Hierro y Sangre - Capítulo 110
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Capítulo 110: Capítulo 110: Muerte y Pactos
(Narra Einar)
El cambio en el camino no fue gradual; fue como cruzar una frontera invisible entre el mundo de los vivos y un reino de penitencia eterna. Dejamos atrás la nieve blanca de las laderas para hundirnos en un valle donde el invierno parecía haber sido sustituido por un otoño calcinado. No había pastura, ni el murmullo de agua corriendo, ni el rastro de una sola bestia de carga. Solo tierra grisácea, estéril, y una constante lluvia de ceniza fina que se adhería a nuestras ropas y nos llenaba los pulmones con un regusto a madera quemada y carne vieja.
Fenrir, que solía trotar a mi lado con una confianza salvaje, caminaba ahora con el lomo erizado, emitiendo gruñidos bajos que vibraban en mi propio pecho. Sus sentidos, mucho más afilados que los míos, detectaban una estática en el aire, una vibración de magia rancia que hacía que el vello de mis brazos se erizara.
Las pocas construcciones que quedaban en pie eran esqueletos negros, vigas de madera cuarteada que apuntaban al cielo como dedos acusadores. Algunos sótanos de piedra eran visibles bajo las ruinas, bocas oscuras que parecían observar nuestro avance. Era un pueblo calcinado hace años, y aun así, el cielo gris seguía escupiendo cenizas cálidas, flotando en el aire como si el incendio apenas hubiera terminado hace unos minutos. Sombra del Cuervo era, sin duda alguna, un lugar maldito, un rincón del mundo más cercano al infierno que a la tierra que conocíamos.
Llegamos a lo que debió ser la construcción más amplia del asentamiento, una estructura que se alzaba sobre una pequeña colina de ceniza. Entramos en las ruinas con las armas desenvainadas, sorteando escombros y restos de muebles que se deshacían al menor contacto. El lugar parecía haber sido un centro comunitario o un hospicio; tenía varias habitaciones pequeñas a los lados y un comedor comunal donde las mesas de roble estaban reducidas a carbón.
Al fondo, encontramos los restos de una capilla. El techo se había derrumbado casi por completo, permitiendo que la ceniza cayera directamente sobre un altar de piedra que, milagrosamente, permanecía intacto. Sobre él, se erguía una losa de piedra rugosa con una runa maldita dibujada en sangre seca. No era sangre vieja; brillaba con un matiz violáceo bajo la luz mortecina del día. Alguien —o algo— había profanado el lugar recientemente, renovando un pacto que no queríamos comprender.
Nadie se atrevió a tocar la roca. Incluso Ulm, que solía confiar en la fuerza bruta de su pico para resolver cualquier obstáculo, se quedó paralizado a dos metros del altar.
—Esa cosa… —murmuró el gigante, y vi cómo sus manos grandes temblaban ligeramente sobre el mango de su arma—. Esa piedra es el corazón de esta mierda, Einar. Siento la maldición emanando de ella como si fuera calor. Mi pico podría romperla, pero algo me dice que, si lo hago, lo que hay dentro se nos pegará a la piel para siempre.
Me negué a que la tocara. El solo hecho de mirar la runa enviaba un poderoso escalofrío a los huesos, una sensación de ser observado por mil ojos invisibles que susurraban promesas de agonía. Salimos de la capilla con paso rápido, sintiendo que el aire allí dentro se volvía irrespirable.
Seguimos recorriendo el lugar, habitación por habitación. Fuimos meticulosos, moviendo con cuidado los restos derrumbados de vigas de madera para evitar nuevos derrumbes. Mis manos se llenaron de hollín mientras buscaba cualquier rastro de la infancia de Ariadne o Círdan. No había nada. No encontramos juguetes rotos, ni restos de libros, ni cartas amarillentas. Todo se había perdido entre el fuego voraz y los saqueos que, seguramente, siguieron a la tragedia. El vacío era absoluto, una limpieza quirúrgica de la memoria que hacía que el lugar se sintiera aún más irreal.
