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Hierro y Sangre - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 Ecos en la Piedra
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19: Capítulo 19: Ecos en la Piedra 19: Capítulo 19: Ecos en la Piedra La Fortaleza de Hielo era un laberinto de piedra negra y aire viciado, pero en los niveles inferiores, el silencio era nuestro cómplice.

Nos movíamos no como invasores, sino como una enfermedad, infectando los pasillos con muerte y símbolos que gritaban advertencias en lenguas muertas.

No nos detuvimos tras los dos primeros guardias.

La cacería apenas estaba afilando sus colmillos.

Encontramos a un tercero cerca de la lavandería, un hombre mayor que cabeceaba en un taburete.

Einar lo despachó antes de que pudiera abrir los ojos, una mano sobre la boca y una hoja en el riñón.

Fue rápido, misericordioso.

Mi trabajo vino después.

Arrastramos el cuerpo hacia la pared de piedra desnuda.

Mojé mis dedos enguantados en la herida fresca, sintiendo la calidez pegajosa de la vida escapándose, y comencé a dibujar.

No eran garabatos al azar.

Eran patrones geométricos, ojos sin párpados que lloraban líneas negras, soles invertidos que sangraban hacia arriba.

—Eres toda una artista —murmuró Einar, vigilando el pasillo con el arco tenso—.

Un poco monocromática para mi gusto, pero el mensaje es claro.

—El rojo es el único color que Varic respeta —respondí, terminando de trazar una runa de “ceguera eterna” sobre los párpados cerrados del muerto.

Seguimos avanzando.

Cada sombra era un refugio; cada esquina, una oportunidad.

Dejamos otro cadáver en el almacén de carbón, sentado en una silla como si estuviera presidiendo una corte de fantasmas, con la garganta abierta y las manos clavadas a la mesa con sus propios cuchillos.

En la pared detrás de él, escribí una sola palabra en la lengua común, pero con letras rasgadas y violentas: OBSERVO.

La atmósfera en los niveles inferiores comenzó a cambiar.

El aire se sentía más pesado, cargado con el olor metálico del cobre y el hedor del miedo que, aunque nadie había gritado todavía, parecía supurar de las paredes mismas.

—Necesitamos desaparecer —susurró Einar, deteniéndose frente a una puerta de madera reforzada que parecía no haberse abierto en décadas.

El polvo se acumulaba en los goznes y una telaraña gruesa cubría la cerradura—.

Hemos dejado suficientes migajas.

Ahora tenemos que dejar que las ratas las encuentren.

Forzar la cerradura fue sencillo para él.

El mecanismo chasqueó con un sonido seco, oxidado.

Entramos.

La habitación era una bodega de suministros olvidados: cajas de madera podrida apiladas hasta el techo, barriles que olían a vinagre rancio y montones de mantas apolilladas que alguna vez fueron uniformes.

No había ventanas, y la única luz provenía de la rendija debajo de la puerta.

—Perfecto —dije, empujando una caja pesada para bloquear la entrada desde dentro.

El espacio era pequeño, claustrofóbico, obligándonos a estar cerca.

Nos sentamos en el suelo, apoyando las espaldas contra las cajas, uno frente al otro en la penumbra.

—Ahora esperamos —dijo Einar, envainando su cuchillo y recostando la cabeza hacia atrás.

—Esperamos —confirmé.

El silencio se instaló entre nosotros, pero no era un silencio vacío.

Afuera, en los pasillos que acabábamos de recorrer, el reloj de arena estaba corriendo.

Pronto, el cambio de guardia encontraría el primer cuerpo.

Luego el segundo.

Luego los dibujos.

Me quité los guantes, que estaban empapados y rígidos.

Mis manos estaban manchadas de sangre seca hasta las muñecas.

Las miré, fascinada por cómo el líquido oscuro se había metido en las líneas de mis palmas, convirtiéndome en parte de la violencia que había desatado.

—¿Qué significan?

—preguntó Einar de repente.

Su voz era baja, apenas un susurro en la oscuridad.

Levanté la vista.

Sus ojos brillaban, fijos en mis manos manchadas.

—¿Las runas?

—Los dibujos en las paredes.

El ojo.

Las espirales en el pecho del primero.

¿Son reales o te las inventaste para asustar a los niños?

Sonreí, una mueca cansada.

—Un poco de ambas.

