Hierro y Sangre - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 Cenizas al Amanecer
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14: Capítulo 14: Cenizas al Amanecer 14: Capítulo 14: Cenizas al Amanecer La luz del sol era un enemigo más cruel que cualquier orco.
Entraba por las rendijas de la ventana como agujas calientes, clavándose directamente en mis ojos.
Gruñí y me cubrí la cara con el brazo, tratando de bloquear el brillo.
Mi cabeza palpitaba con el ritmo sordo de una resaca barata, y mi costado ardía como si alguien hubiera avivado las brasas de mi herida durante la noche.
—Ya era hora, Bella Durmiente.
La voz de Einar rasgó el aire, seca y sarcástica.
Bajé el brazo y lo busqué con la mirada.
Estaba sentado junto a la ventana, terminando de ajustar las correas de su mochila.
Ya estaba completamente vestido, con su arco al hombro y esa expresión impasible de siempre.
Ni rastro del hombre que había susurrado elogios en la oscuridad.
Me senté en la cama, ignorando el mareo y la punzada en las costillas.
La manta cayó, dejándome expuesta en ropa interior de nuevo, pero esta vez el aire frío de la mañana trajo consigo una incomodidad diferente.
La intimidad de la noche, protegida por el vino y las sombras, se sentía peligrosa bajo la luz del día.
—¿Cuánto tiempo llevo dormida?
—pregunté, mi voz sonando ronca, como si hubiera tragado grava.
—Lo suficiente para que los guardias encuentren el cuerpo de tu amigo en el callejón y empiecen a hacer preguntas en las posadas —respondió, lanzándome mis pantalones de cuero—.
Vístete.
Tenemos que salir antes de que alguien conecte a la giganta nueva en el pueblo con el puré de oficial que dejamos atrás.
Atrapé los pantalones en el aire.
—Sobre lo de anoche…
—empecé, sin estar segura de qué quería preguntar.
¿Quería confirmación?
¿Quería que lo repitiera?
Einar se detuvo un segundo.
Su espalda se tensó imperceptiblemente, pero no se giró.
—Anoche bebimos demasiado vino malo y dijimos muchas tonterías, Aelnora.
Olvídalo.
Concéntrate en Varic.
Sentí una pequeña decepción, fría y aguda, en el estómago.
Pero también alivio.
El cazador había vuelto a levantar sus muros.
Bien.
Yo podía lidiar con muros; los derribaba para ganarme la vida.
—Varic —repetí, asintiendo mientras me ponía de pie y comenzaba a vestirme con movimientos mecánicos—.
Tienes razón.
El vino nos ablandó.
—No te confundas —dijo él, girándose finalmente.
Sus ojos recorrieron mi figura mientras me ajustaba la armadura de noche, y por un instante, vi el mismo brillo oscuro de la noche anterior, antes de que lo ocultara tras una máscara de indiferencia—.
Nada en ti es blando, Aelnora.
Y eso es lo que nos mantendrá vivos.
Me lanzó una manzana verde que sacó de su bolsillo.
—Desayuno.
Los caballos no esperan.
Salimos por la puerta trasera, igual que habíamos entrado.
El pueblo de Roca Alta estaba despierto y nervioso.
Se veían grupos de guardias patrullando las calles principales, y el rumor de “asesinato” flotaba en el aire junto con el humo de las chimeneas.
Einar se movía con la confianza de quien ha sido un fantasma toda su vida.
Yo, por otro lado, tenía que hacer un esfuerzo consciente para encorvar mis hombros y bajar la cabeza, tratando de ocultar mis dos metros de estatura bajo la capa de viaje.
—El establo está al final de la calle —susurró Einar—.
No vamos a comprarlos.
Dejaremos unas monedas como “pago diferido”, pero no tenemos tiempo para regatear con un mozo de cuadra que quiera mirarte las tetas o preguntarte de qué guerra escapaste.
—Robar caballos —murmuré, negando con la cabeza—.
Mi caída en desgracia es completa.
De Clériga de la Vanguardia a ladrona de ganado.
—Técnicamente, es “requisa táctica” —corrigió Einar con una media sonrisa—.
O eso dicen los oficiales cuando saquean granjas, ¿no?
Llegamos al establo.
Olía a paja húmeda y estiércol.
El mozo, un chico que no tendría más de quince años, estaba dormido en un taburete.
Einar me hizo una señal para que esperara.
Se deslizó dentro con un silencio antinatural.
Unos segundos después, escuché un suave thump y vi cómo acomodaba al chico, ahora profundamente dormido (o inconsciente), sobre un fardo de heno.
—Elige uno fuerte —dijo Einar, comenzando a ensillar un caballo pardo de aspecto resistente—.
Uno que aguante tu…
equipamiento.
Caminé entre los establos, descartando a los animales más ligeros, hasta que encontré a un percherón negro con manchas blancas en las patas.
Era enorme, una bestia de tiro más que de monta, pero tenía ojos inteligentes y musculatura densa.
—Este —dije, acariciando su morro.
El animal resopló, pero no se apartó—.
Se parece a mí.
Grande y probablemente de mal genio.
—Hacen buena pareja —se burló Einar, lanzándome una silla.
Salimos al galope cinco minutos después, rompiendo la tranquilidad de la mañana mientras cruzábamos el puente norte hacia el bosque, dejando Roca Alta y sus guardias confundidos a nuestras espaldas.
El viento helado en mi cara terminó de despejar mi mente.
Varic estaba al frente.
La Fortaleza de Hielo nos esperaba.
Y el hombre que cabalgaba a mi lado, fingiendo que no le importaba nada más que el oro, era el único ancla que me quedaba en este mundo roto.
—¡Einar!
—grité sobre el ruido de los cascos.
Él se giró un poco para escucharme.
—¡Gracias por la manzana!
Él solo levantó un dedo medio enguantado en respuesta y espoleó a su caballo, acelerando el paso.
Sonreí.
La cacería había comenzado.
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