Finalmente, en lo que parecía ser el despacho principal, encontramos una trampilla. Había permanecido oculta bajo los restos de una alfombra de lana a medio consumir, protegida por una capa de ceniza y escombros. Raven se acercó, arrodillándose para inspeccionar los bordes con sus dedos largos.
—Está sellada —dijo el elfo, y vi una chispa de curiosidad peligrosa en su mirada negra—. Pero no con una cerradura física. Hay un rastro de esencia vital aquí.
—Si hay algo útil en este agujero maldito, seguramente estará en ese sótano —dijo Valka, limpiando su daga en su falda con un gesto nervioso—. Arriba solo hay fantasmas y carbón. Necesitamos respuestas, y las respuestas suelen estar bajo tierra.
Miré a Aelnora, que sostenía su maza con una fuerza que hacía que sus nudillos blanquearan. Luego miré a Aeris; la pequeña artífice estaba inusualmente callada, pegada al costado de Ulm como si buscara refugio en su sombra. Mi instinto animal, el que compartía con el lobo que habitaba en mi interior, me gritaba que entrar ahí era una mala idea. El aroma que emanaba de las rendijas de la trampilla no era a humedad o a encierro; olía a sangre estancada y a una quietud que no pertenecía al mundo natural.
—Es una trampa, Einar —susurró Aelnora, acercándose a mí—. Lo sientes, ¿verdad? El aire aquí abajo es más pesado. Como si el sótano estuviera respirando.
—Lo sé —respondí, apretando la mandíbula—. Pero no hemos cabalgado hasta este cementerio para quedarnos mirando el suelo. Ariadne nació aquí, y el pacto con Aztherath debe tener sus raíces en lo más profundo de esta tierra.
Raven puso su mano sobre la argolla de hierro de la trampilla. Antes de tirar, me miró, esperando mi orden. Por un segundo, el silencio en la habitación fue tan denso que pude escuchar el latido del corazón de todos los presentes. Era un ritmo errático, cargado de la premonición de que, una vez que bajáramos esos escalones, el grupo que saldría no sería el mismo que entró.
—Ábrela —sentencié, aunque cada fibra de mi ser me pedía que diéramos media vuelta y quemáramos lo que quedaba de las ruinas.
Raven tiró. El sonido del metal oxidado chirriando contra la piedra fue como un grito que desgarró la calma sepulcral del pueblo. Una bocanada de aire gélido, cargado de un hedor metálico insoportable, subió desde la oscuridad, envolviéndonos. Bajamos las escaleras de piedra una a una, con las antorchas proyectando sombras grotescas que parecían bailar en las paredes húmedas.
Lo que encontramos abajo no era un simple almacén ni un sótano de suministros. Era un laberinto de pasillos estrechos, donde el techo era tan bajo que Ulm tenía que caminar casi a gatas. Las paredes estaban cubiertas de inscripciones en un lenguaje que hacía que mis ojos ardieran si intentaba leerlas demasiado tiempo.
—Miren esto —dijo Aeris, señalando una de las puertas de madera reforzada con hierro.
Entramos en una estancia amplia. Lo que vi me hizo sentir un asco que me revolvió el estómago. Había catres de hierro alineados, con correas de cuero que aún conservaban la forma de cuerpos pequeños. No era un orfanato; era una granja de almas. Había viales rotos en el suelo y restos de lo que parecían ser instrumentos quirúrgicos oxidados.
—Aquí es donde empezó todo —murmuró Raven, tocando una de las correas con una mezcla de fascinación y horror—. Aquí es donde Círdan y Ariadne dejaron de ser niños.
(Narra Einar)
En el centro de la sala, bajo una luz mortecina que parecía brotar de las propias piedras, una figura nos esperaba. No era un demonio, ni un soldado de la Inquisición. Era una proyección, una sombra, o quizás una consecuencia maldita de lo que había sucedido es ese lugar. La sombra levantó la vista y, aunque no tenía ojos, sentí cómo su mirada nos atravesaba, juzgándonos.
