Hierro y Sangre - Capítulo 109
- Inicio
- Todas las novelas
- Hierro y Sangre
- Capítulo 109 - Capítulo 109: Capítulo 109: Agua Fría y Acero Templado
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 109: Capítulo 109: Agua Fría y Acero Templado
(Narra Aelnora)
La noche en la taberna abandonada del pueblo fantasma fue extrañamente pacífica, a pesar de que el hedor de la carne podrida del demonio todavía se filtraba por las rendijas de las ventanas rotas. Habíamos encontrado un par de botellas de ron y whisky en el sótano, olvidadas por los antiguos dueños en su huida desesperada. Ese alcohol quemaba la garganta, pero fue el único bálsamo capaz de mantener el ánimo a flote y el calor en los huesos después de haber rozado la muerte de forma tan obscena.
Pasé gran parte de la madrugada velando a Valka. Estaba débil, su pulso era un hilo errático que Raven monitoreaba con una fijeza casi obsesiva, pero estaba consciente. Verla allí, respirando, después de haber sido engullida por esa masa de bronce y rostros agónicos, era un milagro que ni mi fe terminaba de procesar. El “Clamor de los Condenados”, como Aeris lo había bautizado entre susurros, casi nos arrebata a nuestra duelista.
Por la mañana, el sol apenas lograba perforar la bruma grisácea. El grupo se movió con la pesadez de quien lleva la guerra tatuada en la piel. Nos dirigimos al riachuelo cercano para asearnos como podíamos; el agua bajaba directamente de las cumbres, gélida y cristalina, cortando la piel como cuchillas de vidrio. Mojamos paños para limpiar el hollín, la sangre seca y la mugre de los rostros y brazos. Aproveché para curar raspones y golpes, aplicando pequeños destellos de luz en los hombros amoratados de Ulm y en los cortes que Einar lucía en los costados.
Estaba concentrada en vendar el brazo de Raven cuando el grito de Aeris rompió el murmullo del agua.
—¡Ulm! ¡No mires!
La pequeña artífice dio un brinco desesperado, intentando cubrir con sus manos pequeñas los ojos del gigante. Ulm, que estaba agachado lavándose la cara, se quedó congelado en el sitio, con el agua chorreando de su barba.
—Tranquila, pequeña… no vi nada —respondió el gigante con una voz ronca, tratando de mantener la compostura mientras Aeris forcejeaba con él.
Levanté la mirada hacia el centro del riachuelo y vi la causa del revuelo. Valka estaba allí, completamente desnuda, sumergida hasta la cintura en la corriente brava. Se pasaba un trapo por los hombros con una parsimonia insultante, ignorando el frío y la presencia de los hombres.
—Tranquila, Aeris —soltó Valka, su voz todavía cargada de una debilidad que intentaba ocultar con sarcasmo—. Al gigante no lo mueven mis caderas, lo mueven tus engranajes. Además, si esa cosa te hubiera tragado a ti también, estarías igual que yo, tratando de quitarte el olor a tripas demoníacas de cada poro.
Ulm soltó un suspiro pesado, se puso en pie con la lentitud de una montaña y se dio la vuelta sin decir una palabra. Einar y Raven lo siguieron hacia la taberna, respetando el espacio de las mujeres, aunque Raven lanzó una última mirada de reojo que no era precisamente de desinterés científico.
Aeris soltó un bufido, soltando finalmente el rostro de Ulm antes de acercarse a la orilla del río.
—Eres una descarada, Valka —dijo Aeris, aunque su tono ya no era de enfado, sino de una resignación cansada—. Pero tienes razón. Esa mierda me bañó en sangre de pies a cabeza. Siento que, si no me restriego la piel con arena, nunca volveré a oler a pólvora y aceite.
Vi cómo la pequeña artífice se quitaba la ropa con movimientos decididos. Lavó sus prendas con cuidado en la orilla, frotando las manchas oscuras del corazón del monstruo contra las piedras planas, y luego las dejó extendidas al sol débil. Caminó hacia el centro más profundo, donde Valka la esperaba.
—Está helada… pero limpia —murmuró Aeris al sumergirse, soltando un escalofrío que la hizo encogerse de hombros.
