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Hierro y Sangre - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Capítulo 2 Ceniza y Madera
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2: Capítulo 2: Ceniza y Madera 2: Capítulo 2: Ceniza y Madera Cuando abrí los ojos, el cielo gris había sido reemplazado por vigas de madera oscura y el olor a hierbas secas.

No estaba muerta.

Maldita sea.

Intenté incorporarme, pero una mano firme me empujó de vuelta contra el colchón de paja.

—Si te mueves, los puntos se abrirán.

Y no tengo más hilo de tripa de gato —dijo la voz rasposa desde algún lugar a mi derecha.

Giré la cabeza.

El humano estaba sentado junto a una chimenea de piedra, limpiando su cuchillo con un trapo aceitoso.

Se había quitado la capucha, revelando un rostro marcado por la intemperie, con una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda.

Tenía el pelo oscuro, atado en una coleta desordenada, y una barba que no lograba ocultar la tensión perpetua de su mandíbula.

—¿Dónde estoy?

—pregunté.

Mi voz sonaba como si hubiera tragado grava.

—Lejos de los caminos —respondió sin mirarme—.

Lejos de la guardia real.

Y definitivamente lejos de los mercenarios que te dejaron hecha un colador.

Me miré el costado.

Mi armadura había sido retirada y apilada cuidadosamente en un rincón, junto a mi escudo y mi maza Justicia.

Llevaba solo mi túnica interior, manchada y rasgada, pero sobre la herida había un vendaje limpio y apretado con precisión militar.

—Eres un soldado —deduje, observando cómo sus manos se movían con una economía de movimientos que solo se aprende en el frente.

—Y tú muy esbelta bajo esa pesada armadura —respondió y soltó una risa seca, carente de humor—.

Y no, no soy un soldado.

Solía serlo.

Ahora solo soy alguien que prefiere no morir por una causa imaginaria.

—Un desertor —dije en voz más alta de lo que hubiera deseado.

Se levantó y caminó visiblemente molesto hacia mí, ofreciéndome un cuenco de madera humeante.

Olía a caldo de raíces y carne de conejo.

—Bebe, grandulona.

Necesitas recuperar sangre y fuerza porque no puedo volver a cargarte.

Pesas más que un maldito buey, tuve que arrastrarte en un trineo improvisado con tu escudo el último kilómetro.

Tomé el cuenco, mis dedos rozaron los suyos.

Sus manos eran callosas, ásperas como la corteza de un roble.

No había suavidad en él, pero tampoco malicia.

—Me llamo Aelnora —dije, probando el caldo.

Estaba caliente y reconfortante.

Él me miró un momento, evaluando si valía la pena dar su nombre.

—Einar Ulfsson —dijo finalmente—.

Y no te acostumbres a la hospitalidad, Aelnora.

En cuanto puedas caminar sin desmayarte, te vas.

—Encantador —murmuré—.

¿Por qué ayudarme entonces?

Viste mi armadura.

Sabes que sirvo al Templo de la Guerra.

Soy todo lo que un desertor debería odiar.

Einar volvió a sentarse frente al fuego, mirando las llamas como si pudiera leer el futuro en ellas.

O tal vez el pasado.

—Porque los hombres que te atacaron llevaban el emblema de Los Marcados —dijo, y su voz se endureció—.

Y si hay algo que odio más que a los fanáticos religiosos como tú, es a esos mercenarios.

Pavoneándose, presumiendo un emblema que delata su pasado criminal, sintiéndose intocables.

Los Marcados… mataron a mi hermano Bjorn.

Me tensé.

—Lamento tu pérdida, Einar.

Pero la Corona está cuidando el territorio —dije, repitiendo la propaganda que me habían enseñado desde niña—.

Hacemos todo lo que podemos para garantizar la seguridad del reino.

Einar me miró con una intensidad que me heló la sangre más que el invierno afuera.

—¿Seguridad?

—escupió la palabra—.

Vi al ejército mandar a tres batallones a la mierda en el Paso de la Arboleda solo para extender la frontera un par de kilómetros.

Murieron trescientos hombres buenos, amigos míos, para que el Rey pudiera añadir una ciudad más a su mapa de impuestos por cobrar…

¿a eso llamas seguridad?

Se puso de pie bruscamente, la ira emanando de él en oleadas.

—No me hables de seguridad, elfa.

No hay seguridad ni honor en morir para que un gordo con corona pueda sentirse un poco más poderoso mientras cena faisán.

—¿Seguridad?

Yo mismo deserté cuando nos enviaron a “proteger” una aldea y terminamos quemándola hasta los cimientos.

