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Hierro y Sangre - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Capítulo 16 Acero contra Hueso
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16: Capítulo 16: Acero contra Hueso 16: Capítulo 16: Acero contra Hueso La oscuridad en la cabaña era absoluta, solo interrumpida por el ocasional crujido de la madera vieja acomodándose bajo el peso del frío.

Me había acurrucado en mi rincón, con la capa enrollada bajo la cabeza, pero el sueño no llegaba.

Mi cuerpo vibraba con una energía renovada, un zumbido constante que hacía que mis músculos se tensaran involuntariamente.

La magia había hecho su trabajo demasiado bien; me sentía invencible, eléctrica, como si hubiera bebido un elixir de fuerza bruta en lugar de invocar una sanación.

Escuché a Einar bufar en su lado de la habitación, seguido por el sonido de su cuerpo golpeando la madera al girarse bruscamente.

—¿Einar?

—murmuré—.

¿Aún no te duermes, cazador?

—No —gruñó él, sentándose en la penumbra—.

Tu maldito truco de luz funciona demasiado bien.

Siento que podría correr hasta la Fortaleza de Hielo sin detenerme.

Mis músculos no se apagan.

Yo también lo sentía.

Era como si el flujo de poder hubiera dejado un eco en nuestras venas.

—Es energía residual —dije, poniéndome de pie.

El espacio era pequeño, pero mis piernas pedían movimiento—.

Necesito quemarla o voy a terminar haciendo un agujero en la pared a puñetazos.

—Bien —Einar se levantó de un salto.

Apenas podía ver su silueta, pero sentí su sonrisa en la oscuridad—.

Veamos si esa magia realmente te arregló, o si solo maquilló las grietas.

—¿Me estás retando, anciano?

—Estoy comprobando mi equipo, grandulona.

No puedo ir a la guerra con un arma defectuosa.

No hubo señal de inicio.

Einar se lanzó hacia mí antes de terminar la frase.

No usó armas, solo su cuerpo.

Fue rápido, buscando derribarme con un barrido a las piernas.

Pero mis reflejos, afilados por la magia, respondieron al instante.

Di un paso atrás y bloqueé su intento de agarre con mi antebrazo, sintiendo el impacto sólido de hueso contra hueso.

—Nada mal —dije, lanzando un puñetazo controlado hacia su hombro.

Él lo esquivó, deslizándose bajo mi guardia con la fluidez de un gato callejero, y se pegó a mi espalda, intentando un candado al cuello.

—Lento —susurró en mi oído.

Gruñí y usé mi ventaja de peso.

Me dejé caer hacia atrás, aplastándolo contra la pared de madera.

La cabaña gimió, pero aguantó.

El aire salió de los pulmones de Einar en un siseo, y aflojó el agarre lo suficiente para que yo me girara.

Atrapé sus muñecas.

Él intentó patearme, pero metí mi rodilla entre sus piernas, bloqueando su movimiento, y lo empujé hasta inmovilizarlo contra los troncos podridos.

Estábamos jadeando.

El aire frío de la cabaña se llenó de vapor condensado y el olor a sudor limpio y cuero viejo.

—¿Decías?

—pregunté, apretando sus muñecas contra la pared.

Mi rostro estaba a centímetros del suyo.

Podía ver el brillo desafiante en sus ojos oscuros, adaptados a la noche.

—Digo…

—jadeó él, forcejeando inútilmente contra mi fuerza superior— que la fuerza bruta no lo es todo.

Con un movimiento rápido que no vi venir, Einar dejó de resistirse y usó mi propio impulso.

Se dejó caer, arrastrándome con él, y usó sus piernas para desequilibrarme.

El mundo giró.

Caímos al suelo duro, rodando en una maraña de extremidades, golpes sordos y maldiciones ahogadas.

La pelea se volvió al suelo, sucia y técnica.

Él era rápido, buscando palancas y puntos de presión; yo era una fuerza de la naturaleza, usando mi tamaño para contrarrestar su técnica.

Terminamos en un punto muerto.

Yo estaba sentada sobre él, con mis rodillas clavadas en el suelo a los costados de sus costillas, inmovilizando sus brazos bajo mis manos.

Mi cabello caía como una cortina alrededor de nuestros rostros, aislándonos del resto del mundo.

Einar respiraba con dificultad debajo de mí.

Su pecho subía y bajaba rítmicamente, rozando contra mi camisa con cada inhalación.

El calor que emanaba de nuestros cuerpos era sofocante, eléctrico.

Se quedó quieto.

Yo también.

La “comprobación de equipo” había terminado, pero ninguno de los dos se movió.

La adrenalina del combate se transformó en algo más denso, más pesado.

Sentí la dureza de su cuerpo bajo el mío, la tensión en sus músculos, y una atracción magnética que tiraba de mi boca hacia la suya.

Bajé la mirada.

Sus ojos estaban clavados en mis labios.

—Estás curada —dijo Einar.

Su voz era un susurro ronco, y la burla habitual había desaparecido.

—Estoy curada —repetí, sin aliento.

Me incliné un poco más.

Solo un centímetro.

Podía sentir su aliento en mi piel.

Mi corazón martilleaba contra mis costillas, no por el esfuerzo, sino por la posibilidad.

Einar tragó saliva.

Sus manos, que había logrado liberar parcialmente, subieron lentamente.

Por un segundo, pensé que me tomaría del cuello y me besaría.

Sus dedos rozaron mi cintura, quemando a través de la tela.

Pero entonces, se detuvo.

La tensión se rompió como una cuerda demasiado estirada.

Einar soltó una risa nerviosa y me dio una palmada suave, casi fraternal, en el costado.

—Bien.

Ahora quítate de encima, grandulona.

Pesas tanto como un buey con armadura.

Me aparté de golpe, rodando hacia mi lado del cuarto, sintiendo una mezcla furiosa de alivio y decepción.

—Y tú eres huesudo e incómodo, cazador —repliqué, dándole la espalda para ocultar el rubor que me ardía en las mejillas.

—Guarda esa energía —dijo él desde la oscuridad, su voz recuperando ese tono cínico y distante—.

La necesitarás para Varic.

—Duérmete, Einar.

—Buenas noches, Capitán.

El silencio volvió a la cabaña, pero el aire seguía cargado.

No hubo sexo, ni besos, ni promesas.

Pero mientras cerraba los ojos, sintiendo aún el fantasma de su cuerpo bajo el mío, supe que algo había cambiado.

Ya no éramos solo aliados.

Éramos algo más peligroso.

Y esa tensión sin resolver era más afilada que cualquier espada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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