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Hierro y Sangre - Capítulo 111

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Capítulo 111: Capítulo 111: Inocencia perdida

(Narra Einar)

En el centro de la sala, bajo una luz mortecina que parecía brotar de las propias piedras, una figura nos esperaba. No era un demonio, ni un soldado de la Inquisición. Era una proyección, una sombra, o quizás una consecuencia maldita de lo que había sucedido es ese lugar. La sombra levantó la vista y, aunque no tenía ojos, sentí cómo su mirada nos atravesaba, juzgándonos.

La figura sombría de la niña no atacó. En lugar de eso, comenzó a dar pequeños saltitos rítmicos por la habitación, esquivando los catres de hierro con una agilidad fantasmal. Sus pies no tocaban el suelo; se deslizaban sobre la capa de ceniza y polvo como si flotara en un sueño. Su voz, que antes en pequeños ruiditos, era un susurro múltiple, se aclaró en un tono infantil, casi dulce, que resultaba mil veces más aterrador en aquel lugar de tortura.

—Hace mucho que nadie me visita —dijo, deteniéndose junto a una de las correas de cuero rotas—. Los viajeros no suelen vagar por estos rumbos. Sombra del Cuervo es un lugar de finales, no de comienzos. Y los pocos que lo hacen… son gente mala. Venían con ojos codiciosos, tomaban cosas que no les pertenecían, piezas de madera, restos de metal… pero nadie baja aquí nunca. Nadie quiere ver lo que el fuego no pudo devorar.

Se detuvo en seco y su cabeza se inclinó en un ángulo antinatural, crujiendo como madera seca. Sus cuencas vacías se clavaron en nosotros y el aire de la habitación bajó varios grados de golpe.

—¿Por qué vienen? —Su voz empezó a corromperse, perdiendo la calidez infantil para transformarse en un rugido distorsionado, una mezcla de siseos demoníacos y el gruñido de una bestia herida—. ¿Vienen a robar algo de aquí? ¿O vienen a tomar algo más de mí? ¡¿Acaso no se han llevado ya suficiente?!

El grito final hizo que los viales rotos en el suelo vibraran y que las sombras de nuestras antorchas se alargaran, proyectando garras en las paredes. Ulm dio un paso al frente, con el pico de guerra listo, pero Aeris se adelantó. Su pequeña mano buscó el brazo del gigante y, con un gesto firme pero suave, le pidió que la dejara ir. Ulm dudó, sus músculos tensos como cuerdas de violín, pero finalmente cedió, dejando que la artífice caminara hacia el centro de la estancia.

Aeris se detuvo a pocos pasos de la sombra. No había miedo en su rostro, solo esa curiosidad analítica que la definía, mezclada con una compasión que me hizo temer por ella.

—No venimos a robar —dijo Aeris, su voz sonando clara y valiente en el silencio sepulcral del sótano—. Venimos a ayudarte.

La sombra se quedó un segundo en silencio absoluto. El tiempo pareció congelarse. La negrura que formaba su cuerpo dejó de agitarse, volviéndose sólida por un instante. La niña proyectada ladeó de nuevo la cabeza, observando a Aeris como si estuviera viendo un mecanismo que no lograba comprender.

—Ayudarme… —repitió la voz, ahora recuperando un rastro de humanidad, pero cargada de una tristeza infinita—. Eres linda. Tienes luz en los ojos y un aroma a aceite, me recuerda a los juguetes que él intentaba arreglar para mí. Eres muy amable… pero no necesito ayuda.

La sombra se desvaneció un poco, volviéndose translúcida.

—Nadie puede ayudar a lo que ya se entregó —continuó la niña, retrocediendo hacia la oscuridad de uno de los pasillos laterales—. Aztherath nunca hace devoluciones. Él guarda los latidos que yo ya no quiero.

No hay forma en que puedan ayudar, deberían correr. Deberían correr antes de que el latido se despierte. Porque cuando el hambre empiece, no importará lo buenos que sean… todos serán combustible.

Raven dio un paso al frente, con los dedos trazando una runa defensiva en el aire.

—¿Dónde está el nexo, niña? —preguntó el elfo, ignorando la advertencia—. ¿Dónde está la corrupción que alimenta este pacto?