Su voz se quebró y el silencio se estancó entre nosotros.

Solo el crepitar del fuego llenaba la pequeña cabaña.

Sus palabras golpearon algo en mi interior, una duda que llevaba años enterrando bajo capas de disciplina y oraciones.

Yo había visto cosas similares.

Órdenes cuestionables.

Misiones suicidas para recuperar reliquias menores.

Pero yo era una Clériga de Guerra.

Mi fe era mi escudo.

O eso me decía a mí misma.

—Perdí algo importante —dije suavemente, bajando la vista hacia mis manos vacías.

Cambié de tema antes de que el silencio se volviera más pesado que mi armadura—.

Un anillo.

Era de mi madre.

El último regalo que me dio antes de entregarme al Templo cuando tenía cinco años.

Apreté la mandíbula, sintiendo el calor de la vergüenza y la ira.

—Necesito recuperarlo.

Para ellos no es más que plata vieja, no vale nada.

Pero para mí…

es el mundo entero.

Einar me clavó esa mirada oscura y analítica.

—No te atacaron por eso —dijo, con una certeza que me heló la sangre.

—No sé por qué me atacaron —repliqué a la defensiva—.

Me emboscaron veinte cobardes, de los cuales cinco están ahora muertos bajo la nieve.

Quizá tomaron mi anillo como trofeo de guerra.

Si fueran menos imbéciles, se habrían llevado a Justicia.

Vale diez veces su peso en oro.

Einar enarcó una ceja, una media sonrisa torcida asomando bajo su barba.

—¿Justicia?

—Mi maza —aclaré, desafiante.

Soltó una risa breve, seca como una rama al romperse.

—Vaya nombre para un bloque de hierro que seguro ha visto más sangre que juicios.

—Cumple su propósito.

—Seguro que sí.

—Einar se inclinó sobre la mesa, su expresión volviéndose seria de golpe—.

Pero te equivocas, Aelnora.

Los Marcados no toman trofeos.

No son saqueadores comunes que se llenan los bolsillos con baratijas.

Son profesionales.

Señaló mi mano desnuda con el cuchillo.

—Cuando Los Marcados se llevan algo de un cuerpo, es porque llevan pruebas.

Alguien debió contratarlos.

Alguien necesitaba ver ese anillo para confirmar que el trabajo estaba hecho y soltar la bolsa de monedas.

—Un motivo más para recuperarlo —gruñí, sintiendo cómo el fuego de la venganza empezaba a quemar el dolor del cansancio—.

Por mi madre…

y para saber quién está tan desesperado por verme muerta.

Hice ademán de levantarme, impulsada por la furia, pero mis piernas fallaron al primer intento y tuve que aferrarme al borde de la cama para no caer.

El dolor en mi costado estalló, agudo y paralizante.

—No puedes ni levantarte —dijo él.

No se movió para ayudarme, simplemente me observó con esa calma exasperante—.

Tu espíritu está listo para la guerra, grandulona, pero tu cuerpo sigue roto.

Estás atrapada aquí hasta que esa herida sane.

—Sanaré rápido.

Soy una Elfa de Hierro.

—Eres casi un cadáver con delirios de grandeza —replicó, pero vi una sombra de media sonrisa en su rostro—.

Descansa, Aelnora.

Mañana veremos si eres tan dura como dices o si tengo que cavar una tumba en el suelo congelado.

Se giró para avivar el fuego, dándome la espalda.

Me recosté, sintiendo el peso del agotamiento aplastarme contra el catre.

El techo de la cabaña estaba lleno de manojos de hierbas secas y herramientas de caza.

Era un lugar de supervivencia, no de vida.

Un lugar para alguien que quería ser olvidado.

Cerré los ojos, pero la imagen de la sangre en la nieve seguía grabada en mis párpados.

Einar tenía razón.

Estaba débil.

Pero mientras escuchaba el sonido rítmico de él afilando su cuchillo una vez más, me di cuenta de una cosa.

Ya no estaba sola en el bosque.

Y ese desertor amargado, con sus manos de cazador y sus ojos tristes, era mi única oportunidad de sobrevivir.

«Los Dioses tienen un sentido del humor retorcido.

Me han quitado mi magia sagrada y me han dado a un hereje» —pensé.

—Einar —murmuré antes de que el sueño me venciera.

—¿Qué?

—Gracias.

Él no respondió.

Pero el sonido del afilado se detuvo por un segundo, antes de continuar, rítmico y constante, en la oscuridad de la noche.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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