La figura sombría de la niña no atacó. En lugar de eso, comenzó a dar pequeños saltitos rítmicos por la habitación, esquivando los catres de hierro con una agilidad fantasmal. Sus pies no tocaban el suelo; se deslizaban sobre la capa de ceniza y polvo como si flotara en un sueño. Su voz, que antes en pequeños ruiditos, era un susurro múltiple, se aclaró en un tono infantil, casi dulce, que resultaba mil veces más aterrador en aquel lugar de tortura.
—Hace mucho que nadie me visita —dijo, deteniéndose junto a una de las correas de cuero rotas—. Los viajeros no suelen vagar por estos rumbos. Sombra del Cuervo es un lugar de finales, no de comienzos. Y los pocos que lo hacen… son gente mala. Venían con ojos codiciosos, tomaban cosas que no les pertenecían, piezas de madera, restos de metal… pero nadie baja aquí nunca. Nadie quiere ver lo que el fuego no pudo devorar.
Se detuvo en seco y su cabeza se inclinó en un ángulo antinatural, crujiendo como madera seca. Sus cuencas vacías se clavaron en nosotros y el aire de la habitación bajó varios grados de golpe.
—¿Por qué vienen? —Su voz empezó a corromperse, perdiendo la calidez infantil para transformarse en un rugido distorsionado, una mezcla de siseos demoníacos y el gruñido de una bestia herida—. ¿Vienen a robar algo de aquí? ¿O vienen a tomar algo más de mí? ¡¿Acaso no se han llevado ya suficiente?!
El grito final hizo que los viales rotos en el suelo vibraran y que las sombras de nuestras antorchas se alargaran, proyectando garras en las paredes. Ulm dio un paso al frente, con el pico de guerra listo, pero Aeris se adelantó. Su pequeña mano buscó el brazo del gigante y, con un gesto firme pero suave, le pidió que la dejara ir. Ulm dudó, sus músculos tensos como cuerdas de violín, pero finalmente cedió, dejando que la artífice caminara hacia el centro de la estancia.
Aeris se detuvo a pocos pasos de la sombra. No había miedo en su rostro, solo esa curiosidad analítica que la definía, mezclada con una compasión que me hizo temer por ella.
—No venimos a robar —dijo Aeris, su voz sonando clara y valiente en el silencio sepulcral del sótano—. Venimos a ayudarte.
La sombra se quedó un segundo en silencio absoluto. El tiempo pareció congelarse. La negrura que formaba su cuerpo dejó de agitarse, volviéndose sólida por un instante. La niña proyectada ladeó de nuevo la cabeza, observando a Aeris como si estuviera viendo un mecanismo que no lograba comprender.
—Ayudarme… —repitió la voz, ahora recuperando un rastro de humanidad, pero cargada de una tristeza infinita—. Eres linda. Tienes luz en los ojos y un aroma a aceite, me recuerda a los juguetes que él intentaba arreglar para mí. Eres muy amable… pero no necesito ayuda.
La sombra se desvaneció un poco, volviéndose translúcida.
—Nadie puede ayudar a lo que ya se entregó —continuó la niña, retrocediendo hacia la oscuridad de uno de los pasillos laterales—. Aztherath nunca hace devoluciones. Él guarda los latidos que yo ya no quiero.
No hay forma en que puedan ayudar, deberían correr. Deberían correr antes de que el latido se despierte. Porque cuando el hambre empiece, no importará lo buenos que sean… todos serán combustible.
Raven dio un paso al frente, con los dedos trazando una runa defensiva en el aire.
—¿Dónde está el nexo, niña? —preguntó el elfo, ignorando la advertencia—. ¿Dónde está la corrupción que alimenta este pacto?
La sombra soltó una risita cristalina que se convirtió en un sollozo.
—Está en todas partes y en ninguna. Está en la sangre de los que se quedaron y en la memoria de los que se fueron. Si quieren el pacto, busquen la base de la torre del orfanato. Pero tengan cuidado… la bruja no deja que nadie toque sus cicatrices sin arrancarles las manos primero.
