Hierro y Sangre - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 Capítulo 18 Ratas en los Muros
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18: Capítulo 18: Ratas en los Muros 18: Capítulo 18: Ratas en los Muros La Fortaleza de Hielo no era un castillo de cuentos; era una cicatriz de piedra negra incrustada en la ladera de la montaña, vigilando la frontera gris con las Tierras Muertas.
Sus muros eran altos, cubiertos de escarcha perpetua, diseñados para resistir asedios de ejércitos y monstruos.
Pero ningún muro detiene el miedo.
Einar y yo observábamos desde la línea de árboles, ocultos bajo las ramas pesadas de un pino, mientras el sol comenzaba a morir en el horizonte.
A esa distancia, la caravana de Varic parecía una serpiente de metal y madera entrando por la puerta principal.
Vi los estandartes de los Mercenarios Marcados, vi las carretas blindadas que ocultaban las armas de contrabando y, aunque estaba demasiado lejos para distinguir rostros, sentí la presencia de Varic como una enfermedad en el aire.
Mi mano se cerró sobre el mango de Venganza hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
—Podríamos alcanzarlos en la puerta —gruñí, el impulso de cargar siendo casi doloroso.
—Y moriríamos atravesados por cincuenta saetas antes de tocar el puente levadizo —respondió Einar con frialdad, masticando una rama de pino para engañar el hambre—.
Mira las almenas.
Han duplicado la guardia.
Nuestro mensajero debió llegar hace poco.
Sonreí, una mueca carente de humor.
El chico había cumplido su propósito.
—Bien.
Que esperen un ataque frontal.
Que miren hacia el sur y vigilen el camino.
—Exacto —Einar escupió la rama—.
El miedo necesita tiempo para fermentar, Aelnora.
Varic es un hombre lógico; esperará una estrategia militar.
Un asedio, una carga, un duelo honorable.
No esperará esto.
Se giró y señaló hacia la base de la montaña, donde la roca se encontraba con un río congelado.
—Vamos a entrar por el culo del mundo.
El “camino” de Einar resultó ser el desagüe principal de la fortaleza.
Era una abertura circular en la piedra, protegida por barrotes de hierro oxidados que el tiempo y la negligencia habían debilitado.
El olor era atroz, una mezcla de desechos humanos, humedad rancia y podredumbre congelada que ni siquiera el frío extremo lograba enmascarar del todo.
—Dime que es una broma —murmuré, tapándome la nariz con el antebrazo.
—Los contrabandistas lo usan para meter licor y sacar cosas que los oficiales no quieren declarar —susurró Einar, sacando una barra de metal de su mochila para hacer palanca en los barrotes—.
Huele a mierda, pero es la única entrada que no tiene ojos mirando.
Con un gruñido de esfuerzo, dobló el hierro lo suficiente para que pasara un hombre.
Me miró, evaluando mi tamaño.
—Vas a tener que arrastrarte, grandulona.
Y vas a ensuciar tu bonito cuero nuevo.
—Al diablo —dije, metiéndome en el agujero oscuro.
El túnel era una pesadilla claustrofóbica.
El agua sucia y semicongelada me llegaba a las rodillas, y el techo estaba tan bajo que tuve que caminar encorvada, mis hombros anchos rozando el limo de las paredes.
Einar iba delante, moviéndose con una facilidad irritante, guiándonos a través del laberinto de desechos.
Avanzamos en silencio durante lo que parecieron horas, subiendo por pendientes resbaladizas, adentrándonos en las entrañas de la montaña.
—Aquí —señaló Einar hacia arriba.
Había una rejilla de metal sobre nuestras cabezas.
Una luz tenue y anaranjada se filtraba a través de ella, junto con el calor de un fuego cercano.
—Nivel inferior —susurró—.
Bodegas, lavandería y calderas.
Pocos guardias, muchos rincones oscuros.
Empujé la rejilla.
Era pesada, pero mi fuerza, potenciada por la rabia y la magia residual, la levantó sin problemas.
Salimos a un pasillo de piedra, húmedo y caliente.
El contraste con el frío exterior me hizo estremecer.
Estábamos dentro.
