Hierro y Sangre - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 20 El Panadero Envía Saludos
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20: Capítulo 20: El Panadero Envía Saludos 20: Capítulo 20: El Panadero Envía Saludos La bodega no solo guardaba vinagre rancio y uniformes apolillados.
En el fondo, ocultos tras una pila de cajas de carne salada, encontramos el verdadero tesoro de la intendencia: tres barriles marcados con una “X” negra.
—Brea —dijo Einar, destapando uno y oliendo la sustancia espesa y negra—.
Pegajosa, inflamable y difícil de apagar.
Varic la usa para reforzar las antorchas de las murallas o para arrojarla hirviendo sobre los asediadores.
—Hoy la usaremos para llamar a la puerta —dije, agarrando uno de los barriles.
Lo levanté con un solo brazo, acomodándolo contra mi cadera como si fuera una jarra de cerveza sobredimensionada.
Einar me miró, luego miró el barril que él tenía que cargar sobre su espalda con ambas manos, gruñendo por el peso.
—Presumida —masculló.
—Eficiente —corregí.
Salimos al pasillo.
Ya no estaba vacío.
El eco de botas corriendo y órdenes gritadas rebotaba en la piedra.
El humo de nuestras “obras de arte” anteriores había puesto nerviosa a toda la guarnición, pero aún no sabían dónde estábamos.
Nos dirigimos hacia la escalera principal que conectaba los niveles inferiores con el patio de armas y el torreón interior.
Al doblar la esquina, nos topamos de frente con un pelotón de diez hombres bajando a la carrera, armados con lanzas y escudos.
Se detuvieron en seco al vernos: una mujer gigante sosteniendo un barril y un hombre encapuchado con otro a la espalda.
—¡Ahí están!
—gritó el sargento—.
¡Aseguren la escal…!
No le dejé terminar.
Con un rugido, lancé el barril de brea.
La madera podrida voló por el aire, girando pesadamente, y se estrelló contra los escalones de piedra justo a los pies del pelotón.
La madera se astilló y la sustancia negra salpicó las piernas de los soldados, el suelo y las paredes.
Einar ya tenía su barril en el suelo.
Arrancó un trozo de tela de su manga, lo empapó en el líquido negro y lo metió en la boca de su barril.
Chasqueó los dedos.
La runa de su muñeca brilló y la tela prendió al instante.
—¡Cuidado!
—gritó Einar, empujando su barril rodando por el suelo hacia el charco de brea que yo había creado.
El barril rodó, una rueda de fuego y muerte.
—¡El panadero les manda saludos!
—susurró el cazador con una sonrisa torcida antes de jalarme hacia la cobertura de la esquina.
La explosión no fue un estruendo seco, fue un rugido profundo que sacudió los cimientos de la fortaleza.
Una ola de calor nos golpeó la cara incluso a la vuelta del muro.
Los gritos de los soldados se mezclaron con el sonido crepitante del fuego devorando el oxígeno del túnel.
—¡Refuerzos!
—se oyó gritar desde arriba—.
¡Fuego en la escalera sur!
Otro escuadrón bajó apresuradamente, intentando cruzar las llamas para llegar a nosotros, o quizás simplemente huyendo del humo que subía.
Fue un error.
La brea se pegaba a todo.
Los que intentaron cruzar resbalaron, cayendo en el infierno pegajoso.
Entre el caos, escuché una voz desesperada, quebrada por la tos y el pánico.
—¡Díganle a Varic que libere a la bestia!
—chillaba un soldado que se arrastraba lejos del fuego, con la armadura humeante—.
¡Esto no es obra de un ente sobrenatural!
—¡Cállate y ayuda a apagar esto!
—le respondió otro—.
¡Es solo fuego!
¡Los fantasmas no usan fuego!
Apreté el mango de Venganza.
Miré a Einar.
Él asintió.
Salí de la cobertura.
No corrí.
Caminé directamente hacia el muro de llamas que bloqueaba la escalera.
El humo negro se arremolinaba a mi alrededor, ocultando mis rasgos, dejando solo una silueta inmensa con un martillo que parecía hecho de sombras.
La magia residual en mi sangre y la armadura de cuero tratada me daban unos segundos de protección contra el calor intenso, lo suficiente para el teatro.
Atravesé la cortina de humo y chispas como si fuera niebla matutina.
El soldado que había dicho que los fantasmas no usaban fuego se quedó paralizado, con un cubo de agua en la mano, viéndome surgir del infierno sin una sola quemadura visible.
