi pico de guerra!

—¡Calla y dame algo de beber! —exclamó Valka, arrebatándole la botella a Einar y sentándose en el banco con un suspiro de alivio.

Bebimos juntos una última ronda, compartiendo el calor de la hoguera improvisada en la chimenea de la taberna. No había celebraciones exageradas, solo la silenciosa aceptación de que el grupo se estaba forjando en algo más que una alianza de conveniencia. Éramos una manada, con todas nuestras grietas y secretos.

Antes de que el sol alcanzara el cenit, terminamos de cargar a las bestias. Dejamos atrás el pueblo fantasma, las cenizas de la iglesia y los restos putrefactos del “Clamor de los Condenados”. El camino hacia el norte se extendía ante nosotros, más frío y amenazante que nunca, pero por primera vez, el peso de la incertidumbre no se sentía tan insoportable.

Cabalgué al lado de Einar, mirando hacia el horizonte donde las montañas de Sombra del Cuervo empezaban a perfilarse como colmillos de piedra. Sabía que Raven tenía razón: lo peor estaba por venir. Pero mientras escuchaba las risas de Aeris y Valka a mis espaldas, me permití creer que, quizás, el amor y la rabia serían suficientes para sobrevivir a los demonios que nos esperaban en el orfanato.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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