Me quedé observándolas desde la orilla, con un paño limpio en mis manos. Eran un par muy extraño: la duelista curtida en mil tabernas y la genio de las explosiones que apenas empezaba a entender el peso de sus propios deseos. Valka me miró y me dedicó una sonrisa de lado, una que decía más de lo que sus palabras permitían.
—Disfruten su baño —les dije con una sonrisa suave—. Iré a ver que los hombres no se terminen el whisky antes de que partamos.
Regresé a la taberna, donde el ambiente era más sombrío. Los tres hombres estaban sentados alrededor de una mesa coja, compartiendo una botella que pasaba de mano en mano. Ulm levantó la vista en cuanto entré, con la preocupación grabada en sus facciones rudas.
—¿Cómo está Aeris? —preguntó.
—Desnuda en el río con Valka —respondí, caminando hacia ellos y extendiendo la mano—. Pasame una botella, “osito”.
Ulm soltó una carcajada profunda que hizo vibrar las paredes de madera podrida. —¡Eyyy! Solo mi pequeña artífice me llama así —dijo riendo, pero me tendió la botella con un gesto caballeroso—. Toma, clériga. Te la has ganado después de aguantar los gritos de ese demonio.
Bebí un largo trago. El líquido me quemó el pecho, recordándome que seguía viva. Pero el encanto del momento se rompió cuando Raven dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco.
—Si entienden que, si ese demonio nos atacó aquí, a mitad de camino… lo que podríamos encontrar en Sombra del Cuervo es mil veces peor, ¿verdad? —dijo el elfo oscuro, sus ojos negros fijos en el mapa que Einar había extendido—. Eso no fue un encuentro fortuito. Aztherath está marcando su territorio.
—Tranquilo, Raven —intervino Einar, poniendo una mano sobre el hombro del elfo—. Hacemos un buen equipo. Hemos pasado por Pinogris, por el templo y ahora por este pueblo. Podremos con lo que venga, sea un demonio o la propia bruja.
Raven lo miró durante un segundo largo, luego asintió y levantó su copa de nuevo. —Salud por eso, entonces. Por la supervivencia y por la estupidez de los que seguimos caminando hacia el fuego.
En ese momento, la puerta de la taberna se abrió y entraron Valka y Aeris. Ya estaban vestidas, aunque el cabello húmedo les caía sobre los hombros. Venían jugueteando entre ellas, Aeris tratando de darle un empujón a Valka mientras esta se burlaba de algún comentario que la pequeña había hecho en el río.
—Parece que se llevan cada vez mejor esas dos —comentó Ulm con una sonrisa de satisfacción.
Aeris se detuvo en seco y lo señaló con un dedo acusador, aunque sus ojos brillaban con diversión. —¡Ulm! ¡Si vuelves a ver su trasero, te sacaré un ojo con un perno de ballesta!
Ulm tosió, ahogándose con el ron, y soltó una risa nerviosa. —¡No vi nada! ¡Lo juro por mi pico de guerra!
—¡Calla y dame algo de beber! —exclamó Valka, arrebatándole la botella a Einar y sentándose en el banco con un suspiro de alivio.
Bebimos juntos una última ronda, compartiendo el calor de la hoguera improvisada en la chimenea de la taberna. No había celebraciones exageradas, solo la silenciosa aceptación de que el grupo se estaba forjando en algo más que una alianza de conveniencia. Éramos una manada, con todas nuestras grietas y secretos.
Antes de que el sol alcanzara el cenit, terminamos de cargar a las bestias. Dejamos atrás el pueblo fantasma, las cenizas de la iglesia y los restos putrefactos del “Clamor de los Condenados”. El camino hacia el norte se extendía ante nosotros, más frío y amenazante que nunca, pero por primera vez, el peso de la incertidumbre no se sentía tan insoportable.
Cabalgué al lado de Einar, mirando hacia el horizonte donde las montañas de Sombra del Cuervo empezaban a perfilarse como colmillos de piedra. Sabía que Raven tenía razón: lo peor estaba por venir. Pero mientras escuchaba las risas de Aeris y Valka a mis espaldas, me permití creer que, quizás, el amor y la rabia serían suficientes para sobrevivir a los demonios que nos esperaban en el orfanato.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com