El silencio que siguió a sus palabras fue tan denso que casi se podía tocar. Valka, que había permanecido con la mano en la empuñadura de su espada, dio un paso al frente. Su rostro, habitualmente endurecido por el cinismo, mostraba una grieta de duda. Miró a la pequeña figura que flotaba entre los catres, una mancha de negrura que no terminaba de encajar en este mundo.
—¿Quién eres, niña? —preguntó Valka, y su voz no tenía el filo habitual, sino una nota de extraña vulnerabilidad.
La sombra se detuvo. Dejó de dar saltitos y se quedó completamente inmóvil, ladeando la cabeza. Levantó sus manitas sombrías, acercándolas a lo que debería ser su rostro, analizándolas como si fueran objetos extraños que acabara de encontrar en un desván olvidado. Los bordes de sus dedos se deshacían en jirones de humo negro que volvían a integrarse en sus palmas.
—No soy una niña —respondió la proyección, y su voz sonó como el susurro del viento pasando por una tumba—. Creo que alguna vez lo fui. Hace mucho, cuando el sol no quemaba y el pan no sabía a ceniza. No sé qué soy ahora… un eco, quizás. Un despojo de algo que Aztherath no quiso devorar porque estaba demasiado amargo.
Aeris dio un paso más, ignorando el tirón de advertencia de Ulm en su hombro. Sus ojos brillaban con una tristeza que parecía iluminar la estancia.
—¿Sabes quién eres? —insistió Aeris, su voz quebrándose ligeramente—. ¿O quién fuiste antes de que este lugar se convirtiera en un cementerio?
La sombra soltó una risita cristalina, un sonido que en cualquier otro lugar habría sido encantador, pero que aquí abajo nos hizo apretar los dientes. Se giró hacia Aeris, y por un instante, la negrura de sus cuencas pareció brillar con una inteligencia antigua y maliciosa.
—Claro, tontina —respondió la sombra, y el aire de la habitación vibró con una frecuencia que nos revolvió el estómago. Se llevó un dedo sombrío a los labios en un gesto de complicidad—. Soy Ariadne. ¿Quién más podría ser?
Soltó otra risita, una que esta vez se transformó en un eco múltiple que rebotó en las paredes del sótano. La revelación nos golpeó como un impacto físico. No estábamos ante el fantasma de una víctima, sino ante un fragmento de la conciencia de la mujer que nos cazaba, una parte de ella que se había quedado atrapada en el momento de su propia ruptura.
—¿Ariadne? —balbuceó Aelnora, retrocediendo y alzando su arma como si fuera un escudo—. Entonces todo esto… las voces, los saltos… ¿es un juego para ti?
La sombra de la niña empezó a desvanecerse, disolviéndose en una espiral de ceniza negra que fue absorbida por las grietas del suelo, justo debajo de uno de los catres de hierro.
—Todo es un juego cuando el tiempo ya no existe —fue lo último que escuchamos, una frase que flotó en el aire gélido antes de desaparecer por completo.
El silencio regresó, pero esta vez era insoportable. Me volví hacia el grupo. Ulm tenía la mandíbula tan apretada que temí que se le rompieran los dientes. Aeris seguía mirando el lugar donde la sombra había desaparecido, con los hombros caídos. Raven, por su parte, tenía la mirada fija en el suelo, sus dedos moviéndose nerviosamente, como si estuviera recalculando cada variable de nuestro destino.
—A la torre —sentencié, rompiendo el hechizo de la revelación—. Si esa cosa es Ariadne, o lo que queda de su alma, el nexo tiene que estar donde ella dijo. No perdamos más tiempo en este agujero.
Salimos del sótano con la sensación de que mil ojos nos observaban desde las vigas carbonizadas.
Afuera, la ceniza seguía cayendo, cubriendo nuestras huellas mientras avanzábamos hacia la estructura que dominaba el horizonte: la torre del orfanato.
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