Hierro y Sangre - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 Rango y traición
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12: Capítulo 12: Rango y traición 12: Capítulo 12: Rango y traición El hombre parpadeó y el alcohol pareció evaporarse de su sangre en un instante, reemplazado por un terror sobrio y puro.
Retrocedió un paso, sus botas resbalando en la nieve sucia del callejón.
—¿Capitán?
—graznó.
Sus ojos estaban desorbitados, escaneando mi rostro, buscando las cicatrices, buscando a la mujer muerta que se suponía debía estar pudriéndose bajo los pinos—.
Pero…
el informe…
dijeron que la gigante había caído.
Apreté el mango de Venganza.
La palabra “Capitán” me supo a ceniza.
Sonaba a otra vida, a una mujer que creía en órdenes y banderas.
—El informe estaba equivocado —dije, mi voz tan fría como el acero que colgaba de mi mano—.
Y tú también lo estás si crees que vas a salir de este callejón caminando.
Di un paso hacia él.
El hombre vio el martillo, vio el pico cruel diseñado para perforar placas, y el pánico le ganó la partida.
—¡Yo no sabía nada!
—chilló, girando sobre sus talones para huir hacia la salida del callejón.
Fue un error.
Einar emergió de las sombras como si la propia oscuridad lo hubiera escupido.
No sacó un arma; no la necesitaba.
Simplemente plantó su bota en el pecho del hombre cuando este intentó pasar, empujándolo con fuerza bruta hacia atrás.
El calvo tropezó y cayó de culo en el barro, jadeando.
Einar se inclinó sobre él, jugando con un cuchillo corto entre sus dedos, haciendo que la hoja capturara la poca luz de la luna.
—Habla, perro —dijo el cazador con una calma que daba más miedo que cualquier grito—.
Y quizá logre convencer a mi amiga de dejarte ir solo con una pierna rota.
El hombre miró a Einar, luego me miró a mí, que me cernía sobre él bloqueando la única otra salida.
Se dio cuenta de que estaba atrapado entre el cazador y la bestia.
—Tus ratas me robaron algo valioso —gruñí, agachándome para quedar a la altura de su rostro.
Dejé que la cabeza del martillo cayera pesadamente en la nieve, a centímetros de sus dedos—.
Dime dónde está.
El hombre tragó saliva, temblando visiblemente.
—¿La prueba…?
¿El anillo?
¿Esa baratija?
—balbuceó—.
No lo tenemos nosotros.
¡Lo juro por los Dioses!
—Tus dioses no están aquí —le corté—.
¿Quién lo tiene?
—La unidad de avanzada —escupió las palabras rápidamente, desesperado—.
Los Mercenarios Marcados.
Se llevaron la carga en la carreta blindada y tu anillo hace unas horas.
Tienen órdenes de cruzar el Paso del Grifo antes del amanecer y entregar el paquete en la Fortaleza de Hielo.
Entrecerré los ojos.
¿La Fortaleza de Hielo?
Eso estaba en territorio neutral, casi en la frontera con las Tierras Muertas.
¿Por qué la Corona querría llevar una carga allí?
—¿Quién comanda la unidad?
¿Qué planean?
—preguntó Einar desde atrás.
El hombre dudó un segundo.
Levanté a Venganza unos centímetros.
—¡El comandante Varic!
—gritó, cubriéndose la cara con las manos—.
¡Varic lidera la caravana!
Sentí como si me hubieran echado un cubo de agua helada encima.
Varic.
Mi mentor.
El hombre que me había enseñado a blandir una maza.
El hombre que me había jurado lealtad al Templo.
La traición no era solo institucional.
Era personal.
—Varic…
—susurré.
La furia caliente se convirtió en algo sólido y pesado en mi estómago.
El hombre en el suelo me miró, viendo cómo mi expresión cambiaba de interrogadora a verdugo, y las palabras empezaron a salir de su boca en un torrente incontrolable.
—¡Sí!
Varic…
Él pagó para que te mataran.
Tu misión en el bosque era falsa, una trampa para que te emboscaran.
Le estorbas…
La carga que llevan son armas de contrabando para la rebelión.
Quieren armarlos para que parezcan peligrosos y justificar un ataque directo de la Corona.
Dijo que tú…
que la Dama Silenciosa jamás permitiría algo así por honor…
¡Por favor!
Ya les dije todo…
—gimoteó—.
Déjenme ir.
Por favor, Capitán.
No diré nada.
Diré que me asaltaron unos ladrones.
Me puse de pie, mirando al hombre que alguna vez había sido mi subordinado.
Un hombre que había brindado por mi muerte hacía cinco minutos.
Miré a Einar.
Él no dijo nada.
Me dejó la decisión a mí.
Era mi guerra.
Era mi justicia.
—Dijiste una pierna rota, Einar —dije sin emoción.
—Lo dije.
Volví a mirar al hombre a los ojos.
—Te mentimos.
Levanté el martillo.
El crujido que siguió no fue de una pierna.
Y el silencio que cayó sobre el callejón después fue absoluto.
Limpié una mancha oscura del pico de Venganza con la nieve fresca.
—Varic —dije, probando el nombre como si fuera un veneno en mi lengua—.
Vamos a la Fortaleza de Hielo.
Einar guardó su cuchillo y miró el cuerpo sin vida a nuestros pies.
No había juicio en sus ojos, solo pragmatismo.
—Entonces será mejor que robemos unos caballos —dijo—.
Tenemos una caravana que cazar.
—No hay prisa —respondí, envainando el martillo en mi espalda—.
Sabemos a dónde tiene que llegar.
Deja que se distraigan recibiendo y probando las armas.
Deja que reciba el anillo y me crea muerta.
Me giré hacia la posada, sintiendo el dolor punzante bajo mis costillas, pero ignorándolo con una sonrisa sombría.
—Eso hará que su expresión de pánico sea mil veces mejor cuando me vea aparecer.
Descansemos en la posada esta noche, Einar.
Mis costillas no dejan de reclamar y necesito estar entera para cuando empiece la matanza.
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