—Los fantasmas no…
—dije, mi voz retumbando sobre el crepitar de las llamas—.
Pero yo sí.
El cubo cayó de sus manos.
Me abalancé sobre ellos.
Fue una masacre rápida y brutal.
Atrapados en la escalera estrecha, con el fuego a sus espaldas y un monstruo al frente, no tenían dónde ir.
Venganza subía y bajaba con un ritmo hipnótico.
Cráneos, costillas, cascos; nada resistía el impacto.
Einar disparaba desde atrás, sus flechas encontrando los huecos en las armaduras de los que intentaban flanquearme.
Cuando el humo se disipó un poco, solo quedaba uno.
Un lancero joven, arrinconado contra la pared tiznada, temblando tan fuerte que su armadura repiqueteaba contra la piedra.
Me acerqué a él, ignorando los cuerpos a mis pies.
—Corre —gruñí—.
Ve con Varic.
Dile que la muerta viviente no arde.
Dile que el fuego es mi hermano.
El hombre soltó su lanza y huyó escaleras arriba, tropezando con sus propios pies, gritando sobre demonios de fuego.
Subimos tras él, pero a un paso más mesurado.
Llegamos al siguiente nivel: la armería de la guardia de élite.
Estaba desierta; todos habían bajado a morir a la escalera o se habían replegado hacia el salón de Varic.
—Necesito munición —dijo Einar, entrando en la sala y saqueando un carcaj de cuero fino colgado en la pared—.
Estas son de calidad.
Puntas de acero perforante.
Varic no escatima en gastos.
Mientras él recargaba, noté que se detuvo frente al cadáver de un guardia que había muerto, probablemente por el humo o por una flecha perdida en el caos inicial.
Einar lo arrastró hasta una mesa central y, con una calma escalofriante, tomó dos de sus flechas nuevas y se las clavó profundamente en las cuencas de los ojos.
—¿Por qué?
—pregunté, limpiando el hollín de mi martillo.
Einar dio un paso atrás, admirando su obra macabra.
—Guerra psicológica, Aelnora.
Varic te conoce.
Sabe que eres peligrosa cuerpo a cuerpo.
Un tanque, un ariete.
Cree que, si mantiene la distancia, está a salvo.
Señaló al cadáver con las flechas brotando de su rostro.
—Esto le dice que no hay distancia segura.
Varic no te ve como una arquera, así que esto incrementa el nivel de amenaza.
Al ver esto, no se sentirá a salvo ni siquiera al dar la vuelta en sus propios pasillos largos.
Pensará que el “Fantasma” también puede tocarlo desde lejos.
Asentí, entendiendo la lógica retorcida.
—Escuchaste al soldado en la escalera —dije, mirando hacia la puerta que llevaba al torreón principal—.
Gritó que liberaran a la bestia.
—Sí.
Suenan desesperados.
—¿Qué crees que sea?
¿Un oso?
¿Un troll de las montañas?
—Por lo que sabemos ahora, Varic es un contrabandista que opera en la frontera de las Tierras Muertas —dijo Einar, ajustando su carcaj—.
No va a ser un oso, Aelnora.
Va a ser algo peor.
Algo que no debería estar a este lado del muro.
—Supongo que lo descubriremos cuando nos acerquemos al cobarde de Varic —dije, tronándome el cuello—.
Ese maldito siempre tiene un as bajo la manga.
Einar sonrió.
Era una sonrisa llena de dientes, salvaje, iluminada por el resplandor lejano del incendio que habíamos provocado abajo.
—Si su carta ganadora es una bestia, déjame decirte algo, Capitán.
Tu antiguo comandante se irá de culo cuando vea tu as bajo la manga.
Fruncí el ceño, mirándolo.
—¿De qué hablas, cazador?
Mi magia de curación no servirá de mucho para matar a un monstruo.
Einar se señaló el pecho con el pulgar, con una arrogancia que le quedaba, maldita sea, demasiado bien.
—Hablo de mí, grandulona.
Se echó el arco al hombro y caminó hacia la salida, guiñándome un ojo al pasar.
—Varic se preparó para una guerrera que ataca de frente y con honor.
No se preparó para que tú trajeras a tu propio monstruo a la fiesta.
Yo soy la trampa que no vio venir.
Lo seguí hacia la oscuridad del pasillo superior.
No sabía a qué se refería, pero la confianza en su voz hizo que mi sangre, ya caliente por la batalla, hirviera con anticipación.
La bestia nos esperaba.
Y Varic también.
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