El glifo en el pecho del guardia…

es una vieja marca de los Despojados, los elfos que fueron exiliados de los bosques profundos.

Significa “Carne sin espíritu”.

Se supone que niega el descanso.

Que obliga al alma a quedarse atrapada en el cuerpo podrido, sintiendo cada gusano, cada etapa de la descomposición.

Einar soltó un silbido bajo.

—Joder.

Eso es…

creativamente cruel.

—Varic conoce esas historias.

Las estudió.

Se reía de ellas en la seguridad de su biblioteca, llamándolas supersticiones de salvajes.

Pero aquí, en la oscuridad, con el frío de las Tierras Muertas colándose por las piedras…

recordará cada palabra.

Y dudará.

—Y la duda mata más rápido que una flecha —concluyó él.

Se inclinó hacia adelante, sacando un trapo limpio de su mochila y una cantimplora con un poco de agua.

—Dame las manos.

Lo miré, sorprendida.

—Puedo limpiarme sola, Einar.

—Lo sé.

Pero vas a llenar de sangre todo lo que toques, y quiero comer algo de cecina sin que sepa a guardia muerto.

Dame las manos.

Extendí los brazos con reticencia.

Einar humedeció el trapo y comenzó a limpiar mis dedos con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de la última hora.

Frotó la piel manchada, eliminando el rastro de nuestra obra, dedo por dedo.

El contacto era íntimo, extraño.

Sus callos rozaban mis palmas, y sentí ese mismo zumbido eléctrico de la noche anterior, esa tensión que no desaparecía, solo cambiaba de forma.

No hablábamos.

Solo el sonido de nuestra respiración y el roce de la tela llenaban la bodega.

Cuando terminó, mis manos estaban pálidas de nuevo, aunque el olor a hierro persistía fantasmagóricamente.

—Gracias —murmuré, retirando las manos lentamente, sintiendo la pérdida del calor de su tacto.

—No te acostumbres —dijo él, guardando el trapo—.

Solo cuido mis activos.

Unas manos pegajosas no sostienen bien el martillo.

Pasó una hora.

Luego dos.

Comimos en silencio, aguzando el oído.

Y entonces, comenzó.

Primero fue un grito.

Lejano, ahogado por las paredes de piedra, pero inconfundible.

No era un grito de dolor, sino de sorpresa y horror puro.

Luego, el sonido de botas corriendo.

Voces gritando órdenes que se solapaban unas con otras.

El estruendo metálico de puertas abriéndose y cerrándose de golpe.

—Lo encontraron —dijo Einar, una sonrisa depredadora iluminando su rostro en la penumbra.

—Están encontrando al primero —corregí, cerrando los ojos para saborear el caos—.

Espera a que encuentren al de la silla.

El alboroto creció.

Podíamos escuchar las vibraciones a través del suelo de piedra.

La fortaleza estaba despertando, pero no con la disciplina de un ejército bajo ataque, sino con el pánico de un nido de hormigas pateado.

—¡Busquen en los niveles inferiores!

—se oyó una voz amortiguada a través de la puerta—.

¡Sellad las salidas!

¡Hay un intruso!

—¡No es un intruso, idiota!

—respondió otra voz, temblorosa—.

¿Viste las marcas?

¡Es brujería!

¡Sangre en las paredes!

Abrí los ojos y miré a Einar.

—Brujería —repetí, saboreando la palabra.

—Están asustados —dijo él—.

No saben qué buscan.

Están mirando a las sombras y viendo demonios.

—Bien.

Dejemos que corran un poco más.

Que se agoten persiguiendo fantasmas.

Que Varic baje de su torre para ver el desastre con sus propios ojos.

Me acomodé mejor contra las cajas, sintiendo una paz fría y oscura en mi pecho.

Estábamos encerrados en una bodega, rodeados de enemigos, superados en número cien a uno.

Pero por primera vez en semanas, yo tenía el control.

—Duerme un poco, Einar —susurré—.

Cuando salgamos de aquí, la fortaleza será un manicomio.

Y necesitaremos estar frescos para la función principal.

—Despiértame si escuchas que Varic llora —respondió él, cerrando los ojos y cruzando los brazos sobre el pecho.

Afuera, el miedo se extendía como una plaga.

Adentro, los monstruos descansaban, esperando el momento perfecto para volver a morder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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