La sombra soltó una risita cristalina que se convirtió en un sollozo.

—Está en todas partes y en ninguna. Está en la sangre de los que se quedaron y en la memoria de los que se fueron. Si quieren el pacto, busquen la base de la torre del orfanato. Pero tengan cuidado… la bruja no deja que nadie toque sus cicatrices sin arrancarles las manos primero.

El silencio que siguió a sus palabras fue tan denso que casi se podía tocar. Valka, que había permanecido con la mano en la empuñadura de su espada, dio un paso al frente. Su rostro, habitualmente endurecido por el cinismo, mostraba una grieta de duda. Miró a la pequeña figura que flotaba entre los catres, una mancha de negrura que no terminaba de encajar en este mundo.

—¿Quién eres, niña? —preguntó Valka, y su voz no tenía el filo habitual, sino una nota de extraña vulnerabilidad.

La sombra se detuvo. Dejó de dar saltitos y se quedó completamente inmóvil, ladeando la cabeza. Levantó sus manitas sombrías, acercándolas a lo que debería ser su rostro, analizándolas como si fueran objetos extraños que acabara de encontrar en un desván olvidado. Los bordes de sus dedos se deshacían en jirones de humo negro que volvían a integrarse en sus palmas.

—No soy una niña —respondió la proyección, y su voz sonó como el susurro del viento pasando por una tumba—. Creo que alguna vez lo fui. Hace mucho, cuando el sol no quemaba y el pan no sabía a ceniza. No sé qué soy ahora… un eco, quizás. Un despojo de algo que Aztherath no quiso devorar porque estaba demasiado amargo.

Aeris dio un paso más, ignorando el tirón de advertencia de Ulm en su hombro. Sus ojos brillaban con una tristeza que parecía iluminar la estancia.

—¿Sabes quién eres? —insistió Aeris, su voz quebrándose ligeramente—. ¿O quién fuiste antes de que este lugar se convirtiera en un cementerio?

La sombra soltó una risita cristalina, un sonido que en cualquier otro lugar habría sido encantador, pero que aquí abajo nos hizo apretar los dientes. Se giró hacia Aeris, y por un instante, la negrura de sus cuencas pareció brillar con una inteligencia antigua y maliciosa.

—Claro, tontina —respondió la sombra, y el aire de la habitación vibró con una frecuencia que nos revolvió el estómago. Se llevó un dedo sombrío a los labios en un gesto de complicidad—. Soy Ariadne. ¿Quién más podría ser?

Soltó otra risita, una que esta vez se transformó en un eco múltiple que rebotó en las paredes del sótano. La revelación nos golpeó como un impacto físico. No estábamos ante el fantasma de una víctima, sino ante un fragmento de la conciencia de la mujer que nos cazaba, una parte de ella que se había quedado atrapada en el momento de su propia ruptura.

—¿Ariadne? —balbuceó Aelnora, retrocediendo y alzando su arma como si fuera un escudo—. Entonces todo esto… las voces, los saltos… ¿es un juego para ti?

La sombra de la niña empezó a desvanecerse, disolviéndose en una espiral de ceniza negra que fue absorbida por las grietas del suelo, justo debajo de uno de los catres de hierro.

—Todo es un juego cuando el tiempo ya no existe —fue lo último que escuchamos, una frase que flotó en el aire gélido antes de desaparecer por completo.

El silencio regresó, pero esta vez era insoportable. Me volví hacia el grupo. Ulm tenía la mandíbula tan apretada que temí que se le rompieran los dientes. Aeris seguía mirando el lugar donde la sombra había desaparecido, con los hombros caídos. Raven, por su parte, tenía la mirada fija en el suelo, sus dedos moviéndose nerviosamente, como si estuviera recalculando cada variable de nuestro destino.

—A la torre —sentencié, rompiendo el hechizo de la revelación—. Si esa cosa es Ariadne, o lo que queda de su alma, el nexo tiene que estar donde ella dijo. No perdamos más tiempo en este agujero.

Salimos del sótano con la sensación de que mil ojos nos observaban desde las vigas carbonizadas.

Afuera, la ceniza seguía cayendo, cubriendo nuestras huellas mientras avanzábamos hacia la estructura que dominaba el horizonte: la torre del orfanato.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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