—¿Cuál es el plan?
—preguntó Einar, sacando su cuchillo.
Sus ojos brillaban en la penumbra, reflejando el instinto asesino.
Me limpié una mancha de suciedad de la mejilla, dejando un rastro oscuro.
Me sentía sucia, degradada, lejos de la Clériga brillante que había sido.
Y me encantaba.
—Varic cree que está seguro detrás de sus muros —susurré—.
Cree que tiene un ejército.
Vamos a demostrarle que está encerrado en una jaula con dos monstruos.
No vamos directo por él.
Primero, le quitamos la seguridad.
—Guerra psicológica —asintió Einar—.
Me gusta.
Avanzamos por los pasillos, evitando las antorchas, moviéndonos de sombra en sombra.
Escuchamos pasos.
Dos hombres.
Risas graves.
El tintineo de cotas de malla flojas.
Eran guardias de la fortaleza, no mercenarios de élite.
Estaban relajados, haciendo una ronda perezosa cerca de las bodegas de vino.
—¿Oíste sobre el mensaje?
—decía uno, un hombre gordo con la cara roja—.
Dicen que Varic está paranoico.
Algo sobre un fantasma en el bosque.
—Puras tonterías de mercenarios para cobrar más —respondió el otro, riendo—.
Estamos en la fortaleza más segura del reino.
Nada entra aquí sin que…
La frase murió en su garganta.
Einar salió de las sombras detrás del segundo guardia.
Una mano cubrió su boca, y el cuchillo abrió su garganta con un movimiento rápido y quirúrgico.
No hubo sonido, solo el shhh de la sangre caliente salpicando el suelo de piedra.
El guardia gordo se giró, los ojos abiertos de par en par.
No le di tiempo a gritar.
Di un paso largo, cerrando la distancia, y le di un puñetazo en la garganta, aplastando su tráquea.
El hombre cayó de rodillas, gorgoteando, llevándose las manos al cuello, su rostro tornándose morado.
Lo miré desde arriba, viendo cómo la vida se escapaba de sus ojos, reemplazada por el terror puro al ver mi silueta gigante recortada contra la luz de las antorchas.
Esperé a que dejara de moverse.
—Dos bajas —susurró Einar, limpiando su hoja en la túnica del muerto—.
¿Los escondemos?
Miré los cuerpos.
Luego miré el pasillo largo y vacío.
—Esconde al degollado —ordené—.
Que desaparezca.
Que nadie sepa dónde está.
Que su patrulla simplemente…
deje de existir.
Señalé al gordo, que yacía con los ojos vidriosos mirando al techo.
—A este déjalo aquí.
Arrástralo hasta el centro del pasillo, bajo la antorcha.
—¿Visible?
—preguntó Einar, levantando una ceja.
—Muy visible.
Pero no parece un asesinato de combate.
Me agaché y rasgué la túnica del guardia muerto.
Con mi propia daga, tallé un símbolo tosco en su pecho desnudo.
No era el emblema del sol, ni una runa de Einar.
Era un círculo simple con una línea atravesada.
Un ojo cerrado.
O una mira.
—Cuando encuentren a este, verán que fue brutalizado a golpes, no con armas —dije, levantándome—.
Pensarán que hay algo inhumano suelto aquí abajo.
Y cuando busquen a su compañero…
no encontrarán nada.
Einar sonrió.
Era una sonrisa cruel, afilada.
—La duda y el horror.
Una combinación clásica.
Arrastró al otro cuerpo hacia un conducto de ventilación oscuro y lo dejó caer al vacío.
El sonido del cuerpo golpeando el fondo lejano fue apenas un eco.
—El mensajero ya sembró la semilla —dije, mirando el “arte” que habíamos dejado bajo la luz parpadeante—.
Ahora nosotros la regamos con sangre.
—Vamos —dijo Einar, señalando hacia las escaleras que llevaban a los niveles superiores—.
Hay muchos más esperando su turno.
Nos fundimos con la oscuridad de nuevo, dejando atrás el cadáver marcado.
La Fortaleza de Hielo ya no era su refugio.
Era nuestro coto de caza.
Y la noche acababa de empezar.
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