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Hierro y Sangre - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 El Jabalí Ciego
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11: Capítulo 11: El Jabalí Ciego 11: Capítulo 11: El Jabalí Ciego Empujé la puerta de roble pesado de la taberna.

El ruido me golpeó primero.

Una pared sólida de risas, gritos, el entrechocar de jarras de estaño y música de laúd desafinada.

Luego vino el olor: cerveza rancia, sudor de cien hombres y carne asada demasiado hecha.

En mi vida anterior, como Clériga, habría entrado aquí arrugando la nariz, envuelta en mi capa blanca, buscando un rincón limpio y juzgando a los borrachos en silencio.

Hoy, entré como si fuera la dueña del lugar.

Mi bota golpeó el suelo de madera manchada.

La puerta se cerró detrás de mí, cortando el viento helado.

Me detuve un momento para dejar que mis ojos se adaptaran a la penumbra iluminada por velas de sebo y una gran chimenea central.

Mi altura siempre llamaba la atención.

Una elfa de casi dos metros no pasa desapercibida.

Pero esta vez, las miradas eran diferentes.

Un grupo de comerciantes cerca de la entrada se calló al instante.

Sus ojos recorrieron las escamas negras de mi armadura, el cuero ajustado a mis músculos y, finalmente, se detuvieron en la cabeza brutal de Venganza colgando en mi cadera.

No vieron a una dama exótica.

Vieron a un depredador.

Apartaron la mirada rápidamente, volviendo a sus bebidas con un nerviosismo palpable.

Sonreí para mis adentros.

El miedo es una moneda mucho más útil que el respeto.

Escaneé la sala.

“El Jabalí Ciego” estaba lleno hasta los topes.

Mercenarios buscando contrato, granjeros gastando sus ganancias del mercado y viajeros de paso.

Vi a Einar en una mesa al fondo, en la zona de sombras, lejos del fuego principal.

Estaba sentado de espaldas a la pared, con una jarra frente a él y la capucha ligeramente bajada, pero sus ojos estaban fijos en la entrada.

Fijos en mí.

Caminé hacia él, abriéndome paso entre la multitud.

Un borracho se tambaleó en mi camino, derramando cerveza.

—Oye, preciosa, ¿por qué no…

—empezó a decir, estirando una mano sucia hacia mi brazo.

No me detuve.

Simplemente giré el hombro, dejando que la hombrera de cuero endurecido chocara contra su pecho.

El hombre salió despedido hacia atrás como si lo hubiera atropellado un carro, cayendo sobre una mesa vacía con un estruendo de madera rota.

El silencio se extendió en un radio de cinco metros.

Seguí caminando.

Llegué a la mesa de Einar y me dejé caer en la silla de madera frente a él.

La silla crujió bajo mi peso y el de mi equipo.

Einar tenía una media sonrisa en el rostro, esa expresión cínica y divertida que empezaba a caerme bien.

—Discreta —comentó, dando un sorbo a su cerveza.

—Nadie me tocó —respondí, quitándome los guantes nuevos y dejándolos sobre la mesa—.

Eso es discreción para mí.

Einar bajó la jarra y miró mi cintura.

—Eso no es una maza —observó, señalando el mango de Venganza.

—No —dije, apoyando la mano sobre la empuñadura—.

Es un martillo de guerra.

Tiene un pico en el reverso para abrir latas.

—Latas imperiales —adivinó él en voz baja.

—Latas imperiales —confirmé.

Einar asintió, aprobando el cambio.

Luego, su expresión se volvió seria.

Se inclinó hacia adelante, bajando la voz hasta que apenas fue un susurro audible sobre el ruido de la taberna.

—No pidas nada de comer todavía.

Tenemos compañía interesante.

Movió los ojos sutilmente hacia la izquierda, hacia un reservado semicircular cerca de la chimenea.

—Mesa grande.

Seis hombres.

Por suerte no les llamó la atención tu entrada triunfal.

No llevan uniformes, van vestidos como escoltas de caravana, pero mira sus botas.

Y mira cómo se sientan.

Giré la cabeza disimuladamente, fingiendo buscar a una camarera.

Eran seis.

Corpulentos.

Ruidosos.

Estaban bebiendo vino caro, no la cerveza que sabía a orines que le servían al resto.

Llevaban ropa de cuero común, pero Einar tenía razón.

Sus botas eran militares, con suelas reforzadas idénticas a las huellas que habíamos visto en el barro.

Y se sentaban rectos, con esa rigidez en la espalda que el ejército te graba a golpes.

—Soldados —murmuré, volviendo a mirar a Einar .

—Desertores, quizás.

O soldados en misión encubierta —corrigió él—.Por lo que escuche de las camareras, llevan aquí una hora.

Han estado hablando alto porque creen que nadie en este agujero les presta atención.

—¿Qué has oído?

Einar tamborileó los dedos sobre la mesa.

—Hablan de una carga.

Algo pesado que recogieron en el oeste y que tienen que llevar al Paso del Grifo antes de la luna nueva.

El oeste.

De donde veníamos.

—Una carga —sentí que mi pulso se aceleraba—.

No tengo idea de que podría ser, no recuerdo misiones de recolección en esta zona ¿Está aquí?

¿En el pueblo?

—No.

Dijeron que la “carreta principal” ya salió.

Ellos son la retaguardia.

Se quedaron para…

“limpiar cabos sueltos” y disfrutar de la paga extra.

Apreté los puños bajo la mesa.

«Limpiar cabos sueltos».

Eso significaba quemar pueblos y matar testigos.

Esos hombres eran los que habían masacrado a las familias.

—¿Saben que estamos aquí?

—pregunté.

—No.

Creen que moriste en el bosque.

Y a mí no me conocen.

Para ellos, somos fantasmas.

Uno de los hombres de la mesa grande se levantó.

Era enorme, calvo, con una cicatriz que le cruzaba la nariz.

Se rió de algo que dijo un compañero y golpeó la mesa con un puño, haciendo saltar las jarras.

—¡Por la “Dama Silenciosa”!

—gritó el hombre, brindando al aire—.

¡Que se pudra en la nieve junto con su estúpida maza!

Sus compañeros de mesa estallaron en carcajadas.

El mundo se volvió rojo por un segundo.

La “Dama Silenciosa”.

Así me llamaban en los informes.

Einar puso su mano sobre la mía, inmovilizándola antes de que pudiera agarrar a Venganza.

—Aelnora —advirtió, sus ojos negros clavados en los míos—.

Si atacas ahora, alertarás a la caravana principal.

Se esfumarán.

Necesitamos saber la ruta exacta.

Necesitamos saber quién los comanda, podrían estar relacionados con lo que te sucedió.

Respiré hondo, forzando al aire a entrar en mis pulmones ardientes.

Tenía razón.

Matarlos ahora sería satisfactorio, pero sería un error táctico.

—¿Cuál es el plan?

—siseé entre dientes.

—El bocazas calvo va a salir a mear en cualquier momento.

Ha bebido tres jarras —dijo Einar con frialdad—.

Lo seguimos al callejón.

Le hacemos unas preguntas.

Y luego…

Einar miró mi nuevo martillo.

—Luego puedes estrenar tu juguete.

Asentí lentamente.

La furia fría se asentó en mi estómago, más pesada y útil que la ira caliente.

—Me gusta el plan.

Esperamos.

Cinco minutos.

Diez.

Parecieron horas.

Finalmente, el hombre calvo se puso de pie, tambaleándose ligeramente, y se dirigió hacia la puerta trasera que daba al patio de los establos.

Einar se levantó al instante, dejando unas monedas en la mesa.

—Vamos.

Lo seguí, pero no hacia la sala común donde el ruido de los soldados y el entrechocar de jarras llenaban el aire.

Einar se desvió hacia un pasillo estrecho que olía a grasa vieja y leña húmeda, guiándome hacia la salida trasera.

Me moví con cuidado, esperando instintivamente el habitual chirrido del metal contra el metal, el peso ruidoso de las placas que siempre anunciaba mi llegada antes de que yo apareciera.

Pero no hubo nada.

El cuero crujió suavemente, un susurro apenas audible que se perdió bajo el bullicio lejano de la taberna.

Salimos a la noche helada, cerrando la puerta con suavidad tras nosotros.

La oscuridad del callejón me envolvió y, por primera vez, no sentí la necesidad de brillar ni de imponer mi presencia con el emblema del sol.

Mi cuerpo se sentía ligero, rápido.

Antes marchaba para ser vista, para ser un estandarte; ahora, mientras nos deslizábamos entre las sombras lejos de las miradas curiosas, empezaba a entender lo que significaba ser un fantasma.

Caminamos por el callejón trasero.

Estaba oscuro, olía a orina y nieve sucia.

El hombre calvo estaba apoyado contra la pared, aliviándose, tarareando una canción de marcha.

Einar sacó su cuchillo, moviéndose en las sombras como si fuera parte de ellas.

Yo no me escondí.

Caminé hacia el centro del callejón, haciendo crujir la nieve bajo mis botas nuevas.

El hombre se giró, subiéndose los pantalones apresuradamente.

—¿Qué diablos…?

—Entrecerró los ojos, mirándome—.

¿Quién eres tú?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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